El yo ya no es lo que era

Hace años, leí un libro donde un escritor explicaba la relación con su padre. Me llamó la atención la ausencia de pudor, que rozaba el exhibicionismo al hablar de sus relaciones sexuales. Esa obra me recordó a otras muchas, sobre todo, cómics: American Splendor, de Harvey Pekar; Píldoras azules, de Frederik Peeters; Persépolis, de Satrapi; María y yo, de Gallardo; La ascensión del gran mal, de David B o Blankets, de Craig Thompson. Todas ellas explican desde un yo a pelo enfermedades o traumas. En una de ellas, Blankets, el autor explica los abusos sexuales que sufieron su hermano y él en la infancia. He recordado esas obras al leer esto en El País:

Leigh Ledare empezó a hacer ruido allá por 2010, cuando el PS1 de Nueva York –sucursal del MoMA para el último arte contemporáneo— le seleccionó para la gran exposición que organiza cada cinco años para destacar lo más prometedor de la escena local. El verano anterior, ya había llamado la atención en los prestigiosos Encuentros Fotográficos de Arles. La comisaria invitada, un mito de la fotografía contemporánea como Nan Goldin, le escogió como uno de los nombres a tener controlados en el radar. Sus imágenes retrataban a una pelirroja de mediana edad practicando sexo con amantes más jóvenes a lo largo de ocho años. Otra serie sobre ese oscuro objeto del deseo, pensaron algunos. Hasta que, al leer la letra pequeña, descubrieron que Tina Peterson, antiguo prodigio de la danza clásica reconvertida en madura bailarina de striptease, era también su madre.

De la banalidad pornográfica, sus imágenes pasaron a la categoría de provocación limítrofe con el incesto. “Es una lectura inicial posible, pero no hay que confundirse”, alega un flemático Ledare, de 35 años, aspecto de hipster jubilado con residencia en Brooklyn y respuestas más sesudas que sensacionalistas. “No estoy documentando la actividad sexual de mi madre, sino estudiando la condición de la mujer frente a las convenciones de nuestra cultura, al ideal que debe encarnar toda madre y esposa. Cuando una mujer se aleja del arquetipo, se la considera una desviada y una pervertida”, explica. “En el fondo, no estoy hablando de algo tan extraordinario: solo es una mujer que practica sexo”.

El fotógrafo estadounidense protagoniza su primera retrospectiva europea, que acaba de hacer escala en el Kunsthal Charlottenborg de Copenhague, donde será expuesta hasta el 12 de mayo. La comisaria de la muestra, Elena Filipovic, analiza el supuesto escándalo en los mismos términos: “A pesar de la omnipresencia del porno en nuestra sociedad, la madre como sujeto sexualizado sigue siendo un tabú inquebrantable”. Y si es su hijo quien participa en su erotización, todavía más. Ledare sostiene que todos sus proyectos giran en torno a la voluntad de “observar lo que permanece oculto, lo que produce vergüenza y preocupación moral”. Por eso admira a Larry Clark, de quien fue asistente durante los noventa. “Pero también a Fassbinder, Mike Kelley o Judith Butler, quienes se especializaron en hacer el mismo tipo de preguntas embarazosas”, añade.

Para el fotógrafo, su trabajo consiste en ponerse a sí mismo en situaciones incómodas. En una de sus primeras series fotográficas, escogió al azar anuncios de contactos en el periódico y pidió a las solicitantes que le fotografiaran en su posición preferida. En una de las últimas, volvió a apostar por otro experimento tan pernicioso como revelador. Se marchó de fin de semana con su exmujer y documentó el reencuentro con su cámara. Dos meses después, le pidió que repitiera la experiencia. Pero esta vez no con él, sino con su nuevo marido. La musa de ambos fotógrafos era la misma, pero la mirada fría y resentida de unas imágenes se volvía tierna y seductora en las otras. “Mi obra quiere ser como un diagrama de las relaciones de poder que subyacen bajo las situaciones corrientes”, concluye Ledare. En sus imágenes, lo anodino esconde lo malsano y lo intolerable conduce hacia lo esclarecedor. Limitarse a llamar al escándalo supone quedarse corto.

Hasta que descubrieron era también su madre. […] Se marchó de fin de semana con su exmujer y documentó el reencuentro con su cámara. Dos meses después, le pidió que repitiera la experiencia. Pero esta vez no con él, sino con su nuevo marido.

Todos los escritores escriben siempre sobre ellos mismos, pero utilizando técnicas narrativas. La principal, la narración, la ficción o la distancia, como queramos llamarla, aunque después se narren hechos reales en primera persona. Sin embargo, en todas las obras del primer párrafo, había un nuevo narrador que nacía de una confusión entre lo personal, lo social, lo laboral y lo íntimo (lo que se puede mostrar y lo que no). En todas esas obras, al valor artístico se le añadía otro factor: la verdad. Las influencias son múltiples (periodismo humano, uso político de la intimidad, la telerealidad o las redes sociales, etc.). Reducirlo al morbo es muy simple. Quizá esas palabras, yo y verdad, están dejando de ser lo que eran. Habrá que preparar la cabeza para una dolorosa y dulce esquizofrenia, de la que nos advirtieron Deleuze y Guattari.

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