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Metro, dep

Jueves, 29 de Enero de 2009

Publiqué la primera columna en Metro hace dos años. Era esta:

Promiscuidad

Cuando me confirmaron que iba a escribir columnas en Metro, decidí­ cortarme el pelo, cambiar los churros del desayuno por cereales con fibra, dejar de ver el manga erótico de madrugada y abandonar mi promiscuidad telecomunicativa. Un creador de opinión tiene que dar ejemplo y, además, la oferta que habí­a en la marquesina del autobús era tentadora: en lugar de tener el fijo, el móvil, internet y el cable con cuatro operadoras diferentes, una empresa me darí­a todos los servicios y, además, pagando la mitad de la mitad. Llamé y pregunté qué tení­a que hacer y me dijeron que nada, que sólo tení­a que firmar una carta que ya vendrí­a con mis datos. ¿Y cómo los tienen? Están en nuestro fichero, seguramente contrató nuestros servicios hace tiempo. No lo recordaba. Quizá habí­a sido el verano que alquilé una habitación a una erasmus de Finlandia. Esos dí­as estaban cubiertos de brumas.  

A las tres semanas de castidad en mis telecomunicaciones, recibí­ la primera carta. Mi antiguo operador móvil me reclamaba 18,5 euros. Llamé a un número que no era gratuito y me dijeron que, al no haberles comunicado mi baja, habí­an seguido dándome servicio. ¿Querí­a decir que mi móvil habí­a llevado una doble vida durante esas tres semanas, que cada llamada iba por dos caminos, que cada vez que llamaba a mi madre habí­a otra madre en una dimensión paralela que me oí­a y no podí­a responderme? Todo eran preguntas. Fui a la oficina de consumidores. Me dijeron que las empresas se comunican internamente las altas y bajas, se llama portabilidad, dijo, pero siempre se resisten a perder clientes y buscan resquicios para cobrar cualquier cosa. No tengo una madre en otra dimensión, deduje. Salí­ más tranquilo. Sin embargo a la salida, un hombre vestido de gris se me acercó y me dijo: su antigua operadora fija le informa que tiene una deuda de 13 euros. Se fue sin que pudiera responderle.

Al llegar a casa, habí­a una nota de mi ex empresa de internet clavada con un cuchillo en la puerta. Me reclamaba 11,8 euros. Intranquilo, me quedé viendo la televisión hasta tarde y, cuando al fin me fui a la cama, no paré de dar vueltas pensando en mi otra madre paralela. Cuando me dormí­, amanecí­a. Un ruido me despertó poco después. En la mesita, encontré una nota: si no abona su deuda de 21,5 euros, le incluiremos en un fichero de morosos. Era mi antiguo operador de cable. En el lavabo, escrito con carmí­n: su deuda asciende a 18,5. Era mi antigua compañí­a de móvil. Sonó el teléfono. Era un mensaje grabado de mi ex empresa de internet: sabemos que está ahí­, que sigue viendo el maga erótico de madrugada y que está escribiendo un artí­culo copiando el estilo de Juan José Millás. Colgué y, vestido de incógnito, me fui a comer unos churros.  

La historia me la inspiró un contencioso con Movistar, que me habí­a dado de alta sin que yo se lo pidiera. Como don Errequeerre, fui de la oficina de consumo a la secretarí­a de estado de Telecomunicaciones y, de ahí­, al juzgado. Ayer salió la sentencia. Gané. Hoy cierra Metro. Son esas cosas que pasan en la vida y en las novelas de Paul Auster. Fin.

PD: Aquí­ está todo lo que he escrito en Metro.

PD2: Noticia interesante:

Nace el primer periódico en papel sobre ‘blogs’

No es un paso atrás, del supermercado informativo al pequeño comercio; es un paso adelante, un tipo que te hace las compras y te las lleva a casa. La cosa es fiarte de él y los tiempos van hacia la individualización; es decir, me fí­o de Gabilondo, no de Cuatro.

Control de esfí­nteres

Miércoles, 7 de Enero de 2009

Mi hijo mayor está en la edad en que lo repite todo. Especialmente, las palabrotas, claro. Cada vez que mi mujer trae una nueva estanterí­a para montar el niño aprende de su padre un nuevo complemento para el “me cago en” y el dí­a del Barí§a-Madrid salió con una lección completa de declinaciones de “joder”. No me preocupa que mi hijo aprenda palabrotas porque ya tiene un perfecto control de esfí­nteres y sabe, más o menos, donde puede soltarlas y donde, no. El control también le permite ir teniendo claro, también más o menos, que hay algunas palabrotas que hacen gracia en determinadas ocasiones pero que hay otras que no se pueden decir nunca. Mi problema como padre es que veo que los poderes públicos no tienen clara esta cuestión. 

La semana pasada, el alcalde de Getafe, PSOE, llamó “tontos de los cojones” a los votantes de la derecha. Todo el PP puso el grito en el cielo, incluso el presidente de la Diputación de Castellón, PP, que semanas antes habí­a llamado “hijo de puta” al portavoz del PSOE. Esa misma semana, un diputado de un partido nacionalista pidió, metafóricamente, la desaparición fí­sica del Jefe del Estado y, para responderle, un senador popular pidió, también metafóricamente, la desaparición fí­sica de los polí­ticos nacionalistas. Todos los anteriores carecen del control de esfí­nteres de mi hijo mayor y, como mi hija pequeña de mes y medio, suelen ser capaces de simultanear la ingesta con la deposición. Aunque tiene sólo 50 dí­as, ya no se enfada cuando la cojo después de la primera teta porque sabe que la voy a cambiar y que, después de limpiarla, la devolveré a su madre para seguir mamando. 

Creo que el problema está ahí­, en que no hay ningún incentivo para promocionar el control de esfí­nteres entre los polí­ticos. Todos ellos tienen claro que su bloque polí­tico y periodí­stico los protegerá y, después de limpiarlos su deposición, los devolverá para que sigan mamando. Perdón por la demagogia y feliz navidad. (Publicado el 30 de diciembre de 2008)

José Antonio ¿qué?

Martes, 2 de Diciembre de 2008

En mi pueblo, habí­a una inscripción en la iglesia de Santa Marí­a en la que, bajo la leyenda de Caí­dos por Dios y por España, figuraba una lista de nombres encabezada por José Antonio; así­, sin apellidos. Cuando era pequeño, me preguntaba por qué era tan importante haber tropezado, aunque fuera por motivos tan nobles como la divinidad y la patria, y, sobre todo, qué José Antonio serí­a ese que merecí­a letras el doble de grande que el resto y poder prescindir de sus apellidos, como los futbolistas y los cantantes sudamericanos. Yo conocí­a a varios José Antonio pero ninguno de ellos tení­a pinta de haberse caí­do nunca porque ni cojeaban ni tení­an reuma. Años después, cuando la inscripción casi ya no se leí­a, me enteré de qué significaba caí­do y quién era ese José Antonio. También conocí­ otras listas de vecinos que habí­an caí­do en la misma guerra pero que no lo habí­an hecho exactamente por ese Dios y esa España; eran listas de voz baja que, por supuesto, no estaban escritas 

Hace poco, estuve en Francia, donde también hay listas de muertos en las plazas. En Lahontan, el pueblo de mi prima Marie, hay varias placas donde están los muertos en la I y II Guerra Mundial y los de guerras coloniales en Indochina, Suez y Argelia. Lo suyo es más fácil porque son guerras con un enemigo extranjero pero me pareció una gran idea. Sobre todo, porque al volver del viaje me encontré con una guerra de listas de muertos en la que, como siempre, los que más ruido hacen tapan a los que tratan de razonar. Para evitarlas, hace años que deberí­amos haber hecho una sola lista de los que murieron en algo que no deberí­a pasar nunca más. Si yo fuera el alcalde de mi pueblo, harí­a un monumento similar al de Lahontan. En la plaza, con una estatua tipo vasco, grande, férrica e ininteligible, habrí­a una placa con todas las listas, las de los muertos en la guerra y las de los muertos en las represiones simultánea y posterior. Sin José Antonio, claro, que no era del pueblo. (Publicada el 1 de diciembre).

Murphy nos salvará

Lunes, 24 de Noviembre de 2008

Edward Aloysius Murphy nació el 11 de enero de 1918. Tras graduarse en la academia militar de West Point, entró en el programa de entrenamiento de pilotos durante la Segunda Guerra Mundial. Al acabar el conflicto, trabajó en el Instituto de Tecnologí­a de las Fuerzas Aéreas, donde se centró en los experimentos de trineos de alta velocidad impulsados por cohetes. El dí­a del experimento, todos los sensores del muñeco que usaban para medir la presión y los impactos dieron negativo. Murphy los examinó y vio que todos estaban colocados al revés. Miró a su asistente y dijo la famosa frase: “si este tipo puede cometer un error, lo hará”. La sentencia evolucionó hasta llenar correos en cadena, calendarios y libros que ofrecen una y mil versiones de la Ley de Murphy con complementos, corolarios y derivaciones. Como la extensión de Gatusso, nada es tan malo que no pueda empeorar, o el postulado de Tylczak, los imprevistos tienden a suceder todos juntos.

Murphy nos dejó el 17 de julio de1990 pero su espí­ritu ha estado presente en el Gran Colisionador de Hadrones, ya saben, el acelerador de partí­culas que trataba de crear las concidiones del bing bang para saber de dónde venimos y que, según algunos, iba a destruir el mundo al crear un agujero negro. Y todo, decí­an, por la vanidad de los cientí­ficos que se creen dioses. Se creerán lo que quieran pero todo cientí­fico está sometido a la posibilidad de que un asistente coloque mal los cables y todo se vaya al carajo. 10 dí­as después de su inauguración, el LHC tuvo que pararse por una conexión eléctrica defectuosa y se mantendrá inactivo hasta la primavera de 2009. No perdamos la confianza en la ciencia pero no subamos esa confianza hasta la fe ni la descendamos hasta los infiernos o el apocalipsis porque las cosas en manos de gente siempre son más sencillas que en manos de dioses. Y no olvidemos el octavo corolario: es inútil hacer cualquier cosa a prueba de tontos porque son muy ingeniosos. (Publicado el 12 de noviembre de 2008)

Cebrián

Viernes, 7 de Noviembre de 2008

Hace años, le pregunte a un actor español qué papel le daba más respeto. “El de cadáver”, respondió. Como me quedé sin palabras, añadió rápidamente: “es que seguro que me dará mucha vergí¼enza las cosas que se van a decir de mí­ cuando me muera. Dirán que fui inolvidable, que fui parte de la vida de mucha gente, algunos amantes de los tópicos me llamarán maestro o mito y quizá haya alguien que no sepa qué decir y eche mano de recuerdo imborrable o vací­o insustituible”. “A mí­â€, continuaba, “que me metí­ en esto porque no me gustaba madrugar y que nunca me he estudiado ni creí­do un papel”. El actor se murió y leí­ de él que habí­a sido parte de la vida de mucha gente, algunos lo llamaron maestro, mito e inolvidable y, cómo no, alguno echó mano de “recuerdo imborrable” o “vací­o insustituible”. Menos mal que ya no puede oí­r ni leer, pensé, aunque un segundo después ya no estaba tan seguro. Supongo que inducido por los programas esotéricos de Jiménez del Oso que solí­a ver cuando era joven, imaginé que quizá el actor me estaba vigilando a ver qué demonios hací­a. Mirando siempre a los rincones oscuros, fui a la estanterí­a, cogí­ una las miles de pelí­culas en las que salí­a como secundario y me la puse para echar unas risas. 

Hace un año, se fue Juan Antonio Cebrián, un tipo que habí­a logrado convertir un programa de radio, La Rosa de los Vientos, en algo que se podí­a oler y saborear. Desde que se marchó, llevo pensando qué podrí­a escribir sobre él que no lo avergonzara pero sólo se me ocurré decir que fue parte de mi vida, que fue un maestro inolvidable y, como sigo sin saber qué decir, echaré mano de  “recuerdo imborrable” o “vací­o insustituible”. Lo siento, Juan, no se me ocurre nada más; no todos podemos ser como tú. Por si estás por aquí­, mirándome y avergonzándote de mí­, voy a ir a la carpeta de la Rosa a abrir alguno de los archivos que guardo. Aunque primero me serviré una copa a ver si me inspiro un poco y rehago todo lo que he escrito. (publicado el 29 de octubre)

PD: Fuerza y honor.

Todo se lí­a

Jueves, 16 de Octubre de 2008

Una cosa es sostener algo y otra, demostrarlo. Por ejemplo, una cosa es decir que la música country es deprimente y otra realizar un estudio práctico sobre Los efectos de la música country en el suicidio, como hicieron Steven Stack y James Gundlach a principios de siglo. Ambos cosecharon insultos e incluso amenazas de muerte por aficionados al banjo pero su persistencia se vio recompensada con el premio IgNobel de medicina de 2004.

Los premios IgNobel se crearon en 1991 por una revista de humor cientí­fico y, al principio, eran unos antinobel. En su primera edición, el premio de la paz se lo llevó el padre de la bomba de hidrógeno y, el de economí­a, el inventor de los bonos-basura, que habí­a llevado al sistema financiero a otro lí­o considerable. Los IgNobel fueron dejando las ironí­as para destacar investigaciones cientí­ficas que fueran especialmente absurdas. Por ejempo, en 1995, el de fí­sica fue a parar a Georget, Parker y Smith, del Institute of Food Research de Norwich, por su estudio sobre los efectos del contenido en agua sobre el comportamiento de compactación de los copos de cereales para el desayuno y, en 2003, Moeliker, del Natuurmuseum de Rotterdam, ganó el de biologí­a por documentar el primer caso de necrofilia homosexual en el ánade real. 

Este año, los premios han estado marcados por la crisis, aunque no lo parezca. Zampini y Spencer ganaron el de nutrición por demostrar que la comida sabe mejor si es crujiente, la base de la actuación de los bancos, comprando productos sin garantí­as pero muy sabrosos. Ariely se llevó el de medicina por un estudio práctico cuya conclusión es que la medicina falsa y cara funciona mejor que la falsa y barata, algo que parece inspirar todos los planes de rescate gubernamentales. Y el más interesante, el de fí­sica, que se fue a Raymer y Smith, por probar que cualquier montón de hilos, cuerdas o pelos acaba por enredarse. Por fin, alguien que nos demuestra que, al final, todo se lí­a. (Publicado el 16 de octubre de 2008)

PD: Cada año, en la Rosa de los vientos, se habla de estos premios y de los Darwin, que tienen un humor aún más negro. El próximo lunes, hace un año que se fue Juan Antonio Cebrián.

Profecí­as

Jueves, 2 de Octubre de 2008

En 1185, el  persa Anvari profetizó el fin del mundo. Como podemos ver, falló. Lo que llegó fue su propio fin ya que, después de ser flagelado, acabó sus dí­as en prisión.  No es por hacer sangre (o sí­) pero hace sólo tres meses, Lehman Brothers decí­a que la economí­a española estaba muy mal y que “lo peor estaba por venir”. Lehman quebró la semana pasada. Como Anvari, Lehman pensaba que miraba por una ventana cuando estaba frente a un espejo. Y no fue el único. Todos los bancos de inversión que están a punto de irse a pique si no los rescata el dinero público indicaron que la cosa estaba muy mala en todos los sitios, menos en su casa. A nadie se le ha ocurrido que esos ejecutivos sean flagelados y acaben sus dí­as en prisión (o sí­) pero no estarí­a mal algo más de responsabilidad a la hora de hacer predicciones y recogerlas. Lo de Lehman sobre España no estaba junto al horóscopo o a la previsión meteorológica, sino junto al resto de las noticias. Es decir, se colocaba la suposición junto a los datos, como si ambas cosas fueran reales. 

Desde que hace un año comenzó el dominó de la crisis, no paramos de ver análisis y predicciones que buscan explicar lo sucedido pero sólo crean más incertidumbre porque quedan desfasadas enseguida. El FMI o la Comisión Europea cambian sus apuestas sobre los datos de crecimiento de un mes a otro con más facilidad que Charles Russell, que indicó que el mundo se acabarí­a en 1874. Como no pasó nada, señaló 1914 y, al volver a fallar, apuntó a 2914, donde ninguno de nosotros, salvo Madonna, estaremos ya. La economí­a se basa en la confianza y muchas de estas predicciones fallidas son interferencias que perjudican el flujo normal de las cosas. Esperemos que no nos pase como los que hicieron caso del astrólogo Johannes Stoeffer que profetizó un diluvio universal para el 20 de febrero de 1524. Muchos construyeron barcas, se echaron a la mar y se ahogaron. ¿Y él? Pues no, claro. ¿Creen que leí­a sus informes? (Publicada el 25 de septiembre de 2008)

Mi calle

Viernes, 12 de Septiembre de 2008

Salí­ a la calle, como siempre, mirando la hora en el móvil y comenzando un mensaje diciendo que llegarí­a tarde al trabajo. Estaba tan centrado que no vi la barrera entre la acera y el portal. Sin terminar de escribir, comencé a subir una pierna para saltarla cuando un tipo se me acercó gritando. “œEh, oiga, no se cuele; tiene que pagar el peaje”€. “€œ¿Qué peaje?”, respondí­. Me tendió un trí­ptico mientras me informaba de que mi calle habí­a sido incluida en un programa de privatización de ví­as públicas para mejorar su eficiencia y potenciar su productividad.

Estupefacto, lo primero que me salió fue: “pero la calle es de todos”€. El tipo miró un poco para arriba antes de soltar la respuesta aprendida, seguro, en un curso de liderazgo aplicado técnicas empresariales de venta al por menor. “€œEse argumento es un tópico que ha quedado obsoleto. Se trata de un sistema puesto en práctica en Estados Unidos con excelentes resultados. Lo que es gratis no se valora. Verá que, en poco tiempo, la calle estará más limpia, incorporará un climatizador e, incluso, música ambiental”. Pasé a la indignación: “€œ¿cuándo se ha decidido esto y quién se ha quedado con las calles?”€. Ni se inmutó: “ha sido mediante los trámites legales pertinentes que pueden consultarse de 10:30 a 11 los dí­as impares de los meses que acaben en consonante; si quiere, puede plantear un recurso de 11 a 11:15 en los dí­as de luna llena de los meses pares”.

“€œEsto es una locura y voy a llegar tarde, ¿cuánto es?”, me rendí­. “€œSólo un euro”€, respondió, “€œy hay un bono mensual por 20 que le permite pasar por todas las calles que se han acogido a este nuevo modelo de gestión”. “€œPero, ¿hay más?”€, solté.  Sin querer, ya habí­a entrado en su juego y estaba discutiendo qué calles se podí­an privatizar y cómo. Me di por vencido y adquirí­ el bono. Con el tí­quet, el tipo me entregó una encuesta sobre la música ambiental que quiero que pongan porque, me recordó, estoy en mi derecho de elegirla.  (Publicado el 11 de septiembre)

PD: Lo iba a titular La calle es mí­a pero después me acordé de la canción de Lone Star. Mis viejos disfrutarán con el ví­deo.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=tSGfUzrsWLw[/youtube]

¿Alguien puede explicar por qué está rodado en un puerto?

Cuento hipotecario

Viernes, 12 de Septiembre de 2008

Los tres cerditos llegaron a la orilla del rí­o y se construyeron sus casitas. Un dí­a, apareció el lobo pero, en lugar de querer comérselos, les propuso suscribir un seguro. “¿Y éso qué es?”, preguntaron. “Por si pasa algo”, dijo el lobo muy pí­caro. Los tres dijeron que sí­. Con el dinero de los cerditos, el lobo montó una pequeña agencia financiera y volvió a pasarse ofreciendo una hipoteca. “Es que yo os doy dinero por vuestras casas”, informó. “¿Y para qué? Pero si ya son nuestras”, insistieron y el lobo respondió: “para que podáis hacer un viaje o comprar una casa nueva. Los tipos de interés están muy bajos; es el momento”.

Los tres cerditos aceptaron la oferta y se fueron a vivir, respectivamente, al castillo de Cenicienta, al de la Bella Durmiente y al de la Bestia, pagados con un nuevo préstamo. El lobo, con las hipotecas firmadas, pasó de agencia financiera a banco y emitió bonos, obligaciones y otras productos que, tras ser calificados como “excelentes” por la consultora montada por el cazador, fueron comprados por otros bancos aumentando el capital financero en movimiento. La cosa iba bien porque todo el mundo se fiaba de todo el mundo y nadie preguntaba si las casas de los cerditos valí­an lo que se estaba pagando por ellas o qué pasarí­a en el caso de que llegara su San Martí­n.

Un dí­a, las consolas dejaron sin trabajo a los personajes de los cuentos; los cerditos se quedaron en el paro y no pudieron seguir pagando las hipoteca de sus castillos. Ni siquiera, las de las casitas de paja, madera y ladrillo que habí­an hecho al lado del rí­o. Todos ellos acabaron entrampados en la ciénaga del ogro Shrek, lo mismo que la mamá de Caperucita y su abuelita, que habí­a avalado a la dulce niña. El lobo, como ocurre en todos los cuentos, salió huyendo, dejando el pufo para que lo paguemos entre todos mediante las constantes subidas del Euribor y las inyecciones de capital de los bancos centrales. Y colorí­n colorado sin perdices, claro. (Publicado a finales de julio)

Desenroque

Lunes, 7 de Julio de 2008

Ya dije hace un año que, cuando jugaba al ajedrez con mi padre, me enrocaba mucho. El enroque es una jugada en la que el rey intercambia su posición con una de las dos torres. Tiene que ser una jugada dentro de una estrategia global, no un patadón cuando se está perdiendo terreno, como hací­a yo, que sólo buscaba despistar a mi padre o ganar tiempo. Nunca conseguí­ nada. En mi caso, el enroque tan sólo aplazaba lo inevitable y lo peor era que, varias jugadas después, me arrepentí­a y querí­a desenrocarme. Es lo que le pasa al PP. Rajoy quiere desenrocarse y su problema, como el mí­o, es que esta jugada no existe. Si uno quiere volver a la posición inicial, tiene que descubrir el flanco, arriesgar la torre y el rey y perder una cantidad escandalosa de tiempo e iniciativa que, en polí­tica, son lo mismo. 

Rajoy se enrocó hace años en un apocalipsis constante; podí­a ser territorial, social o económico pero siempre apocalipsis. Lo hizo inducido o acompañado por una serie de compañeros de partido y otros actores secundarios que lo jalearon durante todos esos años. La torre, pieza de amenaza larga y directa, le permitió tener el control de la palabras ‘miedo’ y ’seguridad’ y tuvo la ventaja de que Zapatero tampoco habí­a leí­do manuales de ajedrez, que recomiendan no atacar el enroque sin consolidar el dominio del centro del tablero. Así­ se llegó a las pasadas elecciones que terminaron en casi tablas. El PP mejoró y el PSOE ganó por mucho menos de lo que pensaba. Ahora, para ganar, Rajoy quiere desenrocarse y apuntar al centro pero los que le indujeron o acompañaron no quieren que las piezas se muevan porque tienen muchos números para ser cambiadas. Rajoy está moviendo los peones pero, dentro de poco, tendrá que exponer el rey, él mismo, a unas amenazas que vienen de su propia retaguardia. Quizá el sacrificio sea inevitable porque es complicado que el mismo que decidió una cosa pueda decidir la contraria. La jugada es difí­cil porque no existe.