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Me reinicio

Lunes, 7 de Julio de 2008

La culpa de todo la tuvo Franco, concretamente, Franco Gemma. La selección de fútbol tení­a que disputar una eliminatoria contra Turquí­a para meterse en el Mundial de Suiza de 1954. Aquí­ se ganó 4-1 y allí­ se perdió 1-0; como no importaba la diferencia de goles, hubo que ir a un partido de desempate. Se jugó en Roma y, con Kubala inhabilitado por la FIFA, no pasamos del empate. Tampoco habí­a prórroga ni penalties y un niño italiano llamado Franco Gemma fue el encargado de sacar el papelito: Turquí­a. Cuatro años después, también quedamos fuera por un sorteo y en el de Chile, Di Stéfano se lesionó en el último partido de preparación. En 1964, llegó Marcelino y la Eurocopa y el gafe parecí­a amainarse pero, de de los siguiente tres mundiales, faltamos a dos. Volví­amos en Argentina 78 y comenzamos con una derrota ante Austria. Después, en Mar de Plata, Cardeñosa controló en el área pequeña sin portero pero la mandó a la pierna izquierda del defensa brasileño Amaral. 

De todo lo anterior, no me acuerdo pero, de lo que viene, sí­. Del empate ante Honduras en el Mundial de España y del penalty inventado por Sorensen para que pasáramos de la primera fase. Me acuerdo del fallo de Arkonada; podrí­a acordarme de los goles de Maceda ante Alemania y Dinamarca pero no puedo. También me acuerdo más del penalty de Eloy que de los goles de Butragueño. Y de la falta de Stoijkovic en Italia y de los goles de Luis Fernández y Papin que nos dejaron fuera de Suecia. Y, claro, del mixto de Salinas ante Pagliuca y del codazo de Tassotti a Luis Enrique que no vio Sandor Puhl. Y es un no parar. Los penalties de Hierro y Nadal ante Inglaterra y, en el Mundial de Francia, la cagada de Zubi ante Nigeria. El penalty de Raúl en la Eurocopa de 2000 y, dos años después, El Ghandour anuló dos goles y Joaquí­n falló el penalty. Siempre habí­a un árbitro y un penalty fallado que acaban teniendo un tremendo tufo a excusa. Pero ya está. Se acabó todo aquéllo. Me reinicio. (Publicado el 7 de julio de 2008)

Cecilias

Lunes, 23 de Junio de 2008

Las cosas que están a punto de morirse son las que mejor van. Hace años, Bill Gates, entre otros, dijo que el libro tení­a los dí­as contados. Desde entonces, no han parado de crecer las editoriales y las ediciones y Ruiz Zafón o Ken Follet, entre otros, se rí­en releyendo a Bill Gates. También se dijo que la música iba a morir por el top-manta y las redes de intercambio pero, desde entonces, no han parado de surgir salas de conciertos y festivales en los que tocan grupos nuevos, viejos y reciclados. Lo próximo que va a morir es el cine. También por las descargas, dicen. No se dan cuenta de que el formato digital y la velocidad de transmisión permitirá que no sólo haya salas en centros comerciales, sino que los colegios, bibliotecas o salas de conciertos podrán hacer proyecciones. 

Hace meses, llegué al página de un grupo llamado Cecilias, un trí­o femenino de Sabadell. Se habí­an producido una maqueta de temas de pop alegre con letras tristes que me encantó. Las escribí­ y me lo mandarón. Hace unos meses, tocaron en Madrid, fui a verlas y compré otro cd para regalarlo. Es posible que, hace años, hubieran tenido que llevar su maqueta a la discográfica y, allí­, un productor les habrí­a aconsejado cambiar de peinado, acortar la ropa o despedir a Amí lia, la baterí­a, para quedarse en un dúo como Ella baila sola. Ya no hay que pasar por ahí­, al menos, no obligatoriamente. Como ellas, cualquiera puede grabar y colocar sus canciones para que todo el mundo las oiga. 

Lo que muere, lo que ha cambiado y seguirá haciéndolo, es el modelo de negocio porque el poder se ha repartido y, con él, el dinero. La gente quiere probar primero y, si no le gusta, devolverlo después. Por eso, es muy complicado que una gran discográfica cuele un artista prefabricado de forma planificada como pasaba antes. La literatura, la música o el cine no se van a morir nunca. Los que corren peligro son los que lo dicen, los que no se dan cuenta de que los tiempos siguen cambiando. (Publicado el 16 de junio)

PAUers

Miércoles, 21 de Mayo de 2008

Hace un par de dí­as, fui a ver a un amigo que acaba de tener un hijo. Vive en un barrio parecido al mí­o, un PAU. Un PAU es un Plan de Actuación Urbana y, por extensión, es cualquiera de las zonas nuevas que le han crecido a las ciudades en estos últimos años de nacional-ladrillismo o marxismo-ladrillismo, según sea el gobierno municipal. Un PAU es limpio, tranquilo y moderno o aburrido, solitario y aséptico, dependiendo si eres un vecino paseando a su hijo o un visitante que ya ha pasado quince veces por la misma rotonda.

Mi amigo me indicó que viví­a en la calle Ebro esquina Turia. Una zona conflictiva, le dije, pero no pilló mi chiste y me aclaró que su piso tení­a en los bajos un banco, una peluquerí­a y una pizzerí­a. Anda, respondí­, como mi casa. También habí­a un videoclub y una inmobiliarí­a pero han cerrado, me explicó. Después de detenerme en tres bloques con banco, peluquerí­a y pizzerí­a, encontré el que tení­a la inmobiliaria y el videoclub cesantes. Era un edificio de ladrillo visto y oscurecido, como el mí­o, con ventanas con miradores negros, idénticas a las mí­as, y un jardí­n descuidado con dos columpios y una pequeña piscina. Igual que mi casa. El ascensor también era de la misma marca y, antes de entrar, revisé los buzones para comprobar que no estaba en mi propia casa. Algunos nombres me sonaban.

Subí­ a casa de mi amigo y estuve un rato con ellos. Al bajar, me confundí­ y marqué mi piso. Cuando se abrieron las puertas, apareció una mujer con una bolsa de basura. Me la dio y creo que dijo: no tardes. Después de depositarla en la isleta ecológica, dudé pero, al final, decidí­ volver y pulsar el telefonillo. Cuando la mujer preguntó quién era, rápidamente respondí­: soy yo. En el portal, un vecino me preguntó por el alicatado del baño y le respondí­ que muy bien y que le mandarí­a los datos de la empresa. Creo que voy a poner a la venta mi antigua casa pero deberí­a acordarme de dónde está. De todas formas, es un mal momento. (Publicado el 13 de mayo)

Alcorcón

Jueves, 17 de Abril de 2008

Cuando me vine a vivir a Alcorcón, tení­a que explicarle a mis amigos de Barcelona, Valladolid o Benavente dónde estaba, cómo era y, sobre todo, que era una ciudad y no un barrio de Madrid. Recuerdo que mi abuela dijo: madre mí­a, si vive tanta gente como en la provincia de Zamora. Lo tuve que seguir explicando hasta el año pasado. Hace catorce meses, mi ciudad ocupó todas las portadas. Una pelea concreta en un momento concreto entre personas concretas y por un motivo concreto acabó convirtiéndose, por su cercaní­a a la zona de marcha, en un colosal tumulto.

En cuestión de horas, Alcorcón se convirtió en una ciudad sobrecogida con una ciudadaní­a aterrorizada, el ejemplo de los problemas de la inmigración, un polvorí­n a punto de estallar, un campo de batalla o una zona de guerra. Las administraciones se tiraron Alcorcón unas a otras. La Comunidad de Madrid, como siempre, escurrió el bulto pasando al ataque y el Ayuntamiento y el Gobierno, como siempre, se quedaron desconcertados porque la situación no encajaba en su visión del mundo. Durante una semana, recibí­ llamadas de amigos y familiares interesándose por la situación y, aunque no me lo han confesado, sé que hubo un plan para evacuarnos si la cosa se poní­a complicada; por mi hijo, sobre todo. Al final, no paso nada. Ni el fin de semana del apocalipsis ni ninguno de los siguientes. 

Ya nadie se acuerda de la movida de Alcorcón. Los que jugaron con la convivencia hablando de una guerra entre españoles y latinos escriben de otras cosas y sólo pienso que tuvimos suerte de que los incidentes se produjeran en un momento de prosperidad. Ahora que vienen las vacas flacas, habrá más tensiones porque los servicios públicos son escasos y se compite por ellos. No deberí­a pero me gusta que Alcorcón haya desaparecido del mapa y haya vuelto a ser una ciudad normal con gente normal. Ahora, cuando hablo con mis amigos de Barcelona, Valladolid o Benavente, les digo que está al lado de Getafe. (Publicado el 17 de Abril de 2008 en Metro

Elvira

Miércoles, 2 de Abril de 2008

A mí­ no me extraña que Sharon Stone esté más hermosa con 50 que con 25; ni que Zeta-Jones, Julia Roberts, Belén Rueda o Ángels Barceló mejoren cada año. La madurez para los hombres es saber que no llegaremos a ser lo que querí­amos; para ellas, es ir conociendo quién quieren ser. Nosotros transformamos los rasgos de nuestra personalidad en un conjunto de maní­as cada vez más insoportables; ellas pierden los complejos que les exigí­an hacer todo bien. Nosotros perseguimos algo que se nos escapa; ellas se descubren a sí­ mismas quitándose las caretas que habí­an tenido que ponerse cuando tení­an 15 ó 25. Todo se ajusta y tienes la cara que te mereces, dijo Blanca Portillo, Elvira Mí­nguez o Maribel Verdú, una de esas actrices que lo llenan todo cuando aparecen.

Se ha escrito poco sobre Elvira, la mujer de Rajoy. Se ha dicho que estaba guapí­sima con ese traje verde-hoja de cuello de barco y ese collar étnico de Marni, que se va a llevar mucho esta primavera. Pero no se ha escrito que iluminaba la derrota, pese al gris crepuscular de su marido No se ha escrito que era muy fácil ser Sonsoles, la mujer de Zapatero, entre Ví­ctor Manuel y Fran Perea, pero muy difí­cil ser Elvira, entre la oscuridad cetrina de Acebes y Pizarro, dos cadáveres polí­ticos. No se ha escrito que, sin tablas, sostení­a el escenario y tapaba las sombras. No se ha escrito que, con pudorosa fragilidad, construí­a una de las pocas escenas trágicas memorables en un paí­s acostumbrado al esperpento. En la mirada, que aguantaba lágrimas y rabia, reuní­a todos los personajes que permanecen fieles al Rey Lear tras la traición. Y todo ante un público que pedí­a enemigos, culpables o redentores. No se ha escrito que ella es fundamental para entender qué ha pasado en el PP porque, centrados en las conspiraciones planificadas, olvidamos el factor humano. Me la imagino diciendo “no puedes despedirte así­; no puedes dejarlo tan fácil. Hay que luchar”. Y Rajoy fue a la batalla. (publicado en Metro el 2 de abril de 2008)

El pollo del móvil

Miércoles, 12 de Marzo de 2008

Caminaba tranquilamente por el mercado de mi barrio con dos lenguadinas de ración para cenar cuando alguien grito mi nombre. Eh, Jorge Dioni, aquí­. Localicé la llamada en una pollerí­a. Eh, Jorge Dioni, aquí­, le cambio las lenguadinas por un pollo de corral. Me pregunté cómo sabí­a el pollero mi nombre y que tení­a dos lenguadinas en el carro pero no pude meter baza porque no paraba de hablar. Mire, con este pollo de corral todo son ventajas. Puede comerlo por la mañana, por la tarde o por la noche, los muslos le salen gratis y, por un poco más, le regalamos Internet de pesebre y tele por cable oví­paro. Respondí­ que no necesitaba pero que me lo pensarí­a.  Gracias, respondió, ¿me podrí­a dejar su dirección y su DNI para preparar los papeles por si acaso?. Mientras estaba respondiendo, el pollero saltó por encima del mostrador y cambió las lenguadinas por su pollo de corral antes de desaparecer sin dejar rastro. Al llegar a casa, metí­ el pollo en el frigo y descongelé unos filetes de tapilla para cenar.

No hubo novedad hasta que, un par de semanas después, llegó la primera factura de la pollerí­a. Lo llamé pero, entre almohadilla y asterisco, sólo pude hablar con un fax que se mostró tan comprensivo como desdeñoso. Las facturas, las reclamaciones sobre las facturas y las amenazas sobre las reclamaciones sobre las facturas inundaron el buzón. El asunto se convirtió en una cuestión de huevos y fui a la Oficina de Consumo, la Delegación de Avicultura y la Secretarí­a de Estado de Pollos de Corral pero, en todos, me pidieron una confirmación de que yo no habí­a pedido el pollo. Sin plumas y cacareando, me fui a mi casa donde me plante a llorar delante del frigorí­fico. Comencé a pensar en escribir mi historia pero cambiando el pollo por un móvil para que nadie piense que estoy empollando mis penas. Cuando me levanté, oí­ una carcajada que, sin duda, era del pollero. Será la gripe aviar. (Publicada el 12 de marzo de 2008)

Listas y listos

Miércoles, 27 de Febrero de 2008

Hay tres leyendas urbanas que no soporto: las de los microondas, las del Rey en moto y las del sistema electoral. La más extendida dice que los nacionalistas tienen más representación de lo que deberí­an. La operación aritmética es muy sencilla. Con el 42,64% de los votos, el PSOE tuvo el 46,7% de los escaños y el PP, con el 37,64% de papeletas, el 42,16% de los asientos del Congreso. Al resto le toca perder. IU tiene el 4,96% de votos pero se queda en el 1,42% de los escaños. Y, de todos los nacionalistas, sólo el PNV, 1,63% de escrutinio y 1,99% de representación, sale bien parado.

Es el sistema electoral más mayoritario de los proporcionales; ni chichá ni limoná. Cuando se aprobó, en la Transición, tení­a un objetivo: beneficiar y consolidar a dos partidos nacionales situados alrededor del centro, como ocurrí­a en Occidente, y hacer la vida imposible a otras opciones, como el Partido Comunista o los restos del franquismo. Por eso, los dos principales partidos tienen cuatro o cinco puntos más de premio y son castigados IU o, en estas elecciones, el partido de Rosa Dí­ez. 

Otro de los tópicos tiene que ver con las listas abiertas. Cada vez que hay elecciones, surge un runrún de voces que sostienen que esta opción es antidemocrática porque los partidos se imponen a los ciudadanos. Veamos. Además de que ya hay listas abiertas, para el Senado, y nadie las usa, los que las piden nunca se definen. ¿Quieren que se pueda tachar algún nombre o sólo cambiar el orden? En ambos casos, claro, de la lista elaborada por un partido. O quizá elegir los nombres de una sábana donde estén todos los candidatos de todos los partidos. Además de las consideraciones de tipo práctico para el recuento, que podrí­a durar lo mismo que en Florida o Kenia, el resultado podrí­a ser un legislativo inconsistente y disperso de tipo italiano que tampoco es que garantice que las cosas vayan a ir mejor. Y se trata de evolucionar; no de ir a ver qué pasa. (Publicado el 26 de febrero de 2008)

No puede ser

Jueves, 14 de Febrero de 2008

No puede ser que varios medios de comunicación insinúen sin pruebas que el Gobierno o las fuerzas de seguridad facilitaron o permitieron el mayor atentado de nuestra historia. No puede ser que se insulte casi diariamente a personas que ocupan instituciones del Estado como la Familia Real o el Gobierno, incluido su Presidente. No puede ser que los cargos públicos sean abucheados en actos institucionales, como entierros u homenajes, que no tienen que ver con la actuación polí­tica. No puede ser que el principal partido de la oposición no pueda ofrecer mí­tines en ciertas zonas del Estado. No puede ser que haya representantes públicos que reciban amenazas, insultos o pintadas en su casa. No puede ser que todo lo anterior sea minimizado o maximizado a conveniencia por los partidos o los medios de comunicación.

No puede ser que el principal partido de la oposición cuestione continuamente la legitimidad del Gobierno para legislar o emprender iniciativas polí­ticas. No puede ser que el partido del Gobierno cuestione continuamente las convicciones democráticas del principal partido de la oposición. No puede ser que se juegue con aislar al principal partido de la oposición. No puede ser que los partidos polí­ticos paralicen las instituciones para evitar perder cuotas de poder. No puede ser que las formaciones nacionalistas, frí­vola e irresponsablemente, presenten iniciativas sin considerar que pueden dañar la convivencia. No puede ser que otros partidos, frí­vola e irresponsablemente, respondan a los nacionalistas con otras iniciativas que también dañan la convivencia. No puede ser que se tergiversen datos e informaciones sobre temas clave como la economí­a, la polí­tica exterior o el terrorismo para conseguir minar la credibilidad del Gobierno porque la credibilidad del Gobierno, de éste, de todos, acaba siendo la del paí­s. 

No puede ser. Da igual quién haya empezado o quién tenga la culpa. Es necesaria una rectificación. Basta. (Publicado el 14 de febrero)

Mi abuelo

Sábado, 2 de Febrero de 2008

Mi abuelo fue maestro. En su primera escuela, en un pueblo alavés a finales de los años cuarenta, lo recibieron haciendo la ola. Vení­a, según dijo el alcalde, “a desasnar a los mozos” y, entre todos los habitantes, le financiaron la casa y parte de su alimentación. Si los niños del pueblo aprendí­an a leer, escribir y contar, algo que no sabí­an sus padres, tendrí­an más posibilidades de progresar, aunque siguieran siendo campesinos. Al menos, no los engañarí­an en el mercado de la capital. Cuando se jubiló, a finales de los ochenta, recibió varios regalos de los ex alumnos de su última escuela, en Santa Marí­a de la Vega, Zamora. A la mayorí­a, los separaban una o dos generaciones del analfabetismo.  

Cada cierto tiempo, tenemos algún informe que nos habla de la pésima calidad de la educación española y siempre hay alguien que habla de un pasado ideal donde todo el mundo salí­a del Saber y Ganar. Además del poco dinero que se invierte porque no luce, la escolarización universal hasta los 16 y la desmesura de los horarios laborales y extraescolares, también deberí­amos tener en cuenta la pérdida de prestigio de los maestros y de la educación. Hasta hace una o dos generaciones, la instrucción era la única forma de progreso social, además de la emigración, para la mayorí­a de la sociedad. El trabajador se deslomaba para que su hijo estudiara cualquier cosa porque, siendo bachiller o universitario, iba a tener mejores condiciones de vida: más dinero y menos horas. En los pueblos, que alguien fuera a la universidad significaba que iba a volver en un cochazo y con un trabajo en la ciudad. Hoy, el cochazo está más al alcance del electricista o del comerciante que del universitario. No hay pasado ideal; la gente de entonces buscaba la pasta, como la de ahora, y lo único que ha cambiado es el rumbo del progreso social. Pero, tranquilos, todo vuelve. También los maestros. Espero. 

(Publicado el 31 de enero)

Sarko Marx

Miércoles, 16 de Enero de 2008

Sarkozy me recuerda cada vez más a Groucho. En todas las pelí­culas de los Marx, siempre hay una escena en la que éste aparece revolviéndolo todo. Dicta una carta, saca una muela, examina a un caballo, nombra un embajador, corteja a la rica heredera interpretada por Margaret Dumont y seduce a cualquier otra jovencita que haya en la sala. í‰se es Sarkozy. En septiembre, reclamó la refundación de la polí­tica agraria, la refundación del sistema educativo y la refundación del contrato social. Y barato, oiga. La refundación del sistema educativo, por ejemplo, no fue a base de aumentar el personal o mejorar las instalaciones o reforzar la seguridad, sino mandando una carta a los profesores. Me lo imagino dictando como Groucho: comillas, paréntesis, cierre paréntesis, querido maestro… Después de un mí­nimo descanso, llego el divorcio y el desparrame. En dos dí­as, se fue al Chad para rescatar a las azafatas, discutió con un pescador normando, redefinió la polí­tica internacional con Bush y la europea, con Merkel. 

Y eso que no llega a doscientos dí­as en el poder. Como si no tuviera otros 2.500 dí­as más para pensar mejor las cosas antes de refundarlas no sea que, en medio año, haya que refundarlas otra vez. Lo más importante es estar siempre en movimiento y dar la sensación de que, con una refundación, ya está resuelto. Sin embargo, los problemas del modelo agrario, el sistema educativo o la conflictividad social siguen ahí­ mientras él va allí­ y allá. Quizá la respuesta no sea polí­tica. Después del show de las azafatas, mi mujer indicó: “se comporta igual que cualquier tipo de mediana edad al que ha dejado su mujer. Busca hacer muchas cosas y no estar en casa”. “Pero hace meses que se comporta así­â€, le dije. “Claro”, me respondió, “es que hace tiempo que lo dejaron; sólo hubo un lapso de cara a la galerí­a. Dentro de no mucho, estará con una chica más joven y más alta”. Desde ahora, creo que escribirá ella. (publicado el 16-01-08)