Archivo de Agosto de 2016

Un discurso posible

Lunes, 29 de Agosto de 2016

¿Cómo podrá resistir el PSOE la presión de los 170 diputados? Marcando su territorio, delimitando qué es el PSOE e impidiendo que el PP pueda reiniciarse. Y, sobre todo, pidiendo algo a cambio de su suicidio, trasladando la presión. Esta es una propuesta de discurso.

Buenos días:
El grupo socialista comparte que España debe tener gobierno cuanto antes y entiende que el grupo popular tiene que liderarlo. Pero usted, no, señor Rajoy. Tenemos que comenzar un tiempo nuevo, un tiempo limpio y, por eso, usted no puede estar al frente del mismo. Yo no me voy a escaquear. No voy a ponerme de perfil, no voy a hacer chistes, ni a ridiculizar a nadie. Garantizo que el grupo socialista dará su abstención a otro candidato propuesto por el grupo popular; otro candidato que no esté relacionado con los más de treinta casos de corrupción en los que está inmerso su partido. Más de treinta casos y más de 800 personas. No son hechos aislados, señor Rajoy, no son manzanas podridas, es algo sistémico y, usted, por acción u omisión, es responsable como presidente de su partido. Sé que le gusta huir, pero no puede hacerlo.

¿Cómo puede pedir usted mi apoyo? Cuando estábamos trabajando para la paz, me dijo que estaba traicionando a los muertos. Sí, señor Rajoy, porque lo que se dice al secretario general del PSOE se dice a todos los militantes. Yo no estoy al frente de una organización para gestionar el poder, para recibir favores a cambio de contratos. Tampoco, dirijo un grupo de amigos que se meten en política a ver qué pasa y hoy son de izquierdas y al día siguiente, no. Estoy al frente de un partido con más de 100 años de historia, con gente que lo ha votado durante cuatro generaciones, con gente que ha dado su vida por él. Tengo una responsabilidad. Sé que no es una palabra que le sea familiar.

No ha ido lo único que usted le ha dicho al PSOE. Cuando estábamos construyendo una alternativa para la construcción autonómica, nos dijo que estábamos rompiendo España. También dijo que estábamos destruyendo la familia cuando aprobamos el matrimonio igualitario. Cuando comenzaba a investigarse el caso Gürtel, usted dijo que estábamos montando una inquisición. El caso Gürtel, señor Rajoy, el mismo cuyo juicio va a comenzar en breve, ¿todos estamos contra usted o era verdad?

En una de sus condiciones, el grupo de Ciudadanos pide apartar de cualquier cargo público a una persona imputada. Su partido, señor Rajoy, lo está; el Partido Popular en su conjunto está siendo investigado. El único precedente es el Grupo Independiente Liberal, el GIL. No creemos que todos sus dirigentes y militantes estén manchados, pero hay un generación que sí lo está. Reconocer el problema, reconocer que ha habido corrupción y que muchas personas se han beneficiado de ella, cobrando los sobresueldos de Bárcenas, es un buen inicio.

Como digo, no ha sido lo único que nos ha dicho: “bobo solemne”, “cobarde sin límites”, de tener una “desfachatez sin límites”, sí, el mismo que envía el mensaje de “Luis, sé fuerte”, “irresponsable”, sí, el mismo que no acepta los encargos del Jefe del Estado, de “grotesco”, de “frívolo”, de “acomplejado”, o de “confuso”. También nos ha acusado de hablar “en batasuno”, de chalanear “con los terroristas”. Usted, señor Rajoy, incluso permitió que personas de su partido insinuaran que el PSOE había permitido el ataque terrorista más terrible de nuestra historia.

El grupo socialista comparte que España debe tener gobierno cuanto antes y entiende que el grupo popular tiene que liderarlo. El grupo socialista debe pasar a la oposición, pero no puede huir de su responsabilidad y debe dar soluciones. Damos un paso al frente. Como he dicho, garantizo que el grupo socialista dará su abstención a otro candidato propuesto por el grupo popular. Busquen a alguien limpio, a alguien competente, a alguien que pueda representar el tiempo nuevo que necesita España. Dé un paso atrás, señor Rajoy. Dudo que, por primera vez en su carrera política, vaya a tener patriotismo, generosidad, y sentido de estado, pero debería intentarlo. Si usted considera que su sillón es lo más importante, el grupo socialista no lo apoyará. No vuelva a huir, señor Rajoy.

Regresar al conflicto

Viernes, 19 de Agosto de 2016

El relato más extendido sostiene que la derrota de la izquierda se produjo en los años 80 del siglo XX y sus verdugos fueron Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Juan Pablo II. Es una narración equívoca, ya que el vencido en 1989 fue el bloque soviético. Esos tres actores sí impulsaron un modelo económico que se ha ido extendiendo durante estas décadas gracias a la que la izquierda llevaba décadas derrotada por, es cierto, un presidente, un primer ministro y un papa; concretamente Franklin Rosevelt, Clement Attlee y León XIII.

El estado del bienestar, basado en el socialismo democrático / burgués representado por Keynes y el socialismo caritativo de la doctrina social de la Iglesia, desarboló el poder emancipador y revolucionario de la izquierda. La vejez de esos conceptos es otro síntoma de esa derrota. Si la izquierda no busca “acabar con cualquier tipo de subordinación o dependencia” o “un cambio brusco en el ámbito social, económico o moral de una sociedad” quiere decir que no existe, que es la situación política en la que nos encontramos.

La izquierda se basa en la existencia de una realidad, la lucha de clases. La sociedad está dividida en grupos de origen económico, clases, que están en disputa permanente por el reparto de los recursos. El objetivo final, tras el fin de la explotación del hombre por el hombre, es la toma del poder por parte de uno de esos grupos en los que se divide la sociedad, la clase trabajadora, la que debe vender su fuerza de trabajo para subsistir, a través de la concienciación, la organización y el conflicto, implícito o explícito. Todas estas herramientas son absurdas si la realidad de base, la lucha de clases, no es aceptada por una amplia mayoría social y esa fue la consecuencia del estado del bienestar. Primero, dejó de haber lucha; después, ni siquiera hubo clases.

El concepto clave es el pacto social que provoca, por primera vez en la historia de una forma amplia, la terrenalización del progreso. El avance personal o generacional era algo reservado a la religión porque la marcada división social hacía que los trabajadores (antes, siervos de la tierra o de su oficio) sólo pudieran tener un horizonte emotivo a través de la espiritualidad: la vida eterna. El estado del bienestar permitió, no sólo que la persona se convirtiera en pleno sujeto de un amplio abanico de derechos prácticos y morales, sino el reconocimiento de su vida física como territorio de progreso. Es decir, el pacto social permitía que una persona tuviera un margen de avance (económico, social y, sobre todo, cultural), una evolución que le proporcionaba un relato íntimo de su vida y con posibilidad de ser patrimonializado, es decir, ser legado a los descendientes.

Esta idea de progreso personal, este horizonte de mejora (económica, social y, sobre todo, cultural), terminó con la noción de lucha de clases. No sólo no se reconocía el valor del concepto como impulsor de ese estado del bienestar a través del conflicto, implícito o explícito, sino que pasó a convertirse en algo incómodo que convenía arrinconar. El desprestigio de la huelga es un buen ejemplo. La persona, protagonista de su propio relato de progreso, no podía identificarse con un grupo en el que no existía ese horizonte personal de mejora, sino una necesidad constante de disputa colectiva.

La desaparición del concepto de la lucha de clases también terminó con la capacidad de señalar a la clase burguesa, el grupo social que disputa los recursos a la trabajadora, con quien ya no existía conflicto. También se invisibilizó la explotación del hombre por el hombre, cuya abolición era un objetivo fundamental. La construcción de la clase media, cuya amplitud lo abarcaba casi todo y donde todo el mundo se reconocía, fue la derrota de la izquierda.

El estado del bienestar, la desaparición emocional de la clase trabajadora, hizo que la izquierda renunciara a plantear un modelo económico alternativo y, sin actores sociales a los que dirigirse, tomó tres caminos. El primero, la gestión de ese estado del bienestar a través de estructuras de poder basadas en el modelo de partido funcionarial que, sin el objetivo de ofrecer un modelo económico y social, no sólo renunciaba a la concienciación, la organización y el conflicto, sino que se desconectaba poco a poco de la sociedad. Los partidos se centraron en la gestión y las elecciones, y ambas cuestiones, sin contenido político, son terrenos fácilmente atacables.

El segundo camino fue el enclaustramiento. La izquierda siempre ha precisado de una base intelectual para el análisis previo a la acción política, pero el estado del bienestar, con su eliminación de la lucha de clases, con su construcción del relato íntimo de progreso, hizo que ese trabajo teórico se fuera desconectando de la realidad. No había situaciones concretas para analizar, ni actores a los que dirigir porque la clase trabajadora no se reconocía como tal, sino como ese nuevo grupo amplio llamado clase media. En el mejor de los casos, el trabajo intelectual vinculado a la tradición de izquierda se fue intelectualizando, como la Escuela de París, analizando o psicoanalizando esa nueva clase media. En la mayoría, se recluyó en la universidad que, como los partidos, eran estructuras de poder de tipo funcionarial que obligaban a centrarse en la gestión; gestión del contenido teórico, pero gestión en definitiva.

El tercer camino fue la dispersión. La izquierda, tras renunciar a ofrecer un modelo económico alternativo, buscó aplicar su poder emancipador y revolucionario a las cuestiones sociales y asumió como propias todas las luchas nacionales, raciales, de género o ecologistas, algunas de ellas preexistentes. En muchos casos, lo hizo sin aplicar su base ideológica previa basada en la lucha de clases. Es más, esa renuncia facilitaba esa conexión porque todos esos aspectos tienen un carácter transversal. Por ejemplo, en las colonias, la cuestión nacional suele requerir de un pacto que permita la conservación de las estructuras de poder (y explotación) de este territorio para no debilitarlo durante el proceso de emancipación; una vez logrado, las élites que ocupan esas estructuras utilizan el prestigio logrado para que esas estructuras de poder y explotación prevalezcan. Lo mismo sucede en las luchas raciales, de género o ecologistas.

La izquierda fue sacrificando su capacidad de acción en esas luchas transversales que difuminaron aún más su ya escasa base ideológica. Al minimizar o negar la lucha de clases en función de otra disputa social, la izquierda impugnaba su propia existencia. Además, esas luchas le dieron a su discurso un carácter moralizante, más cercano a la religión que a la política, que hizo huir a los grupos sociales que debían reconocerse como clase trabajadora. Y más, cuando eran formulados por miembros de esas estructuras de poder funcionarial, como partidos o universidades. Y aún más cuando esos discurso tomaban prestados conceptos del trabajo teórico de análisis o psicoanálisis, ya que culpabilizaban personalmente. Para la izquierda, el objetivo de la política debe ser cambiar el mundo y no establecer una nueva lista de pecados.

Es decir, sostener que hay que defender una reserva natural porque “es bueno”, “se debe hacer así”, “debemos cuidar de la naturaleza porque es el futuro” o ” es el legado de nuestros hijos” no es una acción política y puede ser atacada con facilidad. La izquierda debe llenar de contenido político esa idea, marcar un territorio ideológico, crear lenguaje. Por ejemplo, afirmar que hay que se debe defender una reserva natural porque la propiedad privada no es un derecho, sino una posibilidad al servicio del bien común, que prevalece. Con otras palabras, esta última frase puede leerse en la Constitución española.

Recluida en partidos o universidades, absorta en sus corrientes teóricas o centrada en esas luchas sociales, la izquierda no fue rival ideológico para el nuevo modelo económico impuesto en los años 80. Incluso, lo asumió. Tras la ruptura del pacto social en la crisis de 2007-2009, que ha provocado el empobrecimiento de buena parte de la antigua clase media, la izquierda apenas ha logrado existir dentro del debate político y los triunfos electorales han sido escasos por la irrupción del populismo de derechas.

Es entendible que los grupos empobrecidos, despolitizados durante años, no acepten esos mensajes transversales y moralizantes de organizaciones, elitistas o funcionariales, que comparten las políticas que provocaron su empobrecimiento. Esas organizaciones, directa o indirectamente a través de medios de comunicación, no aportan un modelo económico alternativo, sino una lista de pecados cotidianos y culpabilizan por comportamientos sin un análisis de las circunstancias. Lo que teóricamente es la izquierda se siente moralmente superior, y desprecia, a la que teóricamente debería ser la clase trabajadora. Resolver esa cuestión es el punto de partida.

Para volver a existir, esa izquierda extenuada debe regresar a su concepto fundacional: la lucha de clases. Es irrelevante que sea una idea apenas compartida porque el motor de la política no es ganar una contienda electoral concreta, sino cambiar el modelo económico y social. Es preciso compatibilizar esas estructuras de poder, partidos y universidades, con la labor de concienciación y organización. Y conflicto, el motor de todos los cambios históricos.

La izquierda debe volver a la realidad y dotar de política a esas luchas sociales, eliminar ese carácter moralizante y, sobre todo, encuadrarlas dentro de un modelo económico alternativo. Debe aprovechar la ruptura del pacto social para que la antigua clase media se reconozca como clase trabajadora y entienda, y asuma, que está en lucha permanente por los recursos con otros grupos sociales con los que, aunque comparta cuestiones como nación, género o raza, tiene objetivos diferentes. Si quiere recuperar el estado del bienestar, un objetivo modesto, la izquierda debe pensar cómo fue posible, concienciación, organización y conflicto; sobre todo, conflicto.

La CEDA vuelve a sacar las banderas (cuidado con las carteras)

Lunes, 1 de Agosto de 2016

“Mantengo 2015 como horizonte para que Euskadi tenga otro estatus”, dijo Íñigo Urkullu hace cuatro años. Era la precampaña de las elecciones vascas (que también coincidían con las gallegas) y el nacionalista conservador Urkullu, que se presentaba como candidato frente al lehendakari Patxi López, prometía un plan soberanista. Ganó, pese a perder escaños, gracias al desplome del PSE y a la insuficiente subida de Bildu. A 2012 le sucedió 2013 a este, 2014 y, chino chano, nos plantamos en 2015, momento en el no sucedió nada notable con el estatus de Euskadi.

Fue un verano muy nacionalista. Fue el primero en el que las entidades de la sociedad civil catalana se dedicaron a organizar un gran acto en la Diada. En 2012, fue una manifiestación en Barcelona con el lema “Catalunya, nou estat d’Europa”. Después, llegaron la vía catalana o la gran V, también en Barcelona. En medio, varias elecciones, la consulta del 9N y un montón de momentos históricos que han quedado en nada. Nadie ha cruzado ninguna línea, salvo la intervención del ministerio de Hacienda, poco antes de la convocatoria del 20D. Eso sí, las tensiones han permitido la continuidad de las estructuras conservadoras en el poder.

El recalentamiento identitario de ese verano tuvo otro gran beneficiado, Núñez Feijóo. El presidente de la Xunta de Galicia había, como este año, convocado las elecciones el mismo día que las vascas. El objetivo, mal disimulado, era centrar el debate en las banderas y que se olvidara la cuestión más importante que había sucedido en Galicia: la desaparición del sistema financiero propio (Caixa Nova, Caixa Galicia y Banco Pastor), todas ellas bajo la influencia del poder autonómico a través de la ley autonómica de cajas. No todos los años desaparecen entidades centenarias que superaron el 98, el 29 o la Guerra Civil. Ganó, como Urkullu y Mas (y Rajoy, antes).

Ese verano escribí:

El tema de las elecciones debería ser el modelo socioeconómico, quién debe pagar impuestos, cómo, cuántos y para qué. Es decir, si debe haber copago sanitario o persecución del fraude fiscal; si se debe subir el IVA o recuperar el impuesto de sucesiones o si deben eliminarse todas las becas de estudios o las ayudas a centros privados.

Pero es probable que no sea así y que la CEDA (PP-PNV-CiU), de acuerdo en el copago, la subida del IVA o las ayudas a los centros privados, centre el debate en la cuestión identitaria […]. Agarren su bandera, agítenla mucho y no se olviden de pasar por caja.

Hay poco que añadir. Tendremos mucha tensión identitaria durante todo el verano que servirá para que los proyectos conservadores vuelvan a sacar partido. El PNV ganará en Euskadi, el PP lo hará en Galicia, Puigdemont superará la moción de confianza y Rajoy forzará al resto de partidos a apoyarlo. Bienvenidos y acérquense a la nueva y divertida actuación de los títeres de cachiporra de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autonómicas).

Este verano tambien escribí:

En los próximos meses, verán tensiones institucionales, entrevistas apocalípticas y aparatosas puestas en escena con mucho símbolo. Nada en serio; nada irreversible. Escojan uno de los lados y siéntense cerca del escenario para poder gritar muy fuerte y que no se oiga nada. Si se quedan afónicos, pueden usar los aplaudidores que regala la prensa de cachiporra. No se queden en medio, tratando de entender a ambas partes y buscar una solución, porque puede que reciban un garrotazo perdido. Tampoco se vayan muy lejos, buscando una visión de conjunto, porque se decepcionarán. En los bastidores, podrán ver a todos los actores intimando y pactando el desmantelamiento de los servicios públicos, el blindaje de su estatus de clase o la impunidad de sus respectivos casos de corrupción y, señores, el espectáculo debe continuar. No se olviden de entregar su cartera a la salida. Si no lo hacen, el sistema será insostenible.

Hay poco que añadir.

PD: Gramsci explica que su poder está dado fundamentalmente por la “hegemonía” cultural que las clases dominantes logran ejercer sobre las clases sometidas, a través del control del sistema educativo, de las instituciones religiosas y de los medios de comunicación. A través de estos medios, las clases dominantes “educan” a los dominados para que estos vivan su sometimiento y la supremacía de las primeras como algo natural y conveniente, inhibiendo así su potencialidad revolucionaria. Por ejemplo, en nombre de la “nación” o de la “patria”, las clases dominantes generan en el pueblo el sentimiento de identidad con aquellas. Se conforma así un “bloque hegemónico” que amalgama a todas las clases sociales en torno a un proyecto burgués.