Cuando huela a ceniza en mi habitación
Punset suele recordar que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. El amor y el odio, a pesar de lo que digan la canciones de Antonio Vega, están en la misma región cerebral y, por eso, tantas discusiones acaban con un polvo. La indiferencia está en otra parte de la cabeza y, de allí, es complicado volver a donde están el amor y el odio; de follar, ni hablemos. Se parece más a la canción de los Esclarecidos: qué pasará mañana, cuando el café esté amargo, cuando huela a ceniza en mi habitación; qué pasará mañana, cuando no tengas nadie a quien gritar. Sobre la indiferencia advertía ayer la prensa catalana. Advertía, no amenazaba, aunque en la meseta, ese trozo de pensamiento entre Bilbao y Cádiz, no sepamos diferenciar. Cuando nos dicen “oiga, se le ha caído una cosa” nos pide el cuerpo responder “¿y a tu puta madre no se le caído nada?”. En Italia, cuando llueve se cagan en el Gobierno; aquí linchamos al hombre del tiempo. Quizá con demasiada solemnidad, con conceptos de hace dos siglos (ese que en España es decimonónico y en Catalunya, noucentista) como dignidad o nación, el editorial advertía, llamándolo hartazgo, de la posibilidad de la indiferencia.
Catalunya siempre se ha sentido concernida por España, desde el regeneracionismo o el debate constitucional hasta la preocupación de La Vanguardia por el estancamiento del noroeste peninsular. Y, habitualmente, lo ha hecho todo con mucha prudencia. Nunca ha protestado en exceso, ni siquiera cuando ha sido provocada (Pujol, enano habla castellano o Antes alemana que catalana), haciendo de la prudencia un rasgo antropológico. Ni siquiera protestó ayer, cuando el editorial podría preguntarse por qué es un problema que Catalunya tenga símbolos nacionales y no lo es la realidad nacional andaluza. O por qué artículos idénticos en el Estatuto valenciano no han sido recurridos. Prudencia y prudencia hasta la indiferencia.
El problema es la estabilidad. Josep Maria Colomer (por ejemplo) explica en más de un libro que no fue el sentido de estado lo que ató en corto el juego táctico y las aventuras durante la transición, sino el miedo. El miedo suavizaba las reuniones porque la mierda huele; el sentido de estado, no. Miedo al enfrentamiento civil, a una nueva dictadura, a las potencias y, sobre todo, a perder el tren otra vez, a la mierda. La actual estabilidad con el ejército en la OTAN, el sistema monetario en el euro, la economía funcionando sola, los bancos como motos y la gente descreída de ideologías permite la aparición de folloneros, gente que saca partido con la bronca. En la transición, la gente que podía sacar partido con las situaciones de tensión era escasa, lo que permitía los acuerdos, las situaciones donde todo el mundo no consigue todo lo que pretende pero sí buena parte y, además, en un contexto estable que le permite garantizar su botín.
La situación actual, donde los estados han cedido tanta soberanía que casi da igual lo que hagan sus gobiernos, es un caldo de cultivo para que desaparezca el miedo y predomine el follón, las aventuras, el corto plazo y la desfachatez. No es algo español; sino generalizado o gobalizado, por usar la palabra que ha hecho fortuna. A El Mundo o al PP (de la pasada legislatura) le venía bien el follón catalán para vender diarios y desgastar al Gobierno; el Gobierno confiaba en ir partido a partido, mientras que pululaba una tremenda desfachatez que permitía usar a un tipo, cualquier tipo, estar a favor de la pluralidad del estado y pedir el envío del ejército a Barcelona durante el mismo programa de radio. Ayer, el editorial fue respondido con más follón, más aventuras, más corto plazo y mucha desfatachez. Y un punto de chulería mesetaria comparando índices de participación de textos legales. Cuando haya que votar la reforma de la constitución, veremos que sale.
El editorial no amenazaba ni hablaba de bronca, sino de indiferencia. Es algo que ya hemos oído. En un artículo magistral, Enric Juliana advertía sobre la amargura y el cabreo constituidos en entidad política. Lo más probable es que no pase nada. Que haya una cierta tensión que se diluya tras las navidades, que todo este follón se olvide (hay tantas cosas trascendentales que se han olvidades: desde la legalización del PCE a la LOAPA y, al fin y al cabo, la sentencia no afecta a la cotidianeidad como los cercanías) y que la nueva financiación y algún traspaso ayuden al olvido. Pero pongamos que no. Pongamos que la nueva situación provoca un divorcio entre el PSC y el PSOE, cosa no descartable, y que, para el Congreso, los partidos sin referente estatal, CiU, PSC, ERC e ICV, deciden montar una coalición propia. Este nuevo grupo, llamémosle Entesa, puede conseguir entre 20-30 diputados decisivos para la articulación de mayorías, ofreciendo sus votos sin sentirse concertido por España. Ni por los halagos, ni por los insultos. Ni para el proyecto, ni para la gobernabilidad. De eso hablaba el editorial, no del amor o el odio, sino de la indiferencia, de cuando el café esté amargo, de cuando huela a ceniza, de cuando ya no haya nadie a quien gritar.