Archivo de Enero de 2011

Cómo la SGAE lava el canon

Lunes, 31 de Enero de 2011

Se está haciendo habitual que los artistas que portavocean las estructuras de poder culturales comparen sus obras con productos alimentarios. Javier Bardem hablaba del tomate y Serrat, del chorizo. Poco se quieren y valoran aunque no les falta razón y, en la mayoría de los casos, salen perdiendo. Podría vivir sin la filmografía de Bardem pero no, sin pan con tomate. Serrat me hace dudar. Su problema es que las situaciones absurdas hacen que la gente inteligente (Serrat) diga cosas absurdas. Si alguien quiere un argumento rápido: en la carnicería no me cobran a la entrada por si les robo algo. 

 El canon, un impuesto privado y preventivo al uso medieval, sale de los bolsillos de cualquier ciudadano que compre un objeto susceptible de ser usado en la piratería. Con el dinero que le sobra tras el reparto (algún juez debería entrar algún día a investigar esto), la SAGE tiene que hacer inversiones y compra teatros, teóricamente, para promocionar la cultura. En ellos, actúan artistas pertenecientes a esa estructura de poder: Victor Manuel, Jarabe de Palo, Miguel Bósé, Los Pekenikes, etc…  Círculo cerrado.

Sin ser un experto en imagen, insultar, amenazar y sobrecobrar a los clientes potenciales no parece una medida muy inteligente. La cuestión es que hay una parte de estructura de poder cultural que no necesita público porque éste es una parte pequeña de su facturación. ¿Qué pasará después? Da igual; a ellos no les interesa.

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La SGAE anuncia que se va a acabar la cultura porque quiere enterrarse con ella

Viernes, 28 de Enero de 2011

No recuerdo quién sostenía que la gran creatividad de los 30 y los 60 se debía a las guerras de dos décadas antes. Es decir, los jóvenes que accedían en los 30 y los 60 a la escena cultural tenían el escenario bastante vacío porque los que debían de ser sus rivales generacionales estaban, en su mayoría, muertos. La explicación no es completa porque no considera la progresión de ingresos, la extensión de la educación o los avances tecnológicos para la difusión cultural pero es interesante. Sobre todo, porque la mayoría de análisis sociales que se hacen suelen olvidarse de la cuestión generacional. Marx absorbió el concepto de dialéctica de Hegel y la lucha generacional ha quedado olvidada cuando es central en las cosas que pasan. En política, por ejemplo, cuando el Rey opta por Suárez, no elige sólo un determinado perfil ideológico, sino una generación y muchos de sus problemas vinieron por el odio que despertó en la anterior; Fraga le dijo en el lavabo del Congreso: “Jamás te perdonaré que me hayas jubilado doce años antes”. No es lo más inquietante que te pueden decir en un meódromo.

España tiene un fuerte problema generacional. La generación de los 40-50 llegó al poder en los 70 con el cambio de régimen.  Fueron como los chicos del maíz; mataron a sus mayores llamándolos franquistas y, con 20-30 años, dirigían periódicos o ministerios. Y siguen ahí. Ahora, matan a sus jóvenes llamándolos inexpertos, frívolos o posmodernos. Es lógico que no acepten el cambio generacional; nadie lo hace. Como dice Manolo Portela, economista sabio, el que ha entrado ya no piensa en que existe un mundo exterior, sino en poner candados a las puertas. La generación de los 40-50 tiene mucho que defender: contratos fijos, convenios colectivos, (pre)jubilaciones aseguradas, etc… Son cosas que, para los tipos de 40 para abajo, son extrañas (salvo la clase funcionarial; compuesta no sólo por funcionarios). El problema de los sindicatos no es la campaña de la prensa sino esa división generacional. La clase trabajadora se ha dividido en clase funcionarial y clase precaria y, al haber desaparecido la conciencia de clase (una cosa es que una cosa no se perciba y otra, que no exista) ambos grupos se enfrentan y los sindicatos, formados habitualmente por el grupo funcionarial, se dirigen a éste: van perdiendo representatividad, prevalece el corto plazo y éste siempre provoca miedo.

Es el panorama de la famosa cena del miedo porque existe la misma división en la cultura (podemos incluso usar la misma denominación: grupo funcionarial y grupo precario) y sus estructuras de poder, los organismos de gestión de derechos, representan a una parte del grupo funcionarial. En la SGAE, dice Nacho Escolar, decide un 0,7% de todos los socios. Ahí está lal clave de lo que sucede: gente envejecida (no necesariamente vieja) con mucho miedo a todo, muchos privilegios adquiridos, poca representatividad en el conjunto del sector y que realiza acciones a corto plazo aprovechando su capacidad de presión política con el único objetivo de mantener su estatus.

Por mucho que acojone a los comensales de la cena del miedo, lo de internet parece que va para adelante. Tiene pinta de que se prepara una (r)evolución basada en cosas como la movilidad total (geolocalización, geopublicidad, realidad aumentada, etc…), conectividad total (telemedicina, teleservicios, telepresencia, etc…), conexiones máquina-máquina (hogar conectado, coche conectado, energía inteligente, etc…), la convergencia de las pantallas (móvil, ordenador, televisión, tableta y lo que surja) y los universos en la nube (aplicaciones en lugar de software, streaming en lugar de descargas o virtualización en lugar de almacenamiento, etc…). Son cosas que requieren redes con mucha capacidad y, sobre todo, mucha fiabilidad. La peli porno se puede colgar pero una operación de páncreas o un coche, no. Las operadoras, señaladas por las estructuras de poder tipo SGAE como promotoras y beneficiarias del tránsito de contenidos culturales, no quieren invertir en esas redes porque son caras y no ven el retorno de la inversión. No creen que haya demanda masiva de esos servicios y ellas también se presentan como víctimas de otros parásitos: los proveedores de servicios de internet. Telefónica contra Google, para entendernos.

Su primera reacción fue tipo SGAE: pedir una tasa. Tras unos meses de debate, las operadoras pasaron a otra estrategia y solicitaron compartir inversión. Tras una negativa inicial, Google accedió y fue un poco más allá, firmó un acuerdo con la operadora Verizon para participar en la inversión a cambio de que sus contenidos se priorizasen. Se rompía la neutralidad de la red. Casi simultáneamente, Telefónica inciaba el debate sobre el fin de las tarifas planas. No lo harán porque son un buen producto comercial pero pero el debate dará legitimidad a la consolidación de esa ruptura. Sobre la misma vía circularán cercanías, talgos, alvias y aves. Quien pague más, tendrá más ancho y más fiable y no se trata de tarificación final al consumidor, sino a los grandes proveedores de contenidos. Google quiere tener una buena red para extender su dominio de la publicidad en la red a la nueva Televisión IP.

Si a las estructuras de poder tipo SGAE les preocupara la cultura y quisieran defenderla, estarían buscando cómo adaptarse al cambio de modelo que todo esto provocará para evitar las tendencias oligopolísticas sobre la producción y distribución de contenidos (el modelo Apple). Mi padre recordaba el sábado que los derechos de autor nacieron para defender a los creadores de los editores, no del público. Sin embargo, por una cuestión generacional, las esgaes realizan acciones a corto plazo aprovechando su capacidad de presión política con el único objetivo de mantener su estatus: recaudación privada (de tipo diezmo medieval). Es una acción contraproducente en imagen porque legitima cualquier acción con ese contenido, el consumidor no suele aceptar el doble pago (triple, en el caso del cine) por un mismo producto, y nefasta si se sale de la burbuja porque ralentiza el desarrollo cultural y tecnológico. No es la primera vez que suceden cosas así. En el Renacimiento, la Iglesia Católica, que también tenía el privilegio de recaudar sus impuestos, quiso detener el mundo que se había iniciado con la difusión del saber a través de los talleres de impresión. Probó también a perseguir a quienes difundían los nuevos saberes, filósofos, escritores, astrónomos, médicos, etc… No pudo hacerlo pero sí logró que algunos países quedaran más retrasados; España, por ejemplo. 

Las estructuras de poder tipo SGAE no son exclusivas de España pero sí, del mundo occidental. Su capacidad de presión política está marcando cómo el mundo occidental se enfrenta al cómo se harán las cosas. No estoy hablando de modelos cerrados porque el mundo no son líneas, sino esferas que se van agregando, pero la Ley Hadopi o la Ley sinde (o Biden-Lassalle) configuran una actitud legitimadora de las viejos sistemas cerrados que están dentro de las estructuras de poder, concretamente sentadas encima de la caja fuerte, poniendo candados para que nada entre del mundo exterior. La adaptación de la industria cultural a los nuevos sistemas de producción, distribución y consumo puede provocar terremotos en esas estructuras. Posiblemente, si la SGAE pasara de la recaudación privada y previa a acciones de mercado (nadie propone que un trabajador no cobre por su trabajo; el debate será cómo, cuánto, cuándo, durante cuánto tiempo y, sobre todo, qué trabajo) sus ingresos disminuirían bastante y seguro que su grupo de poder desaparecería. Para ellos, la opción lógica es no cambiar, aunque ralenticen el desarrollo cultural y tecnológico del país. Nos volveremos a joder.

La (r)evolución está sucediendo y, el que antes llegué, pondrá la mesa, distribuirá los platos y elaborará el menú; es decir, los países o empresas que antes dejen atrás el cómo se han hecho las cosas hasta hoy serán los que marquen los modelos de desarrollo, el cómo se harán las cosas. Espero que sea Occidente porque prefiero la democracia. La opción es China.

“La era industrial y sus instituciones se han quedado sin energía”

Domingo, 23 de Enero de 2011

Don Tapscott dice a Ima Sanchís en la contra de La Vanguardia cosas muy interesantes:

Esto no es sólo una crisis económica, estamos ante un momento de cambio histórico: la era industrial y todas sus instituciones se han quedado sin energía

¿No salva nada?

Periódicos, universidades, corporaciones, gobiernos, educación, sistemas de salud, red de energías…, todo está basado en modelos de la era industrial, y están fallando.

Ha habido otras crisis.

Igual que la imprenta de Gutenberg permitió evolucionar de un modelo agrario a la era industrial con todos sus cambios sociales y de gobierno, internet nos lleva de la era industrial a la digital.

 Y todas nuestras instituciones están todavía en el modelo industrial…

Sí, en las universidades se da la educación industrializada: una clase magistral de uno a muchos; como en los medios de comunicación, la producción y distribución masiva, los servicios de salud y la democracia, una élite de políticos y una masa que los elige. 

Uno de las luchas históricas que actúan como motores del cambio es la que enfrenta a creadores de contenidos con desarrolladores de tecnología. Las religiones, que dominaban el sistema agrario y creaban los contenidos que lo legitimaban, trataron de impedir el cambio y el control se hizo más efectivo. Cuando una institución es fuerte, no necesita la violencia, le basta con las palabras. Hubo lugares, arco Mediterráneo o los países nórdicos, donde ganaron los creadores de contenidos y esos países perdieron el tren. Y se subieron después, con desigual fortuna.  

Estamos en una situación parecida.  Dice Tapscott:

¿Cuál es el nuevo modelo?

Hay cinco principios para construirlo. El primero es la colaboración, modelo opuesto a la jerarquía. Ahora la colaboración se puede dar en una escala astronómica: millones de personas han creado una enciclopedia.

¿Es extrapolable?

Linux, el sistema operativo gratuito, ha sido creado por cientos de miles de colaboradores. La tercera parte de las motocicletas que se fabrican en el mundo son el resultado de cientos de pequeñas compañías que se encuentran para colaborar.

Segundo principio.

Apertura y transparencia.

Eso va en contra de las maneras de hacer de los gobiernos del mundo.

Sí, pero la luz es un buen desinfectante. Todo el mundo está preocupado por Wikileaks, que es sólo la punta del iceberg. Hay muchas cosas feas dentro de los gobiernos y las corporaciones, y cuando salen a la luz evolucionan para mejor. 

Tercero.

Interdependencia, los negocios no pueden triunfar en un mundo que está fallando. Si España no pagara su deuda soberana, el euro en su conjunto se hundiría y llevaría al mundo entero a la depresión.

Cuarto.

Compartir la propiedad intelectual, que ya no es necesaria. The Guardian ha liberado todas sus ediciones pasadas, IBM entregó 400 millones de dólares en software a Linux, que se encarga de desarrollarlo con voluntarios y de paso IBM aprovecha para desarrollar un negocio multimillonario de hardware ligado a este nuevo software. Compartir es crear riqueza.

Cinco.

La integridad. Las instituciones del mundo en el que vivimos no han sido construidas sobre la integridad.

 Ya.

La falta de integridad de los banqueros casi destrozó el modelo capitalista en su totalidad. El resultado de la falta de honradez de los banqueros de Nueva York es un 40% de desempleo juvenil en España.

 El modelo capitalista está basado en la ley del más fuerte y el más listo.

Ese es el capitalismo de la era industrial y no volverá.

Unos llegarán antes y, otros, después. De todos depende.

Usted, ¿en qué quiere gastarse el dinero?

Viernes, 21 de Enero de 2011

Ante cualquier problema, tenemos un abracadabra: hacer una ley o, si la hay, reformarla; que vuelva a bajar Moisés del Sinaí con las tablas. Nadie se plantea que los cambios legislativos no sea necesarios porque existen otros sistemas de control. En todo el debate autonómico, nacido por la enorme deuda de las administraciones, sigue sin aparecer la palabra responsabilidad. Si un grupo lleva a a una administración a la quiebra, se lleva a este grupo ante los tribunales y se interviene dicha administración. No hace falta reordenar el sistema administracitvo. Y responsabilidad de los votantes. Leo:

Un médico andaluz recibe a 45 pacientes al día, mientras que uno navarro atiende a 29. El Sistema Extremeño de Salud financia a las pacientes embarazadas la atención dental. Al resto de españolas, no. Aunque las diferencias existen, ningún paciente español sabe qué centros públicos funcionan mejor o peor, ni qué prestaciones le ofrece su comunidad y cuáles las demás. A pesar de que Leire Pajín presume, una y otra vez, de ofrecer un sistema sanitario universal y gratis para todos, los desequilibrios entre comunidades hace, inevitablemente, que los pacientes españoles se conviertan en ciudadanos de primera y de segunda categoría dependiendo de dónde vivan.  

Madrid, Galicia, Canarias y la Comunidad Valenciana son las regiones que cuentan con los peores servicios sanitarios, según los datos que se reflejan en un informe presentado por la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública (FADSP).

Es decir, el Ministerio de Sanidad tiene la culpa de los problemas del sistema sanitario andaluz o madrileño. No veo a Leire Pajín inaugurando hospitales madrileños o alas de hospitales madrileños o lavabos de alas de hospitales madrileño (juro que casi todos los días hay una imagen de Esperanza Aguirre inaugurando algo sanitario en la tele del Metro). La responsabilidad de la sanidad andaluza, madrileña o valenciana es de los respectivos gobiernos y, sobre todo, de los votantes. Cada convocatoria es una opción. Usted, ¿en qué quiere gastarse el dinero?, en atención dental a embarazadas o en una tele autonómica?

El artículo recoge que la FADSP propone, como el CES:

“El Ministerio debe abordar la financiación y exigir que se garantice en todas las comunidades el presupuesto destinado a Sanidad”. Un presupuesto que debería ser, más o menos, el mismo para cada región. Otro balón de oxígeno para salvaguardar la igualdad de trato en la sanidad pública española sería crear un Plan Integral de Salud.

Es decir, que baje Moisés del Sinaí, que venga un el deus ex machina para arreglarlo todo, el rey traumaturgo y toque con su mano a los leprosos. ¿Por qué? La democracia es libertad y responsabilidad. Si en Andalucía o Valencia prefieren gastarse su dinero en toros o en Fórmula 1 antes que en sanidad es su decisión. Se llama democracia.

El pinganillo cuesta un Cospedal

Jueves, 20 de Enero de 2011

Todo es el marco mental de Lakoff pero nuestra tradición cultural de tomárnoslo todo menos en serio lo convierte en chascarrillo. El maestro Juliana hablaba de la nueva Loapa, formada a través del marco mental del Celtiberia Show, sin dar toda la importancia que merece al chascarrillo del pinganillo. La izquierda, o los no centralistas, quieren explicar las cosas (pluralidad, cámara autonómica, etc…). No se dan cuenta de que toda argumentación pierde la batalla ante una imagen, sobre todo, si se acompaña de chirigota y no hace falta ser el Selu para que te inspire la palabra pinganillo.

pinganillo

Lo que deberían hacer los no centralistas es tratar de cambiar el marco y decir que el pinganillo cuesta un Cospedal. Es decir, el sistema de traducción cuesta a las arcas públicas lo mismo que María Dolores de Cospedal. Hemos tirado por arriba (241.840 euros de una, frente a unos 350.000 de lo otro) pero conseguiríamos poner el foco de nuevo sobre un dato (241.840 y 33.000 de IPRF) que el bloque que apoya al Gobierno debería repetir todos los días. El chascarrillo, ahí está la clave.

Reina por un día

Jueves, 20 de Enero de 2011

Escribo una cosa en un viaje de trabajo a Sevilla basada en ideas propias y ajenas, Pedro la sube a Menéname porque le encanta un chiste sexual, la cosa gusta y el servidor peta porque este es un blog que habitualmente ven un puñado de amigos, Pedro, Asier, Gonzalo, Eva, mi padre o gente de IloveIU.

Bienvenid@s.

PD: Sobre lo de la imprenta y el índice de libros prohibidos, no es una teoría historiográfica que me haya inventado yo. Una de las bases de la Reforma es el estudio individual de la Biblia, cosa imposible si la reproducción del texto no se hubiera hecho de forma preindustrial. Que se creara un siglo después es normal. No hay que mirar las cosas de ayer a la velocidad del tiempo de hoy.

PD2: La historia de Gutenberg es preciosa.

Gutenberg no calculó bien el tiempo que le llevaría el poner en marcha su nuevo invento y antes de finalizar el trabajo se quedó sin dinero. Volvió a solicitar un nuevo crédito a Johann Fust y, ante las desconfianzas del prestamista, le ofreció entrar en sociedad. Fust aceptó la propuesta y delegó la vigilancia de los trabajos de Gutenberg a su sobrino, Peter Schöffer, que se puso a trabajar codo a codo con él a la vez que vigilaba la inversión de su tío.

Tras dos años de trabajo, Gutenberg volvió a quedarse sin dinero. Estaba cerca de acabar las 150 Biblias que se había propuesto pero Johann Fust no quiso ampliarle el crédito y dio por vencidos los anteriores, quedándose con el negocio y poniendo al frente a su sobrino.

Gutenberg salió de su imprenta arruinado y se cuenta que fue acogido por el obispo de la ciudad, el único que reconoció su trabajo, hasta su muerte pocos años después de reconocerse el trabajo.

Peter Schöffer terminó el trabajo que inició su maestro en su ciudad y las Biblias fueron vendidas rápidamente a altos cargos del clero, incluido el Vaticano, a muy buen precio. Pronto empezaron a llover encargos de nuevos trabajos. La rapidez de la ejecución fue sin duda el detonante de su expansión, puesto que antes la entrega de un solo libro podía posponerse durante años.

Y muy ilustrativa.

Yo sí tengo una idea para Álex de la Iglesia

Miércoles, 19 de Enero de 2011

Todo cambio tecnológico provoca una revolución con ganadores y perdedores. Esto lo tenía claro Marx, que pensaba que las crisis desatadas por la evolución tecnológica terminarían trayendo la sociedad socialista y Schumpeter, que pensaba que el capitalismo salía fortalecido de esos procesos de destrucción creativa. Es casi seguro que ninguno tiene razón pero sí podemos estar de acuerdo en que el cambio provoca cambios. En la cultura, campo que nos ocupa, cualquier mejora en las tecnologías de producción, distribución o almacenamiento conduce a modificaciones en todo el proceso de la creación.

Uno de los ejemplos más claros es la imprenta de tipos móviles. Fue un gran invento, quizá el mejor hasta internet, y, como todos, cambió el mundo que lo parió. La producción y distribución de libros impresos significó la desaparición del sistema de control de la cultura basado en los monasterios y la aparición de cosas como la Reforma, la Ilustración o, para resumir, el mundo tal y como ha sido hasta el siglo XX. No sabemos si el gremio de copistas demandó a los talleres de impresores pero sí tenemos constancia de otras iniciativas para acabar con ese avance tecnológico como la persecución de impresores o libreros por parte de la Inquisición, la quema de ejemplares o el índice de libros prohibidos. No funcionaron. Cuando el índice desapareció, en los años 60, la mayoría de bibliotecas privadas o públicas tenían algún libro de la lista. La Iglesia decidió que no era posible que hubiera tantos pecadores.

Hace algunos meses, el economista sabio Manolo Portela, llegó a una conclusión parecida cuando entendió el problema de ‘las descargas’. “No puede haber millones de delincuentes; aquí hay un fallo en la oferta”, dijo. Sin embargo, el mundo no está lleno de personas sabias como Portela y se sigue poniendo el foco legislativo, judicial y policial en la demanda. La oferta, la industria cultural portavoceada por los artistas, entiende que con persecuciones o índices de cosas prohibidas se logrará no sólo revertir la actual situación, sino alcanzar un mundo ideal: los sistemas de producción, distribución o almacenamiento del pasado (es decir, controlados por un grupo reducido) con los números de hiperconsumo del presente para lograr fabulosas cantidades de dinero. Tal cosa no sucederá o, si lo hace, será contraproducente. Si la industria cultural decide aceptar el pacto del diablo de la industria tecnológica para controlar los contenidos con derechos mediante filtros en la red o los sistemas operativos quiere decir que renuncia a evolucionar, a ser independiente, y que prefiere ser una división más de la industria tecnológica.

Aquí es cuando la mayoría de la gente dice: “no sé qué debería hacer la industria para adaptarse”. Nadie ha sabido nunca qué hacer; la historia no es una línea trazada por los templarios o el club Bildelberg. Son sucesivos conjuntos de borrones a los que damos forma para no volvernos locos. La industria cultural debe analizar qué fortalezas y debilidades tiene y, sobre todo, dejarse de mentir diciendo que son como cualquier otro sector industrial, que están dejando de ingresar cantidades fabulosas y que todo puede volver a ser como antes.

No son como cualquier otro sector. A pesar de lo que piense Bardem, la cultura no es la horticultura, donde un tipo cultiva tomates, los recoge y los lleva al mercado donde los vende o cambia a un precio previsible. El producto cultural es complejo de cultivar, recoger, tasar y vender porque es intangible y replicable, características de las que carece el tomate. Tal cosa permite que las canciones se popularicen a mucha más velocidad que el tomate. Y ahí hay otro detalle: afecta a lo que la gente piensa. Los alimentos han provocado buena parte de las guerras en el mundo pero nadie ha ido a la batalla blandiendo un tomate, sino himnos de poetas, religiosos, étnicos o de otro tipo, cantos de bardos, estatuas de dioses y retratos de reyes. No echemos la culpa al arte de las guerras. Durante la mayor parte de la historia, los mejores artistas han trabajado para los poderosos porque eran los únicos que les podían garantizar vivir del trabajo. La cultura también es diferente a cualquier otro sector porque es acumulativa. En la industria, todo está patentado; no sólo el producto final, sino también el proceso y la idea. Es algo imposible en la cultura, donde sólo puede patentarse el producto final cerrado. Pongamos que el Pescadilla hubiera patentado la rumba catalana o que Edwin S. Poter, director de Asalto y robo al tren, hubiera patentado no sólo el western, sino también el primer plano. La cultura, sin llegar al plagio o al bunburismo, está llena de citas, homenajes o inspiraciones que convierten su producción en algo acumulativo.

No volverá el mundo que fue. El modelo major, que alcanza su paradigma tras la SGM, consiste en que el artista propone una obra que es convertida en producto por un oligopolio para ser consumida por el público. En ese momento, los desarrolladores de tecnología ayudaban a la industria porque sus avances limitaban la oferta. Los medios de producción y distribución eran caros y su acceso estaba limitado a las grandes inversiones. El control de la oferta implicaba poder elevar el valor añadido de los productos a través de su dosificación (ventanas de explotación) o su promoción. Nadie lo controlaba todo, había bombazos y descalabros, pero sí había cierta seguridad en el retorno de la inversión. Los desarrolladores de tecnología también crearon sistemas para replicar los sistemas clásicos de almacenamiento (fotocopias o casetes) pero la copia perdía calidad comparada con el original y necesita del contacto: hay que conocer al tipo que tiene el LP o el libro. Convertirse en artista era complejo porque requería entrar en la industria. Como contraprestación, ésta proporcionaba cierta seguridad en forma de contratos con duración e ingresos definidos. Este modelo desaparece con internet, un sistema capaz de crear redes alrededor del mundo usando sistemas de conexión y almacenamiento. No es cuestión de hacer un repaso de la incomprensión de la industria hacia los cambios (mp3) sino de asumir que el modelo anterior no puede volver porque, no sólo se han extendido los sistemas de conexión y almacenamiento, sino que los medios de producción y distribución se han abaratado. La industria cultural, por sí sola, no puede volver a ser un oligopolio que controle todo el proceso. Una opción probable es asociarse con la industria tecnológica pero, insisto, es pasar a ser una parte de algo.

Cada clic no es un euro. La tercera mentira es que la industria está dejando de ingresar cantidades fabulosas. La coalición de creadores hace la cuenta de la vieja: si 1.000 internautas comparten una película son 1.000 entradas que se dejan de vender. Es una mentira tan obvia que no merece la pena extenderse a desmentirla. Si hubiera cobrado cada polvo a 100 pavos, no sería rico, sino virgen. Miles de personas en todo el mundo están pensando cómo transformar los clics que hay en las páginas de los medios en dinero. La industria sigue pensando en productos cuando estamos en la sociedad del hiperconsumo, donde lo importante no es lo que se compra porque dejará ser importante en poco tiempo, sino la experiencia de comprarlo. No se pueden vender productos, sino experiencias. Ha sido el gran cambio en la industria de la música. Ya no se hacen conciertos para promocionar el disco, sino que se ofrecen nuevos materiales para promocionar los conciertos. El foco está en el festival o la gira. El producto se ha depreciado pero no es lo único se puede ofrecer.

Bien, debería decir la industria, así está el patio. Nuestra debilidad es que el producto es fácilmente replicable y poco tangible: se intercambia con facilidad en la red y, una vez intercambiado, ocupa poco. La conclusión lógica sería: no nos lo podemos quedar. Pongamos un ejemplo, en una esquina, Alex de la Iglesia y Balada Triste de Trompeta; en la otra, Pepe Pirata, webmaster de pelisatope.com. Ahora mismo las cosas suceden así. Alex de la Iglesia estrena la película el día X; tres meses después, sale en formatos y, a los nueve, la vemos por la tele de pago y, después, en la de no pago. A la semana de estrenarla, Pepe Pirata ya la tiene y comienzan los intercambios y, cuanta más gente lo haga, más rápido va. El problema de Alex de la Iglesia es que está dentro de un esquema de comercialización preinternet con ventanas de explotación extendidas en el tiempo y el espacio, y no aprovecha su ventaja: tener la película. La industria debería sustituir las ventanas de explotación por una gran puerta. El día X, la película sale al mercado, a TODO el mercado y en TODOS los formatos (del cine a la tele; bueno, por la tele esperamos un mes pero sólo uno). La explotación del producto final dejaría de ser extensiva en tiempo y espacio para ser intensiva y colaborativa. Por ejemplo, poniendo puestos de dvds y merchandishing a la salida de los cines. Todo a otros precios, claro, es absurdo pretender que una persona pague el 1% de sus ingresos por sentarse pasivamente a ver una película.

Y, sobre todo, Alex de la Iglesia no aprovecha su gran ventaja: ser Alex de la Iglesia. La gran ventaja de la industria cultural es que es atrayente y, aunque su producto sea replicable, su trabajo no es reproducible. Volviendo al tomate, nadie pagaría por ver a un hortelano pero sí por ver a cualquier artista porque ese momento es único. La industria debería cambiar su foco, centrado en el producto final, por la experiencia de la creación. La industria del cine desaprovecha la comercialización de la experiencia (del casting, el rodaje o el hecho social del estreno). Cuando Balada triste de trompeta comienza a gestarse, alguien puede ofrecer una aplicación para el móvil que te permita acceder a material que se rueda, a chats con Alex de la Iglesia, a camisetas, al rodaje, a estrenos en diversas ciudades en palacios de los deportes donde después haya fiestas en las que pinche Carolina Bang o Carlos Areces.

El problema es que, como decían Marx y Schumpeter, esa adaptación provoca cambios, una revolución con ganadores y perdedores y, antes que arriesgrarse y perder, siempre es más cómodo quedarse en el sofá pensando que todo es una conspiración. Alex, no, pero sí la mayoría de instituciones dedicadas a la gestíón de derechos que confunden la desaparición de su modelo, de su mundo, de ellos mismos (la mayoría están en los 60), con la desaparición de todo en general. Y la vida se abre paso. Y la cultura es vida.

Transición

Martes, 18 de Enero de 2011

Leo a gente preocupada porque en el nuevo gobierno tunecino hay “elementos del régimen anterior”, leo a gente sorprendida de que ahora todo el mundo sea demócrata y leo a gente indignada porque se podría acabar con una ley de punto final que dejara inpunes tanto la represión como el latrocinio. No sé de qué se preocupan, sorprenden e indignan y, además, tan lejos. Se llama transición y aquí se hizo una igual; con tipos del régimen anterior, con muchos nuevos demócratas y con leyes de punto final (que hemos descubierto 30 años después). Si quieren preocuparse, sorprenderse e indignarse no lo hagan con Túnez, sino con España.