Archivo de Marzo de 2015

Matar al guía (Albert Rivera, no te rías, que después vas tú)

Martes, 24 de Marzo de 2015

Ciudadanos fue Podemos antes que Podemos. También fue el partido del cabreo. En 2004, CiU perdió el Govern. Tras 23 años de CiU, mucha gente de la que se había opuesto al pujolismo, pensó que había llegado su momento. Y, no. El tripartito no modificó la política cultural, ni la lingüística, ni la de nombramientos y, además, se embarcó en el proyecto del nuevo Estatuto.

Un grupo de intelectuales, cabreado porque seguía siendo el momento de los otros, promovió la creación de un nuevo partido nonacionalista o antinacionalista y, en principio, de corte transversal: ni de izquierdas ni de derechas. Precisamente, una enmienda de Francesc de Carrerras definiendo al partido como de “centro-izquierda” en el segundo congreso (2007) provocó su primera gran crisis.

Desde entonces, nueve años, ha probado diferentes maneras de convertirse en un partido estatal. Por ejemplo, dejándose querer mucho por Jiménez Losantos durante algunos años. Por ejemplo, en 2009, dos años después de definir a su partido como “de centro-izquierda”, se coaligó en las elecciones europeas con Libertas, un grupo de corte conservador, casi ultraderechista; en 2012, dio otro giro y se unió al grupo de los Liberales Europeos. En ambos procesos, presentó a tertulianos: Miguel Durán y Javier Nart.

En esos nueve años, también ha tenido jaleos y un montón de piezas; la más visible, el youtubero Jordi Cañas. Nueve años en los que algunos intelectuales se han ido, otros han llegado y otros se han transformado, dentro de las posibilidades que da poder ser la oposición-punk: no a todo. Nueve años en los que la cara visible siempre ha sido Albert Rivera, el ex de Nuevas Generaciones que se presentó desnudo en las primeras elecciones: quizá, sigue siendo la campaña más moderna. Lo petó y sin twitter.

En buena parte de esos nueve años, el problema fue la existiencia de otro partido antinacionalista de corte centrista y aroma regeneracionista, UPyD. La dificultad para la unión fue la imposibilidad de que dos egos oportunistas y/o providencialistas convivieran en el mismo partido.

Su momento ha llegado ahora. UPyD, el menos flexible, ha perdido. Le van a quitar el partido a Rosa Díez y se formará un PP naranja, que escribe fino, como alternativa al PP cristal, que escribe normal (brillante metáfora robada de los comentarios de LV). Albert Rivera, de traje y bien peinado, es el Hyde de Pablo Iglesias; Rivera, menos brillante, pero más trilero, no debería sonreír con la desgracias ajena, sino aprender. Ambos deberían hacerlo.

A medida que el partido, Ciudadanos (y Podemos), se vaya haciendo más grande, más importante, más decisivo, e incorpore a más gente, va a ser más complicado controlarlo. Habrá personas, con cargos, que quieran opinar, expectativas frustradas, gente con más proyección, más transversal, etc. El aventurero, tan necesario en el desierto, pasa a ser un incordio cuando acaba la aventura; cuando nadie miraba, ha dicho o hecho esas cosas que se dicen o hacen cuando nadie mira. Hay que matar al guía.

Este año, sólo habrá resultados. En 2016, habrá política.

Cambio de lo mismo

Lunes, 23 de Marzo de 2015

El gran vencedor de las elecciones andaluzas ha sido el departamento de políticas de la Complutense; Iglesias, Errejón, etc.; la Tuerka, para abreviar. Su lectura del populismo basada en Laclau ha triunfado sin paliativos, aunque la división del botín hace que sea complicado verlo.

La propuesta pasaba por desideologizar el proyecto político, eludir la mayoría de las cuestiones, aludir a la parte emocional y centrarse en dos o tres temas sin concretar mucho y buscando siempre una división clara para movilizar al electorado (no es una crítica, lean a Laclau o esto).

Esa ha sido la campaña de Podemos, pero no sólo. Esa ha sido la campaña de Ciudadanos, un partido con más piezas que una caja de Lego (ya irán saliendo) y, sobre todo, esa ha sido la campaña de Susana Díaz, que no del PSOE. Los grandes perdedores han sido los partidos ideológicos.

Podemos, Ciudadanos y Díaz apenas han hecho promesas, más allá del cambio, cada uno con sus matices: el cambio de lo mismo, el cambio de lo parecido y el cambio de lo otro.

La gente ha preferido el cambio de lo mismo. Si les cuesta reconocer este concepto, sólo tienen que acudir a la carrera musical de Jarabe de Palo o Melendi. Las emisoras españolas de música se basan en esa idea y Andalucía ha votado por un cambio tan profundo como la variedad que, según su eslogan, ofrece Cadena 100.

Díaz, en concreto, ha usado un recurso muy catalán, el sucursalismo, para atacar al PP y ha dividido el terreno electoral a la manera de Pujol: Andalucía y Fuera; nosotros y los de fuera y, si yo soy nosotros (Pujol/Pueblo), el otro es ellos, es el de fuera (Madrid/Casta). Hemos resistido, un verbo muy apreciado en España, a los de fuera, no han podido con nosotros.

Después, dos temas: cambio de modelo productivo y potenciar los servicios públicos, ¿cómo? Da igual. Lo importante, dice Laclau, es la movilización, ganar las elecciones. No hay que profundizar. Y, como guinda, la emoción de la biografía personal. Qué poca política queda en la política.

PD: Los resultados más interesantes de ayer están en las ciudades. Las municipales serán las elecciones más importantes que se hayan celebrado en España en muchos años. Mucha gente con ganas de hacer cosas va a poder hacerlas.

La minitransición de Felipe VI sigue

Domingo, 22 de Marzo de 2015

Las elecciones andaluzas, como las vascas o las catalanas, no son extrapolables. El PSOE se ha convertido, como indicó Enric Juliana, en el Partido de Andalucía, al igual que el PNV lo es de Euskadi y CiU, de Catalunya. Dispone de una red social, casi psicológica, que desliga los resultados autonómicos del resto de elecciones.

Tampoco son extrapolables porque Andalucía, aunque seguramente no por el PSOE, es una de los pocas autonomías donde las instituciones no han abandonado a la población. Ha habido austeridad y recortes, pero con vergüenza, sin la sociopatía de otros lugares donde el desamparo ha sido total.

Otro factor por el que no son extrapolables es el efecto del sistema electoral. Con el 62% de los votos, los dos primeros partidos tienen el 73% del parlamento. Lo que quiere decir que el resto, con el 38%, tiene el 27% del parlamento. Esta distorsión se repetirá, pero con otros actores. El tercero, en otras autonomías, puede ser el PSOE. O a nivel estatal. En mayo, las noticias no serán buenas.

Tampoco se podrá hacer proyecciones postelectorales. Susana Díaz, con el presupuesto de este año aprobado, sólo tiene que superar la sesión de investidura y esperar a ver qué pasa en el resto de procesos electorales de este año.

El cambio, la minitransición de Felipe VI, sigue, pero no se adaptará a los formatos televisivos. Es más lento y menos visible. El desafío del grupo dominante es embridar a los nuevos partidos para que limiten su acción a lo posible: acabar con el plan de estabilización de 2011, recuperar ciertas cuestiones del pacto social, limitar la acción (corrupción) de las élites extractivas y un cambio generacional. No es poco, pero no es un proceso constituyente.

El problema está, sobre todo, en la derecha. Un dato: el PP controla cientos de instituciones; dentro de un año puede no llegar a una decena. Ademas, la fragmentación de los legislativos (consistorios, diputaciones o parlamentos) imposibilitará colocar al personal de forma tan discrecional como hasta ahora.

Habrá mucha gente fuera, mucha gente cabreada; habrá mucha gente sin conexión con el poder; mucha gente perpleja. Hay frases como “los inmigrantes tienen la culpa de todo” que están esperando alguien que las ocupe. Este año, sólo resultados; la política, el que viene.

PD: Una intución: los nuevos partidos evolucionarán, asimilarán rutinas y personalidad. Es posible que sus promotores dejen de ser útiles a los ojos de los líderes de segunda hornada que lograrán poder en mayo.

La dinámica del puto amo (nuestro entorno, que no es Francia o Alemania, sino Marruecos y Argentina)

Martes, 10 de Marzo de 2015

Uno de los principales problemas de la educación (o del deporte formativo) son las distorsiones en la percepción que sufren los padres. Sus hijos son los más guapos, los más listos o los que mejor juegan. Cuando la percepción choca con la realidad se buscan excusas más o menos paranoicas: el profe le tiene manía, el sistema no explota sus capacidades, el entrenador le tiene manía o no le pasan.

Es curioso cómo este proceso de autoengaño olvida que un hijo es importante por lo que es, no por lo que hace, y que sólo hay dos cosas importantes: amor, perdón por la cursilería, y responsabilidad. Quizá, el proceso de autoengaño se produce para eludir el compromiso de las dos cuestiones anteriores. Pero no nos desviemos.

España también tiene un grave problema de percepción. Habitualmente, cuando se habla de comportamiento público o producción legislativa, se habla de los países de nuestro entorno y se citan, entre otros, a Francia o Alemania. Es algo normal, ya que España pertenece a un gran número de instituciones europeas, pero es algo que provoca el referido problema de percepción.

Francia o Alemania son países de nuestro entorno institucional, pero no pertenecen a nuestro entorno cultural. La gran separación se produjo hace varios siglos, cuando España, que ya tenía un sistema económico depredador (reconquista peninsula y conquista americana) y una fuerte influencia árabe, optó por la contrarreforma.

De ese conjunto devienen la admiración por la jerarquía y el desprecio por el diálogo o el consenso, la fe por delante de la ciencia, la apariencia pública por encima de la moral personal, el enriquecimiento por encima del trabajo o lo personal (los contactos) por encima de lo general (la ley).

Políticamente se concreta en el enfrentamiento, la corrupción y la dinámica del puto amo, la visión patrimonialista de lo público, lo que tradicionalmente se ha conocido como caciquismo. Es algo que España comparte con varios países mediterráneos y que exportó a Hispanoamérica.

En este contexto es el que hay que situar todo lo que sucede en España. Los países de nuestro entorno no son Francia o Alemania, sino Marruecos o Argentina. En Marruecos o Argentina es fácil imaginar al presidente de una institución regional hablando con dos comisarios de policía sobre negocios oscuros y sobornos. Allí, los policías también usan los delitos en lugar de perseguirlos y tienen empresas millonarias. También, cualquier construcción pública, escuela u hospital, tiene un enorme sobrecoste en mordidas.

Existe la idea de que la corrupción es una cuestión que sólo afecta a los políticos. Es otra percepción distorsionada que, además, no contrasta con la realidad. En Gürtel, Pokemon, Púnica, Edu o Mercurio, en los casos ERE, Palau o Urdangarin, no sólo hay políticos, sino empresarios, funcionarios o policías. En Marruecos o Argentina también los jueces reciben dietas de instituciones o empresas, los expedientes se pierden y los funcionarios de Hacienda hacen lo que les da la gana con las resoluciones judiciales.

En Marruecos o Argentina, los dirigentes también aparcan donde quieren y, si algún policía les dice algo, se encaran y dicen: usted no sabe con quién está hablando. Y el policía no les puede responder: usted sí que no lo sabe, con la ley. No lo puede hacer poque la ley no existe. En Marruecos, el rey también hace de comercial de las empresas; quizá me equivoco, pero no recuerdo haber visto al rey de Suecia hacer de viajante de Ericsson.

Conviene tener claro en qué país vivimos para entender lo que sucede y que nada logrará cambiarse con uno o dos resultados electorales. Aunque serán necesarios para cambiar las leyes. El cambio deberá ser más profundo y tardará más, mucho más.

El crematorio de los carromeros

Martes, 3 de Marzo de 2015

Recalificaciones, escuchas, coches quemados, espías, volquetes de putas o reuniones con policías. Chirbes se quedó corto en Crematorio. Madrid, el PP de Madrid, da para mucho más y sus principales noticias políticas no se producirán este año, sino el que viene. Este año, sólo se producirá la derrota electoral; el año que viene vendrán las consecuencias.

El PP de Madrid domina la Comunidad, la Asamblea y 146 ayuntamientos. Hablamos de consejeros, directores, subdirectores, diputados, jefes de gabinete, directivos de empresas públicas y los que ahora tienen la contrata de mantenimiento de la empresa pública. A nivel municipal, concejales, personal de confianza, directivos de empresas municipales, empleados de empresas municipales y el que ahora proporciona los bolis a las empresas municipales.

En la mayoría de los casos, hablamos de personas con un alto nivel de vida: más de 50.0000 aurelios al año más tarjeta para comidas, bebidas y comidas. A ojo, como el FMI, podemos estar hablando de medio millón de personas, medio millón de carromeros de diferentes graduaciones. Si se produce un cambio político en la Comunidad, el Ayuntamiento de Madrid y la mitad de esos 146 municipios, la mayor parte de ese medio millón quedará desatendido.

En otoño, buscarán cobijo en la administración central; en enero, si llega la fragmentación de las Cortes, las posibilidades se reducirán. Quedará, emigrar a la meseta o a Galicia. Pero no habrá lugar para todos y el invierno será crudo. Y también, para las concesionarias, los medios de comunicación y los otros subsidiados, como las empresas de servicios (sanidad, educación, dependencia, etc.).

El PP no es tanto un partido político como un músculo. Es una estructura creada para alcanzar el poder y ejercerlo. No hay ideología, sino acción. Sin el poder, sin favores, ni prebendas, ni recalificaciones, ni cargos, ni publicidad institucional, ni derivaciones, será complicado mantener unido al grupo. ¿En torno a qué? Un músculo, si no se mueve, se atrofia.

La oposición será durísima, como en 2004, y altas las posibilidades de que oportunistas traten de montar sus propios partidos (sus Podemos de derechas). Políticamente, 2016 será más interesante que 2015. Este año, sólo habrá resultados.

Ofelia Nieto 29, la piscina de Pedro J. Ramírez y una excavadora

Lunes, 2 de Marzo de 2015

No puedo ser tertuliano porque no sé qué pensar sobre Venezuela. No tengo claro cómo valorar un cambio que, es cierto, terminó con la represión, atenuó la miseria y extendió los servicios públicos, pero que, sin embargo, no cambió el modelo socioeconómico ni la ideología para hacer esos cambios irreversibles.

Sí tengo clara una cosa. Todo lo que se lee en Europa sobre Venezuela es falso. Sobre todo, la idea de que se trata de un régimen dictatorial y represivo. Bastaría la enumeración de los procesos electorales o la imagen, que insulta la inteligencia ajena, de personas denunciando falta de libertad de expresión ante decenas de micrófonos.
La cuestión, la diferencia, es que los actores están transmutados y eso es lo que provoca el cortocircuito mental.

Es razonable que las fuerzas de orden repriman, como en 1989, las protestas de trabajadores por la carestía de la vida provocando casi 300 muertos y un número indeterminado de desaparecidos. Sin embargo, es demencial que las fuerzas del orden repriman las protestas de los miembros de la élite económica.
Por ejemplo, el pasado viernes se derribó, sin aviso previo, un edificio en Madrid. Estaba amenazado de expropiación forzosa, pero esta estaba recurrida en los tribunales. En los incidentes, fue detenido el periodista Jaime Alekos. Todo razonable, según el criterio dominante.

Vamos a pensar en otra situación. Otro gobierno envía una excavadora, en lugar de a una vivienda de trabajadores, al chalet de Pedro J. Ramírez en Baleares. Concretamente, para demoler la parte que entra en la zona de dominio público. Pensemos que hay otras personas, no pertenecientes a movimientos sociales, que se enfrentan a la policía y son golpeadas; imaginemos que otro tipo periodista es detenido. Todo demencial.

Hay gente que no está acostumbrada a cumplir la ley, a tener límites, como los niños malcriados, y si alguien les obliga a hacerlo provoca un cortocircuito mental. Hay gente que no está acostumbrada a pasarlo mal y es probable que ese sea su panorama en 2016. Creo que será un año políticamente mucho más interesante que este, que no tiene más interés que el resultado, como en los malos partidos de fútbol.