Una batalla española

Hace tiempo escribí­ que la polí­tica española (sus usos) bebí­a de dos fuentes: el Movimiento y el PCE. En ambas, la lucha ideológica se concretaba en nombres, cuotas, más que en el corpus ideológico. Tal grupo buscaba hacer caer a mengano como gobernador civil para promocionar a fulano, momento que recoge La escopeta nacional. Eran batallas (obviamente las celebradas dentro del Movimiento) donde la prensa tení­a un papel protagonista (costumbre que hoy perdura a través de la herencia Anson-Ramí­rez/Romero-Cebrián). Tal diario bregaba para hacer caer al ajeno y poner al suyo. El predominio de esta u otra familia ideológica se evidenciaba en el número de invitados a la mesa (cargos en activo) y en las cabezas colgadas del cinturón (cargos ajenos defenestrados). Todo muy evidente, muy español. Por eso, la batalla de Cajamadrid es el inicio de la guerra civil dentro del PP, no su culminación ni su fin. Alguien tiene que ganar y alguien tiene que perder. El Alcázar no se rinde; a por ellos, que son de regadí­o.

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