Archivo de Mayo de 2017

Andar deprisa

Jueves, 4 de Mayo de 2017

rajoy

El lunes 24 de abril, el tuiter de Mariano Rajoy ofrecía un contenido aparentemente habitual. El texto (“Amanece en Brasil. Comienzo el día con un poco de ejercicio; hoy, intensa agenda en un país socio y amigo”) sí lo era, pero la imagen que lo acompañaba, no. La cámara, en lugar de situarse a la altura del presidente buscando la informalidad, bajaba hasta tocar el asfalto de las calles de Brasilia. El contrapicado, con las líneas de fuga abranzando a la figura central, mostraba un cielo encapotado en el que las nubes se arremolinaban combinando los diferentes tonos entre el negro y el azul; los colores siempre son más nítidos cuando amenaza tormenta. La composición formal sustituía a la espontaneidad, algo lógico en uno de los procesos de creación narrativa más interesantes: el personaje de Mariano Rajoy.

La imagen, situada en el contexto político español, incluso encerraba una metáfora, un posible juego, un mensaje: la figura central avanza como si la tormenta no existiera, como si del camino por recorrer fuera irrelevante todo lo cuantificable, salvo la solidez. Ese día, en medio de la investigación sobre el Canal de Isabel II, se conocía la investigación, antigua imputación, de Eduado Zaplana y circulaba el rumor sobre la dimisión de Esperanza Aguirre, ambos viejos enemigos de Rajoy. La escena, contextualizada, recordaba el proverbio árabe: “siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”. No es tan sencillo hacerlo.

La gran cantidad de acontecimientos dota a la escena pública de una aparente velocidad y es complicado no caer bajo su gravitación; si uno no se mueve, no se posiciona frente a todo, no opina de todo, parece estático y, en la sociedad del espectáculo, la incomunicación, la no producción de contenidos, es lo más cercano a la muerte. Pero no es así. Esa es la apuesta, quizá involuntaria, de Rajoy y su principal metáfora es caminar deprisa.

El proceso de creación del personaje a través de esa característica comenzó hace un año; llevaba un tiempo en preproducción, con imágenes de caminatas por el bosque, habitualmente ridiculizadas, pero los vídeos se lanzaron en la primera campaña electoral. Alguien decidió convertir en emblema algo que parecía una debilidad, siguiendo la frase que, sobre el humor, Umberto Eco atribuía a Aristóletes: “suelen las personas vulgares complacerse de sus defectos”. Para un sector de población, la imagen de Rajoy hablando sobre la belleza de las ciudades que visitaba, recorriendo los lugares comunes, físicos y psiclógicos, era risible; pero esa sonrisa irónica otorgaba la etiqueta de élite a sus poseedores y construía un personaje llano, accesible, un proceso populista con gran tradición en Estados Unidos.

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En uno de ellos, Rajoy ofrecía la clave de su gran éxito: “Siempre he preferido caminar rápido a correr. Caminar rápido es mi manera de alcanzar los objetivos. Cuando no corres, tienes menos posibilidades de tropezar”. Es decir, no se trata tanto de planificar, de evitar todos los problemas, sino de minimizar riesgos, de no detenerse ante ellos. Lo primero, además de imposible, consume mucha energía: conviene asumir que siempre habrá algún problema porque siempre habrá alguien, fuera o dentro, que los creará. La clave, metaforizada en caminar deprisa, es delimitar los periodos temporales y evitar la competición directa.

Así, la tortuga derrotó a Aquiles.

La competición entre ambos es una de las paradojas de Zenón de Elea, un ejemplo cómo ha funcionado siempre la cultura del espectáculo. El filósofo, discípulo de Parménides de Elea, dedicó su obra a apuntalar las teorías de su maestro, del que también era hijo adoptivo. Buena parte de su defensa se basaba en refutaciones de planteamientos que quedaban fuera de la doctrina eleática. Fue un punto de giro en la historia del pensamiento.

Hasta Zenón, los filósofos exponían su pensamiento sin atenerse a ningún tipo de demostración; el sustento era la forma: lo bello era verdadero. Sobre la naturaleza, la obra de Parménides, estaba escrita en hexámetros y se presentaba como una revelación divina. En cambio, su discípulo buscó lo sólido para defenderlo: analizaba varias perspectivas de las teorías que lo atacaban para refutarlas racionalmente y, por ejemplo, mostrar que conducían a incongruencias. Es el origen de la dialéctica y del método científico, la base del pensamiento moderno. Sin embargo, Zenón ha pasado a la historia por lo divertido, por sus paradojas relativas al movimiento: Aquiles y la tortuga o la flecha inmóvil, dos metáforas que siguen siendo vigentes y que la física cuántica, la gran creadora contemporánea de poesía, confirmó en 1994.

Ambas paradojas buscan demostrar que el movimiento es una ilusión. En la primera, Aquiles, el griego más veloz, el de los pies ligeros, decide competir contra una tortuga a quien le deja una cierta ventaja inicial. Al darse la salida, Aquiles recorre en poco tiempo la distancia que los separaba inicialmente; pero, al llegar allí, descubre que la tortuga ya no está, sino que ha avanzado, más lentamente, un pequeño trecho. Sigue corriendo, pero al llegar de nuevo donde estaba la tortuga, ésta ha avanzado un poco más. De este modo, basándose en la posibilidad teórica de la división infinita del espacio, Zenón explica que Aquiles no ganará la carrera, ya que la tortuga estará siempre por delante de él.

Es obvio que la paradoja es falsa porque Aquiles no recorre espacios infinitesinales, sino concretos, una zancada, pero la imagen es interesante si le damos a la tortuga el rostro de Mariano Rajoy. Todos los Aquiles con los que se ha enfrentado, desde los internos a los externos, han considerado que no había problema en darle ventaja porque, antes o después, iban a alcanzarlo. Se le podía confirmar como presidente del partido o investirlo como presidente del gobierno; su debilidad aparente parecía solventar esa ventaja inicial. Es complicado encontrar un trimestre en los últimos doce años donde no se haya publicado o dicho la frase “la situación de Mariano Rajoy es insostenible”.

Su secreto, como la tortuga, es delimitar los periodos temporales y evitar la competición directa. En su paradoja, el filósofo divide infinitesimalmente el terreno que tiene que recorrer Aquiles, lo que congela su estado. Es algo que Zenón también explicó con el lanzamiento de una flecha: si el momento en el que medimos su posición es lo suficientemente pequeño, la flecha no tiene tiempo para moverse y parecerá suspendida en el aire. Es falso, y Aquiles podría confirmarlo ya que una flecha en el talón acabó con su vida, pero el correlato político es que un proceso dinámico sometido a una constante observación produce la sensación de estatismo. Es probable que el sistema político español tuviera debilidades, pero el exceso de atención, y de presión, en los últimos años, le ha dotado de una apariencia de solidez que hace que cualquier esfuerzo parezca inútil, lo que provoca desafecciones.

Cabe señalar, además, que Zenón divide el terreno que hay detrás de la tortuga; pero no, el que hay delante, lo que hace que Aquiles tenga una visión distorsionada del recorrido. La aceleración en carrera tiene sentido si uno se fija sólo en el siguiente tramo, pero lo pierde cuando se piensa en la distancia completa, como hace la tortuga. Aquiles esprinta, se queda sin aire, se sobreexpone para llegar hasta el siguiente tramo, donde ya no hay nadie cuando llega. Rajoy camina con un objetivo concreto (del congreso de Valencia de 2008 a los presupuestos 2017) cuyos tramos no se dividen, mientras sus rivales, internos o externos, esprintan, se sobreexponen, se quedan sin aire antes de llegar donde él ya no está.

En la paradoja, Aquiles es quien toma la decisión de competir contra la tortuga. Si asumimos la narración, hay una pregunta previa ¿en qué coño pensaba?, ¿qué quería ganar el héroe de Troya, el vencedor de Héctor, al derrotar a una tortuga? Es más sencillo si entendemos el concepto de hibris, el desprecio temerario a los límites impuestos por los dioses y que, en ocasiones, se concretaba en el abuso de los débiles, en el desprecio y la superioridad moral. Esa soberbia suele ser el hamartia, el error en el que cae el héroe trágico que sabe qué es lo correcto, pero no puede hacerlo. El pélida, el de los pies ligeros, no puede evitar cagarla porque piensa que es invencible.

La clave del desafío es que es Aquiles quien compite, quien desea ganar; la tortuga, de la que desconocemos su nombre y otras gestas, es un participante indiferente a la competición. Mira hacia su objetivo y camina; sabe que Aquiles ya ha comenzado, pero mira hacia su objetivo y camina; tiene a Aquiles en la nuca, pero mira hacia su objetivo y camina. Es decir, la tortuga Rajoy no modifica el paso, no reacciona a todo, no toma posición con cada cuestión de actualidad, ni con las que le implican a él, no reconoce a sus rivales, no conoce a nadie, no compite con nadie más que consigo mismo.

Esta actitud delimita el espacio de la actual situación política donde puede establecer un nuevo eje simbólico a izquierda-derecha y viejo-nuevo: lo inmóvil y lo móvil. Rajoy, al ocupar el primer espacio, proporciona la sensación de que el resto gravita en torno a él. PSOE, Podemos y Ciudadanos compiten entre ellos, buscan arrebatarse espacios políticos ya conocidos en lugar de cenirse a su propio proyecto y crear un terreno nuevo.

Cualquier alternativa a Rajoy debe dejar el disfraz de Aquiles, evitar la soberbia de creerse mejor, y convertirse en tortuga. Cualquier alternativa debe delimitar sus propios periodos temporales, fijar sus objetivos concretos y evitar la competición directa. Cualquier alternativa debe centrarse en las próximas elecciones, que sólo parecen lejos cuando se divide infinitesimalmente el tiempo, y presentar un programa basado en propuestas materiales que mejoren la vida de los ciudadanos. No es necesario enfrentarse a todo, dar todas las batallas, esprintar todo el tiempo, aparecer todas las semanas en los medios de comunicación. Cualquier alternativa a Rajoy debe aprender de él: “Cuando no corres, tienes menos posibilidades de tropezar”.