Rajoy en Bahí­a de cochinos

Rajoy es un escarabajo; con perdón. Como animal polí­tico, quiero decir. El escarabajo es un animal sorprendente que es capaz de desarrollarse en los habitats más hostiles; incluso podrí­amos recurrir al tópico de que serí­a uno de los animales que sobrevivirí­an a la bomba atómica. También es provervial su fuerza. Los hay que levantan 850 veces su propio peso y no importa que el objeto, proporcionalmente 50 toneladas para un humano, sea una gran bola de mierda. Rajoy ha resistido a Esperanza Aguirre, Pedro José Ramí­rez y Federico Jiménez Losantos y ha podido con marrones de peso considerable, como las oposiciones a registrador de la propiedad, la tormenta provocada por el decreto de humanidades de Aguirre con sus entonces socios de Gobierno (CiU y PNV), el Prestige o el caso Gí¼rtel, caso este último donde se ha podido ver el mayor punto en común del escarabajo con Rajoy, el exoesqueleto, el esqueleto externo continuo.

El exoesqueleto de los artrópodos cumple una función protectora, de respiración, y otra mecánica, proporcionando el sostén necesario para la eficacia del aparato muscular; es decir, el exoesqueleto sirve para aguantar los golpes, tomar aire y sostenerse, siempre polí­ticamente hablando, claro. El exoesqueleto está organizado en células hexagonales y, en algunos casos como el del escarabajo hércules, tiene la capacidad de cambiar de color según el grado de humedad del ambiente; es decir, Rajoy, en tanto que escarabajo, muta si está en una manifestación de la AVT, una conferencia de la FAES, un pueblo de Andalucí­a o en la cadena SER (los tí­tulos de Rajoy en acción son clarificadores: Rajoy, un canario más; Rajoy, con los pescadores; Rahoy vuela como tú). Como Rajoy, los escarabajos pueden volar pero con poca destreza y sólo si es imprescindible porque sus alas delanteras están transformadas en duros escudos llamados élitros para proteger la parte posterior del tórax, donde más duelen los golpes.

El escarabajo es un animal muy posmoderno. Es solitario, come de todo (los hay coprófagos o filófagos a depredadores), puede recurrir a la partenogénesis si no hay plan y simboliza la resurrección que, en la era pop, se ha traducido en reinvención. Rajoy, siempre polí­ticamente hablando, también es solitario, come de todo, puede recurrir a la partenogénesis si es necesario para crear un equipo y se reinventa con gran facilidad. Puede hablar de la descentralización como si nunca hubiera sido ministro de Administraciones Públicas; de Inmigración o seguridad ciudadana como si nunca hubieran sido sus competencias como ministro de Interior o de la Educación como si nunca hubiera sido ministro del ramo. O hablar de la contratación de agencias de comunicación por parte del PP como si no hubiera dirigido varias campañas electorales. Es puro pop. Hace unos dí­as, uniendo al Dalai Lama con Georgie Dann o a King Africa con el Eclesiastés, afirmó desde el chiringuito que igual viene el corralito (post que tiene tres comentarios en el videoblog). La solemnidad de lo frí­volo, la nominación de Gran Hermano como escenificación de la tragedia.

El gran problema del escarabajo Rajoy es la herencia de la hiena Aznar, polí­ticamente hablando siempre. Aznar no quiere ser posmoderno pero ha acabado siéndolo, aunque en otro estilo. Aznar es la portada del disco de Mari Trini en un bar del Born; lo sólido en lo lí­quido convertido en kitchdeluxe. La posmodernidad todo se lo come. La herencia de Aznar es la confianza en la uniformidad, el autoritarismo y la caña, mucha caña. La herencia de Aznar es Bahí­a de Cochinos.

Bahí­a de Cochinos

En La guerra del Mundo, Niall Ferguson analiza aspectos laterales de los conflictos como la toma de decisiones y, llevando el ascua a su sardina (y a la mí­a) llega a la conclusión de que la democracia es mejor que la dictadura y que la pluralidad es mejor que la uniformidad y que el contraste de ideas es mejor que las fuertes convicciones. Ferguson pone varios ejemplos de decisiones desastrosas de Hitler, Stalin y Churchill en la II Guerra Mundial, subrayando que las ideas de este último no se llevaron a cabo porque, a pesar de la situación excepcional, tení­an que pasar por los controles propios de una democracia liberal.

Otro ejemplo es la administración Kennedy y las diferencias en la toma de decisiones en Bahí­a de Cochinos y la crisis de los misiles. En el primer caso, el presidente estuvo aconsejado por un cí­rculo cerrado de personas muy implicadas emocionalmente que diseñaron en secreto una operación rí­gida. Este sistema tiene el grave problema de la retroalimentación emocional (gente que se da la razón unos a otros) y la construcción psicológica de mundos ideales en la que el resto (todo el que no participa de ese mundo ideal y no asiente es un enemigo; enemigo, no sólo ‘otro’). La retroalimentación y la construcción psicológica hacen que los escenarios sólo manejen opciones ganadoras, minimizando las informaciones negativas, y no se tengan en cuenta posibilidades no optimistas, opciones racionalmente posibles ni personas ajenas y no implicadas emocionalmente. El fracaso de Bahí­a de Cochinos provocó un cambio en la toma de decisiones que se puso en práctica en la crisis de los misiles. Se pasó a cí­rculos abiertos y transversales, expertos y no expertos, militares y civiles, optimistas y pesimistas, emocionales y racionales, etc… (sin pasarse, claro) para conseguir que se manejaran todas las opciones. Hay que tener toda la información, pensar siempre (sin mostrarlo) que te puedes estar equivocando para tener la flexibilidad de variar el rumbo y minimizar la emotividad en la toma de decisiones.

Aznar, que siempre prefirió la uniformidad y las fuertes convicciones, eligió el modelo Bahí­a de Cochinos para gestionar el atentado del 11 de Marzo de 2004. Esa mañana se reunió con un cí­rculo cerrado de personas (del ámbito de la comunicación) muy implicadas emocionalmente que minimizaron las informaciones negativas para construir escenarios ganadores, retroalimentados por cada una de las personas pertenecientes al cí­rculo. Los sucesos del mundo real (la manifestación del viernes, las concentraciones del sábado y el resultado electoral del domingo) no se ajustaron a la construcción psicológica realizada y se señalaron enemigos (partidos, medios de comunicación, grupos sociales como los artistas o personas individuales). Como ocurre con los grupos cerrados con fuerte implicación emocional, admitir el error es imposible; todo es una conspiración. Lo hizo Ruiz-Gallardón algunos meses después (“algo habremos hecho mal”) y fue silenciado.

Rajoy, escabajo posmoderno, gran personaje lí­quido capaz de juntar corralito y chiringuito en la misma frase, heredó entonces un partido resquebrajado (sólo las cosas sólidas se resquebrajan) con un fuerte sentimiento de ataque provocado por el shock de la sucesión ‘atentado-plan de Aznar-sucesos del mundo real-derrota electoral-pérdida del poder’, unidos en un relato donde, aunque no se asumiera del todo la construcción psicológica del cí­rculo cerrado (la mayorí­a de ellos abandonaron la primera fila) no se podí­a matar la figura del lí­der y se pasó a compartir enemigos en tanto que se compartí­a la trinchera de aquél. La emotividad acelerada dominó la primera legislatura fuera cual fuera el tema escogido; el PSOE tuvo la tentación, concretada muchas veces, de aprovechar esa emotividad para movilizar a su electorado. Una emotividad que se retroalimentaba en los medios y en los actos públicos (nunca un partido se manifestó tanto) construyendo un relato sentimental de providencialismo, apocalipsis y persecución sin el que es imposible entender la escalada de crispación de estos últimos dí­as.

Rajoy, gran escarabajo al sol, primero secretario general y después presidente, dejó que el partido fuera colonizado y autogestionado localmente con tal de no tener que ponerse al frente de nada ni tomar decisiones. La falta de secretario general (para Rajoy es un marrón transitorio más, Acebes sólo quiere limpiar su honor tras el 11-M y de Cospedal nuca sabremos si no quiso o ni lo pudo) se suplió primero con el autoritarismo de Aznar, palo y zanahoria, y, después, con la permanente movilización mediática, hasta las pasadas elecciones. El escarabajo Rajoy no quiere ser pisado y como en Bichos, se junta con orugas y hormigas para hacer frente a los saltamontes pero, tras la batalla, queda la realidad. El partido está colonizado y se autogestiona localmente. No es débil, no corre peligro de romperse ni de desaparecer; no es la UCD, aunque muchos de sus dirigentes lo piensen. Es un partido con músculo, como demuestra cada elección, pero no es fibroso; no tiene flexibilidad ni tránsito intestinal para depurar lo que le sobra.

Rajoy, escarabajo solitario, pudo reinventarse una vez más y aprovechar el caso Gúrtel para ampliar el cambio generacional que comenzó con la promoción de rostros jóvenes que los colonizadores del su partido, en proceso de expulsión, llamaron sorayos. En cambio, ha vuelto a Bahí­a de Cochinos. El giro no fue el tesorero, defendido con el exoesquelto y después trasladado como cualquier otra bola de desperdicio, sino Valencia. La autogestión provocada por la falta de secretario general, de fibra, o la necesidad de devolver el apoyo prestado en el congreso anti-saltamontes, provocó el regreso a la Bahí­a. Emotividad acelerada, retroalimentación, construcción de escenarios psicológicos que, cuando no se ajustan con la realidad, es culpa de la realidad y un relato sentimental de providencialismo, apocalipsis y persecución. Ahora ya manda él, ya no hay herencia, él ha recuperado el viejo relato. Otros, los que ahora callan, esperan.

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