Periodismo almorranero

Es uno de los subgéneros más importantes del columnismo español. Se caracteriza por el uso de la vida privada del periodista (por ejemplo, la aparición de hemorroides) como recurso ante la falta de imaginación y talento, dando lugar a artí­culos grises y casposos en los que, además, el periodista suele alardear de una supuesta complicidad con el lector (de almorrana a almorrana) o de la creación de un estilo propio por la proliferacón de vocativos (mi almorrana es tan-tan original). El autor suele creerse alguien con una intensa vida interior (y exterior) que merece ser contada sin tener en cuenta que la referencia de la exposición pública de los sentimientos ya no es Baudelaire o Virginia Wolf, sino el llorón de OT o el transexual de GH.

Las columnas de la última página de ADN o El Paí­s suelen tener buenos ejemplos. Sánchez Dragó también suele hablar de lo que le molestan los ruidos, de lo puro que es el aire en Soria o de lo de mucho que folla,,en fin, de su almorrana. Ojo, el problema no es estrictamente la temática, sino el talento y el trabajo del escritor. Escribir sobre la propia almorrana evita pensar y reescribir. Hay escritores con capacidad para transformar anécdotas propias en textos magistrales, como Paco Umbral, sin ir más lejos. O Tom Wolfe, yendo más lejos.

El pasado fin de semana, el suplemento del Mundo nos regaló un buen ejemplo de periodismo almorranero. El diario le pidió a Sánchez Dragó que tomará una pí­ldora para la eyaculación precoz. Supongo que la referencia estaba el periodismo Gonzo pero el problema vuelve a ser la desestructuración de la referencia por todo lo que ha pasado desde entonces, desde las webcams, los realities (incluido el programa 21 dí­as. ), los blogs o twitter. No se puede hacer como si nada hubiera pasado. No se puede decir “Ojo, chata… Que yo no lo necesito. No pienses mal. Cuando quieras, si tu jefa lo permite, te lo demuestro” como si Torrente o Aí­da no hubieran existido.

Si tienen curiosidad por el texto completo está aquí­.

PD: Como curiosidad, descontextualizo sesgadamente las frases más casposas. ¡Qué obsesión tienen el periódico con el sexo de pago!

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¿Quieres que hinque el pico sobre una chavala después de tirarme ocho horas dale que te pego?

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- Si me pagáis una puta de lujo…

- ¡Ja, ja! ¡Siempre tan gracioso! Estamos en crisis.

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Tanto más cuanto que a estas alturas de mi ancianidad, para levantar el ánimo y otra cosa una vez a la semana, porque de ahí­ no paso, me enjareto una galleta Marí­a (sí­, sí­, Marí­a… Ya saben), una petaca de whisky, media dormidina y 10 miligramos de Cialis.

¡Menudo mejunje! Eso sí­: mano de santo. Resisto dos o tres horas con la bandera izada.

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También me tomo, aparte de los 10 miligramos en situaciones de emergencia, una dosis de mantenimiento de cinco miligramos al dí­a. Eso sirve para estar en permanente situación de ataque. ¿Pasa una gacela? Pues el tigre se abalanza y la adentella. ¿No pasa? Pues tan tranquilo.

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Junto a la farmacéutica, que ya no es una chiquilla, veo, mirándome con guasa y de soslayo, a una dependienta que sí­ lo es. ¿Por quién me toma?

-Ojo, chata… Que yo no lo necesito. No pienses mal. Cuando quieras, si tu jefa lo permite, te lo demuestro.

Se rí­e, pero ni flores. Las jovencitas son así­.

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Llego a casa con la pócima. Cada polvo sale por 12 euros. Carito, ¿no? En Bangkok, por ese precio, te vas a la cama con dos preciosidades. Abro el envase, saco el prospecto y… La sangre se me hiela en la zona que el Cialis debe y suele irrigar.

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Pongo manos a la obra. Sólo me falta la chica. O las chicas, en plural, que eso devuelve el vigor. Paso revista a las posibilidades. Hago la cuenta del viejo. A ver, a ver…

¿Mi santa? ¡De ningún modo! ¡Eso ni se contempla! No está bien enredar en semejantes cochinadas a quien quizá sea algún dí­a madre de nuestros hijos. Y, además, necesito estí­mulos, y la novedad lo es, que aceleren la eyaculación, no rutinas que la retrasen.

Abro la libreta de teléfonos. La repaso ex por ex, novia por novia, ligue por ligue y aventurilla por aventurilla. Poca cosa.

Las ex ya son, por lo general, mayorcitas y, además, no me aceptarí­an en sus lechos. ¡Así­ de raras son las mujeres! Que se lo pregunten a Racionero. Su libro (Sobrevivir a un gran amor, seis veces. Yo voy por la séptima, sin contar las de paso) es una joya literaria y un manual de utilí­simas instrucciones conyugales… El perfecto casado, de este segundo Fray Luis.

Las novias lo son ahora de otros o, incluso, ¡qué desconsideración!, se han casado con maromos celosí­simos. Tampoco es cosa de terminar en calzoncillos y con los zapatos en la mano haciendo equilibrios sobre una cornisa.

Los ligues y las aventurillas… ¡A saber por dónde andarán! Sic transit. Seguro que han cambiado de teléfono.

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Tampoco me voy a ir de putas, porque me meterí­an prisa, y se trata justamente de lo contrario. Hacer eso, además, es ahora deporte de mucho riesgo. Lo mismo aparece una lechera (no es alusión) y acabas en el trullo. Con Franco tampoco ocurrí­a eso.

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Dios no ahoga. Lanzo un S.O.S. desde el gabinete de Julia Otero, en el que oficio de contertulio, y una chica de Cantabria se me ofrece. No voy a decir su nombre. Soy un caballero.

La llamo y… Todo en orden. Está dispuesta. Le pido foto. Me la enví­a. Nota alta.

[…]

Salgo del estudio de Onda Cero y, a portagayola (¿gayola?), se me acerca un angelito, un querube, una monada… Dice que estaba deseando conocerme. ¡Pues ya lo ha conseguido! Es cantante, se llama Virginia Maestro y vela las armas de su primer disco: 10 canciones llenas de soul, funk y jazz. Lo sé porque me da un tarjetón donde lo dice. Le pido el teléfono. Me lo da. Me pellizco. No la pellizco (aunque me gustarí­a hacerlo). Dios, en efecto, no ahoga. ¿Será ella la candidata al Priliqué que la providencia me enví­a? Quedo en llamarla. Se va. Me voy. Miro el tarjetón y descubro que el compositor es Risto Mejide. ¡Glup! Más vale poner pies en Polvorosa.

[…]

-Oye, Manu… Que yo, con 20 abriles, aguantaba otros tantos minutos y siempre he ido, en eso, al paso de la edad. Ahora puedo resistir 72, tirando a más, y tan fresco.

-Bueno, ¿y qué? Mejor para ti, fanfarrón.

-No, mejor para ellas, pero no es fanfarria, sino ancianidad y control. Tengo mis trucos. Te lo decí­a porque el comprimido en cuestión retrasa el orgasmo tan sólo siete minutos. Acabo de leerlo. ¡Y para eso, tanta bulla! En mi caso es inútil. Voy a quedarme tal cual. ¿Qué importancia tienen siete minutos sobre un total de 72, calculando por lo bajo? Ahora bien: si te empeñas…

[…]

En fin…¡Allá que voy! ¿Dónde? ¡Pues a un club de intercambio de parejas! Más estí­mulo no cabe. Es un plus. Es un extra. Es llegar y besar el santo (y otras cosas), aunque no abunde allí­ la santurronerí­a.

[…]

Veni, vidi, vici. Siempre cumplo en las orgí­as. El gatillazo, en tal circunstancia, es imposible. ¡Hasta en el túnel de Raymond Moody se me empinarí­a!
[…]

72 (al principio dos o tres horas), oiga, ni una hora ni hora y cuarto, 72. ¡Qué estress cronometrarse!

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