La toma de la Bastilla

Dentro de un mes, habrá fiesta en Francia. Se conmemora la toma de la Bastilla, la simbólica cárcel de la monarquía francesa que, en el momento del asalto, ya no ejercía como tal y custodiaba sólo a siete prisioneros (ya sería casualidad que fuesen todos hermanos gemelos del rey, descendientes del maestre de los Templarios o marqueses de Sade, como nos cuentan las novelas históricas). Las versiones del hecho varían. Hay documentos que hablan de una feroz lucha con decenas de muertos y otros que explican que apenas hubo contienda porque el edificio estaba casi abandonado. La cuestión fue que todo el mundo conocía la Bastilla y el suceso fue de las primeras noticias globalizadas. En días, se conocía en Berlín, Roma, Londres o Madrid; en semanas, en Nueva York, Moscú o Buenos Aires. El mundo no volvió a ser el mismo.

Calma, no estoy comparando el cerco al Parlament con la toma de la Bastilla pero el ejemplo nos sirve para ver que la violencia suele estar presente en los cambios históricos y no tiene mala prensa. Sólo hace falta que escriban los beneficiados por ella. De momento, los que crean el relato son los beneficados por la violencia ejercida desde los poderes públicos (clase directiva). No cuestionaré que se trata de una violencia legitimada por multitud de instituciones, entre ellas, el sufragio, pero las instituciones están siempre en permanente revisión. Los que tomaron la Bastilla desafiaban algo más que la democracia, retaban a Dios. Y, entonces, Dios existía. Tampoco aplaudiré la violencia ejercida sobre representantes institucionales. Ya lo han hecho durante muchos años todos los diarios que ahora se quejan; justa ira del pueblo, decían cuando se abucheaba (o se lanzaban objetos) a políticos del actual gobierno en actos públicos sin tener en cuenta que el marco, cuando se rompe, lo hace para todos. (No se pregunte el lector qué diría la prensa si los agresores del miércoles hubieran sido del Foro de la Familia y los agredidos, políticos de partidos de izquierda; no vale la pena perder el tiempo en demagogias).

La mayoría de la prensa ha despertado. Se ha dado cuenta que cambio es cambio; de que una impugnación de las reglas de juego también conlleva un cambio de tablero y, claro, del propio juego. Los titulares del jueves alertaban que se había atacado a la democracia y un (muy buen) editorial de La Vaguardia de hoy habla de antipolítica. Todo es miedo, cuidado, líneas rojas, todo está a punto de romperse, no sé sabe dónde podemos ira a parar. Y una desesperada búsqueda de hilos. La agenticidad siempre es más cómoda que el análisis. De momento, la solución escogida es enroque: más control, más policía, jucios, detenciones; nadie puede quedar impune (claro, la impunidad es un privilegio de la clase directiva, no del resto de grupos). Ningún atisbo de autocrítica ni, tampoco, nuevos caminos.

El problema sigue ahí y seguirá. Ha habido una recesión económica fuerte y el ajuste se ha hecho exclusivamente por abajo. No ha habido ninguna consecuencia por arriba, ni real ni escenográfica. El modelo es el mismo y cuenta con los mismos actores porque la clase directiva también se ha constituido en red; cargos políticos, financieros o judiciales se protejen entre ellos dejando una sensación de impunidad corrosiva. El ajuste por abajo deja una larga estela de empobrecimiento que podría ser asumido si hubiera también un ajuste por arriba: no hace falta que se suiciden los banqueros como en el 29 pero alguien debería haber ingresado en prisión (el consejo de administración de CCM o el Consell de Camps). Para preparar el recogimiento privado siempre viene bien un auto de fe público.
El ajuste por abajo termina de demoler el incierto futuro de varias generaciones. Tenemos un problema generacional que nos explicarán los demógrafos dentro de un par de décadas. La clase directiva española nace en los 70 y no se aceptan nuevos miembros que cuestionen el marco. La clase funcionarial española (los que cuentan con empleo estable) también nace en ese momento y no ha tenido continuidad. Por debajo de los 40, hay una generación a la que no se le ofrece nada. Tendrá un trabajo precario y mal pagado que le impedirá desarrollar su proyecto de vida (que suele ser formar comprar una casa y formar una familia; nada revolucionario). Tendrá, volvemos al ajuste, menos servicios sociales y el futuro a largo plazo es aún peor. Si logra formar una familia, no podrá dedicarse a ella por los horarios y sus hijos tendrán menos posibilidades, ya que el ascenso social tiende a desaparecer. La reducción de las ayudas por desempleo y las prestaciones por jubilación (si es que siguen existiendo) le dibujan un futuro desolador. La prensa conservadora se empeña en poner el foco en el Magreb (políticamente, hay que mirar a Islandia). De acuerdo: unas 140.000 personas en Catalunya comen de la Cruz Roja. El 20% de la población está en el umbral de la pobreza; la pobreza infantil llega al 23,3%. Son datos de Cáritas, impropios de Europa.

Estéticamente, que siempre es importante, se trata generaciones sin voz, sin presencia en los medios tradicionales (la famosa portada del libro de Martínez-Albertos sobre redacción periodística debería sustituir el cigarro y el whisky por benecol y viagra), donde tipos que llegaron a puestos directivos con menos de 30 años cargándose a los anterios les dicen que tienen que esforzarse. Toca mucho los cojones que te hablen de esfuerzo después de estar 12 horas vendiendo estanterías en Ikea por menos de 1.000 pavos al mes. Hasta ahora, se trataba de una generación que se conformaba con desarrollarse en el ciberespacio pero las noticias tampoco pintan bien allí. Habitualmente, se olvida que uno de las principales fuentes de este movimiento es la oposición a la Ley Sinde.

El problema sigue ahí y seguirá. No siempre tomará la forma de acampada, de red o de cerco a las instituciones. Los que han votado a los xenófobos Anglada o García-Albiol también están indignados. (No olvidemos este dato: García-Albiol no sería alcalde de Badalona si no lo hubiese querido La Vanguardia y recordemos un párrafo anterior: más control, más policía… Decía Gaziel que la burguesía catalana busca mucho la espada. Atentos, que las modas en la península entran por Barcelona). Las mismas políticas de ajuste por abajo que hoy vemos en el Mediterráneo se aplicaron con fuerza en América Latina hace años. Allí, los indignados hicieron salir en helicóptero varios gobiernos y terminaron votando opciones populistas. Se dice que el movimiento quiere acabar con la democracia. Mentira. No quiere pero puede ser una consecuencia a largo plazo si no se realiza un ajuste por arriba. Cuando un sistema, por bueno que sea, crea frustración y no proporciona un futuro, comienza a tener fisuras y, si no se controlan, estalla. Y nadie sabe dónde quiere llegar cuando empieza. Los que tomaron la Bastilla o los que años antes tiraron los sacos del té en el puerto de Boston no sabían exactamente dónde querían llegar. Había un problema y los prejudicados removieron la realidad. Es la historia.

2 comentarios sobre “La toma de la Bastilla”

  1. Mr P. dijo:

    El umbral de la pobreza es un concepto muy divertido, en Luxemburgo se puede estar por debajo de ese umbral disponiendo de 17.575 euros anuales

    http://es.wikipedia.org/wiki/Pobreza#Concepto en el punto de La pobreza relativa como desigualdad

  2. Quique Gornés dijo:

    Viendo como está el panorama, terminar como América latina no me parece tan mala opción. Me explico, si tengo que elegir entre el populismo que culpa a los inmigrantes o el populismo que culpa al sistema financiero, me quedo lo segundo. Al menos en AL se está intentando que el estado redistribuya la riqueza.
    Tampoco está tan mal que tengamos una fuerte movilización social sin necesidad de llegar a los niveles de pobreza y desigualdad de america latina.

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