El gran problema del final feliz II

Llegó el final feliz, aunque con poca escenografí­a. El Gobierno podrí­a aprovechar el momento y viajar con las familias a las islas para hacerse una foto con el reencuentro de paisaje. Lo hemos visto tantas veces (en cada edición de GH u OT, por ejemplo). Pero no. Ni Chacón ni De la Vega poseen esa capacidad posmoderna para la puesta en escena sin complejos ni tampoco disponen de los los asesores de Esperanza Aguirre. Ellas se habrí­an cambiado de calcetines. O quizá es pudor socialdemócrata o protocatólico. Vaya usted a saber. El PP, a pesar de que no hay foto, acelera y se pasa de frenada. Cuando los pasos de la procesión barroca vuelvan a las iglesias, alguien deberí­a pensar cómo se nos ha podido olvidar qué coño hacer en un secuestro.
El problema, decí­a, es la irrupción de un nuevo actor: la ví­ctima. Vamos a matizarlo (o a intentarlo).

Pongamos un secuestro de Eta, uno cualquiera de los 80. Por su parte, hay peticiones económicas y peticiones polí­ticas, en diferente medida según la ví­ctima, y puede elegir entre liberar, resistir o asesinar. Las opciones del Gobierno son resistir y buscar la liberación incluso poniendo en peligro la vida del secuestrado, resistir y buscar la liberación sin poner en peligro la vida del secuestrado, resistir y no ceder en nada, resistir y hacer algún gesto suave como facilitar a la familia el pago de las peticiones económicas mediante los servicios de inteligencia, puede hacer pequeñas concesiones forzando la legalidad como acercar presos o buscar interlocuciones pero nunca llegando a considerar las peticiones polí­ticas o puede hacer grandes concesiones como pagar el rescate y admitir la consideración de las peticiones polí­ticas.

Ambos actores (perdón por ponerlos a nivel) están condicionados por sus respectivas bases. El universo Batasuna, en un caso; la sociedad española, en el otro. El primero tiene tres niveles: militantes de Eta, militantes de Batasuna y, por último, simpatizantes y votantes de Batasuna. La base del Gobierno es la sociedad y ésta tiene un montón de divisiones pero, para no liarnos (más) vamos a dividirla en tres: prensa, poderes fácticos y resto de la sociedad (activa).

Ambos actores tienen un objetivo común a todas las estructuras sociales (perdón por el marxismo): la supervivencia. Para toda estructura, esto se logra dando gratificaciones (simbólicas o reales) y pidiendo sacrificios (simbólicos o reales) a la base social, es decir, cohesionando. La principal gratificación (ya sé que es todo más complejo) es la pertenencia al grupo. La banda tiene la ventaja (o desventaja) de que se puede ahorrar la mayorí­a de gratificaciones reales porque la gratificación final será la hostia. El Gobierno, no; tiene que ofrecer servicios públicos, entre los que está (hasta que se privatice del todo) la protección de sus ciudadanos.

La opción de estabilidad para la banda es resistir hasta que se satisfagan todas sus peticiones pero sin asesinar. La opción de estabilidad para el Gobierno es resistir y no ceder en nada. Así­ nos podrí­amos quedar pero ambos actores tienen opciones de, moviendo un poco su ficha, conseguir opciones estables que mejoren su mensaje a la base. La banda puede liberar tras conseguir las peticiones económicas, algo que garantizarí­a su supervivencia, o alguna concesión suave que le proporcione legitimación como una promesa de interlocución o, simplemente, estar en el debate y que se hable de ella como hemos hecho aquí­. El mensaje a la base es que se ha andado un paso más hacia el futuro idí­lico. El Gobierno, que tiene entre sus servicios la protección de los ciudadanos, puede facilitar el pago de las peticiones económicas para permitir la liberación y hacer alguna concesión suave. El mensaje a la base es que se cuida de los ciudadanos pero sin plantearse forzar la legalidad colectiva. En ambos casos, predomina el grupo sobre el individuo. Los casos siempre son individuales pero individualizados. Es decir, se come a la carta, no hay menú, pero cada plato está servido de una manera única.
Los dos actores experimentan tensiones internas y externas para moverse hacia otras opciones. En todo grupo, sigamos simplificando, hay duros que lo arreglan todo en dos patadas y blandos que se ahogan en un vaso de agua. La banda puede estar tentada de cumplir sus amenazas de matar si no se aceptan todas sus peticiones y el Gobierno, de no ceder nada o, incluso, intentar la liberación incluso poniendo en peligro la vida del secuestrado. Habitualmente, este tipo de opciones ponen en peligro la cohesión interna, sobre todo, de la base menos convencida. Por ejemplo, las crisis de Eta han llegado tras demostraciones de fuerza como el atentado de la caferí­a Rolando, Hipercor o, el caso más conocido, Miguel Ángel Blanco. En el caso del Gobierno, las opciones duras como la pena de muerte o la guerra sucia, cohesionan la oposición interna y dan una ví­a de legitimidad a la banda. Las opciones blandas de cesión total suelen deslegitimar al actor, salvo que se ofrezca un premio mayor o acompañe la escenografí­a. Es decir, una banda puede dejar las armas cuando el fin de la violencia es reconocido por su base como un premio mayor que los objetivos polí­ticos pero si el heredero polí­tico de la banda no logra cuotas de poder, su base se disolverá. Y un ejemplo de escenografí­a: Reagan pudo ceder en la crisis de los rehenes que habí­a debilitado a Carter porque tení­a fama de duro y, además, contaba con cuatro años para que se olvidara todo.

También, ambos actores pueden presionar a la base del contrario. Durante años, la táctica de Eta fue presionar a la parte dura de la base gubernamental para provocar una espiral de acción-represión-acción; después, pasó a la idea de que la acumulación de violencia forzarí­a la negociación e, incluso, una postura favorable en dicha negociación. Sin éxito en ambas. Sí­ lo ha tenido en el entrismo practicado en grupos sociales ecologistas, feministas o gastronómicos. También, tras el fracaso de la amenaza de la guerra sucia, lo ha tenido el Gobierno en su estrategia de debilitar la base forzando a los simpatizantes a elegir entre la desvinculación y la militancia con procesos al llamado entorno de Batasuna donde incluso ha recibido quien pasaba por allí­ (como la fundación Zumalabe, cuyo logo pueden ver en este blog). í‰sa es también la idea de la ley de partidos.

Todo el juego anterior se basa en dos actores, cada uno con su base, pero dos. Esta situación ha cambiado.

Tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, (los familiares de) las ví­ctimas (del terrorismo de eta), organizadas para la gestión de ayuda estatal y, en ocasiones (lazo azul), como actor civil, se convirtieron en sujeto polí­tico gracias a la legitimación del periodismo y la polí­tica que quizá confundió desagravio con exhaltación. No era algo nuevo en el panorma polí­tico. Lenin (y antes, San Pablo) conocí­a el valor de la emotividad para la propaganda y las organizaciones de lo que Hobsbawn llama la era de las catástrofes, años 30 y 40, abusaron de la figura del mártir. En el caso español, el proceso de la instalación de la emotividad de las ví­ctimas en la parte central del discurso contó con la ayuda del gusto posmoderno por la historia humana frente a la información contextualizada, del ejemplo americano trasladado, no en los medios, sino en la ficción audiovisual y, por último, del escaso pudor por parte del bloque de la derecha, polí­tico y periodí­stico, en el uso de cualquier arma en el debate polí­tico. Por ejemplo, en las elecciones autonómicas vascas de 2001.

Poco después, el bloque de la derecha sintió que este arma se le volví­a en contra en el proceso que precedió a su derrota electoral de 2004. No pensó (sigue sin hacerlo y, desde entonces busca desastres análogos ) que la derrota habí­a venido por la gestión del desastre, sino por el desastre en sí­ que, habitualmente, era explicado por algún afectado en lugar de por algún conocedor del tema. Instalada como actor polí­tico, consecuentemente, la ví­ctima reclamó su derecho a hacer polí­tica, a participar en el debate sobre las decisiones, como otros actores (la prensa, las organizaciones sociales). No hará falta describir cómo los familiares de asesinados no sólo piden reformas legislativas, sino que exigen participar en ellas. Tampoco cómo el bien común (el fin del terrorismo) se condicionaba a la emoción de un colectivo no elegido y no responsable.

Esta situación crea una distorsión en la polí­tica porque la legitimidad de la historia humana gana el pulso a la frí­a legitimidad legal. La discrecionalidad emotiva se impone a la racionalidad legal. Planteada de nuevo la situación del secuestro, la distorsión se concreta en la presencia de un nuevo actor, la ví­ctima, con su relato emotivo a cuestas, ineludible para la prensa y la polí­tica porque la han incorporado a sus rutinas (vamos a cometer la ingenuidad de que creer que nadie quiere usar su relato emotivo para desgastar al Gobierno). La ví­ctima se ha desgajado de la base social del actor Gobierno con sus propios intereses: la liberación a toda costa. Al actor ví­ctima, lógicamente, no le importa la seguridad colectiva, ni la legitimidad institucional, que son los valores supremos para el actor Gobierno porque en ellos se basa su supervivencia. No le importa porque no le tienen que importar; son particulares sometidos, además, a una gran presión. El problema es el proceso que les ha convertido en actor polí­tico que no será fácil deshacer. Es más, no se puede; todo proceso evoluciona siempre.
Una vez que hemos conseguido el final feliz a ver si arreglamos la historia.

Deje un comentario