El gran problema del final feliz

Una de las cosas que tiene la posmodernidad es la pérdida de memoria. La sensación de permanente novedad se consigue con la parcelación del tiempo en pequeños trocitos aparentemente independientes. Las cosas tienen que aparentar ser únicas; todo pasa por primera vez, incluso el recuerdo. í‰sa puede ser la explicación de que hayamos olvidado qué hacer con un secuestro, una cosa tí­pica de los 80 donde casi todas las semanas algún avión con destino, por ejemplo, Parí­s acababa en, por ejemplo, Yemén del Sur. Con los secuestradores, se negociaba hasta que el grupo de élite entraba por la entrada secreta o, si no se podí­a, se pagaba el rescate a través de bancos suizos en islas caribeñas o se llegaba a pactos que, años después, algún ex reconocí­a en sus memorias. El estado no cedí­a nunca. O, al menos, aparentaba no hacerlo. Toda esa rutina de secuestro la hemos olvidado en un paí­s donde, sólo por parte de eta, ha habido casi 80 y varios terminaron en asesinato. De uno de ellos, nadie puede decir que no se acuerda. Es posible que en aquella muerte esté la base de la actual carajal.

La movilización social tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco convirtió a (los familiares de) las ví­ctimas (del terrorismo de eta) en sujeto polí­tico, instalando la emotividad en la parte central del discurso. Una desgracia no legitima el discurso de nadie; a una ví­ctima, sobre todo si es pública como en el caso del terrorismo, hay que poner a su disposición todo menos un micrófono. Aunque sea tentador. En la anterior legislatura, el bloque de la derecha las transformó de sujeto a actor (movilizador y portavoz) aprovechando la baza de la emotividad (el bloque de la izquierda, siempre más escrupuloso, renunció a usar a las que podrí­an ser sus ví­ctimas (11M) e incluso confudió la pulcritud con la indiferencia). Las actuaciones del gobierno se juzgaban usando balanzas sentimentales como si ambas cosas, leyes y emociones, pudieran compartir ámbito. Es decir, la racionalidad legal se sustituí­a por la discrecionalidad emotiva; el bien común (el fin del terrorismo) se condicionaba a la emoción de un colectivo no elegido y no responsable.

La polí­tica y el periodismo se acostumbraron a la presencia de las ví­ctimas, con su relato emotivo a cuestas, y las incorporaron a las rutinas. Un ejemplo. Tras el accidente de avión de hace dos veranos, las ví­ctimas ocuparon su espacio, ya natural. Algunos protestaron por “la poca preparación de los profesionales, el exceso de emoción, la falta de opiniones fundamentadas y el acoso sin respeto”. ¿Qué esperaban? La primera y última queja son consecuencia de reducir costes y las dos quejas de en medio, del tratamiento habitual de las ví­ctimas; en los macdonalds no te hacen reducciones al Pedro Ximénez. De hecho, a poca gente extrañó que las ví­ctimas exigieran incorporarse al comité que tení­a que elaborar los nuevos protocolos de revisión aeronáutica. De nuevo, la discrecionalidad emotiva poní­a en cuestión la racionalidad legal.

Otros ejemplos ya son parte del paisaje. El padre de una niña asesinada quiere ser oí­do en la reforma del código penal o los estafados filatélicos quieren participar en la nueva normativa sobre inversiones en intangibles. En el mundo del relato, del marco, del storytelling, la legitimidad de la historia humana gana el pulso a la frí­a legitimidad legal. La historia humana pone a la misma altura a piratas, ví­ctimas, abogados, jueces, ministros y vicepresidenta. Todos son actores de una historia que tiene que tener un final feliz, aunque se lleve por delante el teatro. Es la posmodernidad. Da igual mañana, lo que importa es que esto salga bien. En este contexto, es donde hay que situar la pérdida de memoria de qué coño hacer ante un secuestro. En este contexto estamos hoy, buscando las formulas (indulto, extradición, cambio legal) para desmontar la racionalidad legal porque es el gran obstáculo de la discrecionalidad emotiva, es el gran problema del final feliz.

PD: El proceso tiene mucho de desprecio a la ilustración y algo del regreso a la gracia del Rey como base de la legalidad/legitimidad. El populismo que viene.

Deje un comentario