Archivo de Diciembre de 2016

El desguace de la Ilustración

Viernes, 23 de Diciembre de 2016

A propósito de El Holándes Errante de Richard Wagner (dirección escénica de Àlex Ollé y; dirección musical de Pablo Heras-Casado)

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En el siglo XXI, ya no existen los grandes relatos. Suele repetirse que murieron las ideologías fuertes que abrigaban material e intelectualmente ofreciendo, no sólo una explicación coherente del mundo, sino una línea histórica. Más que libros, símbolos u organizaciones, eran la posibilidad de sentirse dentro de algo más grande, algo que venía de lejos y por cuyos objetivos merecía la pena sacrificarse.

Pero no es cierto. Sí hay grandes relatos y disfrutan de un excelente vigor. O, al menos, de una salud inesperada para el siglo XXI, ya que era el momento en el que estaba prevista su muerte o, por lo menos, un cierto declive social e intelectual. Sí existen grandes relatos porque ahí están las religiones y el nacionalismo. No han muerto todas las ideologías; sólo, las racionales.

Lo que ya agoniza es el progreso, un concepto que indica la existencia de un sentido de mejora en la condición humana, una evolución, no siempre lineal, en las condiciones materiales y espirituales dentro de un gran conjunto cuya suerte compartimos. Debemos aprender y estar agradecidos a los que nos precedieron y esforzarnos para que la vida de los que vendrán sea mejor. Estamos montados a hombros de gigantes, sostenía Salisbury.

La religión, en cambio, es una narración cerrada y prefiere la palabra destino. Hay un origen de todo al que suele suceder un momento perfecto que se estropea por la acción humana, cuya única tarea es reparar ese instante. El destino es la salvación personal en ese fin de los tiempos, el triunfo incontestable de la divinidad. Todo está ya escrito es una frase habitual en las religiones y que, con cierta frecuencia, ha precedido a la proscripción o desaparición forzada de otros libros.

El robo del fuego

Todo dejó de estar escrito en el siglo XV europeo, cuando comenzaron a descubrirse las civilizaciones antiguas y científicos, filósofos o artistas decidieron desestimar la revelación divina como fuente de conocimiento y se subieron a los hombros de esos gigantes. Todas las religiones tienen pequeñas narraciones, el fuego de Prometeo o la manzana del Edén, sobre ese momento en el que comienza a existir la condición humana, lo que sucedió en Europa entre el Renacimiento y la Ilustración, lo que Kant llamaba “salida de la minoría edad” por “falta de ánimo de servirse del propio entendimiento”, y del que España, por ejemplo, decidió aislarse con la Contrarreforma.

Si queremos elegir un momento, podemos decir que robo del fuego se produjo el 11 de diciembre de 1750 cuando Anne Robert Jacques Turgot pronunció en la Sorbona el discurso llamado Cuadro filosófico de los progresos sucesivos del espíritu humano. Turgot, que pasa por inventor de la palabra progreso, sostuvo: «La razón, las pasiones, la libertad producen sin cesar nuevos acontecimientos. […] Los signos arbitrarios del lenguaje y de la escritura, al dar a los hombres el medio de asegurar la posesión de sus ideas y de comunicarlas a los otros, han formado con todos los conocimiento particulares un tesoro común que una generación transmite a la otra, constituyendo así la herencia, siempre aumentada, de descubrimientos de cada siglo. […] La masa total del género humano, con alternativas de calma y agitación, de bienes y males, marcha siempre –aunque a paso lento– hacia una perfección mayor».

La leyenda de El holandés errante también es una de esas pequeñas narraciones sobre los límites de la condición humana, sobre los peligros del movimiento, físico o intelectual. El capitán Van der Decken recibe la maldición de navegar eternamente sin rumbo por firmar un pacto con el diablo que le permitía hacerse a la mar sin tener en cuenta a dios, es decir, las condiciones meteorológicas o los accidentes geográficos. O, según la versión más popular, la romántica, por querer doblar a toda costa el cabo de Buena Esperanza.

Ese pacto era real y se había firmado el siglo anterior, el XVIII, con la máquina de vapor de Watt o el cronómetro de Harrison, que permitía calcular la longitud sin mirar al cielo. Los barcos del XIX podían navegar sin tener en cuenta a dios. Entre ellos, los numerosos que tomó Humbold, impulsor de la ciencia moderna, o el Beagle, que llevó a Charles Darwin por el mundo durante casi cinco años. Era algo que llevaba décadas sucediendo en tierra firme, donde la divinidad ya no servía para sustentar estructuras de poder. El mar era una de las últimas fronteras; la otra, el cielo, tuvo que esperar un siglo más.

¿Dónde podría ser posible algo así?

El montaje de El holandés errante de La Fura dels Baus presentado en el Teatro Real se entiende mejor si, como propone Àlex Ollé, se reinterpreta el personaje del capitán maldito como una elaboración de Senta. La protagonista femenina está atrapada en un mundo arcaico donde no cabe el progreso, sino el destino, la sumisión, y “el holandés es la emanación de sus sueños de libertad”. Ese mundo primitivo es Chittagong, la segunda ciudad de Bangladesh y uno de los principales centros mundiales del desguace de barcos. “Daland vende a su hija, Senta, al Holandés y pensamos ¿dónde podría ser posible algo así?, ¿dónde la vida humana vale tan poco? Habíamos visto un documental sobre Chittagong y recordamos ese lugar, uno de los infiernos en la Tierra”. Como Marlow, Ollé quiere explicaros el horror.

Más que en el capitalismo irracional, la puesta en escena nos sitúa en el pacto de ambos contra el progreso. Es un mundo autoritario, violento e irracional; a veces, mecánico, como en el traslado de las piezas del barco, y a veces, arrebatado, como en la discusión última entre Senta y Erik, su pretendiente frustrado, reinterpretada patriarcalmente. A alguien que ha robado el fuego, como el Holándés, sólo le queda el abatimiento que, en lenguaje marítimo, significa perder el rumbo. A alguien que quiere ser libre, como Senta, sólo le queda desaparecer.

Capitalismo e irracionalidad

Los grandes relatos ideológicos del XIX, con indiferencia de su espectro político concreto, parten de esa idea del progreso humano y de la Ilustración, es decir, del reconocimiento de los derechos humanos. La puesta en escena nos presenta un mundo en el que esa condición humana ha naufragado, algo que diluye la presencia de los protagonistas y su capacidad de evocación, empequeñecida ante el despliegue escénico: la tormenta, el barco, la playa o el mar ensangrentado del final. Todos esos elementos, más que escena, son reparto.

Es complicado sostener, como hizo Ollé en la presentación de la obra, que nos encontramos en un “momento racionalista”. Como sucedió en el XIX, presenciamos un reflujo de la irracionalidad con diversas intensidades. En algunas partes del mundo, el Estado, la principal concreción racional de la organización humana, debe compartir su espacio con los intereses económicos; en otras, como el mundo árabe, ha sido desguazado para que la religión vuelva a ocupar su espacio.

Es un fenómeno político que suele examinarse de forma separada, país a país, o limitando el interés a las consecuencias que nos afectan, emigración o terrorismo, los barcos que se varan en nuestras playas. Conviene observar la evolución del mundo árabe desde los años 60, o la del Este de Europa, para comprobar cómo capitalismo e irracionalidad pueden acabar con el legado de la Ilustración, en fase inicial en la mayoría de casos. La imposición del modelo neoliberal precisó del acuerdo entre el capitalismo preilustrado y las diversas religiones y no se explica el retroceso en países como Hungría, Afganistán, Egipto o Israel sin esta confluencia de intereses.

Se nos suele presentar la necesidad de elegir entre libertad y seguridad, pero esa es una disyuntiva que pertenece a un mundo preilustrado que obliga a elegir entre vivir intramuros, donde hay protección a cambio de servidumbre, o extramuros. Esa bifurcación es un camino sin salida porque, al renunciar a la Ilustración, Occidente está dejando de tener un modelo de convivencia, lo que quiere decir que acepta el choque entre iguales, entre irracionalidades. La alternativa no es el apaciguamiento, sino el enfrentamiento entre desiguales; cabe recordar que el primer ejército popular del mundo se construyó al grito de “libertad, igualdad, fraternidad”, tres conceptos que están en el desguace.

El corazón de las tinieblas

El pacto firmado con el diablo en el XIX para navegar sin tener en cuenta a dios tenía una maldición. Mientras Humboldt y Darwin creaban las bases de la ciencia moderna con sus viajes, Joseph Conrad recorría el río Congo en el Roi des Belges. Al final de su viaje, no hay una teoría ni un atlas, sino el horror de Kurtz que Marlow traslada de la colonia al corazón de las tinieblas, la metrópoli. A pesar de estar a hombros de gigantes, la oscuridad está siempre ahí y Conrad nos indica que conviene no verla como algo externo. Debemos pensar en el mundo como un todo y arrinconar la superioridad moral que nos hace pensar que hay cosas que no pueden suceder aquí o ahora.

El pacto para navegar sin tener en cuenta a dios es la globalización, un modelo que, al desguazar la Ilustración, tiene menos que ver con el capitalismo que con el colonialismo. La estructura económica (precariedad, subcontratación, deslocalización, paraísos fiscales, verticalidad, etc.) que se ha desarrollado en las últimas décadas cobra más sentido si la relacionamos con el funcionamiento del sistema colonial desligándolo del factor geográfico. Es decir, todos formamos parte de la colonia, los estados están reduciéndose al papel de administradores, obligados a trasladar el sufrimiento, como Kurtz, y la metrópoli, el corazón de las tinieblas, no figura en los mapas. El siguiente paso es llevarla a la nube.

Chittagong, el desguace, no es un reducto del pasado y es tan externo como lo son los tumores del órgano donde nacen. No cabe preguntarse dónde podría ser posible algo así, dónde puede estar ese mundo arcaico, violento, donde no hay progreso ni libertad, donde la vida humana no vale nada, porque nos lleva a verlo todo desde fuera e incluso contemplarlo con los ojos coloniales: dónde podría ser aún posible algo así. Evitemos el juicio o la compasión. Es interesante cambiar el complemento de tiempo y afrontar la pregunta incómoda: ¿dónde podría ser ya posible algo así? Porque, si continuamos con el desguace de la Ilustración, si seguimos renunciando al progreso, si no entendemos que la seguridad es consecuencia de la libertad, lo único que nos salva de ese modelo es que no somos competitivos, aún.

Por qué sí necesitamos una serie sobre Serrano Suñer (y sobre cientos de personajes históricos más)

Martes, 20 de Diciembre de 2016

“Ese día, la humanidad perdió una batalla”, sostenía Berto Romero, al imaginar el momento en el que “una persona, en algún lugar del mundo, sintió la necesidad de aclarar la piel ligeramente oscura que rodea al ano”. En todo, también en el blanqueamiento anal, hay un Tesla y un Edison, un Elvis Presley y un Carl Perkins. Elvis es Paris Hilton, que popularizó la operación, como hizo también con la vaginoplastia, hasta el punto de introducirla en la carta de las clínicas de estética y las cosas que uno puede ver si tiene todo el día la tele puesta. El Carl Perkins del anal bleaching, todo queda mejor en inglés, es Tabitha Stevens, una actriz porno muy de los noventa, cuando el modelo femenino era Barbie. Su cuerpo, sometido a numerosas operaciones, entre ellas seis implantes de pecho y cuatro operaciones de nariz, incluido un implante total, es ya una performance.

Porque hay que tener en cuenta que la operación, como toda intervención humana, como cualquier acto creativo, tiene un sentido ideológico. El objetivo del aclarado es que el espectador olvide que el ano es un orificio que se encuentra al final del tubo digestivo y, sobre todo, que su función anatómica es controlar las heces. No busca que pensemos sólo que algo es lo que no es, sino que es otra cosa, que simulemos desconocimiento previo. Hay que olvidar lo que sucede en ese sitio, no sólo el tránsito de los deshechos, su aspecto, su olor, sino incluso los usos culturales y sociales que, en los humanos, tienen que ver con el gozo. Se trata de relegar el sentido completo de un lugar para que prevalezca, no el placer, sino la estética inmóvil. Podríamos decir que es una gentrificación anatómica.

La base ideológica del blanqueamiento anal es la misma que la del blanqueamiento histórico. El blanqueamiento histórico busca presentar momentos o personajes de una manera más agradable, ocultando las cuestiones conflictivas. Por ejemplo, la visión patriarcal hace que heroísmo y homosexualidad no combinen bien, así que se omite lo segundo no sólo en el caso de personajes históricos, como Alejandro Magno, sino también con los de ficción, como Aquiles.

El concepto mezcla habitualmente propaganda y narrativa, ideología y relato. Cuando prevalece la primera, la cosa no funciona; todas las modernas teorías sobre la persuasión corroboran algo que ya explicó Mary Poppins: “con un poco de azúcar esa píldora que os dan pasará mejor”. Para entendernos, se trata del tratamiento de la esclavitud en Lo que el viento se llevó; para entendernos mejor, cabe verla en el mismo programa doble que Doce años de esclavitud.

Por ejemplo, la famosa carga de la Brigada Ligera de la Guerra de Crimea no fue un acto de heroísmo, sino la consecuencia trágica de una orden mal entendida. Pero la verdad no trascendió fuera del ejército, donde se revisaron las comunicaciones, y Alfred Tennyson hizo un bello poema que elevó la moral de la tropa de Su Graciosa Majestad durante decenios. Siempre hay que ir a la guerra con un buen poema. (Hoy, seguro que algún medio ya habría publicado los Crimea Leaks con las comunicaciones confusas de Lord Cardigan a Lord Ragan que provocaron el desastre. Y habría dado igual).

El debate sobre el blanqueamiento histórico ha regresado por la serie Lo que escondían sus ojos, protagonizada por Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y seis veces ministro en sus primeros gobiernos (Interior, Gobernación o Exteriores), además de presidente de la Junta Política del partido único, Falange Española. Como en el blanqueamiento anal, se trata de olvidar la parte olorosa, lo sucio, para centrarse en la estética.

La serie, aunque no esconde su admiración por la Alemania nazi, presenta a Serrano como una mezcla de político astuto, un poco Underwood, y playboy-socialité, lo que fue el Conde Lequio en los 90. Se obvia su responsabilidad, no sólo en la represión posterior a la Guerra Civil, sino en la deportación de los más de 9.000 españoles que acabaron en los campos de concentración nazis.

Tras el primer capítulo, se abrió una petición de firmas para pedir la retirada de la serie, de la que se considera que hace apología del franquismo. En medio, la historia. La dicotomía blanqueo-cabreo provoca la postergación de la historia, algo que siempre trae disgustos y frustraciones. Serrano Suñer merece una serie que profundice en su vida intensa, con todo el tránsito de heces que tuvo y que no tenemos que limpiar desde el presente. Normalmente, se suele juzgar con severidad el pasado para poder no tener que hacer nada con el presente.

Una serie que explique cómo escapó del Madrid republicano vestido de mujer, todas las negociaciones de la II Guerra Mundial, el juego entre Alemania y la Gran Bretaña, y cómo, en los años 60, colaboró con la trama de ultraderecha que quiso dar un golpe de estado en Francia. Una serie en la que se explique que fue el fundador de la ONCE, el promotor de la reconstrucción de las zonas destruidas por la guerra y el principal autor de la legislación laboral franquista, donde se creaba el salario mínimo y situada, en muchos artículos, a la izquierda de todo el arco parlamentario actual. Ese pacto social ayuda a entender, más allá de la afiliación ideológica, la pervivencia del franquismo.

También debería contar, a través de los amigos de Serrano, como Carceller o Mora Figueroa, el cambio social que provocó la guerra y que permitió a los vencedores no sólo ocupar el poder, sino acumular fortuna a través de las propiedades incautadas, concesiones públicas o, incluso, usando prisioneros como mano de obra, situación que aclara por qué es tan espinosa la cuestión de la memoria histórica. También sería muy interesante reconstruir cómo Franco rechazó la Ley de Organización del Estado, inspirada en la Italia de Mussolini, de Serrano Suñer. Es decir, cómo se rechazó el fascismo como estructura y optó por un modelo más cercano a las dictaduras conservadoras. Sin esa visión de conjunto, es complicado entender las cosas.

Pero nadie quiere saber qué pasó porque el tránsito intestinal de la historia es desagradable. Huele. Y nadie tira de la cadena.

Condenados a la emoción, condenados a la tragedia

Viernes, 9 de Diciembre de 2016

Al final, Otello, trastornado por las insidias de Yago sobre la infidelidad de su esposa, Desdémona, la mata antes de suicidarse. Muerte. Al final, Norma, desesperada por el abandono de su amante, Pollone, decide inmolarse junto a él. Muerte. Al final, Tito perdona a Vitelia y su enamorado Sexto, quienes han tratado de matarlo por venganza y celos.

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La Clemenza di Tito, tercera obra de la temporada del Teatro Real, refuta a sus precedentes, Otello y Norma no sólo estéticamente (negro / negro / blanco), sino en el desenlace, en la conclusión que se ofrece a las historias pasionales (tragedia / tragedia / clemencia). La razón humana puede evitar que la muerte sea el final inevitable del desbordamiento que produce la emoción.

Pero la ópera de Mozart también es la única obra en la que no hay un choque social. Otello es un militar de origen africano, intruso en el mundo veneciano, al que pertenece su esposa. Norma es una sacerdotisa celta, intrusa en el orbe romanizado, del que forma parte su amante. Por su parte, Vitelia y Sexto comparten orígenes con Tito: los tres pertenecen a la alta aristocracia de Roma.

Son esos intrusos a los que pertenece la emoción, la pasión, los que no saben dominarlas, los que hacen inevitable la tragedia. La disciplina que podría embridar lo irracional, que podría evitar el desenlace, pertenece a la aristocracia que, en ocasiones, cuando se mezcla con los extraños, sufre consecuencias dramáticas. Desdémona es asesinada por Otello y Pollone, arrastrado por Norma a la pira.

Esa división, ese contraste entre la lobreguez de los intrusos amenazando el mundo armiñado de lo establecido estaba clara en el contexto de la composición de la ópera. Mozart la escribió en el verano de 1791 como acto central de la coronación como rey de Bohemia de Leopoldo II de Habsburgo, hermano de María Antonieta, reina de Francia.

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De allí llegaba lo oscuro, lo sucio, lo curvo: la Asamblea Nacional, la toma de la Bastilla, la abolición del feudalismo, la eliminación de los tributos eclesiales, la declaración de los derechos del hombre, el calendario republicano, la igualdad de la mujer y la Constitución, la gran intrusa. Los antiguos siervos y criados no sólo opinaban, sino que legislaban para marcar las fronteras del rey y de dios. Y todo lo que se puede delimitar se puede eliminar. El verano de 1791 se produjo el intento de fuga de Luis XVI con su familia. Fue arrestado en Varennes. Un año más tarde, fue depuesto; al siguiente, guillotinado.

Leopoldo II fue uno de los principales promotores de la coalición internacional contra la Francia revolucionaria; la guerra, entre otros factores, como la indiscrecionaliddad del Terror, provocó la evolución del proceso desde la democracia hacia el autoritarismo de impronta militar que, sin embargo, sirvió para consolidar parte de los avances. Los instrusos instucionales sólo pudieron acomodarse blanqueándose; mejor dicho, siendo elaborados en la claridad del Imperio y no, en la tenebrosa Asamblea Nacional.

La democracia queda establecida como una intrusa, como un terreno sombío propicio a las pasiones, a la manipulación, la demagogia; fácil de arrastrar hacia los finales trágicos, la represión, el terror, la sangre. La ciudadanía es incapaz de seguir su propio entendimiento y salir de la minoría de edad descrita por Kant.

A la Ilustración sólo le queda un único camino, someterse como adjetivo al sustativo despotismo, como si cada avance humano sólo fuera una concesión al alcanzar un cierto hito, un regalo hecho desde fuera, como sugería 2001, a cuya habitación final recuerda la puesta en escena de La Clemenza di Tito.

2001

El diálogo entre negro y blanco, entre Otello/Norma y Tito resuena en la política, sobre todo, en los procesos electorales. Los sistemas de persuasión, habitualmente tomados de la publicidad, hacen que la ideología quede relegada, como algo oscuro, viejo y sucio, por la emoción, que es blanca, limpia y nueva, al menos en apariencia por sus breves ciclos de reciclaje.

No hay otro lenguaje posible que el de la emoción. De ese ente, que la mayoría de las ocasiones recibe una destilación nominal completa para eliminar todos sus atributos (pueblo, gente, etc.), se asume es es incapaz de asumir mensajes complejos; nunca será posible la alfabetización política que haga que los intrusos dejen de serlo. Ese ente sólo recibe y expresa impulsos. Esa conclusión hace imposible la formación de una visión general, eso quiere decir la palabra ideología, que sustente acciones concretas.

De ahí, la imposibilidad de confeccionar una alternativa. Las emociones, los impulsos, son materiales para, si acaso, ganar elecciones, pero hacen imposible el ejercicio del poder, donde es precisa una visión general para provocar el cambio. La ausencia de caminos, provoca la mirada nostálgica que permite cualquier puesta en escena: la idílica América blanca de las fábricas o la idílica Francia blanca de la campiña.

No es ninguna contradicción que esas puestas en escena estén dirigidas por la élite. Los propios intrusos asumen que deben estar fuera, que deben asumir sus limitaciones, ya que están destinados a la emoción y, por tanto, a la tragedia. Otello y Norma saben que no hay otro camino tras haber profanado la frontera social y cultural; ellos mismos no se concederán ninguna clemencia.

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