Archivo de Agosto de 2017

El fin de este momento populista

Martes, 29 de Agosto de 2017

Existe la curiosa idea de que la historia ha experimentado una aceleración en las últimas décadas. Todo va muy rápido, se dice, pero es algo complicado de sostener si uno compara los primeros diecisiete años del XXI con los del XX o incluso del XIX o del XVIII. En esos períodos, hubo grandes guerras y revoluciones, nacieron países, se probaron modelos de gobierno innovadores, se difundieron las teorías científicas en las que se basa nuestro pensamiento, se extendió el módelo económico que tenemos, etc.

Comparado con los siglos XX, XIX o XVIII, el inicio del siglo XXI está siendo bastante aburrido. Hay ruido, mucho y todos los días, pero ese es un problema de percepción. En realidad, no pasa nada, salvo el inicio de una revolución industrial cuyo desarrollo no veremos. Acabamos de inventar la imprenta.

La crisis de 2007 estuvo a punto de ser un hito histórico. Durante unos meses, se habló de un cambio radical, se teorizó sobre la necesidad de cotrolar la globalización a través de la regulación de los mercados o los flujos de capitales; incluso, se pronunció la expresión “refundación del capitalismo”. Era una idea que estaba lejos de ser una revolución y, básicamente, resumía la necesidad de recuperar el contrato social establecido tras la II Guerra Mundial. Todo se quedó en ruido. Nada.

La ausencia de organización y, sobre todo, de una alternativa económica y social por parte de los que hablaban hizo que el modelo que había provocado la crisis se reforzase, extendiendo sus características: globalización, desigualdad, autoritarismo, caridad, etc. O la extensión del bloque identitario (religión, nación o marca) frente a la civilización (estado, derechos o impuestos). Es algo que puede resumirse en la posibilidad de que la Revolución Francesa no fuera un punto de partida, sino un paréntesis: la era de la Ilustración (1789-1989). Conviene pensarlo. Conviene fijarse en lo que ha sucedido en los países árabes para evitar pensar en que ciertas cosas son imposibles.

La crisis abrió una ventana de oportunidad, pero la ausencia de organización e ideología hizo que la posibilidad de alternativa derivase en protesta: de la indignación a la ira. Es decir, ruido. Esa política del cabreo alteró cada sistema político de una forma diferente, pero con una base común casi religiosa. El mensaje, desde la derecha, la izquierda o el nacionalismo, era el mismo: “Habéis sido tratados de forma injusta, habéis sufrido una penitencia, han roto el pacto, ahora os toca a vosotros, vuestra es la venganza, os merecéis algo mejor”.

Se trataba de mensajes colectivos que, sin modelo económico alternativo, se limitaban a concentrar la emoción en los procesos electorales. Es algo que se llamó el momento populista, pero que podría haberse llamado el momento adventista: el futuro es bueno y llegará porque nos lo merecemos. Como sostiene Jünger, existe atractivo en cualquier figura que  desafíe al sistema institucional, siempre frustrante; la enorme tranquilidad nos hace añorar la convulsión, existe un deseo de que suceda algo.

El momento populista, o adventista, se concretó en tres procesos electorales: el triunfo de Syriza, la salida de Reino Unido de la Unión Europea y la presidencia de Trump. Es probable que esos tres hechos tengan -ya estén teniendo- un efecto lenitivo sobre esa ira adventista a través de la mortificación ajena.

Las administraciones de Estados Unidos y Reino Unido, por ejemplo, están paralizadas tratando de gestionar las consecuencias de la ira. El primer semestre de las administraciones suele ser muy movido, pero a Trump no le han dejado hacer nada que se salga del espectáculo. Su problema no es que pueda desencadenar una guerra mundial o que rompa los tratados comerciales, es decir, que pase algo, sino que no pase nada: hará perder cuatro años a su país.

La voz del sistema parece responder: “Queríais la venganza, esto es lo que sucede”. La pulsión de lo nuevo, el deseo que agrupa una gran cantidad de demandad heterogéneas en el concepto voluntariamente impreciso de cambio está debilitándose. Es complicado mantener el antagonismo frente a un enemigo -el régimen, la élite o el poder- cuya principal característica es la asimilación de todo a través del espectáculo para vaciarlo de sentido.

Lo que han dejado claro estas tres concreciones del voto airado es que, sin organización e ideología, no existe alternativa. Los tres resultados electorales, incluido el triunfo de Syriza, han reforzado el modelo económico y social vigente. Se han colocado en el centro del debate falsos enfrentamientos y, si la discusión política no es el reparto de los recursos, el el eje izquierda-derecha, el modelo hegemónico sale reforzado.

El momento populista está desvaneciéndose. Los que confían en que la desigualdad que ha provocado la ruptura del pacto social tenga consecuencias por sí misma no han leído historia ni geografía. La mayoría de grupos sociales han convivido y conviven con esos niveles de desigualdad. Sobre todo, si ese nivel permite un cierto nivel de consumo cuyos obstáculos visibles siempre nunca es el modelo, sino los iguales, otros trabajadores.

Es probable que la democracia del siglo XX siga adaptándose a modelos indirectos o censitarios con niveles elásticos de autoritarismo. Es un modelo colonial en el que la metrópoli está dispersa: metrópolis, paraísos fiscales, nube tecnológica. Las empresas-mundo extraen recursos a nivel global con escasos controles legales y poco pudor porque las revueltas de esclavos, los estallidos de ira, siempre acaban reforzando el modelo.

Cuatro días de marzo, cuatro días de agosto

Martes, 22 de Agosto de 2017

Al iniciar el procès, la Generalitat habló de “construir estructuras de estado”. Como tantas cosas anunciadas, era una intención, algo más parecido a un farol que a un proyecto. Todo el procès se ha situado en el espacio psicológico del deseo o el sueño, sin traspasar nunca las fronteras establecidas por las resoluciones judiciales. Siempre, camino de Ítaca.
Los atentados han movido los territorios. La violencia siempre es real y deja realidades. Una de ellas es que ha mostrado que Catalunya sí tiene estructuras de estado, al menos, en seguridad, uno de los campos que acostumbran a ser decisivos en los procesos de descentralización o secesión. Ha mostrado, más que su capacidad legal, un poder fáctico. Otra de esas realidades es que esas estructuras han funcionado bastante bien e infinitamente mejor que la referencia. Es incontestable que el 17-A se ha gestionado mejor que el 11-M.

Otra realidad es que el Estado, al no tener capacidad integradora, ha estado ausente. Las “estructuras de estado” son las del Estado español, pero éste no se ha mostrado. La escasa capacidad inclusiva del Gobierno español es histórica -no cabe achacársela a Rajoy- porque su construcción nacional está aún la dinámica amigo-enemigo. Sin embargo, la grisura burocrática del actual Gobierno, hábil para destejer los sueños, sirve menos cuando hay que afrontar realidades. Las torpezas del gobierno catalán, el conseller de Interior está a un nivel similar al del ministro de Interior, se han diluido por la polémica lingüística y, sobre todo, por la figura del Major Trapero, ya un icono pop.

Es complicado saber lo que sucederá dentro de seis semanas, si el procès seguirá como estaba previsto, si el proceso de cohesión y reconocimiento, común a otras ciudades donde ha habido atentados, irá en una dirección u otra. Nadie sabe lo que va a pasar. La realidad es que estos cuatro días han mostrado que la Generalitat existe, más allá de los deseos y los sueños, más allá de Ítaca. Es un hecho político relevante.

Pensar y molestar

Viernes, 11 de Agosto de 2017

El problema está en los determinantes. (Casi) todo el mundo está en contra de la precariedad cuando el sustantivo tiene delante un artículo o un posesivo: mi precariedad, tu precariedad…. Incluso, cuando alguien llama a la radio para explicar su precariedad, nos conmueve. Contra la precariedad, siempre con el artículo delante, se escriben textos con muchos datos, se pronuncian discursos o se escriben programas electorales. Todo el mundo está en contra de la precariedad y a favor de los derechos sociales siempre que no aparezca un demostrativo, esta precariedad, que provoque el paso de lo abstracto a lo concreto.

Los trabajadores de Eulen del aeropuerto del Prat llevan varios días en huelga. Reclaman la contratación de más personal para evitar la excesiva ampliación del horario (hasta 12-16 horas), conocer el calendario laboral con anticipación y que no se produzca una contratación dual; es decir, evitar que los nuevos cobren menos al no tener los mismos complementos. Son cuestiones que, con el determinante artículo delante, (casi) todo el mundo comparte en artículos, discursos o programas electorales.

Cuando añadimos el demostrativo, ya no hablamos de conceptos, sino de recursos y, más concretamente, de su reparto, como en el caso de El Prat: privatización, sistema de subcontrataciones, salarios frente a dividendos, etc. Es un modelo que promueve la tranferencia de rentas: las empresas se quedan con el dinero público de la concesión y con la parte de los salarios que se precarizan. Si el grupo perjudicado protesta, aparece el conflicto y, entonces, todo el mundo huye porque provoca efectos secundarios, como las colas del aeropuerto, molestias a un grupo indeterminado al que siempre precede un artículo: la gente.

En la escena de El Prat, estos trabajadores de esta empresa hacen huelga y molestan a la gente, el actor que tiene menos defensores es el primero, el sujeto. Todos se arrogan la capacidad de defender al objeto directo, la gente y el complemento del nombre, esta empresa, también tiene varios polos de defensa: partidos políticos (PP, exCiU, etc.), la patronal o los medios de comunicación que recuerdan cada día que “las empresas crean riqueza, empleo y bienestar” o, indirectamente, que los trabajadores son unos egoístas. Los trabajadores sólo tienen una defensa: ellos.

Los trabajadores carecen de un apoyo claro de las formaciones políticas que, teóricamente, deberían representarlos porque molestan a “la gente”, grupo indeterminado que se ha convertido en el sujeto electoral. Los trabajadores de Eulen de El Prat no son gente porque han pasado del artículo al demostrativo, se han concretado, no son la gente que sufre la precariedad, sino estos trabajadores pidiendo estas reivindicaciones.

Un modelo económico y social

La clave para poder analizar estas situaciones es la ideología, entendida como una visión global de la realidad. Hay que volver a los conceptos, pero no para escribir artículos, sino para hacerlos dinámicos; es decir, para que sirvan de base a un nuevo modelo económico y, por lo tanto, social.

La gente no existe. Hay grupos sociales que se reparten recursos de distintos tipos: dinero, conocimiento, urbanismo, educación, etc. La política es la forma de repartir esos recursos. Elevar las tasas universitarias, promocionar la construcción de centros comerciales o desligar los contratos de los convenios colectivos son medidas políticas que afectan al reparto y hay que tener una base ideológica que permita defenderlas y, sobre todo, implantarlas cuando se produce el enfrentamiento con lo existente. El gobernante no propone elevar las tasas universitarias sin un discurso ideológico previo: la restricción de la formación no laboral y la eliminación de la movilidad social, por ejemplo. Tampoco, sin un modelo económico y social: la teoría de los tres tercios (acomodados, precarios y excluidos).

Con esa base, se realiza la tarea de propaganda a través de la organización: hay que promocionar el esfuerzo y la excelencia, tenemos que reservar la universidad para los que quieren aprovecharla, hay que evitar despilfarrar dinero público en personas que no estudian, etc. Las tasas universitarias se suben gracias a la palabra esfuerzo y los sueldos se desploman en base a la palabra libertad, que también sustenta la sustitución de los impuestos proporcionales y redistributivos por tasas directas discrecionales. Pero, tras ese trabajo de márquetin, hay un modelo económico y social, una ideología. No se ve, igual que los peces no son capaces de percibir el agua, pero es lo que permite no cambiar el discurso y pasar del artículo al determinante.

Desde hace años, la ideología es un terreno ocupado por la derecha, conservadora o liberal. Hay un modelo claro: la división social en tres tercios (acomodados, precarios y excluidos) y la promoción del bloque identitario (nación, religión, marca). Desde hace años, la izquierda no ofrece un modelo económico y social, más allá que la recuperación del keynesianismo de los treinta gloriosos, del fin de la II Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo. La izquierda carece de ideología, carece de política, porque no quiere molestar.

Una organización ideológica de izquierdas se habría posicionado con claridad al lado de los trabajadores de Eulen para defender con claridad sus derechos laborales o su derecho de huelga. Incluso, frente al deseo de los usuarios del aeropuerto de disfrutar de unas vacaciones. Igualar deseos y derechos es parte de la devaluación de estos últimos. La ideología permitiría a esa organización transmitir a los usuarios que forman parte del mismo modelo social y económico al que volverán tras su viaje o que la posición en un mostrador no otorga poder ni diluye la solidaridad. No son ellos, sino nosotros. En España, no hay tal cosa. Sólo hay una organización ideológica realmente existente: el Partido Popular.

La reforma laboral, por ejemplo, tuvo una base ideológica y un objetivo político: cambiar el reparto. No era una ley para la crisis, sino un modelo económico y, sobre todo, social: los tres tercios. La legislatura 2011-2015 se puede calificar de revolucionaria en su segunda acepción: cambio brusco en el ámbito social, económico o moral de una sociedad.

La izquierda debe volver a la realidad, convertir los debates en conflictos y encuadrarlos dentro de un modelo económico alternativo. Debe aprovechar la ruptura del pacto social de la crisis para que la antigua clase media se reconozca como clase trabajadora y entienda -y asuma- que está en lucha permanente por los recursos con otros grupos sociales con los que, aunque comparta cuestiones como nación, género o raza, tiene objetivos diferentes. El motor de la política no es ganar una contienda electoral concreta, sino cambiar el modelo económico y social. Es decir, tendrá que molestar mucho, tendrá que regresar al conflicto.

Sin organización ni ideología, con movimientos de activistas que se dirigen a la gente, la derecha ocupará cada vez más espacios. Es la historia del siglo XXI.