Archivo de Abril de 2017

Un gigantesco gag

Jueves, 20 de Abril de 2017

En La sociedad del espectáculo, Guy Debord describía la separación entre realidad e imagen como un proceso tan político como cultural, ya que los simbolos quedan desgajados de los hechos a la que se refieren y son convertidos en contenido comercializable de usar y tirar: camisetas del Che, crucifijos de bisutería o fotos warholianas de Mao. Al convertir el símbolo en espectáculo, la realidad no sólo pierde su sentido, sino que incluso deja de existir. Prevalece la imagen como un nuevo espacio que crea su propio territorio. Por ejemplo, los Ramones ya no son un grupo provocador, ni siquiera son un grupo, ni siquiera son música. Son una marca de ropa.

La espectacularización de cualquier hecho social o político produce esta separación entre imagen y realidad en la que la segunda deja de existir. Se produce en las campañas electorales de los nuevos movimientos, los partidos están quedando atrás, y hace que esa acumulación de imágenes, en las que los yoes se proyectan a través de las emociones, ni siquiera amenace la realidad realmente existente cuando alcanza el cargo que busca. El sistema no es sólido, pero carece de alternativas.

La espectacularización –involuntariamente humorística– de la corrupción realizada por Podemos a través de un autobús decorado y la distribución de recortables tampoco escapa a este efecto de separación entre imagen y realidad. De hecho, la coincidencia con otros hechos, operaciones policiales, imputaciones o declaraciones, sitúa a todo el conjunto bajo el mismo prisma de irrealidad.

Para que sea efectiva, la denuncia del saqueo precisa de una continuidad en forma de trabajo parlamentario, personación en los procesos judiciales y elaboración de una alternativa. Para que sea efectiva, la denuncia de la corrupción precisa entender que esta precisa de corruptos, corruptores y avaladores. Es decir, separar realidad e imagen y dar todo el territorio a esta impide entender que política y sociedad están vinculadas. La corrupción no es posible sin un cuerpo electoral que la permita.

Cuando el ruido pase, ya vivimos momentos similares en el verano de 2013 y el otoño de 2014, es probable que esta espectacularización logre el objetivo contrario al que teóricamente persigue. La crítica pública al poder, habitualmente humorística, suele estar ceñida a celebraciones y tiene un efecto catártico y expiatorio. En lugar de concienciar sobre la corrupción y el saqueo, el escarnio público contribuye a su absolución social. Suele suceder, además, con los formatos pornográficos: impacto visual, excitación y descarga.

Cuando el ruido pase, es probable que sea complicado distinguir nada y todo nos parecerá un gigantesco gag.

La importancia narrativa de ETA

Martes, 11 de Abril de 2017

Uno de los pocos consensos en la historia de España es situar el inicio de la transición en el atentado a Carrero Blanco. En lugar de poner el punto de partida en la muerte del dictador, todos los libros, al menos los canónicos, arrancan con la imagen rodada por Gilo Pontecorvo del coche saltando por los aires cuyos derechos pertenecen a Enrique Cerezo. Ese agujero en el suelo es el “érase una vez” de la democracia española y es muy coherente con su historia porque tiene dos elementos clave: la individualidad y la violencia.

El sur de Europa experimenta otras dos transiciones en esos años y la comparación es pertinente. En Grecia, el punto de partida es la revuelta de la Politécnica de Atenas, también en noviembre de 1973. Las manifestaciones de estudiantes forman una imagen tensa, más aún si se tiene en cuenta que las manifestaciones del 14 terminaron con la matanza del 17, sobre la que aún no hay cifras oficiales. En Portugal, abril de 1974, la escenografía es perfecta, desde “Grándola, Vila Morena” en la radio, hasta los fusiles llenos de claveles. No es el reverso de Grecia porque ambas imágenes tienen un aspecto común: el acto colectivo, que es el que falta en España.

En España, el inicio del relato de la recuperación de la democracia es un atentado terrorista: una acción con actores concretos. Es decir, un juego de élites o, si se prefiere, de individualidades. De hecho, la elección de ese momento como inicio de la transición se basa en que Carrero Blanco no sólo podría haber retrasado el proceso, o hacerlo más sangriento, sino haberlo impedido. La idea de que la capacidad individual del gobernante, en la tradición del caudillismo, se sitúa por encima del contexto histórico o de la influencia regional, enraíza con otra idea clásica: la excepcionalidad española.

No es fácil ver documentos donde la transición española se sitúe dentro de un proceso histórico más amplio: el fin de las dictaduras mediterráneas. De Portugal, sólo llega el ligero impulso, casi estético, que dio a la democracia y el miedo que provocó en el ejército. Conocemos poco de su transición. De Grecia, no sabemos nada. Sacar a España de ese contexto, como sacar la Guerra Civil de la II Guerra Mundial, permite dotar al hecho de una sensación, también muy presente en nuestra historia, de providencialidad y convierte a sus protagonistas en figuras míticas que realizan tareas sobrehumanas que quedan fuera del debate público; el proceso se sacraliza para ser adorado.

Regresemos al 20 de diciembre de 1973. El hecho es que no hay participación colectiva de una ciudadanía que reacciona “con nobleza”, según el vicepresidente Fernández Miranda: “el orden es completo en todo el país”. Más bien podría decir que el pueblo contiene la respiración ante los acontecimientos. Es un juego de élites. Las imágenes del entierro donde varias personalidades, Torcuato Fernández o Juan Carlos de Borbón, se pasan una pala con la vierten árena sobre el féretro recuerdan más al clan que a un acto institucional.

Ocho años después, en el gope de estado del 23-F, la ciudadanía hará lo mismo: contener la respiración a la espera de la acción individual: Armada, Tejero, Suárez, Juan Carlos I… En los últimos años, varios grupos políticos han intentado reescribir el relato de ese momento añadiendo que la acción popular tuvo algún tipo de influencia en el desarrollo del golpe. Proyectar los deseos, adelante o atrás en el tiempo, es algo que impide entender la realidad; hay que estudiar el pasado en lugar de juzgar a quienes participaron en él. Las imágenes colectivas pertenecen a manifestaciones o votaciones, actos de confirmación o reconocimiento.

El relato de las acciones individuales del 23F deja una legitimidad, Juan Carlos I, sustentada hasta el momento en la legalidad y la inevitabilidad: la alternativa menos mala, la única posible o la mejor de todas las opciones. El actor colectivo, que podría haber compartido esa legitimidad, no lo logra por incomparecencia, algo que se premia en el resto de actores. Los líderes políticos que no aceptaron la orden de los golpistas, Suárez y Carrillo, pierden las siguientes elecciones; los líderes políticos que se tiraron al suelo, González y Fraga, configuraron el bipartidismo español.

En el atentado también se produce ese reparto de papeles: si la legalidad es ilegítima, la ilegalidad es legítima, y la única manera de cambiar la legalidad es la ilegalidad, una idea que seguramente está detrás de la indiferencia que, durante años, acompañó a los atentados, y que también subyace en la violencia global del proceso o en el intento de 23F. Esa dinámica de enfrentamiento de fuerzas es algo que conecta con otro concepto histórico: la violencia como motor de los cambios políticos.

Según el historiador José Luis Villacañas, “nadie ha logrado a lo largo de siglos generar transiciones políticas subinclemente pacíficas y ordenadas”. Existe una visión patrimonialista del estado por parte de las élites que hace que el cambio sólo sea posible mediante posiciones de fuerza. No es extraño que el gran teórico del regidicio sea Juan de Mariana. Añade Villacañas: “La clase política tiene mentalidad de señor y no de servidor público, que es la concepción moderna. El espíritu moderno pasa por ahí y en España no ha entrado de una forma fehaciente porque ha generado una continua desconfianza por parte de las instituciones respecto de su propio pueblo”.

Esta última frase enlaza con la idea de individualidad, pero cabría añadir que tampoco el pueblo reclama su papel; seguramente, por el peligro que históricamente eso ha significado. Podría decirse que desde los Reyes Católicos no ha habido una generación de españoles que no haya conocido algún tipo de represión ideológica; leer, en España, es sospechoso.

Esta dinámica hace que la idea de colectividad se haya construido, otra idea de Villacañas, sobre la dinámica amigo-enemigo. Primero, lo anticatólico; después, con el nacimiento de la idea de nación, lo antiespañol, donde también estaban todos los anticatólicos. La idea de representar “lo español” abandera la lucha contra cualquier tipo de pérdida de privilegios. Los primeros antiespañoles fueron los afrancesados; los últimos, ETA.

Aznar no fracasó en su idea de rearme ideológico. No logró una homogeneidad sólo ancanzable, seguramente, con métodos coercitivos; pero sí, volver a construir una idea tradicional de colectividad, dispersa por la apertura de la Transición y sustentada hasta entonces sobre todo en la prosperidad. Su base fue recuperar la vieja dinámica amigo-enemigo. Lo antiespañol era ETA y, por ende, todo lo que pudiera asimilarse. Ahí entraba, por supuesto, todo lo que no se situara en el terreno marcado por esa construcción que se apropió de elementos como la Transición o la Constitución al situarlos dentro de esa dinámica amigo-enemigo.

Esa territorialización del pensamiento permite señalar qué ideas, o chistes, son admisibles, y cuáles, no. También, la figura de la víctima facilita una reinterpretación histórica del atentado del 73, una grieta que puede permitir una revisión de la dictadura más profunda. Nunca hay que olvidar las palabras del Torcuato Fernández Miranda: “hemos olvidado la guerra […], pero no hemos olvidado ni olvidaremos nunca la victoria”. Más aún, cuando ese resultado permitió configurar una élite social y económica que permanece. Por eso, la desaparición de ETA, una insignificancia política es un hecho clave narrativamente. La construcción colectiva promovida por Aznar pierde una parte fundamental: el enemigo.

PD: Según Villacañas, la prueba de existencia de una nación es la revisión de la ley constituyente. No, su sustitución violenta, como sucede en España. Es el punto donde deberíamos estar y tuvimos una casilla de salida estéticamente impecable: las plazas llenas. Aparentemente, la pulsión de la individualidad y las dinámicas territoriales lo han impedido, pero aún estamos a tiempo.