Archivo de Junio de 2013

La gran devaluación

Viernes, 7 de Junio de 2013

Comencé a trabajar hace 17 años en el Sport. Tras la beca (remunerada, 50.000 pesetas al mes) de verano, el comité de empresa (Félix Alonso) peleó para que nos hicieran indefinidos y, además de la nómina, cobrábamos un complemento por fines de semana y otro, por cenas. En total, creo recordar, unas 200.000 o 220.000 pesetas al mes. No volveré a ver un contrato así, le digo a mi padre. Tampoco era tanto dinero, me dice, unos 1.200 euros. Lo que hacía esa cantidad interesante eran los precios de entonces. El dinero, continúa mi padre, siempre es relativo. Hace 15 años, 1.200 euros era un buen sueldo comparado con el precio de las cosas. Hoy, ya no. Hace 15 años, con 1.200 euros podías salir por ahí muchos días, comprar libros, ir al cine y ahorrar para unas buenas vacaciones. Hoy, con 1.200 euros, en Barcelona, puedes acabar el mes en el comedor social.

Hagamos recuento. Por un piso de tres habitaciones en el Eixample, Consell de Cent esquina Urgell, pagaba unas 70.000 pesetas, 420 euros. Hoy, deshinchada la burbuja, se pide el doble (supongo que llegó al triple) y sin contar con los servicios (agua, luz y gas). No me acuerdo de lo que costaba el mercado (nunca llevé más de 5.000); pero sí, que los libros estaban entre las 800 y las 1.500 pesetas y el cine, sobre las 700-800 pesetas. Es decir, los primeros han pasado de 5-9 euros a 15-20, el triple; mientras que la entrada se ha duplicado. Las copas, de lo que también me acuerdo, iban de las 300-500 pesetas en los sitios normalillos, a las 800-1.000, en los pijos. Hoy, por 2 ó 3 pavos no te tomas ni una caña mal tirada. Vemos el salario. El sueldo medio en España son 1.345 euros netos; el más habitual, 890.

Mi padre me recuerda el artículo sobre Henry Ford: “La sociedad de consumo se basa en que haya grandes grupos de población con excedentes de renta para gastar periódicamente. Los excedentes se han logrado tradicionalmente por tres vías. La primera es la actualización de los salarios (y la seguridad laboral, familiar y generacional); la segunda, los impuestos redistributivos (servicios sociales incluidos); la tercera, el crédito (barato, fácil o reversible). Ninguna de las tres funciona bien hoy”. A esto hay que añadir el factor de priorización del gasto: hipoteca, impuestos y servicios básicos (agua, luz, gas y gasolina). Las empresas de estos sectores, que no son tejido productivo, sino extractivo, saben que tienen más margen con los precios porque es gasto cautivo. Además, funcionan como cartel.

Los precios y la renta se tendrán que ajustar, pero es complicado porque nadie tiene visión a largo plazo. Las empresas han luchado mucho por este marco laboral, muy ideológico, pero poco práctico, y van a profundizar en la precariedad. A la hora de poner precios, la cesión también es complicada. Mi padre me pone un ejemplo. Los bancos tienen los pisos, las nóminas y la hipoteca. Si quisieran dar salida al stock de pisos para centrarse en su negocio, como dicen, cuadrarían los tres factores: bajarían el precio de los pisos y concederían hipotecas coherentes con las nóminas que tienen domiciliadas. No sucede así porque no quieren perder dinero. Les da igual todo, incluso, su propio hundimiento. No digamos ya las consecuencias para la economía de país.

Pero la devaluación (palabra que se pondrá de moda) será (ya está siendo) inevitable y, por esa priorización del gasto (hipoteca, impuestos y servicios básicos) se centrará en el tejido productivo. No solo habrá cierres del tiendas o empresas, sino que se cortarán redes de distribución y se atraerá un tipo de inversión determinado. Más que bajar los impuestos, necesitaríamos que las empresas extractivas de gasto cautivo, sistemas financiero o energético, bajaran sus márgenes y aceptaran perder dinero para evitar la devaluación colectiva. Es improbable. Vamos camino del resort y la maquila.

Somos la Contrarreforma

Miércoles, 5 de Junio de 2013

Lo que estamos viviendo es la historia de España; perdón por la obviedad. Basta leer una novela de Galdós para comprobar que la corrupción generalizada o el enchufismo (ayer, cesantes; hoy, carromeros) tiene una larga tradición. El desprecio por cualquier actividad industrial o comercial en beneficio de la renta pasiva ha sido la norma desde hace siglos y ahogar el tejido productivo para que  una élite improductiva vinculada a la administración pueda seguir manteniendo su nivel de vida es una decisión clásica en la economía española. Ayer, la Mesta; hoy, las eléctricas, la banca o las constructuras. Entre pagar investigadores o profesores de religión, el gobierno opta por lo segundo. Nada nuevo.

Es probable que todo venga, como dice Eric Wolf en Europa y la gente sin historia, de la Reconquista:

En el curso de las guerra que sostuvieron contra estados musulmanes en la península ibérica, Portugal y Castilla surgieron como organizaciones venturosas de tomadores de tributos. En ambos reinos, el control real del comercio acrecentó el poder de la monarquía y dio a la élite tomadora de tributos riqueza suficiente para comprar mercancías en el exterior sin alterar con ellos la estructura tributaria interna. Sin embargo, en ninguno de esos dos países, tal riqueza bastó para cubrir los costos de la administración y la guerra. Las bancarrotas y las deudas de la monarquía transfirieron el control de la Real Hacienda y el comercio a manos de banqueros extranjeros.

(….)

Castilla, que marchaba contra los árabes en Andalucia, acabó aprisionada en un papel militar y las tierras se distribuían entre los nobles militares que capitaneaban la conquista. Esto produjo, a fines del siglo XV, que el 2-3% de la población tenía el 97% de la tierra. La ocupación dominante en las tierras de Castilla fue la ganadería, sobre todo, la cría de ovejas, cuya lana de merino se exportaba a Holanda, donde se convertía en finas telas.

(…)

La decisiva inclinación castellana hacia una economía pastoral no sólo ahogó el desarrolló industrial de España, sino que redujo la aptitud de otras clases para poner en jaque el dominio de los tomadores de tributos. La guerra y apoderamiento de pueblos y recursos, no el desarrollo comercial e industrial, llegó a ser el modo dominante de reproducción social. Vistas así las cosas, la conquista del Nuevo Mundo no es más que una prolongación de la Reconquista. La afluencia de la plata del Nuevo Mundo a partir del siglo XVI redujo todavía más el desarrollo industrial de España, pues produjo alzas de precios e inflación, lo que hizo que no pudiera competir con los precios industriales de Holanda.

A lo que habría que añadir la expulsión de judíos y moriscos. Wolf se fija en el factor económico: “La expulsión entre 1609 y 1614 de 250.000 musulmanes no conversos que vivían en el sur de España debilitó más la agricultura del país, pues detuvo los pagos por renta a los señores que, a su vez, no pudieron pagar sus deudas e hipotecas”.

Creo que el sociocultural tambien es importante. Los moriscos tenían una especial vinculación con la pequeña industria, sobre todo, agrícola, molinos o regadíos, por ejemplo. Los judíos, sobra decirlo, estaban vinculados al comercio, el crédito y la cultura. Al ser perseguidos por la Inquisición, sus actividades tradicionales pasaron a ser peligrosas.

A partir del siglo XVI, con la Contrarreforma, tener cualquier idea o iniciativa podía llevarte a ser acusado de hereje, judaizante, morisco o falso converso. También, de erasmista, luterano, calvinista o vaya usted a saber porque también fueron perseguidas todas las formas de cultura distintas del catolicismo oficial. No leer, no pensar, no significarse; nada más español.

Un refugio ante el peligro constante de ser señalado fue la administración, en todas sus formas. Para llevar a cabo cualquier cosa económica, la que fuera, había que ser alguien medianamente conocido y tener el apoyo de la administración, algo que se facilitaba con dinero o algún tipo de lazo, familiar, de amistad o de grupo. Ir por libre, ya se ha dicho, podía costar muy caro. El peligro no era solo que la administración te pusisiese trabas, sino la cárcel o la hoguera.

El servicio público ganó prestigio porque, para acceder al funcionariado, había que demostrar limpieza de sangre. Un cargo, el que fuera, te podía librar de la hoguera. En esas fechas, también se gestó (no lo digo yo, sino Juan Pablo Fusi) el prestigio madrileño de los vizcaínos (vasco-navarros) porque eran limpios de sangre y (esto sí lo digo yo) el desprestigio de los mediterráneos y andaluces, lugares donde se escondían todos los herejes.

Todos los intentos de poner un poco de luz fueron sofocados. Olavide, Iriarte o Jovellanos sufrieron procesos inquisitoriales. El último condenado a muerte en un proceso inquisitorial fue un maestro valenciano en 1826; no hace ni 200 años. Poco más de un siglo después de ese proceso, los maestros volvían ser muy reclamados por los verdugos. A finales del XX, tener cualquier idea nueva o iniciativa fuera de los común aún podía llevarte frente a un tribunal.

Si creen que estoy estableciendo una vinculación cultural entre la Contrarreforma y el Franquismo, están en lo cierto y, recuerden, entre el Franquismo y nuestro modelo hubo una transición, no una ruptura. Somos una evolución de la Contrarreforma. Busquen a los urdangarines de Isabel II o a los Díaz Ferrán de la Restauración. Es lo que hay.

Lo que hay que tener

Miércoles, 5 de Junio de 2013

Sostiene el historiador Ciril Aydon que esto es lo que hay que tener para ser un país innovador.

1.- Una sociedad cuyo nivel de prosperidad haga posible la existencia de un número razonables de individuos consagrados a la lectura y a la conversación, y a llevar a cabo experimentos que bien podrían resultar infructuosos.

2.- La existencia de oportunidades que propicien la creación de redes de contactos, como universidades, sociedades eruditas.

3.- La posibilidad de acceder a los conocimientos acumulados tanto en el pasado como en el presente (en forma, por ejemplo, de bibliotecas o libros impresos).

4.- La disponibilidad de una tecnología apropiada (microscopios, telescopios, mediciones precisas del tiempo).

5.- La ausencia de una censura que obstaculice el avance científico.

6.- Una cultura en la que la investigación sea algo habitual y en la que resulte normal poner en tela de juicio las ideas preestablecidas

En esta lista, dice Aydon, no se incluye el genio científico porque el genio es algo que está presente en todas las épocas y lugares.

Esta lista explica lo de Italia y el Renacimiento y Suiza y el reloj de cuco de El tercer hombre.
No pierdan el tiempo pensando si España se adapta a estos criterios. Entre investigadores y profesores de religión, hemos optado por lo segundo.