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Por qué sí necesitamos una serie sobre Serrano Suñer (y sobre cientos de personajes históricos más)

Martes, 20 de Diciembre de 2016

“Ese día, la humanidad perdió una batalla”, sostenía Berto Romero, al imaginar el momento en el que “una persona, en algún lugar del mundo, sintió la necesidad de aclarar la piel ligeramente oscura que rodea al ano”. En todo, también en el blanqueamiento anal, hay un Tesla y un Edison, un Elvis Presley y un Carl Perkins. Elvis es Paris Hilton, que popularizó la operación, como hizo también con la vaginoplastia, hasta el punto de introducirla en la carta de las clínicas de estética y las cosas que uno puede ver si tiene todo el día la tele puesta. El Carl Perkins del anal bleaching, todo queda mejor en inglés, es Tabitha Stevens, una actriz porno muy de los noventa, cuando el modelo femenino era Barbie. Su cuerpo, sometido a numerosas operaciones, entre ellas seis implantes de pecho y cuatro operaciones de nariz, incluido un implante total, es ya una performance.

Porque hay que tener en cuenta que la operación, como toda intervención humana, como cualquier acto creativo, tiene un sentido ideológico. El objetivo del aclarado es que el espectador olvide que el ano es un orificio que se encuentra al final del tubo digestivo y, sobre todo, que su función anatómica es controlar las heces. No busca que pensemos sólo que algo es lo que no es, sino que es otra cosa, que simulemos desconocimiento previo. Hay que olvidar lo que sucede en ese sitio, no sólo el tránsito de los deshechos, su aspecto, su olor, sino incluso los usos culturales y sociales que, en los humanos, tienen que ver con el gozo. Se trata de relegar el sentido completo de un lugar para que prevalezca, no el placer, sino la estética inmóvil. Podríamos decir que es una gentrificación anatómica.

La base ideológica del blanqueamiento anal es la misma que la del blanqueamiento histórico. El blanqueamiento histórico busca presentar momentos o personajes de una manera más agradable, ocultando las cuestiones conflictivas. Por ejemplo, la visión patriarcal hace que heroísmo y homosexualidad no combinen bien, así que se omite lo segundo no sólo en el caso de personajes históricos, como Alejandro Magno, sino también con los de ficción, como Aquiles.

El concepto mezcla habitualmente propaganda y narrativa, ideología y relato. Cuando prevalece la primera, la cosa no funciona; todas las modernas teorías sobre la persuasión corroboran algo que ya explicó Mary Poppins: “con un poco de azúcar esa píldora que os dan pasará mejor”. Para entendernos, se trata del tratamiento de la esclavitud en Lo que el viento se llevó; para entendernos mejor, cabe verla en el mismo programa doble que Doce años de esclavitud.

Por ejemplo, la famosa carga de la Brigada Ligera de la Guerra de Crimea no fue un acto de heroísmo, sino la consecuencia trágica de una orden mal entendida. Pero la verdad no trascendió fuera del ejército, donde se revisaron las comunicaciones, y Alfred Tennyson hizo un bello poema que elevó la moral de la tropa de Su Graciosa Majestad durante decenios. Siempre hay que ir a la guerra con un buen poema. (Hoy, seguro que algún medio ya habría publicado los Crimea Leaks con las comunicaciones confusas de Lord Cardigan a Lord Ragan que provocaron el desastre. Y habría dado igual).

El debate sobre el blanqueamiento histórico ha regresado por la serie Lo que escondían sus ojos, protagonizada por Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y seis veces ministro en sus primeros gobiernos (Interior, Gobernación o Exteriores), además de presidente de la Junta Política del partido único, Falange Española. Como en el blanqueamiento anal, se trata de olvidar la parte olorosa, lo sucio, para centrarse en la estética.

La serie, aunque no esconde su admiración por la Alemania nazi, presenta a Serrano como una mezcla de político astuto, un poco Underwood, y playboy-socialité, lo que fue el Conde Lequio en los 90. Se obvia su responsabilidad, no sólo en la represión posterior a la Guerra Civil, sino en la deportación de los más de 9.000 españoles que acabaron en los campos de concentración nazis.

Tras el primer capítulo, se abrió una petición de firmas para pedir la retirada de la serie, de la que se considera que hace apología del franquismo. En medio, la historia. La dicotomía blanqueo-cabreo provoca la postergación de la historia, algo que siempre trae disgustos y frustraciones. Serrano Suñer merece una serie que profundice en su vida intensa, con todo el tránsito de heces que tuvo y que no tenemos que limpiar desde el presente. Normalmente, se suele juzgar con severidad el pasado para poder no tener que hacer nada con el presente.

Una serie que explique cómo escapó del Madrid republicano vestido de mujer, todas las negociaciones de la II Guerra Mundial, el juego entre Alemania y la Gran Bretaña, y cómo, en los años 60, colaboró con la trama de ultraderecha que quiso dar un golpe de estado en Francia. Una serie en la que se explique que fue el fundador de la ONCE, el promotor de la reconstrucción de las zonas destruidas por la guerra y el principal autor de la legislación laboral franquista, donde se creaba el salario mínimo y situada, en muchos artículos, a la izquierda de todo el arco parlamentario actual. Ese pacto social ayuda a entender, más allá de la afiliación ideológica, la pervivencia del franquismo.

También debería contar, a través de los amigos de Serrano, como Carceller o Mora Figueroa, el cambio social que provocó la guerra y que permitió a los vencedores no sólo ocupar el poder, sino acumular fortuna a través de las propiedades incautadas, concesiones públicas o, incluso, usando prisioneros como mano de obra, situación que aclara por qué es tan espinosa la cuestión de la memoria histórica. También sería muy interesante reconstruir cómo Franco rechazó la Ley de Organización del Estado, inspirada en la Italia de Mussolini, de Serrano Suñer. Es decir, cómo se rechazó el fascismo como estructura y optó por un modelo más cercano a las dictaduras conservadoras. Sin esa visión de conjunto, es complicado entender las cosas.

Pero nadie quiere saber qué pasó porque el tránsito intestinal de la historia es desagradable. Huele. Y nadie tira de la cadena.

Ninguno de los dos

Jueves, 10 de Noviembre de 2016

Las respuestas suelen estar tan cerca que es complicado verlas. Quizá, el porqué Podemos no logra captar los votos del PSOE, ni consiguió superarlo electoralmente, no está en oscuras conspiraciones, sino dentro de la propia formación. Las primarias de la Comunidad de Madrid pueden dar pistas: personalismo, emotividad, estética infantil y levedad ideológica. Detrás ambas candidaturas, se intuye la creencia en la afluencia masiva de los votos por razones que no logran escapar de la fe: somos nuevos y el resto, viejos; tenemos razón y el resto, no; somos jóvenes, preparados, mejores… Vamos a heredar esto. El verbo merecer suele delatar graves problemas con la autopercepción.

Si Podemos quiere captar los votos del PSOE y constituirse en una alternativa es probable que deba prescindir de todo su delirante y onanista grupo fundacional. No es uno u otro, ya sea en Madrid o a nivel estatal, sino ninguno de los dos. A partir de ahí, construir un proyecto con más ideología y menos folklore, sin bandazos tácticos que parten de la idea de que los votantes son imbéciles y con propuestas materiales: precios de la energía, modelos de contratación, convenios colectivos o tasas universitarias. Dejar paso tras tocar techo o morir con el invento. Esa es la disyuntiva.

Snchz necesita un MILV (Mature I’d Like to Vote)

Lunes, 5 de Septiembre de 2016

Cuesta entender la apelación de Pedro Sáchez a las “fuerzas del cambio”. Cuesta entender no sólo que él mismo se considere parte del tal cosa, sino que alguien siga considerando que tal cosa exista. Los nuevos partidos, muy eréctiles, han envejecido rápido y mal, como los concursantes de un reality; los hemos visto haciendo de todo y sólo pueden captar pantalla con posados-robados.

La solución es compleja: Podemos y Ciudadanos no se soportan y tienen vetos cruzados, pero tener su apoyo es la única opción. El grupo dirigente del PSOE sabe que no puede formar gobierno sólo con Podemos, no sólo porque precisaría de un pacto  tan variado como ininteligible en buena parte del país, sino porque es una formación que ha tratado de engañarlos en las dos votaciones de la mesa del Congreso.

Imaginemos que Pedro Sánchez da un paso atrás y propone a un MILV (Mature I’d Like to Vote) que puedan aceptar Ciudadanos y Podemos. Un tipo que ponga en marcha un pacto de mínimos basado en la regeneración. Un tipo capaz de evitar los vetos y que no sólo pueda tener alguna abstención nacionalista, sino que incluso pueda desarbolar moralmente a la derecha, como hizo Carmena con Aguirre, una persona capaz de diluir el voto del miedo y desactivar la resignación social. ¿Existe?

Un discurso posible

Lunes, 29 de Agosto de 2016

¿Cómo podrá resistir el PSOE la presión de los 170 diputados? Marcando su territorio, delimitando qué es el PSOE e impidiendo que el PP pueda reiniciarse. Y, sobre todo, pidiendo algo a cambio de su suicidio, trasladando la presión. Esta es una propuesta de discurso.

Buenos días:
El grupo socialista comparte que España debe tener gobierno cuanto antes y entiende que el grupo popular tiene que liderarlo. Pero usted, no, señor Rajoy. Tenemos que comenzar un tiempo nuevo, un tiempo limpio y, por eso, usted no puede estar al frente del mismo. Yo no me voy a escaquear. No voy a ponerme de perfil, no voy a hacer chistes, ni a ridiculizar a nadie. Garantizo que el grupo socialista dará su abstención a otro candidato propuesto por el grupo popular; otro candidato que no esté relacionado con los más de treinta casos de corrupción en los que está inmerso su partido. Más de treinta casos y más de 800 personas. No son hechos aislados, señor Rajoy, no son manzanas podridas, es algo sistémico y, usted, por acción u omisión, es responsable como presidente de su partido. Sé que le gusta huir, pero no puede hacerlo.

¿Cómo puede pedir usted mi apoyo? Cuando estábamos trabajando para la paz, me dijo que estaba traicionando a los muertos. Sí, señor Rajoy, porque lo que se dice al secretario general del PSOE se dice a todos los militantes. Yo no estoy al frente de una organización para gestionar el poder, para recibir favores a cambio de contratos. Tampoco, dirijo un grupo de amigos que se meten en política a ver qué pasa y hoy son de izquierdas y al día siguiente, no. Estoy al frente de un partido con más de 100 años de historia, con gente que lo ha votado durante cuatro generaciones, con gente que ha dado su vida por él. Tengo una responsabilidad. Sé que no es una palabra que le sea familiar.

No ha ido lo único que usted le ha dicho al PSOE. Cuando estábamos construyendo una alternativa para la construcción autonómica, nos dijo que estábamos rompiendo España. También dijo que estábamos destruyendo la familia cuando aprobamos el matrimonio igualitario. Cuando comenzaba a investigarse el caso Gürtel, usted dijo que estábamos montando una inquisición. El caso Gürtel, señor Rajoy, el mismo cuyo juicio va a comenzar en breve, ¿todos estamos contra usted o era verdad?

En una de sus condiciones, el grupo de Ciudadanos pide apartar de cualquier cargo público a una persona imputada. Su partido, señor Rajoy, lo está; el Partido Popular en su conjunto está siendo investigado. El único precedente es el Grupo Independiente Liberal, el GIL. No creemos que todos sus dirigentes y militantes estén manchados, pero hay un generación que sí lo está. Reconocer el problema, reconocer que ha habido corrupción y que muchas personas se han beneficiado de ella, cobrando los sobresueldos de Bárcenas, es un buen inicio.

Como digo, no ha sido lo único que nos ha dicho: “bobo solemne”, “cobarde sin límites”, de tener una “desfachatez sin límites”, sí, el mismo que envía el mensaje de “Luis, sé fuerte”, “irresponsable”, sí, el mismo que no acepta los encargos del Jefe del Estado, de “grotesco”, de “frívolo”, de “acomplejado”, o de “confuso”. También nos ha acusado de hablar “en batasuno”, de chalanear “con los terroristas”. Usted, señor Rajoy, incluso permitió que personas de su partido insinuaran que el PSOE había permitido el ataque terrorista más terrible de nuestra historia.

El grupo socialista comparte que España debe tener gobierno cuanto antes y entiende que el grupo popular tiene que liderarlo. El grupo socialista debe pasar a la oposición, pero no puede huir de su responsabilidad y debe dar soluciones. Damos un paso al frente. Como he dicho, garantizo que el grupo socialista dará su abstención a otro candidato propuesto por el grupo popular. Busquen a alguien limpio, a alguien competente, a alguien que pueda representar el tiempo nuevo que necesita España. Dé un paso atrás, señor Rajoy. Dudo que, por primera vez en su carrera política, vaya a tener patriotismo, generosidad, y sentido de estado, pero debería intentarlo. Si usted considera que su sillón es lo más importante, el grupo socialista no lo apoyará. No vuelva a huir, señor Rajoy.

Regresar al conflicto

Viernes, 19 de Agosto de 2016

El relato más extendido sostiene que la derrota de la izquierda se produjo en los años 80 del siglo XX y sus verdugos fueron Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Juan Pablo II. Es una narración equívoca, ya que el vencido en 1989 fue el bloque soviético. Esos tres actores sí impulsaron un modelo económico que se ha ido extendiendo durante estas décadas gracias a la que la izquierda llevaba décadas derrotada por, es cierto, un presidente, un primer ministro y un papa; concretamente Franklin Rosevelt, Clement Attlee y León XIII.

El estado del bienestar, basado en el socialismo democrático / burgués representado por Keynes y el socialismo caritativo de la doctrina social de la Iglesia, desarboló el poder emancipador y revolucionario de la izquierda. La vejez de esos conceptos es otro síntoma de esa derrota. Si la izquierda no busca “acabar con cualquier tipo de subordinación o dependencia” o “un cambio brusco en el ámbito social, económico o moral de una sociedad” quiere decir que no existe, que es la situación política en la que nos encontramos.

La izquierda se basa en la existencia de una realidad, la lucha de clases. La sociedad está dividida en grupos de origen económico, clases, que están en disputa permanente por el reparto de los recursos. El objetivo final, tras el fin de la explotación del hombre por el hombre, es la toma del poder por parte de uno de esos grupos en los que se divide la sociedad, la clase trabajadora, la que debe vender su fuerza de trabajo para subsistir, a través de la concienciación, la organización y el conflicto, implícito o explícito. Todas estas herramientas son absurdas si la realidad de base, la lucha de clases, no es aceptada por una amplia mayoría social y esa fue la consecuencia del estado del bienestar. Primero, dejó de haber lucha; después, ni siquiera hubo clases.

El concepto clave es el pacto social que provoca, por primera vez en la historia de una forma amplia, la terrenalización del progreso. El avance personal o generacional era algo reservado a la religión porque la marcada división social hacía que los trabajadores (antes, siervos de la tierra o de su oficio) sólo pudieran tener un horizonte emotivo a través de la espiritualidad: la vida eterna. El estado del bienestar permitió, no sólo que la persona se convirtiera en pleno sujeto de un amplio abanico de derechos prácticos y morales, sino el reconocimiento de su vida física como territorio de progreso. Es decir, el pacto social permitía que una persona tuviera un margen de avance (económico, social y, sobre todo, cultural), una evolución que le proporcionaba un relato íntimo de su vida y con posibilidad de ser patrimonializado, es decir, ser legado a los descendientes.

Esta idea de progreso personal, este horizonte de mejora (económica, social y, sobre todo, cultural), terminó con la noción de lucha de clases. No sólo no se reconocía el valor del concepto como impulsor de ese estado del bienestar a través del conflicto, implícito o explícito, sino que pasó a convertirse en algo incómodo que convenía arrinconar. El desprestigio de la huelga es un buen ejemplo. La persona, protagonista de su propio relato de progreso, no podía identificarse con un grupo en el que no existía ese horizonte personal de mejora, sino una necesidad constante de disputa colectiva.

La desaparición del concepto de la lucha de clases también terminó con la capacidad de señalar a la clase burguesa, el grupo social que disputa los recursos a la trabajadora, con quien ya no existía conflicto. También se invisibilizó la explotación del hombre por el hombre, cuya abolición era un objetivo fundamental. La construcción de la clase media, cuya amplitud lo abarcaba casi todo y donde todo el mundo se reconocía, fue la derrota de la izquierda.

El estado del bienestar, la desaparición emocional de la clase trabajadora, hizo que la izquierda renunciara a plantear un modelo económico alternativo y, sin actores sociales a los que dirigirse, tomó tres caminos. El primero, la gestión de ese estado del bienestar a través de estructuras de poder basadas en el modelo de partido funcionarial que, sin el objetivo de ofrecer un modelo económico y social, no sólo renunciaba a la concienciación, la organización y el conflicto, sino que se desconectaba poco a poco de la sociedad. Los partidos se centraron en la gestión y las elecciones, y ambas cuestiones, sin contenido político, son terrenos fácilmente atacables.

El segundo camino fue el enclaustramiento. La izquierda siempre ha precisado de una base intelectual para el análisis previo a la acción política, pero el estado del bienestar, con su eliminación de la lucha de clases, con su construcción del relato íntimo de progreso, hizo que ese trabajo teórico se fuera desconectando de la realidad. No había situaciones concretas para analizar, ni actores a los que dirigir porque la clase trabajadora no se reconocía como tal, sino como ese nuevo grupo amplio llamado clase media. En el mejor de los casos, el trabajo intelectual vinculado a la tradición de izquierda se fue intelectualizando, como la Escuela de París, analizando o psicoanalizando esa nueva clase media. En la mayoría, se recluyó en la universidad que, como los partidos, eran estructuras de poder de tipo funcionarial que obligaban a centrarse en la gestión; gestión del contenido teórico, pero gestión en definitiva.

El tercer camino fue la dispersión. La izquierda, tras renunciar a ofrecer un modelo económico alternativo, buscó aplicar su poder emancipador y revolucionario a las cuestiones sociales y asumió como propias todas las luchas nacionales, raciales, de género o ecologistas, algunas de ellas preexistentes. En muchos casos, lo hizo sin aplicar su base ideológica previa basada en la lucha de clases. Es más, esa renuncia facilitaba esa conexión porque todos esos aspectos tienen un carácter transversal. Por ejemplo, en las colonias, la cuestión nacional suele requerir de un pacto que permita la conservación de las estructuras de poder (y explotación) de este territorio para no debilitarlo durante el proceso de emancipación; una vez logrado, las élites que ocupan esas estructuras utilizan el prestigio logrado para que esas estructuras de poder y explotación prevalezcan. Lo mismo sucede en las luchas raciales, de género o ecologistas.

La izquierda fue sacrificando su capacidad de acción en esas luchas transversales que difuminaron aún más su ya escasa base ideológica. Al minimizar o negar la lucha de clases en función de otra disputa social, la izquierda impugnaba su propia existencia. Además, esas luchas le dieron a su discurso un carácter moralizante, más cercano a la religión que a la política, que hizo huir a los grupos sociales que debían reconocerse como clase trabajadora. Y más, cuando eran formulados por miembros de esas estructuras de poder funcionarial, como partidos o universidades. Y aún más cuando esos discurso tomaban prestados conceptos del trabajo teórico de análisis o psicoanálisis, ya que culpabilizaban personalmente. Para la izquierda, el objetivo de la política debe ser cambiar el mundo y no establecer una nueva lista de pecados.

Es decir, sostener que hay que defender una reserva natural porque “es bueno”, “se debe hacer así”, “debemos cuidar de la naturaleza porque es el futuro” o ” es el legado de nuestros hijos” no es una acción política y puede ser atacada con facilidad. La izquierda debe llenar de contenido político esa idea, marcar un territorio ideológico, crear lenguaje. Por ejemplo, afirmar que hay que se debe defender una reserva natural porque la propiedad privada no es un derecho, sino una posibilidad al servicio del bien común, que prevalece. Con otras palabras, esta última frase puede leerse en la Constitución española.

Recluida en partidos o universidades, absorta en sus corrientes teóricas o centrada en esas luchas sociales, la izquierda no fue rival ideológico para el nuevo modelo económico impuesto en los años 80. Incluso, lo asumió. Tras la ruptura del pacto social en la crisis de 2007-2009, que ha provocado el empobrecimiento de buena parte de la antigua clase media, la izquierda apenas ha logrado existir dentro del debate político y los triunfos electorales han sido escasos por la irrupción del populismo de derechas.

Es entendible que los grupos empobrecidos, despolitizados durante años, no acepten esos mensajes transversales y moralizantes de organizaciones, elitistas o funcionariales, que comparten las políticas que provocaron su empobrecimiento. Esas organizaciones, directa o indirectamente a través de medios de comunicación, no aportan un modelo económico alternativo, sino una lista de pecados cotidianos y culpabilizan por comportamientos sin un análisis de las circunstancias. Lo que teóricamente es la izquierda se siente moralmente superior, y desprecia, a la que teóricamente debería ser la clase trabajadora. Resolver esa cuestión es el punto de partida.

Para volver a existir, esa izquierda extenuada debe regresar a su concepto fundacional: la lucha de clases. Es irrelevante que sea una idea apenas compartida porque el motor de la política no es ganar una contienda electoral concreta, sino cambiar el modelo económico y social. Es preciso compatibilizar esas estructuras de poder, partidos y universidades, con la labor de concienciación y organización. Y conflicto, el motor de todos los cambios históricos.

La izquierda debe volver a la realidad y dotar de política a esas luchas sociales, eliminar ese carácter moralizante y, sobre todo, encuadrarlas dentro de un modelo económico alternativo. Debe aprovechar la ruptura del pacto social para que la antigua clase media se reconozca como clase trabajadora y entienda, y asuma, que está en lucha permanente por los recursos con otros grupos sociales con los que, aunque comparta cuestiones como nación, género o raza, tiene objetivos diferentes. Si quiere recuperar el estado del bienestar, un objetivo modesto, la izquierda debe pensar cómo fue posible, concienciación, organización y conflicto; sobre todo, conflicto.

La CEDA vuelve a sacar las banderas (cuidado con las carteras)

Lunes, 1 de Agosto de 2016

“Mantengo 2015 como horizonte para que Euskadi tenga otro estatus”, dijo Íñigo Urkullu hace cuatro años. Era la precampaña de las elecciones vascas (que también coincidían con las gallegas) y el nacionalista conservador Urkullu, que se presentaba como candidato frente al lehendakari Patxi López, prometía un plan soberanista. Ganó, pese a perder escaños, gracias al desplome del PSE y a la insuficiente subida de Bildu. A 2012 le sucedió 2013 a este, 2014 y, chino chano, nos plantamos en 2015, momento en el no sucedió nada notable con el estatus de Euskadi.

Fue un verano muy nacionalista. Fue el primero en el que las entidades de la sociedad civil catalana se dedicaron a organizar un gran acto en la Diada. En 2012, fue una manifiestación en Barcelona con el lema “Catalunya, nou estat d’Europa”. Después, llegaron la vía catalana o la gran V, también en Barcelona. En medio, varias elecciones, la consulta del 9N y un montón de momentos históricos que han quedado en nada. Nadie ha cruzado ninguna línea, salvo la intervención del ministerio de Hacienda, poco antes de la convocatoria del 20D. Eso sí, las tensiones han permitido la continuidad de las estructuras conservadoras en el poder.

El recalentamiento identitario de ese verano tuvo otro gran beneficiado, Núñez Feijóo. El presidente de la Xunta de Galicia había, como este año, convocado las elecciones el mismo día que las vascas. El objetivo, mal disimulado, era centrar el debate en las banderas y que se olvidara la cuestión más importante que había sucedido en Galicia: la desaparición del sistema financiero propio (Caixa Nova, Caixa Galicia y Banco Pastor), todas ellas bajo la influencia del poder autonómico a través de la ley autonómica de cajas. No todos los años desaparecen entidades centenarias que superaron el 98, el 29 o la Guerra Civil. Ganó, como Urkullu y Mas (y Rajoy, antes).

Ese verano escribí:

El tema de las elecciones debería ser el modelo socioeconómico, quién debe pagar impuestos, cómo, cuántos y para qué. Es decir, si debe haber copago sanitario o persecución del fraude fiscal; si se debe subir el IVA o recuperar el impuesto de sucesiones o si deben eliminarse todas las becas de estudios o las ayudas a centros privados.

Pero es probable que no sea así y que la CEDA (PP-PNV-CiU), de acuerdo en el copago, la subida del IVA o las ayudas a los centros privados, centre el debate en la cuestión identitaria […]. Agarren su bandera, agítenla mucho y no se olviden de pasar por caja.

Hay poco que añadir. Tendremos mucha tensión identitaria durante todo el verano que servirá para que los proyectos conservadores vuelvan a sacar partido. El PNV ganará en Euskadi, el PP lo hará en Galicia, Puigdemont superará la moción de confianza y Rajoy forzará al resto de partidos a apoyarlo. Bienvenidos y acérquense a la nueva y divertida actuación de los títeres de cachiporra de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autonómicas).

Este verano tambien escribí:

En los próximos meses, verán tensiones institucionales, entrevistas apocalípticas y aparatosas puestas en escena con mucho símbolo. Nada en serio; nada irreversible. Escojan uno de los lados y siéntense cerca del escenario para poder gritar muy fuerte y que no se oiga nada. Si se quedan afónicos, pueden usar los aplaudidores que regala la prensa de cachiporra. No se queden en medio, tratando de entender a ambas partes y buscar una solución, porque puede que reciban un garrotazo perdido. Tampoco se vayan muy lejos, buscando una visión de conjunto, porque se decepcionarán. En los bastidores, podrán ver a todos los actores intimando y pactando el desmantelamiento de los servicios públicos, el blindaje de su estatus de clase o la impunidad de sus respectivos casos de corrupción y, señores, el espectáculo debe continuar. No se olviden de entregar su cartera a la salida. Si no lo hacen, el sistema será insostenible.

Hay poco que añadir.

PD: Gramsci explica que su poder está dado fundamentalmente por la “hegemonía” cultural que las clases dominantes logran ejercer sobre las clases sometidas, a través del control del sistema educativo, de las instituciones religiosas y de los medios de comunicación. A través de estos medios, las clases dominantes “educan” a los dominados para que estos vivan su sometimiento y la supremacía de las primeras como algo natural y conveniente, inhibiendo así su potencialidad revolucionaria. Por ejemplo, en nombre de la “nación” o de la “patria”, las clases dominantes generan en el pueblo el sentimiento de identidad con aquellas. Se conforma así un “bloque hegemónico” que amalgama a todas las clases sociales en torno a un proyecto burgués.

Por qué la lucha de los taxis contra Uber lo explica todo (Trump, Le Pen, Ocuppy, Isis y lo que el CEO quiera meter aquí)

Lunes, 16 de Mayo de 2016

La puesta es escena está muy clara: lo viejo contra lo nuevo; mejor dicho, lo viejo, lo analógico, que se resiste a morir, contra lo nuevo, lo digital, a lo que no dejan nacer. Un mundo esclerotizado y burocrático, los taxis, frente al dinamismo y la agilidad de Uber; la lucha espiritual del Fary contra Steve Jobs.

Sin embargo, la puesta en escena, los campos semanticos (coñac y torreznos frente a té verde y muffins), nos impiden ver el cambio socioeconómico que hay detrás: la sustitución de un modelo laboral industrial, regulado, previsible y tendente al equilibrio, por otro que se parece demasiado a la servidumbre agraria: una red centralizada que promueve precaridad, desregulación y sumisión. Sin el envoltorio tecnológico, Uber proporciona peonadas; peonadas por iPhone, pero peonadas.

El mundo del taxi es viejo y cerrado, gremio es una palabra pertinente, y todas las pegas que queramos ponerle encajan. Sin embargo, conviene no olvidar que son un servicio público y, por tanto, regulado por el Estado: horarios, capacitación y condiciones de uso. Las licencias en las que basan su actividad, aunque sean objeto posterior de especulación, son visadas por instituciones públicas, que las cobran en el momento de su expedición. El Estado recauda el impuesto de plusvalía en caso de traspaso y también cobra las tasas del examen del permiso, así cómo los impuestos de la actividad, los directos y los indirectos.

Parece obvio, pero el pago de impuestos y el cumplimiento de la ley son dos de los elementos claves en el pacto institucional que sirve de base a nuestro mundo. Los taxistas, como el resto de ciudadanos de la época industrial, aceptan que haya un ente, el Estado, que les imponga todas las cuestiones anteriores. A cambio de esa legitimidad, el Estado protege a esos grupos con actuaciones que van desde la persecución de la competencia desleal, al asfaltado de las vías o la redistribución de la riqueza para aumentar la demanda.

Sin embargo, el actual modelo, concretado en el consenso de Washington (1989), rompe ese pacto. Desde los años 80, los Estados han ido reduciendo la protección de los grupos sociales que pagan impuestos, cumplen la ley y, en definitiva, le otorgan su legitimidad. Al no haber contrapesos, modelos alternativos o peligro de rebeliones, los Estados se han puesto al servicio de un grupo muy reducido de actores, una élite empresarial y financiera.

Por ejemplo, Uber, o Cabify o cualquier otra empresa de transporte de viajeros. El Estado, que no deja de recaudar el dinero del gremio del taxi y de regularlo, abre la puerta sin problemas a esos nuevos modelos, cuyas exigencias son mínimas. No son un servicio público, luego no hay licencia institucional, ni apenas regulación y lo más importante: las empresas son multinacionales que apenas tributan en los países donde operan.

Todos los países occidentales han facilitado el desarrollo de empresas-mundo que actúan como metrópoli colonizadora, destruyendo así su tejido productivo. Por ejemplo, a través de la promoción de los paraísos fiscales o de la deslocalización a través de los acuerdos de servidumbre, habitualmente llamado de libre comercio. La palabra libertad ha sido una buena excusa para desregularizarlo todo en la parte alta de la sociedad, esa élite.

El modelo taxis-Uber es replicable es cualquier sector. Zapatos Martí, de Manises, sometida a la regulación de las diferentes administraciones, tuvo que competir con el calzado que llegaba en contenedores al puerto de Valencia, de origen indeterminado. No fue un suceso meteorológico, sino una decisión política tomada por el Estado al que los propietarios y los trabajadores de Zapatos Martí legitimaban (y votaban).

En el combate espiritual del Fary contra Steve Jobs, el primero tiene una mano atada a la espalda y los pantalones bajados. Quizá, por decisiones propias, como el voto o la ausencia de inversión, todas relacionadas con el conformismo. Se lo merecen, se lee, han sido egoístas y la historia les está pasando por encima. Conviene guardarse la superioridad moral y el deseo de estar en el carro de los vencedores. Reducir el foco y pensar sólo en la bajada de la tarifa es absurdo. En este nuevo modelo, nada es sólo demanda. Todo es también oferta.

Para el Estado, como concepto, debería ser un suicidio, dejar de trabajar para los grupos sociales que los legitiman; pero, ya no hay modelos alternativos y los taxistas, como los ciudadanos son inofensivos a pesar de ser muchos (o quizá por eso mismo). Uber es una y puede persuadir en los lugares adecuados con la gente adecuada (Neelie Kroes, ex comisaria de Competencia de la UE o Ray Lahood, secretario de Transportes con Obama trabajan para Uber).

En enero de este año, Uber completó una nueva ronda de financiación y su capitalización en bolsa era de 62.500 millones de dólares. Ahí, hay fondos de inversión, de pensiones, bancos, etc. Comienza a ser muy grande para caer. Los taxistas, no. Mueven más dinero, sí, pero no circula por los canales adecuados. Pese a lo que pueda parecer, en esa lucha espiritual, ‘papá-estado’ no está del lado del Fary.

El conflicto taxis-Uber no tiene nada que ver con lo nuevo y lo viejo, ni con la libertad, ni siquiera con la tecnología. Internet puede facilitar sistemas comunales de propiedad y consumo o modelos muy parecidos a los falansterios, se podría facilitar la conversión del sector en un modelo cooperativo, pero los estados y las élites promueven otro modelo que, como suele suceder en la historia, es vertical y extractivo. Es lógico que las élites lo intenten, pero no lo es tanto que los estados, con la indiferencia de los ciudadanos, lo faciliten.

Los Estados no han perdido legitimidad por la crisis, sino por la gestión de la misma. No han respetado la bidireccionalidad del flujo: piden más ofreciendo mucho menos. La ruptura de ese pacto social, base del funcionamiento de nuestro modelo, es la que provoca las convulsiones de los sistemas políticos. Fenómenos políticos o sociales basados en la indignación o, incluso, la desconexión (desde Trump o Le Pen, Podemos o Corbyn a integrarse en cárteles de la droga o grupos religiosos fanáticos) tienen su origen en esa ruptura del pacto social. También, el crecimiento de focos bélicos o las zonas de autoritarismo. El nuevo modelo precisa una sensación de permanente shock.

El Estado no sólo desampara a los que lo financian y cumplen su ley (los ciudadanos), sino que ampara a los que no lo financian y no cumplen su ley (esa élite empresarial y financiera). En 2008, los estados decidieron rescatar a la segunda a costa de los primeros y no se han revertido ni atenuado las consecuencias. No es una situación excepcional, sino un modelo. El sistema actual, la nueva servidumbre, es el modelo. Esto es lo que había después de la crisis.

PD: La quinta columna.

“La responsable europea de Agenda Digital, Neelie Kroes, vuelve a la carga en defensa de la economía colaborativa y advierte a los taxistas de que su huelga contra Uber no funcionará. “La tecnología está cambiando muchas facetas de nuestras vidas y no podemos abordar retos ignorándolos, haciendo huelga o tratando de prohibir las innovaciones”, ha subrayado en su blog oficial en referencia a la polémica que ha supuesto la entrada de aplicaciones móviles que ponen en contacto a conductores y usuarios para organizar traslados de pago en automóvil en varias capitales europeas”. (El País, 11 de junio de 2014).

“Neelie Kroes fue una de las voces más críticas en Europa contra las estrategias de los gobiernos para limitar la expansión de Uber. Ahora la joven empresa de San Francisco devuelve el favor a la exvicepresidenta de la Comisión Europea. La que fuera titular de las carteras de la Competencia y de Agenda Digital integra un consejo de expertos en el que comparte asiento entre otros con Ray Lahood, quien fuera secretario de Transportes con el presidente Barack Obama”. (El País, 5 de mayo de 2016)

La venganza de los Templarios

Lunes, 4 de Abril de 2016

La desigualdad es uno de los consensos más sólidos que existen. No con este nombre, claro, sino con otros como productividad, excelencia, emprendimiento, austeridad, cultura del esfuerzo, alivio fiscal o libertad de elección. Todos esos conceptos envuelven un modelo basado en la división entre una sociedad precaria y atomizada y una minoría aislada de superricos. La metáfora de 99% - 1% es incorrecta; porque ese 99% está dividido de forma infinitesimal; es decir, tenemos un 1% contra 0,0000000001 % + 0,0000000001 % + 0,0000000001 % + 0,0000000001 % + etc.

Una de las características de la desigualdad es que ese 1% deja de pertenecer a sus respectivas sociedades. Es decir, el concepto ilustrado de ciudadanía, persona vinculada a un estado, con sus derechos, libertades y deberes, desaparece para ese 1%. Ser de aquí o de allí ya no es productivo porque los estados ya no son soberanos. Ese 1% se gloabliza y pasa al campo de la personalidad jurídica que minimiza sus obligaciones (legislación laboral o impositiva) y cuyos derechos sí son amparados por los tratados comerciales transnacionales.

Es la venganza de los Templarios porque uno de los actos de fuerza más importantes en la creación del concepto de estado moderno fue la disolución de las órdenes militares como poder alternativo transnacional. Ahora regresan, con el mismo prestigio y similar fuerza de destrucción (financiera, política y social). Los paraísos fiscales, Panamá, Islas Vírgenes, etc., son herederos de las encomiendas medievales, Malta, Chipre, Jerusalén, etc.

Los restos del estado moderno e ilustrado, como el periodismo, tratan de defenderse y presentan batalla: Offshore Leaks (2013), Lux Leaks (2014), Swiss Leaks (2015) o Panama Papers (2016). Las filtraciones muestran una evidente debilidad de la estructura transnacional: la información es incontrolable. Muchas de esas sociedades opacas son legales, apenas hay persecución administrativa y el castigo político es escaso; el control es otro: la imposibilidad del secreto.

Pero con eso no basta. Wikileaks Offshore Leaks, Lux Leaks, Swiss Leaks o Panama Papers pueden ser una batalla hacia un nuevo consenso o una de las últimas resistencias (como los movimientos sociales, 15M). Quizá, la opacidad se establezca como un lujo, como otra muestra más de la desigualdad: además de precario y atomizado, el 99% deberá ser transparente (gracias a la desaparición del dinero físico o a la conexión entre máquinas).

No es probable que lo estados recuperen su soberanía, no hay reversiones puras, y tampoco cabe albergar muchas esperanzas sobre la unión del 99%. La precariedad precisa de un actor con un relato fuerte para calmar el miedo y es complicado oponerse al pack primitivo (nación-religión). De todo esto no cabe resignarse a la desesperanza. El tiempo histórico es largo, aunque no lo parezca, y habrá que seguir dando la batalla intelectual, creando palabras que sustituyan a las del consenso de la desigualdad.

El problema del liderazgo nunca son los líderes, sino el liderazgo

Viernes, 18 de Marzo de 2016

En La guerra del Mundo, Niall Ferguson analiza aspectos laterales de los conflictos, como la toma de decisiones, y, llevando el ascua a su sardina, llega a la conclusión de que la democracia no sólo es mejor que la dictadura a nivel moral, sino en el aspecto práctico. Es decir, la pluralidad (contraste de ideas, grupos abiertos y heterogéneos) funciona mejor que la uniformidad (fuertes convicciones, grupos cerrados y convencidos) en la toma de decisiones. Incluso, en las conflictos.

Ferguson pone varios ejemplos de decisiones desastrosas de Hitler, Stalin y Churchill en la II Guerra Mundial. Todo el mundo mete la pata; la única diferencia es estadística. Después, subraya que las ideas nefastas de este último no se llevaron a cabo porque, a pesar de la situación excepcional y de su prestigio carismático, el Reino Unido nunca prescindió de sus instituciones y las ideas del Primer Ministro tení­an que pasar por los controles propios de una democracia liberal, donde eran matizadas, descartadas o, incluso, asumidas.

Otro ejemplo que ofrece Ferguson es la administración Kennedy y las diferencias en la toma de decisiones en Bahí­a de Cochinos y la Crisis de los Misiles.

En el primer caso, el presidente estuvo aconsejado por un cí­rculo cerrado de personas muy implicadas emocionalmente que diseñaron en secreto una operación rí­gida. Este sistema tiene el grave problema de la retroalimentación emocional (gente que se da la razón unos a otros) y la construcción psicológica de mundos ideales en la que el resto (todo el que no participa de ese mundo ideal y no asiente es un enemigo; enemigo, no sólo ‘€˜otro’€™). La retroalimentación y la construcción psicológica hacen que los escenarios sólo manejen opciones ganadoras, minimizando las informaciones negativas, y no se tengan en cuenta posibilidades no optimistas, opciones racionalmente posibles ni personas ajenas y no implicadas emocionalmente.

El fracaso de Bahí­a de Cochinos provocó un cambio en la toma de decisiones que se puso en práctica en la Crisis de los Misiles. Se pasó a cí­rculos abiertos y transversales, expertos y no expertos, militares y civiles, optimistas y pesimistas, emocionales y racionales, etc… (sin pasarse, claro) para conseguir que se manejaran todas las opciones. Hay que tener toda la información, pensar siempre (sin mostrarlo) que te puedes estar equivocando para tener la flexibilidad de variar el rumbo y minimizar la emotividad en la toma de decisiones.

(Extracto de una entrada del 13 de Agosto de 2009)

Por eso, ver lo que pasa en los partidos como un problema de fulano o mengano es interesante y funciona bien narrativamente, pero nunca da una visión completa. El problema, siempre, es de las estructuras. Ya estaba ahí.

Por egoísmo

Martes, 15 de Marzo de 2016

Todo está al alcance, pero las miradas siguen siendo cerradas. No es habitual darse cuenta de que uno siempre pertenece al todo, a la globalización o al sistema-mundo.

Es decir, cuando alguien compra una camiseta, piensa en él comprando esa camiseta y no, por ejemplo, en los tratados internacionales que permiten todo ese proceso. Cuando alguien compra una camiseta se siente sólo una parte, la demanda final.

Y no. Lo es todo.

Incluso, cuando alguien compra una camiseta y después ve un reportaje sobre la industria textil en el sudeste asiático (y siente rabia, tristeza o empatía y después afirma que ya no comprará más en esa tienda) se siente sólo demanda final. Le parece que es algo lejano.

Y no. Lo es todo.

Es parte imprescindible del proceso porque ha participado, con su voto o con su silencio, en el consenso ideológico que ha construido ese sistema.

La constante negociación de tratados internacionales busca “acabar con las barreras del comercio global”. Son palabras hermosas, pero, salvo en EEUU o China, las tasas de aduanas no son relevantes. Esas barreras, lo que se discute en esos tratados, suele ser el cuerpo legislativo de los países, los derechos sociales, laborales o de consumo; los controles sanitarios que deben pasar los productos o el pago de impuestos.

Es decir, 300 euros por 10 horas haciendo camisetas es algo lejano sólo de momento. También somos oferta. Es algo que nunca debe olvidarse. Conviene arrinconar la superioridad moral y sustituir la compasión por la solidaridad. Pertenecemos al mismo grupo que esos trabajadores, que cualquier trabajador.

PD: Sucede lo mismo con los refugiados. En último término, si uno no es capaz de encontar otro motivo, no hay que defenderlos por compasión, sino por egoísmo. Como los tratan, nos tratarán.