Archivo de Febrero de 2017

¿Quiénes iban en esos barcos?

Sábado, 25 de Febrero de 2017

(A propósito de Billy Budd) / Para Javier, a quien le gusta leer historias de naufragios

“¿Quiénes iban en esos barcos?” es una pregunta recurrente en la obra del filósofo alemán Peter Sloterdijk. ¿Quiénes iban en esos barcos que descubrieron, exploraron, comerciaron, explotaron, cazaron, investigaron, predicaron, guerrearon y, en resumen, construyeron el mundo que hoy tenemos? Nobles de poca fortuna, hijos sin derecho a herencia, visionarios, ambiciosos, gente que buscaba o huía, reclutas forzosos, delincuentes, etc. Es decir, “los que no cabían en tierra”.

Eran personas, además, cuya estabilidad física, psicológica y emocional se ponía a prueba por la incertidumbre de la meteorología y las durísimas condiciones del viaje (falta de agua o comida, ausencia de sueño o severa disciplina). A bordo, lo permitido se estrechaba por la necesidad de orden, pero lo posible o lo tolerado tenía una amplitud inaceptable en tierra. Escuchar a las sirenas ayudaba a no enloquecer. Gente como esa dibujó el mundo. Normalmente, tras una ballena o en busca de El Dorado.

En su puesta en escena para el Billy Budd de Benjamin Britten, Deborah Warner nos mete dentro de uno de esos barcos, el Indómito, un navío de guerra inglés que participa en la ofensiva europea contra la Francia revolucionaria. Warner no se rinde al tópico contemporáneo que mitifica todo contacto con la naturaleza convirtiéndolo en placentero y espiritual; sin perder el poder simbólico, nos sitúa en un universo rígido e implacable donde el orden, incluso desde la severidad o la crueldad, debe regirlo todo. Un barco de Sloterdijk. El escenario, casi desnudo, cortado por líneas rectas, se convierte en un ser vivo en el que todo debe funcionar de forma implacable: el orden por encima del sentimiento, la ley por encima de la justicia, la supervivencia por encima de las posibilidades.

Es una historia con muchas capas de complejidad, insistía Warner en la presentación para evitar los tópicos que el resumen del argumento suele provocar: el recién enrolado Billy Budd, un joven bueno y carismático, es acusado por un suboficial envidioso, John Claggart, de querer preparar un motín. El capitán, Edward Vere, que comparte la inclinación por el chico de su tripulación, propone un careo entre ambos en el que el marinero, ofendido, mata de un golpe al acusador. A pesar de sus sentimientos y de la sensación de injusticia que recorre el barco, el capitán debe ceñirse a la ley y condena a Billy a la horca. Este acepta el veredicto y, tras manifestar su admiración por el capitán, pide al resto de la tripulación que no se rebelen.

La obra nos reta “a cuestionar el bien y el mal, la inocencia y la corrupción, el amor y el odio, y sumergiéndonos en una ambigüedad abierta y sin respuesta”, dice Warner, que pide “no juzgar” a los personajes. Es algo complicado en el caso del malvado John Claggart, pero Brindley Sherrat lo consigue con una interpretación que combina el temor que ofrecen sus presencias ―sus apariciones recuerdan a Darth Vader― con la intuida fragilidad de sus soledades. Es un ángel caído que asume el papel de defensor de la estabilidad, emocional y colectiva, del barco ante la llegada de alguien que, además de un líder, es un elemento perturbador. Claggart sabe que los barcos sólo pueden tener un capitán y que éste sólo debe pensar en el barco. La bañera donde Vere se asea y las hamacas donde descansan los marineros son prácticamente las únicas cesiones a la curva del escenario.

El plano amoroso logra emocionar en la última parte, donde Billy Budd acepta casi con gozo el sacrificio, mientras el capitán Vere se resigna a asumir ese desgarro emocional que le impedirá volver a amar. Es el momento en el que mejor se percibe la fusión entre interpretación, música y escenografía.  Uno muere, el otro comienza a no-vivir. “La música se evapora y deja la sensación de remordimiento”, indicó Ivor Bolton, director musical, en la presentación.

Al relato de Herman Melville, Britten añadió unos breves prólogo y epílogo, donde el capitán recuerda los hechos. “Ese recurso del recuerdo”, indicó Joan Matabosch, director artistico del Teatro Real “hace que el centro esté tanto en el comportamiento de los personajes, como en la angustia del capitán por haber tenido que condenar a ese hombre cumpliendo las leyes vigentes”. “Samuel Beckett haría que la obra volviera a comenzar para ser interpretada de nuevo”, añadió Warner.

En esa segunda visión quizá el plano político ganaría espacio. La obra vuelve a plantear (Otello, Norma, La clemencia de Tito, El holandés errante) el enfrentamiento entre irracionalidad y racionalidad, y sus trágicas consecuencias habituales, sobre todo, para los personajes “intrusos”. La encrucijada de Billy Budd es más interesante porque nada nos invita a defender lo racional. Es complicado no rendirse ante el marinero hermoso, carismático y amable, un Parsifal. El espectador comparte su ira ante las acusaciones de Claggart y desea que, en el último momento, suceda algo inesperado que impida la ejecución final.

Más aún, es casi imposible sentir simpatía ante Claggart, el suboficial que considera que la belleza y el liderago de Budd pueden ser un problema a largo plazo. Pero, despojado de la envidia y, quizá también, de la pasión no correspondida, su personaje encarna al hombre de estado, alguien que es capaz de no ceder ante la emoción del momento y proyectar las pésimas consecuencias de algo aparentemente benéfico. Es un defensor de la estabilidad que asume los caminos torcidos que, según Maquiavelo, debe recorrer lo correcto en ocasiones.

La obra tiene otra mirada, la capacidad de destrucción de los rumores, muy actual en un momento en el que se está redescubriendo el poder de los bulos. Históricamente, las expansiones (o persecuciones) religiosas o nacionales siempre han tenido al frente historias inventadas, bien de milagros o martirios, bien de crueldades o conspiraciones. La idea de que las personas de religión hebrea dominan el mundo, concretada en el libelo Los protocolos de los sabios de Sion, siempre ha justificado el antisemitismo, lo mismo que los bulos sobre menores asesinados, habitualmente convertidos en niños santos.

No es extraño que sea muy complicado por parte de los actores tradicionales oponerse a las informaciones falsas ya que, por ejemplo, ellos mismos las suelen emitir. Por ejemplo, la resolución de la crisis bancaria que comenzó en 2007 estuvo llena de medias verdades y promesas no cumplidas. No es tanto que la mentira haya subido un escalón, sino que hicieron que la verdad descendiera del suyo. Nos queda la ley, como a los marineros del Indómito, aunque no sabemos hasta cuando porque todo lo que sea autoridad es cuestionable; no de una manera crítica, sino porque todo existe en tanto el deseo personal, en tanto me hago un selfie con eso.

En el XXI, como en el XVIII, nos hemos echado a la mar, aunque sea virtualmente. De nuevo, tenemos exploradores que descubren lo que no existía, esos lugares donde había dragones, y los piratas que buscan sacar partido de la ausencia de leyes para, incluso, influir en los procesos electorales ajenos. Es probable que el nuevo mundo sea tan rígido y desigual como el navío imaginado por Deborah Warner, así lo son las nuevas empresas tecnológicas. Como Peter Sloterdijk, debemos volver a preguntarnos ¿quiénes van ―vamos― en esos barcos?, ¿cómo son ―somos―?, ¿quiénes van en los barcos digitales que, tras una ballena o El Dorado, están dibujando los mapas que necesitaremos, ¿acaso vuelve a ser la gente que no cabe en tierra? ¿Quiénes van en esos barcos que descubren, exploraran, comercian, explotan, cazan, investigan, predican, guerrean y, en resumen, están construyen el mundo en el que se vivirá dentro de décadas?

Billy Budd. En el Teatro Real hasta el 28 de febrero

Ficha artística
Dirección musical: Ivor Bolton
Dirección de escena: Deborah Warner
Escenografía: Michael Levine
Figurines: Chloé Obolensky
Iluminación: Jean Kalman
Coreografía: Kim Brandstrup
Dirección del coro: Andrés Máspero
Dirección del coro de niños: Ana González

Reparto
Billy Budd: Jacques Imbrailo
Edward Fairfax Vere: Toby Spence
John Claggart: Brindley Sherratt
Mr. Redburn: Thomas Oliemans
Mr. Flint: David Soar
Lieutenant Ratcliffe: Torben Jürgens
Red Whiskers: Christopher Gillet
Donald: Duncan Rock
Dansker: Clive Bayley
Un novicio: Sam Furness
Squeak: Francisco Vas
Bosun: Manel Esteve
Oficial primero: Gerardo Bullón
Oficial segundo: Tomeu Bibiloni
Amigo del novicio: Borja Quiza
Vigía: Jordi Casanova
Arthur Jones: Isaac Galán

Regreso inevitable a las Leyes de Pobres

Jueves, 23 de Febrero de 2017

Las Leyes de Pobres nacieron en Inglaterra tras la epidemia de peste negra de mediados del siglo XIV. El declive demográfico provocó una inflación de los salarios y, para tratar de controlarlos, el rey Eduardo III promulgó una ordenanza que obligaba a trabajar a todos los hombres disponibles. El cuerpo legal se completó posteriormente con el Estatuto de Cambridge que establecía restricciones al movimiento de los mendigos y las personas ociosas, a las que se podía imponer castigos físicos o trabajos forzados.

La pobreza, más aún con la Reforma protestante, era tratada como un problema individual y eran habituales los señalamientos (la marca de la V o la perforación de las orejas). Sólo los ancianos, enfermos y discapacitos estaban capacitados para pedir limosna, así que las personas que no encontraban trabajo eran obligadas a bajar su salario para evitar morirse de hambre. La otra opción era romper la ley, cuyos castigos se agravaron en los años posteriores. En 1547, se aprobó una ley que castigaba a los vagabundos con dos años de servidumbre e incluso la muerte en caso de reincidencia.

Las malas cosechas de finales del XVI provocaron un aumento de la pobreza y, para evitar revueltas, durante el reinado de Isabel I se produjo un cambio en las Leyes de Pobres con la distinción entre mendigos profesionales y pobres por causas sobrevenidas. Para los segundos, comenzó a establecerse un plan de ayudas a cargo de las parroquias: comida, vestimenta, leña e incluso un pago periódico. El sistema era discrecional y con tendencia al despotismo por parte de quienes tenían que repartirlos.

El sistema evolucionó a través de las workhouses, lugares donde las personas que no tenían recursos podían establecerse. Las condiciones de esos lugares, así como de los orfanatos o los correccionales para los hijos de los pobres, seguían siendo discrecionales y sólo comenzaron a mejorar cuando las asociaciones de trabajadores se hicieron cargo de ellos. El modelo, establecido en el XIV, se mantuvo hasta el establecimiento del Estado del Bienestar en el siglo XX.

De hecho, las Leyes de Pobres se mantuvieron formalmente hasta 1948 cuando fueron derogadas en la promulgación de la Ley de Asistencia Nacional. El sistema discrecional de reparto directo (alimento, vestimenta, vivienda, ayudas de estudio, leña o dinero en efectivo) fue sustituido, aunque no totalmente, por un modelo institucional de distribución indirecta: derechos sociales reconocidos en la ley, trabajo/salario e impuestos.

Duró treinta años. A partir del gobierno de Margaret Thatcher el modelo institucional de distribución indirecta (derechos sociales conquistados y reconocidos en la ley, trabajo/salario e impuestos) comenzó a ser desmantelado para regresar al sistema de Leyes de Pobres. Los derechos sociales dejaron de figurar en la ley, los impuestos dejaron de ser directos y redistributivos y se socavó la acción colectiva de los trabajadores.

Los problemas sociales, paro, pobreza o delincuencia volvieron a ser considerados como cuestiones individuales, sin contexto socioeconómico, que podían ser atenuadas con una acción discrecional a través del reparto directo. Evidentemente, los nombres han cambiado: bono social energético, cupones de comida, ayuda social para el alquiler, apertura de comedores escolares, complemento salarial o renta básica universal.

El regreso a las Leyes de Pobres es inevitable porque es transversal. La derecha entiende que es un buen modelo para mantener la desigualdad y evitar conflictos sociales y la izquierda, que también quiere evitar el conflicto ideológico o directo, acepta que esa es la única solución para evitar los casos extremos. Bienvenidos al siglo XIV.

Giro a la izquierda

Martes, 21 de Febrero de 2017

Leo “Pedro Sánchez gira a la izquierda y elige al neoliberalismo como gran enemigo del PSOE. La apuesta económica de Sánchez pasa por las jornadas laborales de 30 horas y por ir implementando una suerte de renta básica canalizada a través de un impuesto negativo”.En 1962, en Capitalism and Freedom, Milton Friedman propuso implantar un subsidio para todos los ciudadanos sin ingresos que iría disminuyendo en proporción al aumento en los ingresos propios de los beneficiarios. El mecanismo se bautizó con el nombre de «impuesto negativo sobre la renta». En 1975, bajo la presidencia de Nixon, se aprobó en Estados Unidos un mecanismo, pariente del INR de Friedman, el «Crédito Fiscal sobre Rentas Obtenidas» (Earned Income Tax Credit, EITC) que, tras el desmantelamiento progresivo del New Deal, es uno de los instrumentos más importantes, si no el más, de la política de protección social norteamericana.

Es decir, giro a la izquierda en 2017 es asumir una propuesta de Friedman y Nixon.

La renta básica es ya algo transversal que se discute en los foros sociales y en la cumbre de Davos. Está claro que el fin de los sistemas redistributivos, directos o indirectos, provocará el regreso de la renta básica, que ya estaba en algunas de las leyes de pobres. Si la socialdemocracia quiere resucitar tiene que proponer un nuevo modelo económico, aunque ahora parezca imposible, en vez de atenuar los efectos de un modelo ajeno.

Éramos tan felices

Jueves, 16 de Febrero de 2017

(Crónica de la asamblea de Podemos)

“Éramos tan felices”. La frase la pronuncia Michi Panero tras la muerte de su padre, el que nunca estaba en casa, el que gritaba, el que mandaba, el que se encerraba en su cuarto a beber y escribir. Él sabe, y lo reconoce poco después en la película, que todo es mentira, que usamos la memoria para crear un paraíso, un país de Nunca Jamás al que no podremos volver y sin el que no podemos vivir: “Decimos que lo de antes era bonito, pero no lo era. Te lo inventas, quizá para ocultar que todo ha sido un fracaso, ni más ni menos”.

El desencanto fue un documental que pronto se transformó en un ser mitológico. Leopoldo Panero, poeta oficial del franquismo, era recordado, despellejado más bien, por su esposa y sus tres hijos, dos de ellos también poetas. La obra transmitía una tristeza insólita en medio de la Transición, cuando todo estaba por hacer; no sólo era un ajuste de cuentas psicológico con la dictadura, sino el testimonio de gente que ya había vuelto de ese futuro por construir.

“Éramos tan felices”. Quizá es la frase que mejor resume el segundo congreso de Podemos. Recuperar la película de Fernando León de Aranoa sobre el primer congreso, que se exhibirá en la sección Panorama del Festival de Berlín, es como entrar en el Facebook de tu expareja y recorrer las fotos en las que estás etiquetado. ¿Por qué, qué nos pasó? No hubo escenas de tensión; el ‘octubrazo’ del PSOE sigue siendo el récord de ridículo político, pero había necesidad de psicodrama. Quizá por eso el discurso de Miguel Urbán fue muy aplaudido el sábado. Era una forma de liberar tensiones, de manifestar: no queremos elegir. Pero había que hacerlo.

El triunfo claro de Pablo Iglesias, casi un 60% de los consejeros en el órgano de dirección, deja un panorama en el que lo previsible es la desaparición, gradual o brusca, de Íñigo Errejón y sus partidarios (menos del 40% de los consejeros). El resultado de Vistalegre no acabará con la confrontación. A pesar de que todos los protagonistas han sostenido durante semanas que, tras el resultado, habría que reconstruir el proyecto, es muy complicado por el matiz personal: amigos, examigos, parejas, exparejas, compañeros de facultad o de trabajo.

No son bolcheviques contra mencheviques. Se parece más al enfrentamiento entre el académico Juan Luis Panero, que quería hacerse con el legado literario, económico y afectivo del padre, y su hermano, el deslumbrante Leopoldo María, devorado por su personaje de niño perdido/poeta maldito. ¿A quién quiere más mamá? Los pactos se basan en cosas materiales que se pueden intercambiar; las relaciones personales, no. ‘El amor nos destrozará otra vez’ era la banda sonora del abrazo entre Iglesias y Errejón del sábado (When the routine bites hard and ambitions are low; and the resentment rides high but emotions won’t grow; and we’re changing our ways
taking different roads
).

Al señalar esta semana que, de perder, él renunciaría a sus cargos orgánicos e institucionales, Iglesias estaba mostrando la puerta de salida a su número dos. La portavocía del grupo parlamentario en el Congreso, que ahora ocupa Errejón, será el punto de debate en las próximas semanas. La posibilidad de la escisión está ahí. Se descarta desde dentro como se negó durante meses la existencia del cisma, pero alguien que ha montado un partido, Errejón fue quien lo hizo tras las europeas, puede repetir la operación. Ya tiene el manual de instrucciones.

La confrontación era algo bastante previsible porque ha sido la manera de estar en el mundo de Podemos desde su fundación. En cada interacción, periodística o política, sólo se aceptaban dos opciones: conflicto o rendición. Sin atender a los matices y, sobre todo, a la necesidad de tejer alianzas para llegar al poder, todo se configuraba en un panorama de buenos y malos. En el mundo del periodismo, las acusaciones de servidumbre o traición por parte de Podemos han sido implacables; sólo era cuestión de tiempo que se aplicasen esos parámetros internamente. Los que dan a Errejón la etiqueta de blando van mal encaminados.

Ambos han sido víctimas de una estructura burocrática basada más en la adulación que en la confianza. Probablemente, la relación de Iglesias y Errejón con sus diversos entornos se parezca a la reina del cuento que, cada mañana, necesitaba que el espejo le recordase que no habia otra en el mundo comparable en belleza. El día en que el espejo no pudo soltar su letanía, la reina lo rompió, se convirtió en una bruja y comenzó a crearse rivales a los que envenenar. “Murió acribillado por los besos de sus hijos” decía el epitafio de Juan Luis Panero para su padre.

Es probable que el futuro de la formación pase por la desaparición de ambos. “Podemos no puede ser ya un partido de cuatro profesores universitarios de Madrid”, decía esta semana Pablo Iglesias. Un análisis certero que quizá no tiene en cuenta que él también está incluido. Su teoría de enfrentarse al PSOE y no buscar la decantación de los socialistas implica que el panorama español queda delimitado ideológicamente; salvo un nuevo shock económico, el PP queda como gran fuerza hegemónica. Como sostiene el periodista Fernando Garea, Rajoy ha ganado dos congresos este fin de semana.

La estrategia de movilizaciones no será sencilla para Podemos ya que su grupo dirigente deberá recuperar los puentes con las organizaciones sociales y sindicales que aportan músculo. El liderazgo no basta.  En esa estrategia, ganará protagonismo la figura de Alberto Garzón que sustituirá simbólicamente a Íñigo Errejón.

Es probable que el futuro de Podemos no esté en Vistalegre, sino en Barcelona. Allí, el movimiento con el que Ada Colau alcanzó la alcaldía se está convirtiendo en un nuevo partido, Comuns, los Comunes, el apelativo con el que se los conoce en la política autonómica. Es un proyecto que aglutina a ICV y EUiA, nacidos de IU, Podemos, la iniciativa municipalista En comú y apoyos independientes. Es una posibilidad y el panorama político español precisa de una fuerza que canalice de una forma constructiva tanto la frustración creada por la crisis como el ansia de cambio sin el lastre simbólico que suponen los fundadores. Los exploradores raras veces colonizan.

Los dirigentes de Podemos consideraban este partido como el paso a la madurez, como el fin de la niñez orgánica. “Yo me destruyo para saber que soy yo y no los otros; en la infancia se vive; después, se sobrevive”, decía Leopoldo María Panero. Mañana será un lunes triste (And I still find it so hard to say what I need to say but I’m quite sure that you’ll tell me just how I should feel today). Éramos tan felices.

(Publicado en GQ)

Ya somos todo aquello contra lo que luchamos

Jueves, 16 de Febrero de 2017

(Previa de la asamblea de Podemos)
Todo es culpa de El secreto. Y de las series, también. La insistencia en relacionar la ficción (House of cards, Borgen, Juego de Tronos, etc.) con la política ha hecho que demasiada gente crea que está dentro de una historia. Y no. Las narraciones están planificadas, todo sucede por algo; si aparece una pistola en el segundo capítulo, alguien la va a disparar en el cuarto.

En la realidad, no. Buscamos un sentido a las cosas que nos pasan cada día; les quitamos el azar y las situamos dentro de un relato íntimo y flexible: la vida. Si uno cree que está dentro de una historia, todo pasa a ser público y sólido. La narración exige un final redondo cuando la vida nunca lo tiene; no nos dirigimos hacia nada, somos el que sobrevivió a todo aquello. Pensar en una narración cerrada hace que todo el mundo forme parte del trama: compañeros, facilitadores, antagonista y opositores; es decir, buenos y malos. Uno deja de ser protagonista de su propia vida porque ese espacio narrativo se le queda pequeño. Merece algo más.

La evolución del grupo dirigente de Podemos tiene más que ver con el espectáculo que con la maduración. Es decir, se parece más al proceso que sufren los concursantes de Gran Hermano (todo el mundo me mira; soy famoso; soy importante; todo lo que hago es importante) que a la consolidación de un proyecto político. Los miembros de los dos grupos principales en disputa (Iglesias y Errejón) convertirán la plaza de toros de Vistalegre en algo parecido a la Cúpula del Trueno de Mad Max (dos entran; uno sale). Se reunirán con la idea de que todo el mundo está mirando. Y no. Ya, no. El resultado provoca curiosidad, como todo espectáculo, pero ya no es trascendente.

En otoño de 2014, la encuesta del CIS situaba a Podemos como la primera fuerza en intención directa de voto. En primavera, habían irrumpido con cinco eurodiputados y su crecimiento, que parecía no tener techo, provocaba temor en el establishment político, periodístico y empresarial. El PP temía por el gobierno y el PSOE, incluso, por su supervivencia inmediata. Quizá ese miedo estuvo detrás de la despiadada campaña de desprestigio que sufrieron a la que, sin embargo, tampoco sería justo situar como la causa principal de la evolución política y electoral. Un ataque sólo logra su objetivo cuando logra la colaboración de la defensa.

Dos años y dos elecciones generales después, el panorama ha cambiado. Podemos ya no capta votos transversalmente, sino que está situada en un espectro concreto. Amplio, pero delimitado. Salvo un futuro shock, tiene un techo claro y no sólo no da miedo, sino que resulta un rival muy cómodo para ese establishment porque impide la construcción de alternativas.

La referencia más ajustada del actual modelo español, según el politólogo Pablo Simón, es la I República italiana: un bloque sólido de centro-derecha que dispone de amplias ramificaciones en los centros de poder, un partido de centro-izquierda flexible que dispone de vínculos con algunos movimientos sociales y culturales, y una formación de centro dinámica que captura a las nuevas generaciones y a los desencantados. Los tres, proporcionalmente a su peso, controlan los resortes. Completa el panorama una fuerza con la que no hay puentes y que empuja al resto a entenderse.

En democracia, cuando no hay mayorías, el acceso al poder se logra por interacción. Puede ser una negociación, donde varios actores buscan el beneficio mutuo o por decantación. Esto último sucede cuando algo externo o interno provoca que todos los actores tengan que decidirse por una opción que no consideraban. Lo segundo, tras el fracaso de lo primero, llevó a Rajoy de nuevo a la Moncloa. Las fuerzas cuya función principal era impedirlo, PSOE y Podemos, están en crisis.

Ese fue el momento clave. En la investidura de Pedro Sánchez, el proyecto Podemos, que ya no era el proyecto Cambio, pasó a ser el proyecto Iglesias. Este fin de semana, se decidirá si eso sigue siendo así. No será fácil. Los debates políticos, si los hay, llevan meses enturbiados por las cuestiones personales y éstas harán todo mucho más difícil. Amigos, examigos, novios,  exnovios, compañeros de trabajo, etc. Todos a la gresca. Es probable que haya escenas duras; el reto a superar es el Comité Federal del PSOE en el que dimitió Pedro Sánchez.

Pero lo que suceda no será definitivo por la propia dinámica interna del partido, vinculada al espectáculo, a la agitación permanente en torno a un hecho concreto (conflicto, elecciones, movilización, debate, hashtag, etc.), y a la necesidad de un rival  externo (la casta, la vieja izquierda, el PSOE) o interno. Todo ello, con presencia constante en la esfera pública. Las redes sociales no son sólo su herramienta de comunicación, sino una forma de estar en el mundo. Es el ritmo youtuber. Hay que estar haciendo algo y que lo vea todo el mundo. El debate en el PP sobre si Cospedal puede ser ministra y secretaria general está siendo importante, pero no se retransmite por twitter.

También, al no existir un enfrentamiento político, sino una cuestión personal, la  negociación (recordemos: varios actores buscan el beneficio mutuo) es casi imposible. El choque, muy masculino, precisa de la desaparición última del grupo contrario (el antagonista y sus colaboradores). A pesar de que todos los participantes lo niegan, la opción de la escisión es bastante probable. No este fin de semana, claro.

Incluso, es previsible que el grupo vencedor no logre sobrevivir hasta las próximas elecciones. El punto clave llegará en las elecciones municipales de mayo de 2019. En 2015, Podemos se integró en candidaturas ciudadanas en las que su presencia no correspondía a su fuerza electoral y otras formaciones, como IU o Equo, estaban sobreponderadas. Fue un éxito, pero es probable que Podemos quiera presentarse con sus siglas o bajo la coalición Unidos Podemos, un proyecto más pequeño que las candidaturas ciudadanas. La negociación será tensa y el PP, que en 2015 estaba tocado, tratará de aprovecharlo para recuperar poder local. La pérdida de ayuntamientos emblemáticos, como Madrid o Zaragoza, es un escenario probable y volverá a poner sobre la mesa una nueva reformulación del proyecto. Quizá, desde Barcelona.

Porque, independientemente de las posiciones políticas de cada uno, la aparición de Podemos ha sido una suerte. La ruptura del contrato social y la desconfianza hacia la UE, en ocasiones, promotora del empobrecimiento ha provocado cambios políticos en casi todos los países y, en la práctica totalidad, la derecha populista y xenófoba ha ocupado el espacio del cabreo. En España, tenemos un proyecto constructivo a cargo de gente preparada y dialogante, que no legitima ningún tipo de acción violenta y que ha intentado, con poco éxito, tener un proyecto más allá de echarle la culpa a alguien.

Probablemente, ese ha sido el problema. El deseo de ganar las elecciones, de capitalizar el cabreo y la ilusión, ha devorado la construcción de un marco ideológico y todo se ha basado en la ley de la atracción de El secreto de Ronda Byrne: “Saber qué es lo que uno quiere (el sorpasso al PSOE, por ejemplo) y pedirlo al universo”; después, “enfocar los pensamientos de uno mismo sobre el objeto deseado con sentimientos como entusiasmo o gratitud” y “sentir o comportarse como si el objeto deseado ya hubiera sido obtenido”.

El grupo dirigente de Podemos se ha sentido dentro de un proceso histórico que les conducía a un éxito inevitable: somos nuevos y el resto, viejos; tenemos razón y el resto, no; somos jóvenes, preparados, mejores…. Y no. Como sostiene el periodista Esteban Hernández, “esto no va de abrimos la tienda, nos anunciamos por la tele y todo el mundo acude en masa como si fuera Primark, sino de hacer pensar a la gente que con otro Gobierno le iría mejor en su vida cotidiana”.

No se discutirá mucho sobre la vida cotidiana en Vistalegre. Lo que está en juego es el poder. El ensimismamiento ha hecho que los conquistadores parezcan náufragos sin apenas haberse movido de la playa en la que desembarcaron. El señor de las moscas es el libro que mejor explica lo que ha sucedido en Podemos. “Ya somos todo aquello contra lo que luchamos”. El verso de José Emilio Pacheco lleva meses retumbando sin que nadie lo haya pronunciado.

(Publicado en GQ)

Cómo crear votantes de Le Pen

Sábado, 4 de Febrero de 2017

Lo primero es que la la estructura de elección indirecta (UE), en Latinoamérica era el FMI, imponga un nuevo marco legal al Estado, que se descarga de toda la responsabilidad.

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El objetivo del nuevo marco legal es cambiar el reparto de los recursos: abaratar los costes generales bajando concretamente el de la fuerza de trabajo.

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Todo se rodea de palabras hegemónicas (reforma, flexibilidad, liberalización, competitividad) y, a conceptos desprestigiados, como la afiliación sindical, se le añade la palabra control.

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También se deja caer que esos trabajadores son unos privilegiados. Son distintos porque, gracias a su afiliación sindical, tienen marco legal. A menor afiliación sindical y menos convenios, menos sueldo y más precariedad. De ahí, el desprestigio que han sufrido las organizaciones de representación de los trabajadores. También, han perdido su capacidad de acción y discurso político, y han envejecido por una razón obvia: los trabajadores a los que representan cada vez tienen más edad.

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Habrá huelgas que no le importarán a nadie. Esos trabajadores serán señalados como insolidarios. Lo más probable es que pierdan. Dentro de unos años, los trabajadores de ese sector cobrarán la mitad, cantidad que no repercutirá en el precio de las mercancías.

España, dice la información, es de los últimos países en llegar a esta legislación. Convendría pensar a qué partidos votan los estibadores europeos a los que la UE ha aplicado esta reforma.

(Actualización)

La patronal coloca su mensaje: la situación es insostenible.

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El objetivo de todo lo anterior, las palabras (reforma, flexibilidad, liberalización, competitividad) es sólo cambiar el reparto. No hay más.

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Una legislación proveniente de la UE y aplicada por el gobierno te baja el sueldo un 60% sin mayor motivo que cambiar el reparto. Si se quiere cambiar los resultados políticos, hay que cambiar ese reparto.