Archivo de la categoría "Apuntes Personales"

El error Julio Rodríguez

Domingo, 19 de Noviembre de 2017

Existen tres comunidades autonómas con bases de la OTAN: Aragón, Andalucía y Madrid. En todas ellas, la militancia contra la alianza militar es parte de la formación ideológica de una parte de la población. No sólo se celebran marchas anuales o manifestaciones, sino que hay chapas, carteles o pegatinas configurando el escenario habitual de un grupo: la pared de la asociación de vecinos, la carpeta del instituto o una vieja camiseta de papá. Es decir, la militancia contra la OTAN forma parte de lo que se conoce como socialización política primaria.

Podemos ha presentado al general de la OTAN Julio Rodríguez en dos de esas comunidades: Andalucía y Aragón. En ambas no ha salido como diputado. En la primera de ellas, Rodríguez incluso perdió el escaño por Almería que sí había logrado el abogado David Bravo. No hay que ser muy inteligente para entender por qué ha fracasado Rodríguez. Basta con mirar un mapa y no creerse superior a las personas a las que uno se dirige.

Pedirle a un aragonés de izquierda que vote a un general de la OTAN no es plantearle un debate político, sino que se traicione, algo muy propio de una formación que, desde el inicio, se ha desarrollado, más que como un proyecto político organizado, como un grupo espiritual en busca de adhesiones emotivas. En el caso de Andalucía, también hay que conocer la historia y las relaciones de la izquierda andaluza con los países árabes, en especial, con Libia.

Tras Andalucía y Aragón, Julio Rodríguez desembarca en Madrid. Se insiste en no mirar el mapa, despreciar la historia y, sobre todo, a las personas a las que uno se dirige. O no. Quizá, ya sólo importa el equilibrio interior, la lucha entre facciones. Podemos ya sólo se mira a sí mismo, ya es un proyecto a la defensiva. Es decir, un nicho. Las próximas elecciones municipales y autonómicas no traerán buenas noticias y es probable que el deseo de cambio quede pendiente de un hilo llamado Manuela Carmena. Perseverar en el error Rodríguez puede incluso cargárselo.

¿Qué diablos es el agua?

Lunes, 6 de Noviembre de 2017

La mejor definición de la hegemonía pertenece a David Foster Wallace: “Dos peces jóvenes están nadando y se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario. Este les saluda con la cabeza y dice: ‘Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?’. Los dos peces jóvenes nadan un poco más hasta que s uno de ellos se vuelve hacia el otro y dice ‘¿Qué diablos es el agua?’”. Eso es la hegemonía, el agua. No se ve y, al beberla, es incolora, inodora e insípida. Parece que no existe. Ese es su secreto.

Antonio Gramsci definió la hegemonía como el recurso que permite que unos pocos ejerzan su control sobre muchos. No puede ser algo explícito, como los aparatos represivos, porque sería entonces fácil oponer un poder equivalente o superior. Es invisible, como el agua. Así operan, por ejemplo, las identidades nacionales o religiosas: ofrecen un nosotros que dota de sentido global a todo. Gramsci señala que esa hegemonía se difunde a través de diversos elementos: desde instituciones como los medios de comunicación o la escuela a recursos como el control del folklore, el calendario, el vocabulario o eso tan difuso llamado sentido común.

La hegemonía tiene como objetivo crear un bloque que Gramsci llama histórico. La cuestión clave es que la hegemonía nunca funciona de una manera explícita, presentando su discurso como parte del debate político porque, en ese caso, también bastaría con presentar un discurso alternativo. Lo hace apropiándose de las palabras y convirtiendo su proyecto en agua, algo incoloro, inodoro e insípido; algo, en fin, inevitable o imprescindible.

Por ejemplo, el neoliberalismo ha logrado hacerse con ciertas palabras como libertad y las aplica a su programa. Por ejemplo, la destrucción de los servicios públicos (sanidad y educación) se hace en nombre de la libertad de elección. El desvío de dinero público a empresas privadas suele tener asociada la palabra eficiencia y el fin del sistema equitativo de impuestos, alivio fiscal o, de nuevo, libertad individual. Los acuerdos de libre comercio tratan sobre controles sanitarios, patentes, jurisdicción, impuestos o derechos laborales, pero deben presentarse como libre comercio porque ¿quién puede estar en contra de la libertad? Por eso, es tan complicado presentar un discurso en contra del neoliberalismo.

Para presentar un proyecto alternativo, hay que conocer el funcionamiento de la hegemonía y, sobre todo, de los recursos que utiliza para atraer fuerzas y crear ese bloque. Para ello, no basta con conocer la teoría, sino que es necesario tener una posición ideológica clara y muy alejada de actitudes emocionales. El proceso catalán es un ejemplo claro y el caso más interesante es cómo En Comú, teóricamente conocedores de Gramsci, se han dejado arrastrar por los habituales recursos de la acumulación de fuerzas que, irónicamente, ellos intentaron aplicar a los socialistas en el pasado ciclo electoral

Estos recursos salpican todo el proceso y la clave es que no son explícitos ni políticos; nunca se presentan cómo discursos. Además de la captación de ciertas palabras (libertad, democracia, derechos, etc.), se crean falsos dilemas morales que trabajan siempre el plano emotivo: vergüenza, indignación, empatía, decencia, dignidad, etc. Por ejemplo, cuando en el pleno del Parlament de septiembre, Joan Coscubiela realiza un discurso propio, no se denigra el contenido, sino el hecho de que sea aplaudido por ciertas formaciones políticas ajenas (Ciudadanos o PP). Se habla de vergüenza o de falta de decencia. El bloque histórico independentista crea el falso dilema: si mantenéis ese discurso, estáis de su lado, que no es el de la democracia y la libertad.

Sucede lo mismo con el primero de octubre. Es un acto de democracia y libertad, pero de él sale el mandato para la independencia. El bloque tiene su propia dirección que establece el vocabulario que hay que utilizar. No acepta la diversidad interna. El agua también ahoga. Por eso, se cierra el Parlament, que podría haber creado una comisión sobre los hechos del 1-O y se establecen portavoces del pueblo que trabajan el plano emotivo. Decisionismo.
Cada hecho relevante provoca una reacción similar. Se crean falsos dilemas morales y emotivos que tratan de cohesionar los bloques y plantear una falsa disyuntiva: o ellos o nosotros. O la democracia y la libertad o la represión y el autoritarismo. Se interpela constantemente (no cabe la equidistancia, no se puede seguir impasible) para que la defensa de un proyecto político propio parezca un posicionamiento inmovilista. La interpelación sube de nivel cuando se trata de acudir a actos en los que es fácil dejarse llevar y emocionarse. Allí, uno no es que acepte el agua, sino que pide beberla.

Poco a poco, esos recursos de la hegemonía, los medios de comunicació, el folklore, el calendario, el vocabulario o eso tan difuso llamado sentido común logran captar voces, imágenes y personas hasta difuminar ese proyecto político propio dentro de la construcción de bloques. En Comú comenzó defendiendo la república federal y el referéndum pactado y ha terminado ahogado en “ni DUI ni 155”. Es decir, a rebufo de los acontecimientos. Domènech, su candidato, ha indicado que el gran objetivo es volver a ser un solo pueblo. Pueblo (Völkisch), el lenguaje del bloque histórico.

Si se defiende un proyecto (referéndum pactado) que, según las encuestas, tiene un apoyo social enorme y no logra coagularlo es que la organización no funciona. No cabe culpar a las circunstancias o a la presión. La mejor manera de soportarla es tener una ideología, un proyecto y una organización. Sin embargo, cuando tu base sólo es la emoción no es difícil que te veas arrastrado por esos torrentes sentimentales.

El bloque centralizador está actuando de forma parecida y quiere captar las palabras legalidad, diversidad y, también, democracia. El PSC ha sufrido una captación parecida, pero cabe señalar alguna diferencia. El PSC se ha hecho fotos con Albiol, pero no le ha hecho –aún– alcalde de Badalona, a pesar de su insistencia. La alcaldesa sigue siendo Dolors Sabater, que leyó un manifiesto el viernes de la declaración de independencia. En cambio, En Comú, presionada por el bloque independentista, ha planteado una consulta a sus bases sobre si debe seguir recibiendo el apoyo del PSC. Esa sensación de culpabilidad es el triunfo de la hegemonía. En la religión, se llama pecado.

Es necesario señalar que hay una política de creación de bloques y, aún más, que hay dos proyectos totalitarios o, por lo menos, totalizadores. Nadie defiende la democracia, la legalidad o la libertad porque ambos son proyectos para los que la diversidad es incómoda. Ambos no se dirigen a una sociedad, sino a un pueblo. Es decir, buscan una uniformidad detrás de su dirección que permita a las respectivas élites seguir acumulando recursos e impedir cualquier proyecto de cambio. Mientras el debate político esté dominado por estos dos bloques reaccionarios, será muy complicado que se desarrolle una alternativa.

Para formarla, sólo hay un camino: organización e ideología. Para formarla, sólo hay un camino: organización e ideología. No es algo que se logre en un plazo breve, pero el motor de la política no es ganar una contienda electoral concreta, sino cambiar el modelo económico y social. No puede nadar en el agua de otros porque siempre lo hará a contracorriente. La izquierda debe volver a la realidad, lo material, y aprovechar la ruptura del pacto social para que la antigua clase media se reconozca como clase trabajadora y entienda, y asuma, que está en lucha permanente por los recursos con otros grupos sociales con los que, aunque comparta cuestiones como nación, género o raza, tiene objetivos diferentes.

El tiempo del orco

Martes, 24 de Octubre de 2017

Cuanto peor, mejor. Lo dijo primero Mirabeau, como fórmula para acabar con el proceso revolucionario. Pese a su condición de diputado de los Estados Generales y su apoyo a medidas como la nacionalización de los bienes del clero, en realidad era defensor de la monarquía y asesoraba al rey. Su idea, politique du pire (política de lo peor), era que, ante la imposibilidad de rechazar al movimiento popular, había que excitarlo. No había que esperar calma y paz, sino aumentar la injusticia y la insatisfacción para aumentar la demanda de orden, encarnado en la figura del rey.

Es el momento en el que estamos, el tiempo del orco. Hay dos bloques (recentralizadores e independentistas) que nunca pensaron estar ante esta ocasión y tienen muy pocos incentivos para preferir el consenso al caos. Ambos creen que la exploración de espacios políticos inéditos y, llegado el caso, la confrontación ensanchan su ventana de oportunidad. Ambos no sólo se creen en posesión de la palabra democracia, sino que, al tener un origen místico (una realidad que se quebró y la que hay que volver), se atribuyen una superioridad moral que hace imposible el diálogo.

El independentismo, marginal hace diez años, minoritario hace cinco, disfruta de un protagonismo con el que jamás soñó. Para ese bloque, después de navegar durante años, siglos, la costa está ahí, ya se ve. La política de lo peor es beneficiosa porque, además de sumar más actores, les permite lanzar su mensaje al mundo: España es represora e irreformable, una afirmación que se contradice con la realidad, producto de 40 años de descentralización.

El proyecto recentralizador, latente, pero más teórico que práctico, tambien cree estar ante su ocasión de oro. Tiene una excusa, la ruptura de la legalidad, y no tiene oposición. Para este bloque, después de 40 años de cesiones que han desdibujado su idea de carácter nacional, hay una ocasión para embridar este proceso no sólo en Catalunya, sino en otras comunidades. La política de lo peor es beneficiosa porque permite lanzar el mensaje a mundo de que la descentralización conduce a estas situaciones, algo que también se contradice con la realidad. También le permite sumar los apoyos, internos y externos, que nacen de la demanda de orden.

Y, en cada bando, está esa gente que aprovecha el momento para saldar sus cuentas y los hooligans que lanzan la botella de cerveza sin importarles dónde cae. Es el tiempo del orco. Es, en estos momentos, cuando más se echa de menos tener una organización que tenga una base ideológica que le permita analizar la realidad y establecer una estrategia en lugar de un colectivo que se va posicionando, incluso emotivamente, según los hechos. Pero no cabe lamentarse y, aunque parezca poco, hay que señalar a los mirabeaus que quieren verlo todo arder.

El minotauro y la señora Reed

Domingo, 22 de Octubre de 2017

La señora Reed aparece en la primera página de Jane Eyre, pero su descripción física tarda en aparecer. Mortifica a la niña, que sólo es capaz de observarla furtivamente. Cuando Jane es capaz de mirarla directamente entendemos que también, por fin, podrá enfrentarse a ella. La descripción concreta es menos relevante que la actitud que muestra. Jane ya puede ver al monstruo, como la teniente Ripley siglos más tarde en la nave en la nave Nostromo. La criatura pasa a ser visible, mesurable, definible y, por tanto, vencible.

Por eso, Kafka definió a su criatura como “ungeziefer”, que quiere decir bicho. Samsa no se convirtió en un escarabajo o en una cucachacha, sino en algo que se no se puede describir. Kafka pidió a su editor que no apareciera ningún dibujo en la portada, “ni siquiera de lejos”. El bicho está en la cabeza del lector que debe recrecarlo con sus propios miedos. Por eso, los relatos de Lovecraft pierden fuerza al final, cuando se ponen adjetivos a los seres provenientes de las profundidades marinas.

Todo está en la cabeza. Kafka, en Ante la Ley, describe al guardián, pero nada nos dice del salón que protege, salvo las amenazas. El campesino asume que no debe mirarlo. En El proceso, el monstruo se divide para ser invisible: los funcionarios que detienen a K, los burócratas que le toman declaración o los guardias que le acompañan. Joseph K no tiene una señora Reed a la que poder enfrentarse.

El poder no es un monstruo al que se pueda describir porque, en ese momento, se le puede derrotar. El poder no es un monstruo, sino la capacidad de crearlos y, sobre todo, de convertirnos en uno de ellos, en un bicho. El monstruo no está fuera, sino en cada cabeza, en la del campesino que se aprende de memoria cómo es el guardián sin mirar qué hay en el salón que guarda y en la de K que, convertido en bicho al asumir su culpa, facilita la ejecución de la sentencia no pronunciada.

El poder no es el minotauro que espera devorar el tributo de los catorce jóvenes, sino la capacidad de convertirnos en el laberinto que lo protege.

Lingüística

Viernes, 13 de Octubre de 2017

Para entender el discurso del rey del pasado cinco de octubre, hay que haber escuchado otros. En todos, cada Navidad, hay un mantra que se repite: “La Corona, símbolo de la unidad y permanencia del Estado”. Parece una frase hecha, como “orgullo y satisfacción”, pero hay una diferencia: esa sale en la Constitución. Un símbolo es la representación perceptible de una idea y el vínculo es sólo una convención socialmente aceptada. Aristóles decía que no se piensa sin imágenes, pero esas imágenes pueden cambiar, porque los vínculos pueden romperse

Esa era la cuestión que se resolvía el cinco de octubre y que, quizá, no se supo ver. El catedrático Pérez Royo calificó el discurso de disparate porque señaló que el rey “no tiene legitimación para intervenir en política”. No lo hizo. Intervino en lingüística. No se estaba cuestionando una política en concreto, sino aquello de lo que la institución que él representa es símbolo: la unidad y permanencia del Estado. No se trata de para qué sirve la cosa, sino de la cosa en sí. Por eso, el gran error del Govern es un vocativo: “així no, majestat”. Por eso, el requerimiento al president se dirige a él en tanto “representante ordinario del Estado en la Comunidad Autónoma”. Lingüística. Se trata de reestablecer la cosa en sí. 

Para que quede claro, en este texto no se afirma que esa unidad no sea legitimamente cuestionable, sino que es infantil pensar que eso se puede hacer sólo desde la voluntad y sin que el Estado muestre su densidad. La física cuántica me dice que esta piedra se puede atravesar, los neutrinos lo hacen… Bien, antes de lanzarme contra la piedra cabe la pregunta: ¿soy un neutrino? El Estado es una roca enorme que seguro que los neutrinos son capaces de atravesar. Los cuerpos más grandes, sólidos y densos, no. El Estado, como estructura, se ha rebelado ante su cuestionamiento y se ha defendido. Poco. De momento, cabe tenerlo en cuenta, sólo de forma simbólica.

Psicofonías

Sábado, 23 de Septiembre de 2017

La escena es maravillosa. En un bosque cerca de su casa de Estocolmo, el artista (era pintor, músico, cantante de ópera y productor cinematográfico) Friedrich Jürgenson lleva un magnetófono para grabar al pájaro pinzón. Estamos en 1959. El francés Oliver Messien lleva años basando sus composiciones en el canto de los pájaros. Al escuchar la grabación, a Jürgenson le parece que hay unas voces. Quizá, alguien ha estado paseando por allí. Al día siguiente, repite la operación tras comprobar que no hay nadie. Cuando escucha la cinta, vuelve a haber voces; entre ellas, una familiar, la de su madre, fallecida, que le dice: “Friedel… mi pequeño Friedel… ¿Puedes oírme?”.

Es imposible no conmoverse. Lo mismo que cuando en 1990, Carmen Sánchez de Castro presentó su montaje del Palacio de Linares. Una voz infantil dice: “Mamá, mamá, nunca oí decir mamá”, “mamá, me muero”o “asesinos”. La leyenda que acompaña el montaje de las voces explica la historia de dos hermanos que se enamoran sin saber que lo son y una niña asesinada o emparedada. En 1990, unas 200 personas se presentaron de madrugada en el Palacio de Linares, actual Casa de América, para buscar al fantasma; para entonces, ya estaba claro que era un montaje realizado por una actriz, pero el relato es tan hermoso. Es complicado entender cómo aún no tenemos una película sobre todo esto.

Fue su último momento de gloria en España. Las psicofonías comenzaron a difundirse en los 60 gracias a Konstantin Raudive (de hecho, se las llegó a conocer como voces de Raudive) y tuvieron su momento de gloria en los 70/80, cuando los aparatos de grabación ya estaban al alcance de todo el mundo. En esos años, no era extraño que alguien del instituto dedicara el fin de semana a colarse en casas abandonadas para hacer grabaciones en las que siempre quedaba algo. El fenómeno alcanzó a otros medios, como el teléfono o la televisión, las psicoimágenes, en las que se basa las famosas escenas de Poltergeist. En España, su introductor fue Germán de Argumosa y fueron difundidas por Fernando Jiménez del Oso. Sus cintas, en las que las grabaciones eran introducidas por su voz, eran estremecedoras: “¿qué hago aquí?”, “¡te mataré!”, “tengo miedo” o “mami, frío, miedo”.

El mensaje previo siempre era clave porque las psicofonías eran sonidos apenas audibles que se habían extraído de la grabación normal. Eran voces débiles, sincopadas, una pequeña modulación a la que el investigador dotaba de sentido. Se escucha, masticaba Jiménez del Oso, cómo la voz dice “estamos del otro lado de los muertos”. Como la mayoría de fenómenos parapsicológicos, el interés por las psicofonías fue decreciendo. Un factor que se suele mencionar es la tecnología. Cuando todo el mundo comenzó a llevar siempre una cámara encima, dejó de haber avistamientos ovni.

Se repetía un proceso que ya se había producido siglos antes con otro tipo de psicofonías. Desde que somos humanos, hemos tenido algunos individuos entre nosotros con capacidad transcomunicativa. Eran capaces de hablar con árboles, ríos, montañas o, siglos después, con los seres que las habitaban, a los que llamaron dioses. Para evitar distorsiones, o evitar la competencia, hubo quien decidió unir a todos los seres mágicos en una única figura y la historia nos indica que fue una buena idea porque terminaron por imponerse a los que tenían muchos emisores.

Esas psicofonías eran más aburridas que las de Jiménez del Oso. Nadie decía “estoy solo” o “sácame de aquí”, sino que indicaban quién tenía que mandar y qué debía hacer. Explicaban, por ejemplo, que era lógico que la mayoría de la gente se muriera de hambre o tuviera que ceder el fruto de su trabajo a esa élite de los que los propios transcomunicadores formaban parte. La sordera era peligrosa.

Cuando se comenzó a dudar del ser mágico, aparecieron otros individuos con capacidad de hablar con otro emisor que tenía varios nombres como la nación o el pueblo. Como los anteriores, con los que en ocasiones mantenían acuerdos, sólo ellos eran capaces de escuchar el mensaje que traducían al resto. Sorprendentemente, en muchas ocasiones era el mismo: hay que ceder el fruto del trabajo, lo conveniente es que gobierne esta persona o es lógico que la mayoría se muriera de hambre o se matara a trabajar. La sordera también era peligrosa. Unas veces, se castigaba con la muerte, como siempre piden los seres mágicos; otras, con el señalamiento: traidor, enemigo, etc.

Hasta que llegó la tecnología. A partir del siglo XIX, comenzó a ser posible analizar esas voces. Es decir, comprobar si lo que decían las personas concretas que vivían en un lugar era lo que sostenían los transcomunicadores. La tecnología, en forma de elecciones, parlamentos, instituciones, derechos, leyes, etc. comenzó a imponerse a las psicofonías. Los individuos que eran capaces de oír esas voces inaudibles intentaron no perder protagonismo y buscaron que sus mensajes se concretaran en esa nueva tecnología. Lo lograron más de una vez, pero su influencia fue mermando. Hasta el siglo XXI.

Quizá por la obsolescencia de esa tecnología llamada democracia, quiza por el movimiento pendular del pensamiento, hay un retorno de las psicofonías colectivas. No es complicado ver a personas que sostienen conocer la verdadera voluntad de los grupos que, misteriosamente, no coincide con la que expresan las personas concretas a través los procesos de deliberación y decisión. Los transcomunicadores saben lo que piensa el pueblo, la nación, la gente y, como hacían los difusores de las psicofonías espectrales, indican que debemos oír al escuchar los sonidos sincopados o el ruido blanco.

Si uno discrepa, también es señalado, acusado de traidor, enemigo o, incluso, estúpido porque cómo seguir confiando en esa tecnología obsoleta pudiendo rendirse a esos relatos maravillosos y, sobre todo, a la fascinación de dejarse mecer por esas voces que le dicen a uno lo que quiere oír.

El silencio de los alcaldes

Martes, 19 de Septiembre de 2017

¿Cómo hemos llegado a esto? Porque ya no se juega al mus. Todos los análisis sobre la Transición olvidan la obra literaria de Adolfo Suárez: el prólogo a La historia del mus de Antonio Mingote. Sin conocer las reglas de ese juego es imposible entender la combinación de ponerse chulo y pasar de la jugada que los hagiógrafos de Suárez llaman cóctel de audacia y serenidad. Es necesario recuperar el mus porque uno de los principales problemas políticos y periodísticos de los últimos años es el desconocimiento del significado de la palabra órdago.

El mus es un juego en el que la apuesta se acuerda antes de jugar (los cafés, las copas o una cena) y la partida se juega a varias vacas (los sets del tenis) que contienen varios juegos de 40 tantos. Los órdagos sólo deciden el juego, ni siquiera la vaca (el set). En una partida corta el órdago puede ser un noveno del total. No es un tiro libre con el cronómetro a cero ni el quinto penalti de la tanda. Da subidón; pero, tras el órdago, a barajar para seguir jugando entre risas. Sin embargo, la idea que suele haber tras el uso de la palabra órdago es el “voy con todo” del póker: todas las fichas en el centro de la mesa. Todo o nada.

No tiene nada que ver porque son juegos distintos. En el póker, la apuesta no se acuerda previamente, sino que se va adaptando al desarrollo porque cada jugador se sienta a la mesa con su patrimonio y puede no levantarse hasta que no lo pierda todo. La principal diferencia con el mus es que es un juego de choque: hay que aplastar al contrario, desplumarlo, humillarlo. El mus es colaborativo: cuanto mejor sea el rival, más interesante será la partida y no conviene molestarlo mucho porque habrá que jugar más veces.

La Transición tuvo sabor a mus. El proceso catalán se parece más a una partida de póker. Cada jugador se sienta a la mesa con su patrimonio, la legitimidad, por ejemplo, y en cada jugada apuesta un poco, un poco más o mucho, pero no se vuelve a barajar para seguir jugando entre risas. Las fichas, al contrario que los amarracos, no vuelven. Desde las últimas jugadas, las leyes aprobadas por el Parlament el siete de septiembre o la ofensiva judicial y policial del Gobierno, existe la sensación clara no sólo de que alguien va a ganar y alguien va a perder, sino de que hay que aplastar al contrario, desplumarlo, humillarlo. Es decir, lo contrario al concepto de política.

Asamblea de electos

En ese terreno, sólo existía una vía: la comisión para la reforma constitucional presentada por el nuevo PSOE, defensor de la plurinacionalidad pese a las chanzas. Hasta ayer. Primero, porque el partido de Pedro Sánchez levantó el veto para la aplicación del artículo 155. Es un símbolo –ya se aplicó una vez a Canarias y no pasó nada–, pero precisamente esa condición de tabú quita centralidad al PSOE. Como en un partido de fútbol de finales de los 70, hay muy poca gente en el centro del campo y muchos pelotazos.

Segundo, porque Unidos Podemos ha presentado una nueva propuesta: una “asamblea por la democracia y la fraternidad” compuesta por parlamentarios (Congreso, Senado, cámaras autonómicas y Parlamento Europeo) y alcaldes de poblaciones de más de 50.000 habitantes para “reivindicar diálogo y libertad de expresión”. Si bien la iniciativa está abierta a todos los partidos, busca hacer un “frente común” contra las últimas medidas del PP –calificadas de “deriva autoritaria”– en su intento de frenar la consulta. El objetivo inicial es que la asamblea lance un manifiesto que inste al Gobierno “a dialogar con la Generalitat para que todos los catalanes puedan convocar un referéndum pactado” y que “cese la política de excepcionalidad que ahora existe”.

No cabría despreciar cualquier propuesta en un momento de tensión, aunque parezca una apuesta menor de un jugador secundario que ha tenido poca repercusión mediánica; ni siquiera, en las redes sociales. Sin embargo, también es importante contextualizarla. Como cualquiera que haya organizado una fiesta puede confirmar, es conveniente tener una cierta seguridad antes de realizar una convocatoria para no acabar comiendo patatas fritas y panchitos durante un mes.

¿Quiénes van a ir? En la rueda de prensa, Unidos Podemos afirmó contar con el apoyo de Compromís, así como de BNG, las CUP o las formaciones que integran Junts pel Sí (PDCat y ERC). También tuvieron un contacto con la dirección del PNV, a quien no sentó bien que Unidos Podemos presentara la moción de censura del pasado mes de junio sin avisar a nadie.

¿Y de alcaldes? El silencio ha sido interesante. Unidos Podemos es una coalición posterior a las elecciones municipales, en las que ni siquiera participó la formación morada como organización, sino que lo hizo dentro de candidaturas colectivas sobre las que carece de un control efectivo. Puede ser que la iniciativa muestre que, en realidad, Podemos no tienen alcaldes y que los “ayuntamientos del cambio” son una estructura compleja que sería interesante cuidar o, por lo menos, no dinamitar.

Si se llega a concretar, no faltarán Barcelona, Santiago, A Coruña, Ferrol, Badalona o Cádiz. La mayoría de ellos ya han tuiteado su apoyo. No está claro que sea una gran idea para los alcaldes de En Marea animar el eje identitario en el que, en sus circuscripciones, ya está el histórico BNG. Sí es una buena idea para Ada Colau, que ha dado la bienvenida a la idea. Pese a la participación de Junts pel Sí y las CUP, le ofrece una tercera vía en medio de la polarización creciente. Atención a Xavier Domènech, historiador.

¿Valencia? Joan Ribó, nacido en Manresa, se arriesga a una venenosa campaña blavera (regionalismo anticatalán) por parte del PP. ¿Zaragoza? Pedro Santiesteve no tiene una relación fluida con todo su grupo municipal y, como Valencia, en su ciudad es importante la diferenciación respecto a Madrid y Barcelona, los granes polos.

¿Madrid? Ahí está una de las claves de la jugada porque la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, es una figura con capacidad de movilización y sería capaz de otorgar corporeidad al acto. Pero su relación con la dirección de Podemos no es fraterna y la sintonía en el terreno de las políticas sociales se convierte en desencuentros a la hora de poner en cuestión la vigencia de las instituciones dentro de la llamada “crisis del régimen del 78″. Si la asamblea no es un acto simbólico para defender el diálogo y la libertad de expresión, sino una vía para buscar una nueva legitimidad, un cauce paralelo a las Cortes, es poco probable la presencia de la alcaldesa que, en estos años, ha mostrado ser poco receptiva a presiones de la dirección de Podemos o de la AVT.

Quizá, la ausencia de Carmena no haga fracasar el acto, pero sí dará un punto de enganche al PSOE para justificar su probable decisión de no unirse a esta asamblea. La dirección socialista estudiará la iniciativa, sobre la que afirmaron no tener conocimiento, pero su portavoz, Óscar Puente, advirtió que no aceptarán nunca un referéndum pactado sobre la independencia de Catalunya. Hay que tener en cuenta que, en política, “nunca” es sólo el período de tiempo entre dos circunstancias diferentes. Sin embargo, la recuperación por parte de Unidos Podemos del ardid escénico para ahogar al PSOE es probable que afecte al canal entre partidos. Eso quiere decir, de rebote, un poco de aire para Rajoy. Mientras la trampa de la la cuestión territorial funcione, el PP no tiene nada que temer.

Legalidad y legitimidad

La idea tiene dos precedentes. Entre julio y octubre de 1917 y a iniciativa del líder de la Lliga Regionalista Francesc Cambó, diputados y senadores, mayoritariamente catalanes, se reunieron en varias ocasiones bajo el nombre de Asamblea de parlamentarios. El objetivo de la Asamblea de parlamentarios, en un momento de gran inestabilidad (guerra europea, crisis económica, conflicto social y presión del ejército a través de las Juntas de Defensa), era cuestionar la legitimidad del régimen de la Restauración y pedir, entre otras cosas, mayor reconocimiento de las identidades regionales.

(Un dato: Xavier Domènech es profesor del departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la UAB y admirador del republicanismo del XIX. Otro dato: Oriol Juqueras es profesor asociado al departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la UAB. Un tercer dato: ambos compartieron una famosa cena en agosto).

Salvo la fecha, la comparación es excesivamente forzada y sólo es defendible desde lo que el ensayista Esteban Hernández llama “la burbuja de Arganzuela”. La crisis de 1917 acabó en un gobierno de concentración, en el que estaba presente la Lliga, cuyo temor a la agitación social (el conflicto se concretó en una huelga general de varios días y, en Rusia, se produjo una revolución exitosa) moderó su postura, que ya fue tomada en consideración por el rey. Seis años después, la cuestión social hizo que la Lliga recibiera con entusiasmo la dictadura de Primo de Rivera y ese mismo factor provocó que Cambó apoyase al bando franquista en la Guerra Civil. A la que rascas un poco en la transversalidad, sale el eje izquierda-derecha.

El otro precedente significativo es Udalbiltza, la asamblea de electos constituida en 1999 por los partidos firmantes del pacto de Lizarra (dato para espectadores de Cuarto milenio: a su primera reunión acudieron 666 cargos). Conociendo un poco el ecosistema de medios madrileño es probable que este segundo referente, junto con la participación de los alcaldes bolivianos en el cambio político que llevó al poder a Evo Morales, sean los escogidos en lugar del regeneracionismo de 1917. O, tras las primeras 24 horas, ni siquiera. En su primer día de vida, ha caído hasta la irrelevancia. Ni siquiera ha provocado memes.

La propuesta, como el autobús para denunciar la corrupción o la moción de censura, tiene mucho de puesta en escena y enraíza en la necesidad genética de Unidos Podemos de ocupar los medios de comunicación y construir iniciativas movilizadoras. Será descalificada con dureza. Todo se hará así en estas dos semanas porque, en esta partida, hay que aplastar al contrario, desplumarlo, humillarlo. Pero octubre tiene toda la intención de llegar y algo habrá que hacer. Por ejemplo, aprender a jugar al mus.

PD: Es lógico, dentro del regreso al romanticismo que vivimos, que se cuestione la legitimidad de las instituciones legales cuando sus consensos, decididos democráticamente, no encajan en los deseos. Es conveniente recordar que la historia del bloque civilizatorio (estado, derechos, leyes, etc.) es muy breve –anteayer, en términos históricos– y su pervivencia no está garantizada. El poder, su acceso, mantenimiento y acción, ha estado ligado a la violencia y se basaba en el bloque identitario (tradición, religión, nación, etc.). China o Rusia nos muestran que la democracia limitada del XIX es una alternativa que puede funcionar en el siglo XXI.

Cómo aprendimos a tener miedo (en la época en la que no pasa nada)

Sábado, 9 de Septiembre de 2017

Siempre ha estado ahí. En cada sitio, se llama de una manera: Coco, Baba Yaga, Bogeyman, Sacamantecas, Krampus, Struwwelpeter. Si no te duermes, vendrá la Guajona y te comerá; si no te acabas la comida, vendrá el Hombre del saco y te llevará. Siempre ha habido personajes asustaniños, un castigo invisible para cumplir rutinas y, sobre todo, evitar comportamientos peligrosos: hablar con extraños, adentrarse en el bosque, acercarse al río, etc. Los adultos tenían su propio Coco llamado Dios, que también mandaba y castigaba para inducir ciertos comportamientos; pero que, sobre todo, podía convocar a sus cuatro jinetes del Apocalipsis: la guerra, la peste, el hambre y la muerte. En cualquier momento, una epidemia, una mala cosecha o una invasión podían acabar con todo lo conocido. No nos hacemos una idea.

En el XVIII, la Ilustración comenzó a cuestionar a Dios, que ya no valía para sustentar las monarquías, y, en el XIX, la cosa se complicó aún más porque la ciencia no sólo desmentía el relato religioso, sino que  también comenzaba a controlar a sus jinetes gracias a las dos cosas que más vidas han salvado: la higiene y las vacunas.

El romanticismo inventó entonces nuevos Cocos para adultos. Algunos eran seres pertenecientes a sistemas tradicionales que, como la mano de obra de la revolución industrial, eran obligados a emigrar a la ciudad (Drácula o la Momia). Otros mostraban los peligros de la ciencia (Frankenstein, el Golem o el Hombre invisible) y la mayoría se basaban en los territorios donde no llegaba la racionalidad (espiritismo, médiums, mesmerismo, casas encantadas, criaturas inexplicables, lugares inexplorados, etc.). En ese grupo están el hombre lobo, los fantasmas, los personajes de Poe, las criaturas de Lovecraft, todos los mundos perdidos e, incluso, los extraterrestres. El nuevo Coco era más literario; pero, en la mayoría de los casos, aún era el extraño reconocible que viene a perturbar la calma de una comunidad estable.

En la primera mitad del XX, declarada ya la muerte de Dios, el cine popularizó esos monstruos románticos (Drácula, Frankenstein, la Momia, el Hombre Lobo, etc.), cuya representación insistía en la ‘otredad’ a través de la caracterización. El desenlace de la II Guerra Mundial y, sobre todo, la Guerra Fría, hicieron que el cine comenzase la segunda mitad insistiendo en dos de esas narraciones, los peligros de la ciencia (de Godzila a los insectos gigantes) y, sobre todo, la invasión extraterrestre, hasta los años 60/70. Ese fue el punto de ruptura.

Situémonos. Esos años son, en Occidente, los de la mayoría de edad de la primera generación (de varones blancos) a la que no le ha pasado nada. Nada. No tienen miedo de Dios ni de sus jinetes. No recuerdan la II Guerra Mundial, ni su destrucción, ni el hambre de la posguerra, ni ninguna gran epidemia. Su perspectiva de vida es plácida: seguridad, educación y sanidad garantizadas, un trabajo relativamente estable, consumo y ocio accesible y todo ello dentro de un sistema democrático que garantiza la alternancia pacífica de las opciones. Para los pensadores franceses, el infierno. Comparado con el resto de la historia de la humanidad, el paraíso. Pero la calma es complicada de soportar; uno de los deseos más humanos es sentirse parte de algo y nada más colectivo que la historia.

Quizá, por eso, fenómenos que hasta entonces permanecían en un lateral, como el terrorismo o la criminalidad, comenzaron a tener relevancia. Cuando una guerra o una epidemia pueden matar a la tercera parte de la población, diez muertos por una bomba o que un tipo mate a cinco personas en su sótano son fenómenos insignificantes. Pero, si las primeras posibilidades ya no existen, las últimas se convierten en un peligro real; mejor dicho, en el único peligro real.

Hasta entonces, el criminal en serie era un personaje menor que ocupaba las portadas de la prensa sensacionalista y que en el arte sólo había sido rescatado como trama policiaca o metáfora política (M o Caligari). En los 60/70, el psicópata, comenzó a convertirse en un ser mítico porque era el único que tenía la capacidad de romper esa estabilidad. Charles Manson, Zodiac, Ted Bundy, Jeffrey Damher, Henry Lee Lucas, etc. se convirtieron en los nuevos jinetes del apocalipsis que entraban en las fiestas donde se consumían drogas o buscaban a víctimas entre los jóvenes descarriados. Ellos son el nuevo Coco y su principal característica es que, como sostenía Frizt Lang de M, viven entre nosotros. Hay que tener miedo, aunque, al inicio, es un miedo difuso. El Coco aún no se ha reencarnado.

Las raíces están en Psicosis de Alfred Hitchcock, pero no es extraño que las primeras manifestaciones de ese nuevo terror familiar, el peligro que vive con nosotros y que puede atacarnos en cualquier momento, tenga un componente religioso: La semilla del diablo, El exorcista o La profecía. Habéis matado a Dios, así que os tenéis que quedar con su exiliado. También tienen un componente espiritual Carrie, Amityville o Poltergeist, revisiones de fenómenos decimonónicos: el mesmerismo, la casa encantada y el espiritismo.

Todas ellas también tienen una característica común que las diferencia de Psicosis o las historias de zombis de Romero: el ‘otro’ no sólo vive entre nosotros, sino que capta o habita en la siguiente generación. El escenario es la familia y los raptados o poseídos son nuestros propios niños o adolescentes, una metáfora del enfrentamiento generacional que se estaba produciendo en esos años donde los jóvenes eran el gran desconocido, la puerta de entrada de todo lo que destruía el viejo mundo.

Pero los jóvenes no tardaron en morir. La matanza de Texas, Viernes 13, Halloween y Pesadilla en Elm Street se convirtieron en las cuatro narraciones fundamentales en la recuperación del Coco, que se lleva a los niños que hacen cosas malas. Leatherface, Jason Voorhees, Michael Myers y Freddy Krueger son la nueva amenaza que, como nos explicaban irónicamente en Scream, quieren establecer rutinas y evitar comportamientos peligrosos: no separarse del grupo, no salirse del camino, no entrar en casas abandonadas (para montar fiestas), no tener sexo, no probar las drogas (si te colocas, aparecerá Freddy). Era la codificación narrativa de las historias de los nuevos jinetes del apocalipsis que, desde dentro, habían aprovechado la laxitud moral para cometer sus crímenes. No son extraños. Puede ser cualquiera.

La generación a la que no le pasaba nada había conseguido que le pasase algo: viajar es peligroso, quedarse en casa es peligroso, dormir es peligroso, vivir es peligroso, tomar esto es peligroso, no tomarlo es peligroso. Ese es el tema de It. La criatura se alimenta del terror que produce en sus víctimas y va cambiando de forma. Usa la imagen del payaso Pennywise, deudor de John Wayne Gacy, un psicópata que mató a 33 personas en los 70 y que actuaba en fiestas infantiles, pero Eso también puede tener la cara de familiares vivos y muertos, e incluso figuras clásicas, como el Hombre-lobo o Drácula. Es ‘otro’.

Nadie está seguro en ningún lugar porque Eso es todo y cualquiera podemos ser sus víctimas porque, al vivir en una adolescencia eterna, todos somos los jóvenes amenazados. El miedo inunda el mundo más seguro de la historia, algo que no es una sensación, sino un hecho objetivo. Comparado con el inicio de los siglos XX, XIX o XVIII, el inicio del XXI es muy aburrido. De verdad. Tras desaparecer la idea de progreso, el miedo es un material político básico en cualquier campaña. Si no votas bien, vendrá el Coco y se quedará con tu trabajo; cuidado porque puede venir el Coco y poner una bomba. El miedo es un enorme negocio. No sólo el obvio (cárceles o seguridad), sino sobre todo el débil (salud, farmacia, alimentación, etc.). El miedo nos empuja a desear una imposible sensación de control en lugar de imitar a los protagonistas del libro: enfrentarnos a él.

El fin de este momento populista

Martes, 29 de Agosto de 2017

Existe la curiosa idea de que la historia ha experimentado una aceleración en las últimas décadas. Todo va muy rápido, se dice, pero es algo complicado de sostener si uno compara los primeros diecisiete años del XXI con los del XX o incluso del XIX o del XVIII. En esos períodos, hubo grandes guerras y revoluciones, nacieron países, se probaron modelos de gobierno innovadores, se difundieron las teorías científicas en las que se basa nuestro pensamiento, se extendió el módelo económico que tenemos, etc.

Comparado con los siglos XX, XIX o XVIII, el inicio del siglo XXI está siendo bastante aburrido. Hay ruido, mucho y todos los días, pero ese es un problema de percepción. En realidad, no pasa nada, salvo el inicio de una revolución industrial cuyo desarrollo no veremos. Acabamos de inventar la imprenta.

La crisis de 2007 estuvo a punto de ser un hito histórico. Durante unos meses, se habló de un cambio radical, se teorizó sobre la necesidad de cotrolar la globalización a través de la regulación de los mercados o los flujos de capitales; incluso, se pronunció la expresión “refundación del capitalismo”. Era una idea que estaba lejos de ser una revolución y, básicamente, resumía la necesidad de recuperar el contrato social establecido tras la II Guerra Mundial. Todo se quedó en ruido. Nada.

La ausencia de organización y, sobre todo, de una alternativa económica y social por parte de los que hablaban hizo que el modelo que había provocado la crisis se reforzase, extendiendo sus características: globalización, desigualdad, autoritarismo, caridad, etc. O la extensión del bloque identitario (religión, nación o marca) frente a la civilización (estado, derechos o impuestos). Es algo que puede resumirse en la posibilidad de que la Revolución Francesa no fuera un punto de partida, sino un paréntesis: la era de la Ilustración (1789-1989). Conviene pensarlo. Conviene fijarse en lo que ha sucedido en los países árabes para evitar pensar en que ciertas cosas son imposibles.

La crisis abrió una ventana de oportunidad, pero la ausencia de organización e ideología hizo que la posibilidad de alternativa derivase en protesta: de la indignación a la ira. Es decir, ruido. Esa política del cabreo alteró cada sistema político de una forma diferente, pero con una base común casi religiosa. El mensaje, desde la derecha, la izquierda o el nacionalismo, era el mismo: “Habéis sido tratados de forma injusta, habéis sufrido una penitencia, han roto el pacto, ahora os toca a vosotros, vuestra es la venganza, os merecéis algo mejor”.

Se trataba de mensajes colectivos que, sin modelo económico alternativo, se limitaban a concentrar la emoción en los procesos electorales. Es algo que se llamó el momento populista, pero que podría haberse llamado el momento adventista: el futuro es bueno y llegará porque nos lo merecemos. Como sostiene Jünger, existe atractivo en cualquier figura que  desafíe al sistema institucional, siempre frustrante; la enorme tranquilidad nos hace añorar la convulsión, existe un deseo de que suceda algo.

El momento populista, o adventista, se concretó en tres procesos electorales: el triunfo de Syriza, la salida de Reino Unido de la Unión Europea y la presidencia de Trump. Es probable que esos tres hechos tengan -ya estén teniendo- un efecto lenitivo sobre esa ira adventista a través de la mortificación ajena.

Las administraciones de Estados Unidos y Reino Unido, por ejemplo, están paralizadas tratando de gestionar las consecuencias de la ira. El primer semestre de las administraciones suele ser muy movido, pero a Trump no le han dejado hacer nada que se salga del espectáculo. Su problema no es que pueda desencadenar una guerra mundial o que rompa los tratados comerciales, es decir, que pase algo, sino que no pase nada: hará perder cuatro años a su país.

La voz del sistema parece responder: “Queríais la venganza, esto es lo que sucede”. La pulsión de lo nuevo, el deseo que agrupa una gran cantidad de demandad heterogéneas en el concepto voluntariamente impreciso de cambio está debilitándose. Es complicado mantener el antagonismo frente a un enemigo -el régimen, la élite o el poder- cuya principal característica es la asimilación de todo a través del espectáculo para vaciarlo de sentido.

Lo que han dejado claro estas tres concreciones del voto airado es que, sin organización e ideología, no existe alternativa. Los tres resultados electorales, incluido el triunfo de Syriza, han reforzado el modelo económico y social vigente. Se han colocado en el centro del debate falsos enfrentamientos y, si la discusión política no es el reparto de los recursos, el el eje izquierda-derecha, el modelo hegemónico sale reforzado.

El momento populista está desvaneciéndose. Los que confían en que la desigualdad que ha provocado la ruptura del pacto social tenga consecuencias por sí misma no han leído historia ni geografía. La mayoría de grupos sociales han convivido y conviven con esos niveles de desigualdad. Sobre todo, si ese nivel permite un cierto nivel de consumo cuyos obstáculos visibles siempre nunca es el modelo, sino los iguales, otros trabajadores.

Es probable que la democracia del siglo XX siga adaptándose a modelos indirectos o censitarios con niveles elásticos de autoritarismo. Es un modelo colonial en el que la metrópoli está dispersa: metrópolis, paraísos fiscales, nube tecnológica. Las empresas-mundo extraen recursos a nivel global con escasos controles legales y poco pudor porque las revueltas de esclavos, los estallidos de ira, siempre acaban reforzando el modelo.

Cuatro días de marzo, cuatro días de agosto

Martes, 22 de Agosto de 2017

Al iniciar el procès, la Generalitat habló de “construir estructuras de estado”. Como tantas cosas anunciadas, era una intención, algo más parecido a un farol que a un proyecto. Todo el procès se ha situado en el espacio psicológico del deseo o el sueño, sin traspasar nunca las fronteras establecidas por las resoluciones judiciales. Siempre, camino de Ítaca.
Los atentados han movido los territorios. La violencia siempre es real y deja realidades. Una de ellas es que ha mostrado que Catalunya sí tiene estructuras de estado, al menos, en seguridad, uno de los campos que acostumbran a ser decisivos en los procesos de descentralización o secesión. Ha mostrado, más que su capacidad legal, un poder fáctico. Otra de esas realidades es que esas estructuras han funcionado bastante bien e infinitamente mejor que la referencia. Es incontestable que el 17-A se ha gestionado mejor que el 11-M.

Otra realidad es que el Estado, al no tener capacidad integradora, ha estado ausente. Las “estructuras de estado” son las del Estado español, pero éste no se ha mostrado. La escasa capacidad inclusiva del Gobierno español es histórica -no cabe achacársela a Rajoy- porque su construcción nacional está aún la dinámica amigo-enemigo. Sin embargo, la grisura burocrática del actual Gobierno, hábil para destejer los sueños, sirve menos cuando hay que afrontar realidades. Las torpezas del gobierno catalán, el conseller de Interior está a un nivel similar al del ministro de Interior, se han diluido por la polémica lingüística y, sobre todo, por la figura del Major Trapero, ya un icono pop.

Es complicado saber lo que sucederá dentro de seis semanas, si el procès seguirá como estaba previsto, si el proceso de cohesión y reconocimiento, común a otras ciudades donde ha habido atentados, irá en una dirección u otra. Nadie sabe lo que va a pasar. La realidad es que estos cuatro días han mostrado que la Generalitat existe, más allá de los deseos y los sueños, más allá de Ítaca. Es un hecho político relevante.