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Éramos tan felices

Jueves, 16 de Febrero de 2017

(Crónica de la asamblea de Podemos)

“Éramos tan felices”. La frase la pronuncia Michi Panero tras la muerte de su padre, el que nunca estaba en casa, el que gritaba, el que mandaba, el que se encerraba en su cuarto a beber y escribir. Él sabe, y lo reconoce poco después en la película, que todo es mentira, que usamos la memoria para crear un paraíso, un país de Nunca Jamás al que no podremos volver y sin el que no podemos vivir: “Decimos que lo de antes era bonito, pero no lo era. Te lo inventas, quizá para ocultar que todo ha sido un fracaso, ni más ni menos”.

El desencanto fue un documental que pronto se transformó en un ser mitológico. Leopoldo Panero, poeta oficial del franquismo, era recordado, despellejado más bien, por su esposa y sus tres hijos, dos de ellos también poetas. La obra transmitía una tristeza insólita en medio de la Transición, cuando todo estaba por hacer; no sólo era un ajuste de cuentas psicológico con la dictadura, sino el testimonio de gente que ya había vuelto de ese futuro por construir.

“Éramos tan felices”. Quizá es la frase que mejor resume el segundo congreso de Podemos. Recuperar la película de Fernando León de Aranoa sobre el primer congreso, que se exhibirá en la sección Panorama del Festival de Berlín, es como entrar en el Facebook de tu expareja y recorrer las fotos en las que estás etiquetado. ¿Por qué, qué nos pasó? No hubo escenas de tensión; el ‘octubrazo’ del PSOE sigue siendo el récord de ridículo político, pero había necesidad de psicodrama. Quizá por eso el discurso de Miguel Urbán fue muy aplaudido el sábado. Era una forma de liberar tensiones, de manifestar: no queremos elegir. Pero había que hacerlo.

El triunfo claro de Pablo Iglesias, casi un 60% de los consejeros en el órgano de dirección, deja un panorama en el que lo previsible es la desaparición, gradual o brusca, de Íñigo Errejón y sus partidarios (menos del 40% de los consejeros). El resultado de Vistalegre no acabará con la confrontación. A pesar de que todos los protagonistas han sostenido durante semanas que, tras el resultado, habría que reconstruir el proyecto, es muy complicado por el matiz personal: amigos, examigos, parejas, exparejas, compañeros de facultad o de trabajo.

No son bolcheviques contra mencheviques. Se parece más al enfrentamiento entre el académico Juan Luis Panero, que quería hacerse con el legado literario, económico y afectivo del padre, y su hermano, el deslumbrante Leopoldo María, devorado por su personaje de niño perdido/poeta maldito. ¿A quién quiere más mamá? Los pactos se basan en cosas materiales que se pueden intercambiar; las relaciones personales, no. ‘El amor nos destrozará otra vez’ era la banda sonora del abrazo entre Iglesias y Errejón del sábado (When the routine bites hard and ambitions are low; and the resentment rides high but emotions won’t grow; and we’re changing our ways
taking different roads
).

Al señalar esta semana que, de perder, él renunciaría a sus cargos orgánicos e institucionales, Iglesias estaba mostrando la puerta de salida a su número dos. La portavocía del grupo parlamentario en el Congreso, que ahora ocupa Errejón, será el punto de debate en las próximas semanas. La posibilidad de la escisión está ahí. Se descarta desde dentro como se negó durante meses la existencia del cisma, pero alguien que ha montado un partido, Errejón fue quien lo hizo tras las europeas, puede repetir la operación. Ya tiene el manual de instrucciones.

La confrontación era algo bastante previsible porque ha sido la manera de estar en el mundo de Podemos desde su fundación. En cada interacción, periodística o política, sólo se aceptaban dos opciones: conflicto o rendición. Sin atender a los matices y, sobre todo, a la necesidad de tejer alianzas para llegar al poder, todo se configuraba en un panorama de buenos y malos. En el mundo del periodismo, las acusaciones de servidumbre o traición por parte de Podemos han sido implacables; sólo era cuestión de tiempo que se aplicasen esos parámetros internamente. Los que dan a Errejón la etiqueta de blando van mal encaminados.

Ambos han sido víctimas de una estructura burocrática basada más en la adulación que en la confianza. Probablemente, la relación de Iglesias y Errejón con sus diversos entornos se parezca a la reina del cuento que, cada mañana, necesitaba que el espejo le recordase que no habia otra en el mundo comparable en belleza. El día en que el espejo no pudo soltar su letanía, la reina lo rompió, se convirtió en una bruja y comenzó a crearse rivales a los que envenenar. “Murió acribillado por los besos de sus hijos” decía el epitafio de Juan Luis Panero para su padre.

Es probable que el futuro de la formación pase por la desaparición de ambos. “Podemos no puede ser ya un partido de cuatro profesores universitarios de Madrid”, decía esta semana Pablo Iglesias. Un análisis certero que quizá no tiene en cuenta que él también está incluido. Su teoría de enfrentarse al PSOE y no buscar la decantación de los socialistas implica que el panorama español queda delimitado ideológicamente; salvo un nuevo shock económico, el PP queda como gran fuerza hegemónica. Como sostiene el periodista Fernando Garea, Rajoy ha ganado dos congresos este fin de semana.

La estrategia de movilizaciones no será sencilla para Podemos ya que su grupo dirigente deberá recuperar los puentes con las organizaciones sociales y sindicales que aportan músculo. El liderazgo no basta.  En esa estrategia, ganará protagonismo la figura de Alberto Garzón que sustituirá simbólicamente a Íñigo Errejón.

Es probable que el futuro de Podemos no esté en Vistalegre, sino en Barcelona. Allí, el movimiento con el que Ada Colau alcanzó la alcaldía se está convirtiendo en un nuevo partido, Comuns, los Comunes, el apelativo con el que se los conoce en la política autonómica. Es un proyecto que aglutina a ICV y EUiA, nacidos de IU, Podemos, la iniciativa municipalista En comú y apoyos independientes. Es una posibilidad y el panorama político español precisa de una fuerza que canalice de una forma constructiva tanto la frustración creada por la crisis como el ansia de cambio sin el lastre simbólico que suponen los fundadores. Los exploradores raras veces colonizan.

Los dirigentes de Podemos consideraban este partido como el paso a la madurez, como el fin de la niñez orgánica. “Yo me destruyo para saber que soy yo y no los otros; en la infancia se vive; después, se sobrevive”, decía Leopoldo María Panero. Mañana será un lunes triste (And I still find it so hard to say what I need to say but I’m quite sure that you’ll tell me just how I should feel today). Éramos tan felices.

(Publicado en GQ)

Ya somos todo aquello contra lo que luchamos

Jueves, 16 de Febrero de 2017

(Previa de la asamblea de Podemos)
Todo es culpa de El secreto. Y de las series, también. La insistencia en relacionar la ficción (House of cards, Borgen, Juego de Tronos, etc.) con la política ha hecho que demasiada gente crea que está dentro de una historia. Y no. Las narraciones están planificadas, todo sucede por algo; si aparece una pistola en el segundo capítulo, alguien la va a disparar en el cuarto.

En la realidad, no. Buscamos un sentido a las cosas que nos pasan cada día; les quitamos el azar y las situamos dentro de un relato íntimo y flexible: la vida. Si uno cree que está dentro de una historia, todo pasa a ser público y sólido. La narración exige un final redondo cuando la vida nunca lo tiene; no nos dirigimos hacia nada, somos el que sobrevivió a todo aquello. Pensar en una narración cerrada hace que todo el mundo forme parte del trama: compañeros, facilitadores, antagonista y opositores; es decir, buenos y malos. Uno deja de ser protagonista de su propia vida porque ese espacio narrativo se le queda pequeño. Merece algo más.

La evolución del grupo dirigente de Podemos tiene más que ver con el espectáculo que con la maduración. Es decir, se parece más al proceso que sufren los concursantes de Gran Hermano (todo el mundo me mira; soy famoso; soy importante; todo lo que hago es importante) que a la consolidación de un proyecto político. Los miembros de los dos grupos principales en disputa (Iglesias y Errejón) convertirán la plaza de toros de Vistalegre en algo parecido a la Cúpula del Trueno de Mad Max (dos entran; uno sale). Se reunirán con la idea de que todo el mundo está mirando. Y no. Ya, no. El resultado provoca curiosidad, como todo espectáculo, pero ya no es trascendente.

En otoño de 2014, la encuesta del CIS situaba a Podemos como la primera fuerza en intención directa de voto. En primavera, habían irrumpido con cinco eurodiputados y su crecimiento, que parecía no tener techo, provocaba temor en el establishment político, periodístico y empresarial. El PP temía por el gobierno y el PSOE, incluso, por su supervivencia inmediata. Quizá ese miedo estuvo detrás de la despiadada campaña de desprestigio que sufrieron a la que, sin embargo, tampoco sería justo situar como la causa principal de la evolución política y electoral. Un ataque sólo logra su objetivo cuando logra la colaboración de la defensa.

Dos años y dos elecciones generales después, el panorama ha cambiado. Podemos ya no capta votos transversalmente, sino que está situada en un espectro concreto. Amplio, pero delimitado. Salvo un futuro shock, tiene un techo claro y no sólo no da miedo, sino que resulta un rival muy cómodo para ese establishment porque impide la construcción de alternativas.

La referencia más ajustada del actual modelo español, según el politólogo Pablo Simón, es la I República italiana: un bloque sólido de centro-derecha que dispone de amplias ramificaciones en los centros de poder, un partido de centro-izquierda flexible que dispone de vínculos con algunos movimientos sociales y culturales, y una formación de centro dinámica que captura a las nuevas generaciones y a los desencantados. Los tres, proporcionalmente a su peso, controlan los resortes. Completa el panorama una fuerza con la que no hay puentes y que empuja al resto a entenderse.

En democracia, cuando no hay mayorías, el acceso al poder se logra por interacción. Puede ser una negociación, donde varios actores buscan el beneficio mutuo o por decantación. Esto último sucede cuando algo externo o interno provoca que todos los actores tengan que decidirse por una opción que no consideraban. Lo segundo, tras el fracaso de lo primero, llevó a Rajoy de nuevo a la Moncloa. Las fuerzas cuya función principal era impedirlo, PSOE y Podemos, están en crisis.

Ese fue el momento clave. En la investidura de Pedro Sánchez, el proyecto Podemos, que ya no era el proyecto Cambio, pasó a ser el proyecto Iglesias. Este fin de semana, se decidirá si eso sigue siendo así. No será fácil. Los debates políticos, si los hay, llevan meses enturbiados por las cuestiones personales y éstas harán todo mucho más difícil. Amigos, examigos, novios,  exnovios, compañeros de trabajo, etc. Todos a la gresca. Es probable que haya escenas duras; el reto a superar es el Comité Federal del PSOE en el que dimitió Pedro Sánchez.

Pero lo que suceda no será definitivo por la propia dinámica interna del partido, vinculada al espectáculo, a la agitación permanente en torno a un hecho concreto (conflicto, elecciones, movilización, debate, hashtag, etc.), y a la necesidad de un rival  externo (la casta, la vieja izquierda, el PSOE) o interno. Todo ello, con presencia constante en la esfera pública. Las redes sociales no son sólo su herramienta de comunicación, sino una forma de estar en el mundo. Es el ritmo youtuber. Hay que estar haciendo algo y que lo vea todo el mundo. El debate en el PP sobre si Cospedal puede ser ministra y secretaria general está siendo importante, pero no se retransmite por twitter.

También, al no existir un enfrentamiento político, sino una cuestión personal, la  negociación (recordemos: varios actores buscan el beneficio mutuo) es casi imposible. El choque, muy masculino, precisa de la desaparición última del grupo contrario (el antagonista y sus colaboradores). A pesar de que todos los participantes lo niegan, la opción de la escisión es bastante probable. No este fin de semana, claro.

Incluso, es previsible que el grupo vencedor no logre sobrevivir hasta las próximas elecciones. El punto clave llegará en las elecciones municipales de mayo de 2019. En 2015, Podemos se integró en candidaturas ciudadanas en las que su presencia no correspondía a su fuerza electoral y otras formaciones, como IU o Equo, estaban sobreponderadas. Fue un éxito, pero es probable que Podemos quiera presentarse con sus siglas o bajo la coalición Unidos Podemos, un proyecto más pequeño que las candidaturas ciudadanas. La negociación será tensa y el PP, que en 2015 estaba tocado, tratará de aprovecharlo para recuperar poder local. La pérdida de ayuntamientos emblemáticos, como Madrid o Zaragoza, es un escenario probable y volverá a poner sobre la mesa una nueva reformulación del proyecto. Quizá, desde Barcelona.

Porque, independientemente de las posiciones políticas de cada uno, la aparición de Podemos ha sido una suerte. La ruptura del contrato social y la desconfianza hacia la UE, en ocasiones, promotora del empobrecimiento ha provocado cambios políticos en casi todos los países y, en la práctica totalidad, la derecha populista y xenófoba ha ocupado el espacio del cabreo. En España, tenemos un proyecto constructivo a cargo de gente preparada y dialogante, que no legitima ningún tipo de acción violenta y que ha intentado, con poco éxito, tener un proyecto más allá de echarle la culpa a alguien.

Probablemente, ese ha sido el problema. El deseo de ganar las elecciones, de capitalizar el cabreo y la ilusión, ha devorado la construcción de un marco ideológico y todo se ha basado en la ley de la atracción de El secreto de Ronda Byrne: “Saber qué es lo que uno quiere (el sorpasso al PSOE, por ejemplo) y pedirlo al universo”; después, “enfocar los pensamientos de uno mismo sobre el objeto deseado con sentimientos como entusiasmo o gratitud” y “sentir o comportarse como si el objeto deseado ya hubiera sido obtenido”.

El grupo dirigente de Podemos se ha sentido dentro de un proceso histórico que les conducía a un éxito inevitable: somos nuevos y el resto, viejos; tenemos razón y el resto, no; somos jóvenes, preparados, mejores…. Y no. Como sostiene el periodista Esteban Hernández, “esto no va de abrimos la tienda, nos anunciamos por la tele y todo el mundo acude en masa como si fuera Primark, sino de hacer pensar a la gente que con otro Gobierno le iría mejor en su vida cotidiana”.

No se discutirá mucho sobre la vida cotidiana en Vistalegre. Lo que está en juego es el poder. El ensimismamiento ha hecho que los conquistadores parezcan náufragos sin apenas haberse movido de la playa en la que desembarcaron. El señor de las moscas es el libro que mejor explica lo que ha sucedido en Podemos. “Ya somos todo aquello contra lo que luchamos”. El verso de José Emilio Pacheco lleva meses retumbando sin que nadie lo haya pronunciado.

(Publicado en GQ)

Pasen y vean, Trump, el mayor espectáculo del mundo

Miércoles, 25 de Enero de 2017

@POTUS es la cuenta de twitter de la Presidencia de Estados Unidos y está dentro del traspaso de poderes. Donald Trump ha dicho que no la quiere; seguirá usando la suya: @realDonaldTrump. No es sólo una cuestión cuantitativa, él tiene más de 20 millones de seguidores y la de la Presidencia, 13, sino cualitativa. Trump sabe que todas las estrellas sufren cuando cambian de formato de programa y, sobre todo, de canal. Ya, cabría decir, es que es el nuevo presidente y la cuenta de twitter es institucional. Bien, entonces es que aún no hemos entendido del todo lo que ha sucedido y, sobre todo, quién ha ganado las elecciones.

Hace unos días, el Circo Ringling Bros., Barnum & Bailey anunciaba que echaba el cierre por problemas económicos no sólo derivados de las limitaciones sobre el uso de animales. La época del circo pasó porque ya no quedan cosas increíbles y porque todo lo que allí se veía ya está al alcance de un click. Los espacios concretos no son competencia para una carpa invisible que es capaz de contenernos a todos y que nos ofrece la posibilidad de ser público, payaso y equilibrista en la misma función. Y ahí en medio, entre los hermanos Ringling y Bailey, está el nombre de Phineas Taylor Barnum, el creador del concepto de espectáculo, el primer gran millonario del show-business; es decir, el precursor de Donald Trump.

Si pensamos que ahora somos crueles y malvados, y que twitter saca lo peor de las personas, deberíamos recordar que, entre las distracciones más populares del siglo XIX, había cosas como presenciar ejecuciones, acudir a los depósitos para ver los cadáveres sin identificar, darse una vuelta por los asilos de enfermos mentales o visitar los llamados museos humanos, donde se exhibían personas con malformaciones o simplemente de etnias no europeas. Si estaban vivas, mejor, pero tampoco había mucho problema en verlas disecadas.

La sirena de las islas Fidji

P.T. Barnum tuvo el museo humano más famoso de la historia. Primero, compró el Scudder’s American Museum, cuyas piezas más valiosas eran animales, como el esqueleto de un carnero con dos cabezas, y un museo de cera. Barnum, con una gran visión para los negocios, sabía que el público quería ver otra cosa, quería emocionarse, y carecer de una oferta adecuada no podía ser un problema. Si no lo tenía, siempre podía inventárselo. Ya lo había hecho en su periódico que, sin ironías, se llamaba The Herald of  Freedom (El heraldo de la libertad).

Con esa premisa, presentó a su primer gran personaje, Joice “la bicentenaria”. Joice Heth, era presentada como la nodriza de George Washington, de 160 años. Las colas de gente esperando oír a la anciana, que mascullaba sus supuestos recuerdos sobre el primer presidente de EE.UU. sentada en una mecedora, le permitieron acuñar una de sus frases para la posteridad: “a la gente le gusta ser engañada”.

Tras Joice “la bicentenaria”, llegó el “General Tom Thumb”, nacido Charles Stratton, una persona afectada de enanismo al que Barnum, amigo de su padre, adoptó con siete años. Gran cantante y bailarín, llegó a ser una celebridad en su época y a su boda con Lavinia Warren, miembro también de la troupe de Barnum, fue un acontecimiento social con 10.000 invitados y recepción por parte del presidente Lincoln. Es posible que aquí esté la inspiración del cuento en el que se basa la película ‘Freaks’.

Después, llegaron otras ‘atracciones’ como un esqueleto de sirena de las islas Fidji, que logró combinando los de un simio con un pez, o Chang y Eng, los gemelos de Siam, que dieron origen al concepto “siamés”. Todos los días era la última oportunidad para verlos. Sus voceros gritaban: “Acudan a ver a los gemelos de Siam; mañana, un cirujano los separará”. Todos sus personajes constituían el ‘P.T. Barnum’s Grand Traveling Museum, Menagerie, Caravan & Hippodrome’, publicitado como “el mayor espectáculo del mundo”. Podría haber usado el “lo que pasó a continuación te sorprenderá” porque su museo se basaba en el mismo mecanismo que el clickbait.

¿Cómo podía ir la gente a ver eso? La pregunta se responde con el éxito de los programas de Alfonso Arús, Pepe Navarro o Javier Sardá hace un par de décadas. En 1881 decidió unir fuerzas con uno de sus principales competidores, James Bailey. Su espectáculo, que se movía en tren por Estados Unidos, fue famoso por exhibir a Jumbo, el elefante más grande del mundo. Fallecido Barnum, llegó la unión con los hermanos Ringling, que conservaron el famoso lema.

Presidente-espectáculo

Donald Trump es un hombre de negocios, pero también un showman. Sin tener en cuenta esta idea es complicado entender qué ha sucedido en este último año y qué puede pasar a partir de ahora. Los medios lo han atacado sin entender que es un devorador de planos. Es decir, su presencia en la pantalla, independientemente del contenido de los mensajes, siempre es beneficiosa para él.

Trump se alimenta de protagonismo y todos los medios lo han atiborrado porque se hicieron adictos a él: emociona, provoca asco, odio, hace que todo el mundo se posicione, opine. Eso es un espectáculo. Es el sueño de cualquier programador de televisión. Será complicado que haya alguna noticia capaz de hacerle mella, aunque aparezca practicando en orden alfabético todos los tags de pornhub en un hotel de Moscú. Como cualquier espectáculo, su único problema es que pase a ser aburrido.

Por eso, necesita crear tensión constantemente. Gracias a su cuenta de twitter logra fabricar sus propias crisis que establecen no sólo una agenda pública, sino una división del tiempo. En la sociedad del espectáculo, todo es histórico, todo es una oportunidad, todo tiene que ir deprisa, todo tiene que refundarse al poco de nacer. Necesitamos siempre estar pendientes de algo, de un acontecimiento, el Black Friday o el Blue Monday. Ahora tenemos un emperador que los fabrica. Y, si no lo hace él, siempre podemos contar con su variopinto equipo.

Trump también entiende la desaparición de pudor, ya sea a nivel personal o intelectual, el pensamiento rápido, el think spit, me pasa por la cabeza y lo suelto, en el que se basan las redes sociales. Es algo que impide hacer predicciones sobre su política, salvo que escenificará bien que la gente que lo ha votado ha ganado las elecciones, algo que ya hemos visto en la configuración de su equipo. Buscar un público más amplio suele desdibujar el espectáculo. También parecerá que hace lo que ha prometido. Es decir, si es necesario presentar a la sirena de las islas Fidji, se hará.

El hecho de que sea mentira no es irrelevante, pero es un concepto subordinado a la experiencia personal, el principal valor. ¿Por qué todo el mundo hace fotos y vídeos de todo, incluso de contenidos a los que se puede acceder con más calidad? Porque lo importante ya no es la autoridad (el hecho, el monumento o el artista), sino la experiencia, el hecho de que ‘yo’ estoy ahí.

Probablemente, Trump es el primer presidente del siglo XXI. Con cierto regusto del XIX, también. Esperábamos otra cosa, pero es lo que hay y pensar que es un bruto o un impresentable no arreglará nada. Él, tan tonto, llegó a presidente con prácticamente todo el mundo en contra y, de momento, no ha provocado análisis, sino emociones. Quizá, por eso lo logró.

(Artículo publicado en GQ)

Por qué sí necesitamos una serie sobre Serrano Suñer (y sobre cientos de personajes históricos más)

Martes, 20 de Diciembre de 2016

“Ese día, la humanidad perdió una batalla”, sostenía Berto Romero, al imaginar el momento en el que “una persona, en algún lugar del mundo, sintió la necesidad de aclarar la piel ligeramente oscura que rodea al ano”. En todo, también en el blanqueamiento anal, hay un Tesla y un Edison, un Elvis Presley y un Carl Perkins. Elvis es Paris Hilton, que popularizó la operación, como hizo también con la vaginoplastia, hasta el punto de introducirla en la carta de las clínicas de estética y las cosas que uno puede ver si tiene todo el día la tele puesta. El Carl Perkins del anal bleaching, todo queda mejor en inglés, es Tabitha Stevens, una actriz porno muy de los noventa, cuando el modelo femenino era Barbie. Su cuerpo, sometido a numerosas operaciones, entre ellas seis implantes de pecho y cuatro operaciones de nariz, incluido un implante total, es ya una performance.

Porque hay que tener en cuenta que la operación, como toda intervención humana, como cualquier acto creativo, tiene un sentido ideológico. El objetivo del aclarado es que el espectador olvide que el ano es un orificio que se encuentra al final del tubo digestivo y, sobre todo, que su función anatómica es controlar las heces. No busca que pensemos sólo que algo es lo que no es, sino que es otra cosa, que simulemos desconocimiento previo. Hay que olvidar lo que sucede en ese sitio, no sólo el tránsito de los deshechos, su aspecto, su olor, sino incluso los usos culturales y sociales que, en los humanos, tienen que ver con el gozo. Se trata de relegar el sentido completo de un lugar para que prevalezca, no el placer, sino la estética inmóvil. Podríamos decir que es una gentrificación anatómica.

La base ideológica del blanqueamiento anal es la misma que la del blanqueamiento histórico. El blanqueamiento histórico busca presentar momentos o personajes de una manera más agradable, ocultando las cuestiones conflictivas. Por ejemplo, la visión patriarcal hace que heroísmo y homosexualidad no combinen bien, así que se omite lo segundo no sólo en el caso de personajes históricos, como Alejandro Magno, sino también con los de ficción, como Aquiles.

El concepto mezcla habitualmente propaganda y narrativa, ideología y relato. Cuando prevalece la primera, la cosa no funciona; todas las modernas teorías sobre la persuasión corroboran algo que ya explicó Mary Poppins: “con un poco de azúcar esa píldora que os dan pasará mejor”. Para entendernos, se trata del tratamiento de la esclavitud en Lo que el viento se llevó; para entendernos mejor, cabe verla en el mismo programa doble que Doce años de esclavitud.

Por ejemplo, la famosa carga de la Brigada Ligera de la Guerra de Crimea no fue un acto de heroísmo, sino la consecuencia trágica de una orden mal entendida. Pero la verdad no trascendió fuera del ejército, donde se revisaron las comunicaciones, y Alfred Tennyson hizo un bello poema que elevó la moral de la tropa de Su Graciosa Majestad durante decenios. Siempre hay que ir a la guerra con un buen poema. (Hoy, seguro que algún medio ya habría publicado los Crimea Leaks con las comunicaciones confusas de Lord Cardigan a Lord Ragan que provocaron el desastre. Y habría dado igual).

El debate sobre el blanqueamiento histórico ha regresado por la serie Lo que escondían sus ojos, protagonizada por Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y seis veces ministro en sus primeros gobiernos (Interior, Gobernación o Exteriores), además de presidente de la Junta Política del partido único, Falange Española. Como en el blanqueamiento anal, se trata de olvidar la parte olorosa, lo sucio, para centrarse en la estética.

La serie, aunque no esconde su admiración por la Alemania nazi, presenta a Serrano como una mezcla de político astuto, un poco Underwood, y playboy-socialité, lo que fue el Conde Lequio en los 90. Se obvia su responsabilidad, no sólo en la represión posterior a la Guerra Civil, sino en la deportación de los más de 9.000 españoles que acabaron en los campos de concentración nazis.

Tras el primer capítulo, se abrió una petición de firmas para pedir la retirada de la serie, de la que se considera que hace apología del franquismo. En medio, la historia. La dicotomía blanqueo-cabreo provoca la postergación de la historia, algo que siempre trae disgustos y frustraciones. Serrano Suñer merece una serie que profundice en su vida intensa, con todo el tránsito de heces que tuvo y que no tenemos que limpiar desde el presente. Normalmente, se suele juzgar con severidad el pasado para poder no tener que hacer nada con el presente.

Una serie que explique cómo escapó del Madrid republicano vestido de mujer, todas las negociaciones de la II Guerra Mundial, el juego entre Alemania y la Gran Bretaña, y cómo, en los años 60, colaboró con la trama de ultraderecha que quiso dar un golpe de estado en Francia. Una serie en la que se explique que fue el fundador de la ONCE, el promotor de la reconstrucción de las zonas destruidas por la guerra y el principal autor de la legislación laboral franquista, donde se creaba el salario mínimo y situada, en muchos artículos, a la izquierda de todo el arco parlamentario actual. Ese pacto social ayuda a entender, más allá de la afiliación ideológica, la pervivencia del franquismo.

También debería contar, a través de los amigos de Serrano, como Carceller o Mora Figueroa, el cambio social que provocó la guerra y que permitió a los vencedores no sólo ocupar el poder, sino acumular fortuna a través de las propiedades incautadas, concesiones públicas o, incluso, usando prisioneros como mano de obra, situación que aclara por qué es tan espinosa la cuestión de la memoria histórica. También sería muy interesante reconstruir cómo Franco rechazó la Ley de Organización del Estado, inspirada en la Italia de Mussolini, de Serrano Suñer. Es decir, cómo se rechazó el fascismo como estructura y optó por un modelo más cercano a las dictaduras conservadoras. Sin esa visión de conjunto, es complicado entender las cosas.

Pero nadie quiere saber qué pasó porque el tránsito intestinal de la historia es desagradable. Huele. Y nadie tira de la cadena.

Ninguno de los dos

Jueves, 10 de Noviembre de 2016

Las respuestas suelen estar tan cerca que es complicado verlas. Quizá, el porqué Podemos no logra captar los votos del PSOE, ni consiguió superarlo electoralmente, no está en oscuras conspiraciones, sino dentro de la propia formación. Las primarias de la Comunidad de Madrid pueden dar pistas: personalismo, emotividad, estética infantil y levedad ideológica. Detrás ambas candidaturas, se intuye la creencia en la afluencia masiva de los votos por razones que no logran escapar de la fe: somos nuevos y el resto, viejos; tenemos razón y el resto, no; somos jóvenes, preparados, mejores… Vamos a heredar esto. El verbo merecer suele delatar graves problemas con la autopercepción.

Si Podemos quiere captar los votos del PSOE y constituirse en una alternativa es probable que deba prescindir de todo su delirante y onanista grupo fundacional. No es uno u otro, ya sea en Madrid o a nivel estatal, sino ninguno de los dos. A partir de ahí, construir un proyecto con más ideología y menos folklore, sin bandazos tácticos que parten de la idea de que los votantes son imbéciles y con propuestas materiales: precios de la energía, modelos de contratación, convenios colectivos o tasas universitarias. Dejar paso tras tocar techo o morir con el invento. Esa es la disyuntiva.

Snchz necesita un MILV (Mature I’d Like to Vote)

Lunes, 5 de Septiembre de 2016

Cuesta entender la apelación de Pedro Sáchez a las “fuerzas del cambio”. Cuesta entender no sólo que él mismo se considere parte del tal cosa, sino que alguien siga considerando que tal cosa exista. Los nuevos partidos, muy eréctiles, han envejecido rápido y mal, como los concursantes de un reality; los hemos visto haciendo de todo y sólo pueden captar pantalla con posados-robados.

La solución es compleja: Podemos y Ciudadanos no se soportan y tienen vetos cruzados, pero tener su apoyo es la única opción. El grupo dirigente del PSOE sabe que no puede formar gobierno sólo con Podemos, no sólo porque precisaría de un pacto  tan variado como ininteligible en buena parte del país, sino porque es una formación que ha tratado de engañarlos en las dos votaciones de la mesa del Congreso.

Imaginemos que Pedro Sánchez da un paso atrás y propone a un MILV (Mature I’d Like to Vote) que puedan aceptar Ciudadanos y Podemos. Un tipo que ponga en marcha un pacto de mínimos basado en la regeneración. Un tipo capaz de evitar los vetos y que no sólo pueda tener alguna abstención nacionalista, sino que incluso pueda desarbolar moralmente a la derecha, como hizo Carmena con Aguirre, una persona capaz de diluir el voto del miedo y desactivar la resignación social. ¿Existe?

Un discurso posible

Lunes, 29 de Agosto de 2016

¿Cómo podrá resistir el PSOE la presión de los 170 diputados? Marcando su territorio, delimitando qué es el PSOE e impidiendo que el PP pueda reiniciarse. Y, sobre todo, pidiendo algo a cambio de su suicidio, trasladando la presión. Esta es una propuesta de discurso.

Buenos días:
El grupo socialista comparte que España debe tener gobierno cuanto antes y entiende que el grupo popular tiene que liderarlo. Pero usted, no, señor Rajoy. Tenemos que comenzar un tiempo nuevo, un tiempo limpio y, por eso, usted no puede estar al frente del mismo. Yo no me voy a escaquear. No voy a ponerme de perfil, no voy a hacer chistes, ni a ridiculizar a nadie. Garantizo que el grupo socialista dará su abstención a otro candidato propuesto por el grupo popular; otro candidato que no esté relacionado con los más de treinta casos de corrupción en los que está inmerso su partido. Más de treinta casos y más de 800 personas. No son hechos aislados, señor Rajoy, no son manzanas podridas, es algo sistémico y, usted, por acción u omisión, es responsable como presidente de su partido. Sé que le gusta huir, pero no puede hacerlo.

¿Cómo puede pedir usted mi apoyo? Cuando estábamos trabajando para la paz, me dijo que estaba traicionando a los muertos. Sí, señor Rajoy, porque lo que se dice al secretario general del PSOE se dice a todos los militantes. Yo no estoy al frente de una organización para gestionar el poder, para recibir favores a cambio de contratos. Tampoco, dirijo un grupo de amigos que se meten en política a ver qué pasa y hoy son de izquierdas y al día siguiente, no. Estoy al frente de un partido con más de 100 años de historia, con gente que lo ha votado durante cuatro generaciones, con gente que ha dado su vida por él. Tengo una responsabilidad. Sé que no es una palabra que le sea familiar.

No ha ido lo único que usted le ha dicho al PSOE. Cuando estábamos construyendo una alternativa para la construcción autonómica, nos dijo que estábamos rompiendo España. También dijo que estábamos destruyendo la familia cuando aprobamos el matrimonio igualitario. Cuando comenzaba a investigarse el caso Gürtel, usted dijo que estábamos montando una inquisición. El caso Gürtel, señor Rajoy, el mismo cuyo juicio va a comenzar en breve, ¿todos estamos contra usted o era verdad?

En una de sus condiciones, el grupo de Ciudadanos pide apartar de cualquier cargo público a una persona imputada. Su partido, señor Rajoy, lo está; el Partido Popular en su conjunto está siendo investigado. El único precedente es el Grupo Independiente Liberal, el GIL. No creemos que todos sus dirigentes y militantes estén manchados, pero hay un generación que sí lo está. Reconocer el problema, reconocer que ha habido corrupción y que muchas personas se han beneficiado de ella, cobrando los sobresueldos de Bárcenas, es un buen inicio.

Como digo, no ha sido lo único que nos ha dicho: “bobo solemne”, “cobarde sin límites”, de tener una “desfachatez sin límites”, sí, el mismo que envía el mensaje de “Luis, sé fuerte”, “irresponsable”, sí, el mismo que no acepta los encargos del Jefe del Estado, de “grotesco”, de “frívolo”, de “acomplejado”, o de “confuso”. También nos ha acusado de hablar “en batasuno”, de chalanear “con los terroristas”. Usted, señor Rajoy, incluso permitió que personas de su partido insinuaran que el PSOE había permitido el ataque terrorista más terrible de nuestra historia.

El grupo socialista comparte que España debe tener gobierno cuanto antes y entiende que el grupo popular tiene que liderarlo. El grupo socialista debe pasar a la oposición, pero no puede huir de su responsabilidad y debe dar soluciones. Damos un paso al frente. Como he dicho, garantizo que el grupo socialista dará su abstención a otro candidato propuesto por el grupo popular. Busquen a alguien limpio, a alguien competente, a alguien que pueda representar el tiempo nuevo que necesita España. Dé un paso atrás, señor Rajoy. Dudo que, por primera vez en su carrera política, vaya a tener patriotismo, generosidad, y sentido de estado, pero debería intentarlo. Si usted considera que su sillón es lo más importante, el grupo socialista no lo apoyará. No vuelva a huir, señor Rajoy.

Regresar al conflicto

Viernes, 19 de Agosto de 2016

El relato más extendido sostiene que la derrota de la izquierda se produjo en los años 80 del siglo XX y sus verdugos fueron Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Juan Pablo II. Es una narración equívoca, ya que el vencido en 1989 fue el bloque soviético. Esos tres actores sí impulsaron un modelo económico que se ha ido extendiendo durante estas décadas gracias a la que la izquierda llevaba décadas derrotada por, es cierto, un presidente, un primer ministro y un papa; concretamente Franklin Rosevelt, Clement Attlee y León XIII.

El estado del bienestar, basado en el socialismo democrático / burgués representado por Keynes y el socialismo caritativo de la doctrina social de la Iglesia, desarboló el poder emancipador y revolucionario de la izquierda. La vejez de esos conceptos es otro síntoma de esa derrota. Si la izquierda no busca “acabar con cualquier tipo de subordinación o dependencia” o “un cambio brusco en el ámbito social, económico o moral de una sociedad” quiere decir que no existe, que es la situación política en la que nos encontramos.

La izquierda se basa en la existencia de una realidad, la lucha de clases. La sociedad está dividida en grupos de origen económico, clases, que están en disputa permanente por el reparto de los recursos. El objetivo final, tras el fin de la explotación del hombre por el hombre, es la toma del poder por parte de uno de esos grupos en los que se divide la sociedad, la clase trabajadora, la que debe vender su fuerza de trabajo para subsistir, a través de la concienciación, la organización y el conflicto, implícito o explícito. Todas estas herramientas son absurdas si la realidad de base, la lucha de clases, no es aceptada por una amplia mayoría social y esa fue la consecuencia del estado del bienestar. Primero, dejó de haber lucha; después, ni siquiera hubo clases.

El concepto clave es el pacto social que provoca, por primera vez en la historia de una forma amplia, la terrenalización del progreso. El avance personal o generacional era algo reservado a la religión porque la marcada división social hacía que los trabajadores (antes, siervos de la tierra o de su oficio) sólo pudieran tener un horizonte emotivo a través de la espiritualidad: la vida eterna. El estado del bienestar permitió, no sólo que la persona se convirtiera en pleno sujeto de un amplio abanico de derechos prácticos y morales, sino el reconocimiento de su vida física como territorio de progreso. Es decir, el pacto social permitía que una persona tuviera un margen de avance (económico, social y, sobre todo, cultural), una evolución que le proporcionaba un relato íntimo de su vida y con posibilidad de ser patrimonializado, es decir, ser legado a los descendientes.

Esta idea de progreso personal, este horizonte de mejora (económica, social y, sobre todo, cultural), terminó con la noción de lucha de clases. No sólo no se reconocía el valor del concepto como impulsor de ese estado del bienestar a través del conflicto, implícito o explícito, sino que pasó a convertirse en algo incómodo que convenía arrinconar. El desprestigio de la huelga es un buen ejemplo. La persona, protagonista de su propio relato de progreso, no podía identificarse con un grupo en el que no existía ese horizonte personal de mejora, sino una necesidad constante de disputa colectiva.

La desaparición del concepto de la lucha de clases también terminó con la capacidad de señalar a la clase burguesa, el grupo social que disputa los recursos a la trabajadora, con quien ya no existía conflicto. También se invisibilizó la explotación del hombre por el hombre, cuya abolición era un objetivo fundamental. La construcción de la clase media, cuya amplitud lo abarcaba casi todo y donde todo el mundo se reconocía, fue la derrota de la izquierda.

El estado del bienestar, la desaparición emocional de la clase trabajadora, hizo que la izquierda renunciara a plantear un modelo económico alternativo y, sin actores sociales a los que dirigirse, tomó tres caminos. El primero, la gestión de ese estado del bienestar a través de estructuras de poder basadas en el modelo de partido funcionarial que, sin el objetivo de ofrecer un modelo económico y social, no sólo renunciaba a la concienciación, la organización y el conflicto, sino que se desconectaba poco a poco de la sociedad. Los partidos se centraron en la gestión y las elecciones, y ambas cuestiones, sin contenido político, son terrenos fácilmente atacables.

El segundo camino fue el enclaustramiento. La izquierda siempre ha precisado de una base intelectual para el análisis previo a la acción política, pero el estado del bienestar, con su eliminación de la lucha de clases, con su construcción del relato íntimo de progreso, hizo que ese trabajo teórico se fuera desconectando de la realidad. No había situaciones concretas para analizar, ni actores a los que dirigir porque la clase trabajadora no se reconocía como tal, sino como ese nuevo grupo amplio llamado clase media. En el mejor de los casos, el trabajo intelectual vinculado a la tradición de izquierda se fue intelectualizando, como la Escuela de París, analizando o psicoanalizando esa nueva clase media. En la mayoría, se recluyó en la universidad que, como los partidos, eran estructuras de poder de tipo funcionarial que obligaban a centrarse en la gestión; gestión del contenido teórico, pero gestión en definitiva.

El tercer camino fue la dispersión. La izquierda, tras renunciar a ofrecer un modelo económico alternativo, buscó aplicar su poder emancipador y revolucionario a las cuestiones sociales y asumió como propias todas las luchas nacionales, raciales, de género o ecologistas, algunas de ellas preexistentes. En muchos casos, lo hizo sin aplicar su base ideológica previa basada en la lucha de clases. Es más, esa renuncia facilitaba esa conexión porque todos esos aspectos tienen un carácter transversal. Por ejemplo, en las colonias, la cuestión nacional suele requerir de un pacto que permita la conservación de las estructuras de poder (y explotación) de este territorio para no debilitarlo durante el proceso de emancipación; una vez logrado, las élites que ocupan esas estructuras utilizan el prestigio logrado para que esas estructuras de poder y explotación prevalezcan. Lo mismo sucede en las luchas raciales, de género o ecologistas.

La izquierda fue sacrificando su capacidad de acción en esas luchas transversales que difuminaron aún más su ya escasa base ideológica. Al minimizar o negar la lucha de clases en función de otra disputa social, la izquierda impugnaba su propia existencia. Además, esas luchas le dieron a su discurso un carácter moralizante, más cercano a la religión que a la política, que hizo huir a los grupos sociales que debían reconocerse como clase trabajadora. Y más, cuando eran formulados por miembros de esas estructuras de poder funcionarial, como partidos o universidades. Y aún más cuando esos discurso tomaban prestados conceptos del trabajo teórico de análisis o psicoanálisis, ya que culpabilizaban personalmente. Para la izquierda, el objetivo de la política debe ser cambiar el mundo y no establecer una nueva lista de pecados.

Es decir, sostener que hay que defender una reserva natural porque “es bueno”, “se debe hacer así”, “debemos cuidar de la naturaleza porque es el futuro” o ” es el legado de nuestros hijos” no es una acción política y puede ser atacada con facilidad. La izquierda debe llenar de contenido político esa idea, marcar un territorio ideológico, crear lenguaje. Por ejemplo, afirmar que hay que se debe defender una reserva natural porque la propiedad privada no es un derecho, sino una posibilidad al servicio del bien común, que prevalece. Con otras palabras, esta última frase puede leerse en la Constitución española.

Recluida en partidos o universidades, absorta en sus corrientes teóricas o centrada en esas luchas sociales, la izquierda no fue rival ideológico para el nuevo modelo económico impuesto en los años 80. Incluso, lo asumió. Tras la ruptura del pacto social en la crisis de 2007-2009, que ha provocado el empobrecimiento de buena parte de la antigua clase media, la izquierda apenas ha logrado existir dentro del debate político y los triunfos electorales han sido escasos por la irrupción del populismo de derechas.

Es entendible que los grupos empobrecidos, despolitizados durante años, no acepten esos mensajes transversales y moralizantes de organizaciones, elitistas o funcionariales, que comparten las políticas que provocaron su empobrecimiento. Esas organizaciones, directa o indirectamente a través de medios de comunicación, no aportan un modelo económico alternativo, sino una lista de pecados cotidianos y culpabilizan por comportamientos sin un análisis de las circunstancias. Lo que teóricamente es la izquierda se siente moralmente superior, y desprecia, a la que teóricamente debería ser la clase trabajadora. Resolver esa cuestión es el punto de partida.

Para volver a existir, esa izquierda extenuada debe regresar a su concepto fundacional: la lucha de clases. Es irrelevante que sea una idea apenas compartida porque el motor de la política no es ganar una contienda electoral concreta, sino cambiar el modelo económico y social. Es preciso compatibilizar esas estructuras de poder, partidos y universidades, con la labor de concienciación y organización. Y conflicto, el motor de todos los cambios históricos.

La izquierda debe volver a la realidad y dotar de política a esas luchas sociales, eliminar ese carácter moralizante y, sobre todo, encuadrarlas dentro de un modelo económico alternativo. Debe aprovechar la ruptura del pacto social para que la antigua clase media se reconozca como clase trabajadora y entienda, y asuma, que está en lucha permanente por los recursos con otros grupos sociales con los que, aunque comparta cuestiones como nación, género o raza, tiene objetivos diferentes. Si quiere recuperar el estado del bienestar, un objetivo modesto, la izquierda debe pensar cómo fue posible, concienciación, organización y conflicto; sobre todo, conflicto.

La CEDA vuelve a sacar las banderas (cuidado con las carteras)

Lunes, 1 de Agosto de 2016

“Mantengo 2015 como horizonte para que Euskadi tenga otro estatus”, dijo Íñigo Urkullu hace cuatro años. Era la precampaña de las elecciones vascas (que también coincidían con las gallegas) y el nacionalista conservador Urkullu, que se presentaba como candidato frente al lehendakari Patxi López, prometía un plan soberanista. Ganó, pese a perder escaños, gracias al desplome del PSE y a la insuficiente subida de Bildu. A 2012 le sucedió 2013 a este, 2014 y, chino chano, nos plantamos en 2015, momento en el no sucedió nada notable con el estatus de Euskadi.

Fue un verano muy nacionalista. Fue el primero en el que las entidades de la sociedad civil catalana se dedicaron a organizar un gran acto en la Diada. En 2012, fue una manifiestación en Barcelona con el lema “Catalunya, nou estat d’Europa”. Después, llegaron la vía catalana o la gran V, también en Barcelona. En medio, varias elecciones, la consulta del 9N y un montón de momentos históricos que han quedado en nada. Nadie ha cruzado ninguna línea, salvo la intervención del ministerio de Hacienda, poco antes de la convocatoria del 20D. Eso sí, las tensiones han permitido la continuidad de las estructuras conservadoras en el poder.

El recalentamiento identitario de ese verano tuvo otro gran beneficiado, Núñez Feijóo. El presidente de la Xunta de Galicia había, como este año, convocado las elecciones el mismo día que las vascas. El objetivo, mal disimulado, era centrar el debate en las banderas y que se olvidara la cuestión más importante que había sucedido en Galicia: la desaparición del sistema financiero propio (Caixa Nova, Caixa Galicia y Banco Pastor), todas ellas bajo la influencia del poder autonómico a través de la ley autonómica de cajas. No todos los años desaparecen entidades centenarias que superaron el 98, el 29 o la Guerra Civil. Ganó, como Urkullu y Mas (y Rajoy, antes).

Ese verano escribí:

El tema de las elecciones debería ser el modelo socioeconómico, quién debe pagar impuestos, cómo, cuántos y para qué. Es decir, si debe haber copago sanitario o persecución del fraude fiscal; si se debe subir el IVA o recuperar el impuesto de sucesiones o si deben eliminarse todas las becas de estudios o las ayudas a centros privados.

Pero es probable que no sea así y que la CEDA (PP-PNV-CiU), de acuerdo en el copago, la subida del IVA o las ayudas a los centros privados, centre el debate en la cuestión identitaria […]. Agarren su bandera, agítenla mucho y no se olviden de pasar por caja.

Hay poco que añadir. Tendremos mucha tensión identitaria durante todo el verano que servirá para que los proyectos conservadores vuelvan a sacar partido. El PNV ganará en Euskadi, el PP lo hará en Galicia, Puigdemont superará la moción de confianza y Rajoy forzará al resto de partidos a apoyarlo. Bienvenidos y acérquense a la nueva y divertida actuación de los títeres de cachiporra de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autonómicas).

Este verano tambien escribí:

En los próximos meses, verán tensiones institucionales, entrevistas apocalípticas y aparatosas puestas en escena con mucho símbolo. Nada en serio; nada irreversible. Escojan uno de los lados y siéntense cerca del escenario para poder gritar muy fuerte y que no se oiga nada. Si se quedan afónicos, pueden usar los aplaudidores que regala la prensa de cachiporra. No se queden en medio, tratando de entender a ambas partes y buscar una solución, porque puede que reciban un garrotazo perdido. Tampoco se vayan muy lejos, buscando una visión de conjunto, porque se decepcionarán. En los bastidores, podrán ver a todos los actores intimando y pactando el desmantelamiento de los servicios públicos, el blindaje de su estatus de clase o la impunidad de sus respectivos casos de corrupción y, señores, el espectáculo debe continuar. No se olviden de entregar su cartera a la salida. Si no lo hacen, el sistema será insostenible.

Hay poco que añadir.

PD: Gramsci explica que su poder está dado fundamentalmente por la “hegemonía” cultural que las clases dominantes logran ejercer sobre las clases sometidas, a través del control del sistema educativo, de las instituciones religiosas y de los medios de comunicación. A través de estos medios, las clases dominantes “educan” a los dominados para que estos vivan su sometimiento y la supremacía de las primeras como algo natural y conveniente, inhibiendo así su potencialidad revolucionaria. Por ejemplo, en nombre de la “nación” o de la “patria”, las clases dominantes generan en el pueblo el sentimiento de identidad con aquellas. Se conforma así un “bloque hegemónico” que amalgama a todas las clases sociales en torno a un proyecto burgués.

Por qué la lucha de los taxis contra Uber lo explica todo (Trump, Le Pen, Ocuppy, Isis y lo que el CEO quiera meter aquí)

Lunes, 16 de Mayo de 2016

La puesta es escena está muy clara: lo viejo contra lo nuevo; mejor dicho, lo viejo, lo analógico, que se resiste a morir, contra lo nuevo, lo digital, a lo que no dejan nacer. Un mundo esclerotizado y burocrático, los taxis, frente al dinamismo y la agilidad de Uber; la lucha espiritual del Fary contra Steve Jobs.

Sin embargo, la puesta en escena, los campos semanticos (coñac y torreznos frente a té verde y muffins), nos impiden ver el cambio socioeconómico que hay detrás: la sustitución de un modelo laboral industrial, regulado, previsible y tendente al equilibrio, por otro que se parece demasiado a la servidumbre agraria: una red centralizada que promueve precaridad, desregulación y sumisión. Sin el envoltorio tecnológico, Uber proporciona peonadas; peonadas por iPhone, pero peonadas.

El mundo del taxi es viejo y cerrado, gremio es una palabra pertinente, y todas las pegas que queramos ponerle encajan. Sin embargo, conviene no olvidar que son un servicio público y, por tanto, regulado por el Estado: horarios, capacitación y condiciones de uso. Las licencias en las que basan su actividad, aunque sean objeto posterior de especulación, son visadas por instituciones públicas, que las cobran en el momento de su expedición. El Estado recauda el impuesto de plusvalía en caso de traspaso y también cobra las tasas del examen del permiso, así cómo los impuestos de la actividad, los directos y los indirectos.

Parece obvio, pero el pago de impuestos y el cumplimiento de la ley son dos de los elementos claves en el pacto institucional que sirve de base a nuestro mundo. Los taxistas, como el resto de ciudadanos de la época industrial, aceptan que haya un ente, el Estado, que les imponga todas las cuestiones anteriores. A cambio de esa legitimidad, el Estado protege a esos grupos con actuaciones que van desde la persecución de la competencia desleal, al asfaltado de las vías o la redistribución de la riqueza para aumentar la demanda.

Sin embargo, el actual modelo, concretado en el consenso de Washington (1989), rompe ese pacto. Desde los años 80, los Estados han ido reduciendo la protección de los grupos sociales que pagan impuestos, cumplen la ley y, en definitiva, le otorgan su legitimidad. Al no haber contrapesos, modelos alternativos o peligro de rebeliones, los Estados se han puesto al servicio de un grupo muy reducido de actores, una élite empresarial y financiera.

Por ejemplo, Uber, o Cabify o cualquier otra empresa de transporte de viajeros. El Estado, que no deja de recaudar el dinero del gremio del taxi y de regularlo, abre la puerta sin problemas a esos nuevos modelos, cuyas exigencias son mínimas. No son un servicio público, luego no hay licencia institucional, ni apenas regulación y lo más importante: las empresas son multinacionales que apenas tributan en los países donde operan.

Todos los países occidentales han facilitado el desarrollo de empresas-mundo que actúan como metrópoli colonizadora, destruyendo así su tejido productivo. Por ejemplo, a través de la promoción de los paraísos fiscales o de la deslocalización a través de los acuerdos de servidumbre, habitualmente llamado de libre comercio. La palabra libertad ha sido una buena excusa para desregularizarlo todo en la parte alta de la sociedad, esa élite.

El modelo taxis-Uber es replicable es cualquier sector. Zapatos Martí, de Manises, sometida a la regulación de las diferentes administraciones, tuvo que competir con el calzado que llegaba en contenedores al puerto de Valencia, de origen indeterminado. No fue un suceso meteorológico, sino una decisión política tomada por el Estado al que los propietarios y los trabajadores de Zapatos Martí legitimaban (y votaban).

En el combate espiritual del Fary contra Steve Jobs, el primero tiene una mano atada a la espalda y los pantalones bajados. Quizá, por decisiones propias, como el voto o la ausencia de inversión, todas relacionadas con el conformismo. Se lo merecen, se lee, han sido egoístas y la historia les está pasando por encima. Conviene guardarse la superioridad moral y el deseo de estar en el carro de los vencedores. Reducir el foco y pensar sólo en la bajada de la tarifa es absurdo. En este nuevo modelo, nada es sólo demanda. Todo es también oferta.

Para el Estado, como concepto, debería ser un suicidio, dejar de trabajar para los grupos sociales que los legitiman; pero, ya no hay modelos alternativos y los taxistas, como los ciudadanos son inofensivos a pesar de ser muchos (o quizá por eso mismo). Uber es una y puede persuadir en los lugares adecuados con la gente adecuada (Neelie Kroes, ex comisaria de Competencia de la UE o Ray Lahood, secretario de Transportes con Obama trabajan para Uber).

En enero de este año, Uber completó una nueva ronda de financiación y su capitalización en bolsa era de 62.500 millones de dólares. Ahí, hay fondos de inversión, de pensiones, bancos, etc. Comienza a ser muy grande para caer. Los taxistas, no. Mueven más dinero, sí, pero no circula por los canales adecuados. Pese a lo que pueda parecer, en esa lucha espiritual, ‘papá-estado’ no está del lado del Fary.

El conflicto taxis-Uber no tiene nada que ver con lo nuevo y lo viejo, ni con la libertad, ni siquiera con la tecnología. Internet puede facilitar sistemas comunales de propiedad y consumo o modelos muy parecidos a los falansterios, se podría facilitar la conversión del sector en un modelo cooperativo, pero los estados y las élites promueven otro modelo que, como suele suceder en la historia, es vertical y extractivo. Es lógico que las élites lo intenten, pero no lo es tanto que los estados, con la indiferencia de los ciudadanos, lo faciliten.

Los Estados no han perdido legitimidad por la crisis, sino por la gestión de la misma. No han respetado la bidireccionalidad del flujo: piden más ofreciendo mucho menos. La ruptura de ese pacto social, base del funcionamiento de nuestro modelo, es la que provoca las convulsiones de los sistemas políticos. Fenómenos políticos o sociales basados en la indignación o, incluso, la desconexión (desde Trump o Le Pen, Podemos o Corbyn a integrarse en cárteles de la droga o grupos religiosos fanáticos) tienen su origen en esa ruptura del pacto social. También, el crecimiento de focos bélicos o las zonas de autoritarismo. El nuevo modelo precisa una sensación de permanente shock.

El Estado no sólo desampara a los que lo financian y cumplen su ley (los ciudadanos), sino que ampara a los que no lo financian y no cumplen su ley (esa élite empresarial y financiera). En 2008, los estados decidieron rescatar a la segunda a costa de los primeros y no se han revertido ni atenuado las consecuencias. No es una situación excepcional, sino un modelo. El sistema actual, la nueva servidumbre, es el modelo. Esto es lo que había después de la crisis.

PD: La quinta columna.

“La responsable europea de Agenda Digital, Neelie Kroes, vuelve a la carga en defensa de la economía colaborativa y advierte a los taxistas de que su huelga contra Uber no funcionará. “La tecnología está cambiando muchas facetas de nuestras vidas y no podemos abordar retos ignorándolos, haciendo huelga o tratando de prohibir las innovaciones”, ha subrayado en su blog oficial en referencia a la polémica que ha supuesto la entrada de aplicaciones móviles que ponen en contacto a conductores y usuarios para organizar traslados de pago en automóvil en varias capitales europeas”. (El País, 11 de junio de 2014).

“Neelie Kroes fue una de las voces más críticas en Europa contra las estrategias de los gobiernos para limitar la expansión de Uber. Ahora la joven empresa de San Francisco devuelve el favor a la exvicepresidenta de la Comisión Europea. La que fuera titular de las carteras de la Competencia y de Agenda Digital integra un consejo de expertos en el que comparte asiento entre otros con Ray Lahood, quien fuera secretario de Transportes con el presidente Barack Obama”. (El País, 5 de mayo de 2016)