Archivo de Mayo de 2013

El capitalismo no tiene la culpa (y lo dice un comunista)

Viernes, 31 de Mayo de 2013

Uno de los errores más frecuentes de análisis es echar la culpa al capitalismo o al liberalismo, cuando ambos son inocentes. Al menos, de esto que está pasando. El sistema de capitalismo liberal se caracteriza por la ausencia del estado en la economía. La iniciativa privada lucha por la superviviencia (Darwin es una metáfora amada por los liberales) y la competencia no tiene más reglas que las del código penal, si es que existe. Todo vale con tal de imponerse al otro. Hay explotación (se pactan las condiciones que el trabajador acepte, sin otro marco legal), pero también (este comunista lo reconoce) innovación, desarrollo y progreso. Sobreviven  (y acumulan recursos) las empresas mejor gestionadas (sí, a veces, las que explotan más, pero solo a veces), las que ofrecen productos más innovadores o con un valor añadido, las que se han quedado con la mejor mano de obra (o formarla), las que han ofrecido mejores precios, las que han planteado la oferta más imaginativa, etc.

No hace falta leer mucho los diarios para saber que esto no se ajusta al sistema que hoy tenemos. El estado, directa o indirectamente, no para de intervenir en la economía, aunque, como no es para proteger a los ciudadanos que lo sostienen, no nos damos cuenta. No hay semana, casi ni día, en la que algún organismo con intervención administrativa no diga o haga algo, un plan, una directriz o cualquier otra ocurrencia.

Las empresas, posiblemente por su tamaño, dependen totalmente de las administraciones y todas piden lo mismo: un marco regulatorio estable. Es decir, un plan quinquenal. Más claro, que la administración asegure sus beneficios y, si hay pérdidas, que estas sean mutualizadas, asumidas por el estado. Las más descaradas piden, además, la extensión de la colaboración público-privada. Es decir, que el estado se haga cargo de la construcción de sus oficinas y lo pague todo, hasta al personal de limpieza.

Esto último es la parte más evidente de que ya no estamos ante un sistema de capitalismo liberal. La iniciativa privada ya no lucha entre sí por su supervivencia porque ésta está asegurada por la administración con rescates en los que el estado, ojo, no se queda con la gestión; solo pone el dinero. Las empresas ya no tienen que estar bien gestionadas para sobrevivir, ni ofrecer productos innovadores o con un valor añadido, ni quedarse con la mejor mano de obra (ni formarla), ni ofrecer mejores precios, ni plantear una oferta imaginativa.

Es un sistema corporativo, más parecido al socialismo real que al capitalismo real y, de ahí, deberían partir todos los análisis.

PD: La única amenaza que tienen las empresas es la industria financiera, que pide movimientos a corto plazo, beneficios, pérdidas, compras, ventas, da igual, mientras sea a corto Esa presión también abunda en lo anterior y se dificulta cualquier tipo de inversión productiva.

La Comunidad de Madrid y el modelo soviético de empleo

Jueves, 30 de Mayo de 2013

Cuando existíamos, los rojos acostumbrábamos a argumentar que una de las cosas buenas de los países del socialismo real era la ausencia de paro. Siempre salía alguien con jersey de pico diciendo que ese dato era mentira porque el estado empleaba a los parados para maquillar las cifras. Acabados los estudios, los rojos, que éramos unos vagos que no queríamos trabajar, nos dedicamos a buscarnos la vida y los liberales del jersey de pico se metieron en la administración pública para vivir de los demás, que es lo que siempre han hecho los liberales españoles.

Un ex jersey de pico ha diseñado la nueva ocurrencia contra el paro de la Comunidad de Madrid que, inconscientemente, reproduce la estrategia de los países del socialismo real: que el estado contrate a los parados (lo que demuestra que la evolución de la política actual no tiene nada que ver con el capitalismo o con el liberalismo). Tampoco es solo una devalución para ahorrar costes: la administración echa a gente a la que después recupera pagándole menos dinero. Tiene que ver con la minusvalorización del trabajo, la culpabilización del desempleo o la alienación del trabajador.

La disminución de la lista del paro (y de los subsidios) vendrá con la gente que no pueda aceptar esos trabajos. Tener que desplazarte ocho horas a, quizá, otra localidad puede significar unos gastos inasumibles. Si una persona de Móstoles (Sur de la Comunidad) tiene que estar a las ocho de la mañana en Alcobendas (Norte de la Comunidad), debe salir de su casa antes de las siete y asumir el gasto en gasolina o en abono transporte (en una casa donde ya es posible que no se coma carne). Si tiene hijos, debe coger el horario ampliado o la ruta y, también, dejarlos al comedor, donde las becas han desaparecido. Es decir, para conservar la prestación de 800 euros tiene que gastarse 600, estar todo el día fuera de casa y joder a sus hijos levantándolos a las seis de la mañana. Y el de Móstoles-Alcobendas es un caso normal. De Aranjuez (muy al Suroeste) a Alcalá (muy al Noreste) no hay menos de dos horas.

Cuando salgan estos casos (Aranjuez-Alcalá), la Comunidad de Madrid dirá que son casos aislados. Cuando salga que hay una orden interna de colocar a la gente lejos de su casa, dirá que es un plan piloto. También dirá que lo importante es que se está dando una oportunidad a las personas que quieren trabajar de verdad, a la vez que se está controlando a las que quieren vivir del subsidio.

Ese subsidio, conviene recordarlo porque nadie lo tiene en cuenta, no es una limosna de la Comunidad, sino dinero que el trabajador ha cotizado previamente. Es decir, la administración me pide condiciones para devolverme un dinero que era mío y, si no las cumplo, se lo queda. Sucederá con las pensiones que, insisto, serán el gran timo de este siglo.

Además de que los trabajadores no sientan el dinero de la prestación como propio (cuando lo han pagado durante su etapa laboral) también se trata de que los trabajadores luchen entre ellos por una pequeña cantidad de recursos y asuman que el resto, casi la totalidad, aunque lo paguen con sus impuestos, está fuera de su alcance.

Es un sistema importado de Estados Unidos y que tiene que ver con el mito de la madre soltera negra, esos batallones de mujeres que antes de la llegada de Reagan vivían a cuerpo de rey con las ayudas públicas mientras sus numerosos hijos rodaban por la delincuencia atemorizando a las honradas familias blancas de clase media. En realidad, las principales receptoras de ayudas sociales eran las familias blancas golpeadas por la primera desindustrialización.

Pero este mito fue el marco mental de un edurecimiento del acceso a las ayudas que, por ejemplo, obligaba a los parados a desplazarse cientos de kilómetros para trabajar. Si no aceptaban todas las ofertas, quedaban excluidos de cualquier tipo de ayuda pública. Ese mito fue el marco mental del desmantelamiento del estado del bienestar en EEUU, donde no había seguridad social, pero sí un razonable ascensor social.

Lo importante, sin lo que después no se pueden hacer estas políticas concretas de culpabilización del desempleo o apropiación de las cotizaciones, es la base ideológica y la que tenemos separa al trabajador de su fuerza de trabajo y del fruto de su fuerza de trabajo. Los trabajadores no se reconocen como tales y, por tanto, no existen. No perciben de su poder como trabajadores y, por tanto, tampoco como ciudadanos. No son conscientes de lo que producen y cómo ese producto es revendido y, por tanto, se puede incautar.

Conviene leer a Marx (y a Engels) de vez en cuando.

La Deriva III

Viernes, 24 de Mayo de 2013

Un amigo se preguntaba cómo Nicolás Mauro había podido saltarse dos veces la constitución venezolana; la de su partido, añadió. Recordé el libro de Enrique Krauze sobre Venezuela, El poder y el delirio (título desafortunado), donde explicaba cómo el sistema bipartidista previo a Hugo Chávez fue el que se cargó todos los resortes tradicionales, como el cumplimiento de la ley. En el libro, se explicaba que, para defenderse de los numerosos casos de corrupción, los miembros del sistema bipartidista (social-demócrata/demócrata-cristiano) habían cambiado las leyes, dando más poder al ejecutivo, e, incluso, habían forzado esas mismas leyes. Maduro no ha hecho nada nuevo, sino algo casi convertido en costumbre.
No quiero hacer una comparación porque allí no es aquí, pero, en las últimas semanas, hemos visto al presidente de un legislativo expulsar a varios electos y a la fiscalía ejercer la defensa. También, a la policía detener discrecionalmente a dos periodistas y no hacer nada con la comisión de delitos flagrantes.

Es una deriva. Con las dictaduras sucede como con las orgías, uno no se da cuenta de que está en una hasta que no siente algo bajando por la espalda.

En diciembre, escribí un texto titulado La Deriva que acababa:

En nuestro sistema, no hay nada más importante que los procedimientos, nada, ni el orden, ni la unidad del estado, ni la economía, ni nada. No se puede estirar la ley hasta donde sea posible y un poco más allá. O hay ley o no la hay. Si gente de buena voluntad permite o promueve vulneraciones de derechos debe saber que que, en otras circunstancias, los derechos vulnerados pueden ser los suyos. Si el procedimiento es arbitrario por razón de estado, basta con leer historia, esta se va ampliando hasta que solo queda el poder y cualquiera puede hacer lo que quiera, siempre que disponga de la capacidad necesaria para hacerlo. Es algo que sucede en las derivas autoritarias. El camino no es reversible; hay que comenzar otra vez.

Veo líneas

Jueves, 23 de Mayo de 2013

Recuerdo que un entrenador de baloncesto me dijo que le costaba disfrutar del juego porque no podía dejar de ver las tripas. Aunque no quiera, explicó, veo las jugadas, los errores, las posibilidades… Veo líneas. Recordé esas palabras hace un par de semanas, en la final de la Euroliga. Yo no veía las tripas del baloncesto, sino de la retransmisión. Me fijaba en las repes que pisaban jugadas en vivo, en los tirones de las cámaras, en los balonces fuera del encuadre, etc. Se lo debo a haber trabajado muchos años con la gente de TVE; se lo debo, entre otros, a Jaime y a Juanma.

Me pasa lo mismo con la literatura. En ocasiones, no consigo disfrutar de la lectura y me fijo en cosas como esta:

“Sacó la cartera del bolsillo de su chaqueta y la abrió muy cerca de su pecho. No quería que la azafata se diera cuenta del poco dinero que llevaba. Solo contaba con un billete y algunas monedas. Y lo malo era -la idea le sobrevino de repente, como una revelación; la revelación de algo que ya sabía, pero que había relegado a un rincón de su mente- que aquello era casi todo su capital. Sí, el dinero iba a ser su problema”. (página 41)

“En vez de ir directamente al autobús -faltaban unos cinco minutos para la salida-, entró en el supermercado y compró todo lo que se le iba ocurriendo mientras pasaba por delante de las estanterías”. (página 73)

¿En qué quedamos?, ¿tiene dinero o no?, ¿le preocupa el dinero o no?
La culpa la tiene, sobre todo, Magdalena, pero también, Alfonso, Javier, Nacho, Mariana o Juana.

Santuario

Jueves, 23 de Mayo de 2013

Siempre me he guiado por una versión marxista de la navaja de Ockham. La respuesta es la más sencilla, la que precisa el concurso de menos gente, la que no necesita ninguna conspiración, la que tiene que ver, además, con cuestiones prácticas como dinero, poder o sexo.

Aznar no está preocupado por España, ni por su partido, ni por el liberalismo. No busca corregir las respuestas del gobierno ante la crisis o el soberanismo. A Aznar, todo esto le da igual. A Aznar, creo, le preocupa Aznar.

Aznar ha metido la cabeza en varias empresas anglosajonas que no son como las mediterráneas. Allí, la responsabilidad social corporativa es importante y la reputación, mucho más. Tener a un tipo con problemas judiciales, del nivel que sean, en el consejo de administración es un marrón que nadie quiere porque son cosas que no se pueden ocultar, que hay que decir a auditores protestantes. Cómo coño se traduce el concepto de imputado, lleva preguntándose varios meses.

Aznar, como Quasimodo, ha pedido Santuario. Quiere protección ante la posibilidad de que el nuevo justicialismo, poder surgido ante la dimisión del resto, decida imputarlo en alguna causa. Un pequeño lío, aunque después acabe en nada, puede significar la salida de algún consejo de administración y la desaparición de las mamandurrias.

Aznar quiere que le garanticen impunidad judicial (de ahí su nueva afinidad con Ruiz-Gallardón) y, de momento, el PP comunica. Ese es su cabreo.

PD: Perdón por los problemas con los comentarios. Mentiría si dijera que dedico mucho tiempo a solucionarlos. Gracias, José.

Somos la frontera

Viernes, 17 de Mayo de 2013

Los que ahora tenemos cuarenta años somos la frontera. Nosotros conocimos, al principio de nuestra vida laboral, cosas como becas pagadas, contrato indefinido, comité de empresa, convenio colectivo, horas extras remuneradas, complemento de fines de semana o disponibilidad, actualización salarial, etc. Los que vienen detrás, no.

Esa es la brecha de la que hablan todos los estudiosos de la estructura laboral española. Insiders, los que están dentro, los que tienen todo lo anterior, y outsiders, los precarios. Se habla de insolidaridad intergeneracional para justificar las reformas laborales, pero ese concepto suele olvidar cuántos insiders tienen que ayudar a sus hijos outsiders (pata negra o ex insiders).

Esta dualidad no se resolverá con el contrato indefinido, ni con ninguna reforma laboral, sino gracias a la biología. Los nacidos en los 50, 60 y 70 se irán jubilando y, por fin, llegará la sociedad feliz de Esade: todos los trabajadores serán precarios. España será más competitiva, productiva y bla, bla, bla.

Si yo fuera un defensor de la sociedad de consumor, estaría muy intranquilo porque esta evolución biológica provoca varias dudas. Una importante es financiera. Los insiders son la base de Hacienda; es decir, los asalariados que cobran entre 30.000 y 60.000 euros representan el 90% de la recaudación impositiva directa. Cuando se jubilen, cobrarán menos (hoy, según las estadísticas, un 20%) y, cuando se reformen las pensiones, aún bajará más esta cantidad. Si cobran menos, tributarán menos. Primera caída. Segundo, a medida que se hagan más mayores, irán consumiendo menos y ahorrando más. Segunda caída. Después, se morirán, nos moriremos, y ya no tributaremos ni consumiremos. Tercera caída.

Ni ayudaran. Y esta es la duda más importante, la social. Ya hoy, con todos esos insiders en la estructura laboral, el salario bruto más frecuente es de 16.490 euros. La media es de 22.790,20 euros, pero ambas cantidades convergerán y a la baja, y sin el apoyo de la generación anterior. Con esos datos, o hay una deflación brutal, o no se puede mantener la sociedad de consumo. Alguien que cobra 890 euros no puede gastarse 9 ¤ en una película; ni 20 ¤, en un libro; ni 120 ¤, en una bici; ni 15.000 ¤, en un coche. No es solo que la pobreza o la miseria vayan a extenderse, sino que la sociedad de consumo interna no funcionará.

España será competitiva hacia fuera. Si queremos ser el tercer mundo, como dice el gran Ramón Muñoz, este es el camino.

Asume tu culpa y páganos más

Miércoles, 15 de Mayo de 2013

Todo se jodió cuando dejamos que nos quitaran las bolsas de plástico. Rodeados de cadáveres de osos polares, focas y leones marinos, todos atragantados por residuos de plástico, aceptamos pagar por lo que antes era gratis; es decir, aceptamos que un servicio se convirtiera en un producto más. Después llegó la sanidad, la educación, etc. y vendrán las pensiones, pero todo comenzó con las bolsas de plástico.

El objetivo de la empresa era económico, ahorrarse la tasa de basuras y ganar dinero con las bolsas grandes, como hacía Ikea, pero necesitaba un componente emotivo que, sobre todo, trasladase la culpa al consumidor: pájaros atragantados, pingüinos asfixiados, delfines moribundos, bosques enteros secándose, glaciares derritiéndose… todo por culpa esa bolsa de plástico que derrochabas sin pudor.

En el almacén, el supermercado tiraba toneladas de comida en envases de plástico, comida que llegaba en grandes cargueros que producían toneladas de desperdicios, comida producida gracias a deforestaciones y matanzas de animales, pero eso era algo inevitable y que era muy difícil modificar porque dependía de muchos factores. Déjalo. No se puede. Es imposible.

El cambio, decían, está en tu mano. Renuncia a la bolsa de plástico y di sí a las ballenas, los glaciares y los bosques. Asume tu culpa y páganos más.

Es un sistema parecido al que ahora se está utilizando con la deslocalización. La culpa no es de los gobiernos, ni de las empresas, sino del consumidor, que quiere productos de bajo precio. Este sería un razonamiento correcto si, por ejemplo, las camisetas valieran un céntimo y medio en lugar de 20 ¤. Ese es el valor de los costes laborales. Hay más, claro, pero no llegan ni a la mitad de la mitad de la mitad de la mitad de los 20 ¤. Una camiseta no debería pasar de los dos euros.

¿Dónde está la pasta, qué pasa con los 18 pavos? El beneficio neto de Inditex fue de 2.361 millones (las ventas llegaron a 15.946), un 22%, y aumentó su dividendo en la misma cantidad. Amancio Ortega recibió 813 millones solo por este concepto y Rosalía Mera, 95,9 millones. La desigualdad en el reparto de los recursos, en todas las especies, se logra con violencia. El hombre es el único animal en el que el exceso de desigualdad no provoca el colapso del colectivo.

Puede que veamos campañas parecidas a las de las bolsas de plástico. Nos mostrarán fotos de los talleres del sudeste asiático y nos dirán que tenemos que pagar algo más de los 20 ¤ para mejorar las condiciones de vida de esos trabajadores. El margen de la empresa, como el almacén del supermercado, es inevitable y es muy difícil de modificar porque depende de muchos factores. No se puede. El cambio está en tu mano. Asume tu culpa y páganos más.

Y ni si te ocurra pensar en cambiar nada. Por ejemplo, fijar un margen máximo de beneficio o obligar a tributar en el país de venta. Déjalo. No se puede. Es imposible. Piensa en las ballenas.

La cantidad de mierda que podemos aceptar

Martes, 14 de Mayo de 2013

Hace unos treinta y tantos años, los grupos de pensamiento conservadores pusieron en marcha la leyenda de la madre soltera negra, similar a la chica de la curva. Se trataba de un batallón de madres solteras negras que llevaban años y años viviendo a cuerpo de rey gracias a las ayudas sociales que las diversas administraciones blandas habían establecido. Nunca habían trabajado y se dedicaban a todo tipo de vicios; sobre todo, tener hijos que tampoco hacían nada, salvo delinquir, porque también vivían de las generosas ayudas sociales. El relato triunfó; sobre todo, porque había un grupo social muy receptivo: los obreros blancos que sufrían la desindustrialización de finales de los 70, producto de la crisis del petróleo.

En España, la madre soltera negra ha sido el parado jeta que vive del cuento, el jornalero andaluz que está todo el día en el bar, el jubilado con stock de medicinas en casa o el inmigrante que solo abandona el consultorio médico para cobrar alguna ayuda social. Todos estos relatos son mentira, pero triunfan y son reproducidos porque siempre es más accesible, y más corto, echar la culpa a gente parecida a nosotros que asumir nuestra responsabilidad por haber elegido y sustentado un modelo socio-económico que nos sodomiza.

En Estados Unidos, la leyenda de la madre soltera negra fue la base del desmantelamiento del sistema de estado del bienestar, que había, auque sin seguridad social. Aquí, lo mismo. El Gobierno, admitiendo su incompetencia, ha contratado a una consultora para que controle que nadie reciba una prestación indebida. Llama la atención que no lo haya hecho para controlar, por ejemplo, los sueldos de los directivos de las empresas del Ibex (una promesa del actual gobierno, no de los comunistas) o de la banca rescatada.

No lo hace porque no es una medida económica, sino ideológica. Se trata de que los trabajadores no sientan el dinero de la prestación como propio (cuando lo han pagado durante su etapa laboral). Y, también, se trata de que los trabajadores luchen entre ellos por una pequeña cantidad de recursos y asuman que el resto, casi la totalidad, está fuera de su alcance. También, es un paso más en la privatización del Estado; otra consultora podría tener la concesión, por ejemplo, de la recaudación de impuestos. Se trata del Estado corporativo, que deviene del democrático, pero ya no lo es.

PD: Y no habrá estallido social, ni revolución. Podemos aceptar una cantidad de mierda que no nos hacemos una idea.

El cóctel alemán

Viernes, 10 de Mayo de 2013

Comienza a haber un cambio. Poner el foco en Alemania (y en el resto de países ahorradores) ya no es paranoico. Ya lo hace la prensa y algunos dirigentes políticos. Sin embargo, en sus análisis, falta perspectiva, contexto y, sobre todo, política. Alemania no actúa así por una cuestión ideológica; es decir, no defiende la austeridad porque crea en ella (ojo, su clase trabajadora, sí). Alemania (y en el resto de países ahorradores) actúa así porque le conviene a nivel práctico.

Alemania (y en el resto de países ahorradores) sufrieron un grave problema de activos tóxicos que obligaron a los gobiernos a poner en marcha rescates que mutualizaron la deuda privada. Conviene echar un ojo a la tremenda erección que sufren los datos alemanes aquí. Antes de la la crisis periférica, pudo estallar la austro-húngara, pero se detuvo con un rescate decidido en menos de un mes. Grecia fue una oportunidad para Alemania (y en el resto de países ahorradores). Se dejó pudrir políticamente meses y meses para que la crisis de activos tóxicos del Norte se transformara en una crisis de deuda pública de países del Sur. Conviene echar un ojo al destrempe de los datos alemanes desde que la crisis mutó de forma y mudó de lugar.

El problema es que la solución no es una solución y, en Alemania (y en el resto de países ahorradores), se dan las condiciones para que la crisis vuelva a estallar allí de una manera mucho más virulenta. Es decir, para que no se quede en el sistema financiero y afecte a la estructura política y social del país.

Primero, el problema financiero no ha desaparecido completamente. Los bajos tipos de interés han permitido a Alemania financiarse a costes negativos y mitigar el problema de la mutualización de las deudas entre 2008 y 2010, pero se trata de una burbuja. Ese flujo externo de capital buscaba solo buscaba refugio y puede encontrarlo en otros lugares. Esos bajos tipos de interés también han limpiado parte del prolema de activos tóxicos, pero siguen ahí y pueden ser contabilizados al 100%, aunque no pasen los mismos exámenes que el resto. Pero, insisto, siguen ahí.

Pero el problema, esta vez, es probable que no se quede en el sistema financiero. El PIB alemán ha pasado del  4,2 en 2010 y el 3 en 2011 al 0,7 en 2011 (con dato negativo en el último trimestre). El Sur ya no compra porque ya no tiene con qué. Esta bajada puede afectar al débil equilibrio de la estructura laboral alemana: menos del 7% de paro, pero con entre siete y nueve millones de ciudadanos con trabajo precario. Y el cóctel se completa con la inmigración: más de un millón de personas en 2012, un 13% más. Se dan las condiciones para que pase algo.

Es improbable que pase nada antes de las elecciones. No solo porque el gobierno se preocupará de mantener la calma, sino porque las urnas son un horizonte psicológico importante. El problema, si llega (la política tiene la capacidad de cambiar las cosas), será el año que viene. 2014 será aún más jodido.

Henry Ford, di algo, coño

Lunes, 6 de Mayo de 2013

El mundo en el que hemos vivido se resume en una frase de Henry Ford: “Quiero que mis trabajadores puedan comprar mis coches”. Habitualmente, se pone el foco en la producción y se destaca que avances técnicos, como la cadena de montaje, permitieron a Ford reducir costes y abaratar su producto hasta el punto en que pudo ser asequible para un público masivo. El enfoque tradicional olvida a la otra parte: el comprador, que también es factor importante en una venta; en este caso, los trabajadores de empresas como la de Ford.

Los trabajadores industriales constituían un grupo que, por decirlo en lenguaje poético, las había pasado putas desde el inicio de los tiempos. Descendían de trabajadores semiesclavos de fábricas preindustriales o de campesinos semisesclavos, siervos, de todo el continente europeo o de otros grupos sociales cercanos a la miseria (mercenarios, religiosos mendicantes, vagabundos, etc.). Descendían, en fin, de gente que no podía destinar nada a cosas que no fueran estrictamente de supervivencia: comida. En los casos más afortunados, comida, bebida, casa y vestido.

A un europeo del XVIII-XIX, como a un bangladesí del XXI, lo mejor que le podía pasar era la emigración a una ciudad industrial para vivir en una chabola húmeda y oscura, trabajar en una fábrica doce horas al día, seis días a la semana, inhalando cualquier porquería. Que toda la familia, desde el niño de seis años a la abuela de cincuenta, trabajasen en la fábrica era la lotería. Significaba huir de la miseria absoluta del campo, donde una mala cosecha o una epidemia podía matar a todo el mundo. La posibilidad de que la fábrica se derrumbase era nada comparado con las obligaciones de la servidumbre. Como trabajadores, eran algo; como siervos, no eran nada. Conviene no olvidarlo. La vida en las colonias textiles catalanas del XIX era parecida, o peor, a las de las colonias textiles del sudeste asiático del XXI. Y había hostias por entrar.

De ser algo, pasaron a ser alguien. Y, entonces, se unieron. Principalmente, en sindicatos, pero también en mutuas o hermandades. A través de esos instrumentos colectivos, fundados en ideologías diversas, marxismo, sí, pero también revisiones del cristianismo o el duro pragmatismo, comenzaron una labor de coacción, real o potencial, algo que no era posible en el campo. Los campesinos viven alejados unos de otros, no disponen de más herramientas que las de labor, la casa del señor está bien defendida, hay más esquirolismo y es complicado encontrar algo para hacer presión. No recoger las cosechas o quemar las tierras afecta más al campesino que al señor. En la ciudad, se pueden formar grupos amplios, hay acceso incluso a armas, se puede controlar más a los esquiroles y la huelga o la quema de la fábrica sí afecta al empresario. También, perdón por la obviedad cruda, se puede matar al empresario o a sus familiares.

A través de la coacción, conviene no olvidarlo, los trabajadores comenzaron a equilibrar el reparto de recursos: cobrar más, a tener algunos días libres, a disponer de mejores condiciones laborales, etc. Las chabolas pasaron a ser casas y, en esos barrios, comenzó a haber un médico un día a la semana, un maestro, una sala de lectura, etc. La coacción se encauzó políticamente y los gobiernos dispusieron de instrumentos para la mejora de las condiciones de vida de este sector, como la democracia, los derechos, las leyes o los impuestos. La escuela, el consultorio y la biblioteca pasaron a convertirse en derechos, sanidad, educación y cultura, y a ser financiados por las administraciones.

Esa mejora no trajo las utopías que las idelogías fundadoras habían previsto. No provocó la revolución, ni el falansterio, sino el consumo. A finales del XIX, por primera vez en la historia, grandes grupos de población, compuestos por esos trabajadores industriales, comenzaron a disponer de excedentes de renta para dedicarlos periódicamente a cosas no imprescindbles, como un coche cada cinco años. Esa prosperidad social más que económica, y no la cadena de montaje, fue la base de la evolución. Por decirlo resumidamente, la sociedad de consumo le debe casi todo a las revoluciones, comenzando por la Francesa y siguiendo por la Soviética.

Un trozo de esa prosperidad es el que están tocando los trabajadores del Sudeste Asiático, pero sería tramposo dejarlo ahí. La gran diferencia es que ellos no tienen la capacidad de coacción de los europeos del XIX porque carecen de todos sus instrumentos y los empresarios han reducido sus debilidades; ya no son presionables. Los campesinos bangladesíes mejoran económicamente cuando van a las ciudades, pero las similitudes con la revolución industrial finalizan ahí. No van a prosperar en otros aspectos, no van a cambiar sus países, como sucedió en Europa en el XIX cuando el paquete democrático (derechos, leyes e impuestos) acabó con la impunidad del grupo dirigente. La prosperidad de los trabajadores de Sudeste Asíatico solo va a ser económica y no está garantizada. Es más, lo más probable es que se rompa

La sociedad de consumo no se puede centrar en la productividad tal y como la entienden los licenciados en MBA, el ahorro de costes a través de precariedad, despidos y deslocalizaciones, porque no se basa en la producción, sino en el consumo. Su fundamento es que haya grandes grupos de población con excedentes de renta para gastar periódicamente y esos grupos se están reduciendo drásticamente por la ausencia de coacción que lleva a un reparto excesivamente desigual de los recursos. Es algo que, en la práctica totalidad de especies provoca el colapso.

Los excedentes se han logrado tradicionalmente por tres vías. La primera es la actualización de los salarios (y la seguridad laboral, familiar y generacional); la segunda, los impuestos redistributivos (servicios sociales incluidos); la tercera, el crédito (barato, fácil o reversible). Ninguna de las tres funciona bien hoy. Los salarios se devalúan, la precariedad aumenta, lo mismo que la seguridad familiar y generacional (¿tendré pensión?, ¿podrán estudiar mis hijos?). Los impuestos universales y redistributivos están siendo sustituidos por tasas lineales y discrecionales o por la impunidad impositiva para algunos grupos. Por último, el crédito a cualquiera de las fases del sistema productivo (materias primas, industria o consumo) es débil porque la (auto)rentabilidad del sistema financiero es mayor. La reversibilidad del crédito privado estrangula domesticamente y ni siquiera funciona la inflación, el lubricante del consumo.

Hoy en día, el mundo está lleno de corporaciones anti-Ford, es decir, quieren producir cosas que sus trabajadores no puedan comprar. Son corporaciones que quieren producir en Bangladesh, pagar los impuestos en Bermudas y vender en Europa, ¿a quién? Está comenzando a dejar de haber compradores porque se busca reproducir el marco laboral bangladesí en Europa a través de las zonas económicas especiales.

Esos trabajadores han dejado de ser alguien, ya no son un actor, están volviendo a ser algo. Carecen de instrumentos colectivos y, por tanto, han perdido su poder de coacción. El reparto de recursos, que alcanzó cuotas de equidad nunca vistas en el XIX y XX (entre la toma de la Bastilla y la Caída del Muro), está volviendo a desequilibrarse, como ha sido norma en la historia. La humana es una especie donde el reparto excesivamente desigual de los recursos no lleva necesariamente al colapso. También, en el aspecto político. El paquete democrático (derechos, leyes e impuestos), como el coche cada cinco años, no está garantizado. Conviene recordarlo.

PD: Como decían los electroduentes, “no somos revolucionarios, solo queremos un horario”.

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