Archivo de Junio de 2010

La física cuántica vuelve a explicarnos el mundo

Lunes, 21 de Junio de 2010

Hace una semana, mi mujer me mando una noticia de ABC en la que se hablaba de la Esponja de Menger, que no es un edificio de protección oficial del PAU de Vallecas, sino la versión tridimensional de la Alfombra de Sierpinski, un fractal que es una generalización en dos dimensiones del Conjunto de Cantor.

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La clave de la Esponja es que su superficie es infinita y su volumen, nulo. Para entenerlo, vayamos a la Alfombra:

Para obtener una alfombra de estas, se parte de un cuadrado y se lo divide en otros 9, iguales (3 a lo ancho por 3 a lo largo) y se elimina el del centro. Luego, se repite el proceso con los 8 restantes, una y otra vez. El resultado final es una superficie repleta de agujeros de diferentes tamaños, con una superficie que tiende a cero a medida que aumenta el numero de iteraciones.

Si aplicamos esas operaciones tridimensionalmente:

Lo que era un cubo se ha convertido en una colección de segmentos orientados en las tres dimensiones posibles, un esqueleto que a pesar de estar compuesto por infinitas piezas, estas poseen un “espesor” que tiende a cero con cada iteración, lo que hace de la esponja de Menger un objeto con un volumen nulo y una superficie infinita.

Lo que me parece una metáfora perfecta de la economía financiera: a medida que aumenta el número de operaciones, la superficie tiende a infinito y el volumen, a ser nulo.

PD: Hablando de esponjas y economía financiera, no se pierdan este capítulo de Bob Esponja. Si la vía asiática del socialismo fue jodida, nos vamos a cagar con la vía asiática al capitalismo.

Reabrimos el chiringuito

Lunes, 21 de Junio de 2010

Ayer, el maestro Juliana hablaba de un servidor. Ante tal muestra de amabilidad (unidas a las de otros lectores como Gonzalo, Eva, Asier, Miguel Ángel, Mr. P o Raquel) no queda más remedio que reabrir el chiringuito. Bienvenidos.

El Directorio Europeo

Acaso la aventura de Europa se decida, lorquianamente, en la España solar (suelo y sol)

“Señor, es la primera vez que asisto a una batalla –dijo por fin al sargento–, pero ¿esto es una verdadera batalla?” (H.B. Stendhal, La cartuja de Parma)

La sala de actos de la Asociación de la Prensa de Madrid estaba llena a rebosar el miércoles por la mañana. George Lakoff y Stanley Greenberg, gurús de la era Obama, convocados por la Fundación Ideas. Turno de preguntas. Una señora levanta la mano: “No quisiera parecer ingenua, pero ¿existe alguna receta para que Zapatero vuelva a ganar las elecciones?” Conato de carcajada general. Nada, un instante. Medio segundo. La hilaridad no acaba de estallar, pero el neurolingüista Lakoff, atento a los marcos mentales, capta la descarga: “Creo que el presidente debería explicar de manera sincera lo que piensa y por qué ha cambiado sus políticas”.

Es interesante constatar cómo la filosofía política norteamericana y sus técnicas de persuasión han colonizado el mercado ideológico español. Desde hace una década, PP y PSOE hablan americano con la fe del converso. José María Aznar les compró a los neoconservadores hasta la última gota de crecepelo. Los folletos del American Entreprise Institute aconsejaban polarizar la sociedad, tensarla al máximo, para desmovilizar al adversario y evitar así las aguas pantanosas del centro. Tensión, tensión, tensión. Y al genio de Ángel Acebes no se le ocurrió otra cosa que tensar al personal con la confusa información de los atentados del 11-M. En la calle Génova aún lo están lamentando.

El PSOE ha comprado frames en Washington. Marcos conceptuales. Imágenes perforantes. Metáforas Black&Decker. Los lunes, Leire Pajín siempre escribe lo mismo en su cuaderno escolar: “El lobo es el PP”. Y Elena Salgado, siguiendo instrucciones del presidente, dibujaba bonitos brotes verdes en las reuniones del Ecofin, hasta que una noche de mayo Wolfang Schaüble y Christine Lagarde, ministros de Economía de Alemania y Francia, respectivamente, le alzaron la voz: “Señora, o toman medidas ustedes, o las tomamos nosotros”. Desde aquel día (8 de mayo del 2010), la política económica española se halla intervenida por el Directorio Europeo.

A Jorge Dionisio López, un amigo mío de Zamora que lo lee todo y que una mañana te puede sorprender con una nota sobre Nereo Rocco, el entrenador de fútbol italiano que en los años cincuenta importó de Suiza la temida técnica del catenaccio, lo del Directorio Europeo no le gusta. “Ironizas sobre la pedantería del PSOE con las teorías de Lakoff, pero también te apuntas a los frames; eso del Directorio Europeo es la metáfora de una España sin remedio”.

Me explico. El Directorio Europeo es una relación de fuerzas. Inicialmente, España formaba parte de él. Con grandísima visión de la jugada, Felipe González apoyó la reunificación alemana de Helmut Kohl, ayudando a bloquear el frente de rechazo de Margaret Thatcher y François Mitterrand, temerosos ambos de un nuevo expansionismo germánico. González se lo cobró. Millones de marcos siguieron llegando a España en forma de ayuda a la convergencia europea. Subvenciones. Inversiones. Y créditos. Créditos que ahora la banca alemana teme no poder cobrar.

Aznar quiso jugar su propia partida, aprovechando los vértigos de Iraq: alianza preferente con Estados Unidos y Gran Bretaña, frente a la vieja Carolingia. La trepidante aventura atlántica acabó mal. Muy mal.

Zapatero se cruzó en su camino con un bonito frame: “Regresaremos al corazón de Europa”. Y se fotografió en los jardines de la Moncloa con Jacques Chirac y Gerhard Schröder. Seis años después, la prensa anglosajona lo zarandea, y la alemana, también. Es una pinza terrible. Los dos polos del gran combate conceptual europeo libran su batalla a costa del derrumbe español. Para los anglosajones contrarios al euro, España es el eslabón débil de la peligrosa hegemonía germánica. Para los alemanes, la pesadilla de la República de Weimar podría recomenzar con las deudas de España. (”Los alemanes llevamos en nuestros genes el miedo a la peste monetaria; no tenemos otra pasión que vigilar el valor del dinero”, declara el filósofo Peter Sloterdijk a la revista francesa Le Point). El Directorio Europeo es el miedo alemán a Weimar; es el miedo inglés a acabar marcando el paso de Berlín; es el tiburoneo de Wall Street; y es la imposibilidad –hoy– de que Francia trace una línea económica alternativa con el apoyo de España.

La aventura de Europa posiblemente se decida en España; lorquianamente, angustiosamente. En esa España solar (suelo y sol) que piensa en americano y cuyos poderes fuertes (banca y antiguos monopolios del Estado) saben más de Brasil, Argentina y Venezuela que de la vieja Carolingia. Ahora deberán leer algo sobre Weimar. Y sobre Stendhal, que resumió el mundo moderno en la primera aventura del joven Fabrizio del Dongo (La cartuja de Parma). Fabrizio estuvo en Waterloo sin saberlo. Oía el trueno de los cañones, el relinchar de los caballos, el grito de los oficiales y el gemir de los heridos, pero tardó su tiempo en descubrir que aquellas furias eran fragmentos de una gran batalla.

Quizá España no sea tan débil. Quizá una clave sea la cantidad de billetes de 500 euros que había en España. Dinero; no números.