Los proyectos democráticos tienen mala suerte en España

Los proyectos democráticos tienen mala suerte en España porque es un país que gusta de la seguridad; el orden antes que nada, que defendía mi bisabuelo Leoncio. La tranquilidad que da tener ideas fijas y un contrario con otras más fijas aún es un tesoro que no estamos dispuestos a ceder ante la incertidumbre que proporciona la posibilidad de cambiar; evolucionar es un concepto muy azaroso. Frente a las escasas seguridades de la democracia, siempre hemos preferido el caudillismo; los liderazgos fuertes, que se sepa a quien hay que ir a pedir las cosas. Habitualmente, menudean en las páginas de opinión los artículos que piden más resortes democráticos pero hay que fijarse en el momento porque nunca se piden en abstracto. El presidente del PP en Galicia pide cambios en el modelo de elección de los alcaldes porque cree que saldrá beneficiado por el cambio y la conferencia episcopal pide de vez en cuando libertad de voto en las cámaras porque cree que, uno a uno, podrá presionar mejor a los representantes. La prueba del algodón son los procesos concretos.

Este verano hemos tenido uno. El pasado mes se aprobó en el parlamento autonómico catalán la modificación de la ley de protección animal para suprimir la excepción de las corridas de toros. No es una ley nueva, sino el cambio de un artículo. El proceso es impecable y responde a todos los resortes democráticos. Un grupo de ciudadanos se moviliza para recoger firmas, presenta la propuesta acompañada de documentación realizada colectivamente, la iniciativa se aprueba con la libertad de voto de los dos partidos mayoritarios, se produce un debate con todas las opiniones y se vota con, de nuevo, libertad de voto en los dos partidos mayoritarios. El proceso contó con cosas (iniciativa popular, debate público o libertad de voto) que suelen estar en todos los textos que piden más resortes democráticos pero el resultado de la votación produjo una urticaría terrible y uno de los procesos más abiertos que se recuerdan tuvo pocos defensores. Todo el mundo se fijo en el resultado, nadie en el proceso. Incluso, uno de los argumentos contrarios al resultado sostenía que había sido un actuación antidemocrática dejando claro que la verdad tiene poco que hacer ante el racaraca.

Sin ninguna base sólida, creo que la urticaría del la votación tiene que ver con la mala suerte de los procesos democráticos en España. El problema es que todas esas cosas con las que contó el proceso (iniciativa popular, debate público o libertad de voto) aumentan su entropía. El debate o la libertad de voto obligan a las partes a presentar argumentos más allá de los compromisos personales y la visibilidad del proceso obliga a todo el mundo a desvelar sus cartas más allá de los imperativos burocráticos. La democracia es desordenada.

PD: Otra muestra de la mala suerte es el actual Gobierno. Zapatero ha elegido para el Supremo o el Constitucional a jueces preparados más allá de su fidelidad como el azañista Aragón o los católicos Gay o Dívar, que después le causan problemas con proyectos clave. Alguien debería decir que esos problemas son buenos porque son democráticos pero este es un país que ama el orden y la moraleja es que hace bien el PP premiando a la jueza del incendió de Guadalajara o la del bórico (todos vigilados por ex consejero de justicia de Camps), gente cuya lamentable carrera y escaso prestigio más allá de la fama mediática les hacen conscientes de a quien deben su puesto.

1 comentario sobre “Los proyectos democráticos tienen mala suerte en España”

  1. Trice dijo:

    Impresionante.

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