Zapatero ha muerto sin conjura ni puñal

Cuando llegó, parecía algo nuevo. Era un proyecto político basado en conceptos líquidos, como el republicanismo cívico o la visibilidad de las minorías a través de la ampliación de derechos sociales, y alguno un poco más sólido, como la extensión del estado del bienestar sin cuestionar la estructura económico-financiera. En cambio, su muerte es vieja como la unión de las palabras fracaso y España. La muerte de Zapatero es un triple fracaso: político, social y generacional.

El último es el más obvio. En las próximas elecciones generales, se enfrentarán dos candidatos que pertencen a la generación de la transición. No estrictamente, claro, pero sí, vicariamente. Llevan 20 años ocupando cargos públicos; en ambos casos tras conseguir su plaza de funcionario: profesor titular de universidad y registrador de la propiedad. Los dos candidatos estarán arropados por un entorno (social, económico, judicial, mediático y cultural) de la misma generación que consolidará la falta de relevo y los consensos de la transición, como la amnesia histórica. La situación crea un problema demográfico que, como todos los problemas demográficos, tendrá un estallido silencioso pero muy expansivo.

El fracaso generacional se concreta en el fracaso social y éste, en el político. Y viceversa. Zapatero heredó una estructura de régimen. Tras el breve experimento democrático de UCD, más por las circunstancias que por las intenciones, Aznar había consolidado un modelo iniciado por González basado en el liderazgo vertical, la dependencia de los poderes y el clientelismo.  Ejemplos de ese modelo es el control de los medios públicos y la tutela de los privados, el establecimiento de un criterio de designación y promoción basado en la fidelidad o el uso de todas las instituciones con fines electorales (un ejemplo de hoy y otro). O las primarias. Zapatero renunció a ese modelo. Su oposición, no. Para presidir el CGPJ, el Gobierno nombró a Carlos Dívar, buen juez pero muy alejado ideológicamente del PSOE; el PP designó para la vicepresidencia a De la Rosa, consejero de Justicia de Camps.
El objetivo, seguramente ingenuo, estaba en la idea del republicanismo cívico que está más cerca de conceptos como la meritocracia como medio de promoción, la independencia de los poderes, la fortaleza de la sociedad civil (instituciones o medios) y en todo lo que cabe dentro de democracia (debate, respeto o participación). La mitad de su derrota y casi todo su fracaso se deben a la nula capacidad ofensiva de ese proyecto; el resto, su respuesta a la crisis. Rubalcaba tampoco renunciará a ese modelo de régimen y lo muestra el aborto de las primarias, más por desconfianza en el concepto que por temor al resultado.

Zapatero ha muerto; ni siquiera ha sido necesaria una conjura que lo esperase al pie de la estatua, como a César. Lo ha hecho en cuanto se ha parado y con su propia espada, como la brigada suicida de La vida de Brian. El fracaso de Zapatero es propio pero tiene consecuencias generales. Es probable que nos esperen años de miedo y encabronamiento (viene el español encabronado; ojo, el català emprenyat ha devenido en català populista) pero habrá que estar preparados para el próximo experimento democrático.

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