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Lucio Silla: el regreso de la voluntad

Miércoles, 20 de Septiembre de 2017

Lucio Cornelio Sila era un hombre de acción. Perteneciente a una gran familia en decadencia, Plutarco lo describe como jovial y bebedor, habitual del teatro y las tabernas y tan atractivo que Nicópolis, una de las cortesanas más famosas de Roma, le legó la fortuna con la que comenzó su carrera política. Antes de tomar el poder tras la primera guerra civil romana, Sila participó en varias campañas militares en África, norte de Europa y Asia, en las que ganó fama, fortuna y enemigos; el principal, Mario. Como dictador, Sila los persiguió implacablemente y sus proscripciones se pueden considerar como una de las primeras purgas políticas. Tras reformar decididamente la administración romana, dejó el cargo voluntariamente y, en su villa de retiro, escribió los 22 libros de sus memorias sin dejar de tener, también según Plutarco, una escandalosa vida social de fiestas y compañías disolutas.

Es un papel en el que hubiera encajado el Russell Crowe de Gladiator; sin embargo, el Lucio Silla de Mozart –primera ópera de la temporada del Teatro Real– se parece más a Joaquin Phoenix, el emperador Cómodo. El problema fue el reparto. Indiana Jones no sería Indiana Jones si Tom Selleck no hubiera rechazado el papel. Lucio Silla tampoco sería Lucio Silla si Arcangelo Cortoni no se hubiera puesto enfermo unas semanas antes del estreno, dejando cojo uno de los mejores repartos posibles del momento. Mozart no quería repetir los problemas que había tenido con el tenor Guglielmo D’ettore en su debut en Milán con su  primera ópera seria, Mitridate, Rè di Ponto, al que había tenido que reescribir varias veces una aria y sustituirlo en otra por la complicación vocal. Pero los tuvo. Y siguió teniéndolos durante toda su carrera. No era un tipo fácil para trabajar.

A pesar de D’ettore, Mitridate fue un éxito y, para el siguiente encargo milanés, pudo contar con algunos de los mejores cantantes de la época, como el castrato Venanzio Rauzzini o la soprano Anna de Amicis, que acabó siendo una gran amiga de la familia Mozart. El papel de Lucio Silla estaba preparado para Arcangelo Cortoni, un tenor que, además de su voz, tenía capacidad dramática y gran presencia sobre el escenario, factores que, según las notas de Leopold Mozart, eran fundamentales en la obra. Con ese reparto, Mozart pensó que no había límites y escribió “una salvajada”, en palabras de Joan Matabosch, director artístico del Real. Para él, Lucio Silla, “contiene algunas de las arias más difíciles para la voz humana de la historia. Es un delirio, casi incantable; terrorífica para los solistas”.

Arcangelo Cortoni enfermó y se perdió “la salvajada”. Con poco tiempo para el estreno, se contrató a Bassano Morgnoni, un cantante de oratorio sin experiencia en teatros, con una voz más limitada y menos presencia física. Lógicamente, Morgnoni no sólo estaba atemorizado por ese delirio “casi incantable”, sino que no era capaz físicamente de llegar a los registros vocales. Mozart rehizo el papel y no sólo redujo la exigencia, sino que cedió parte de la fuerza del papel a la orquesta. Esa decisión, inédita en la época, también cambió el carácter del personaje que, al carecer de lucimiento escénico y no poder expresar todas sus reflexiones y sentimientos sobre el poder o la violencia, pasa a quedar en un nivel inferior al resto, como un niño grande en un mundo adulto. El Lucio Silla de Mozart ya no Lucio Sila, ya no es un hombre de acción, el gran reformista de Roma, ni siquiera un dictador cruel y lujurioso, sino un tirano voluble que incluso admite que “le cuesta ser malvado”.

La puesta en escena de Claus Guth ahonda en estas características añadiendo un cierto carácter grotesco, como el gusto por la bebida o los tics de golpearse con la pared. Ya no es un dictador al que el amor le hace dudar ―no sabe si amenazar o agasajar a su amada Giunia, esposa de su enemigo Cecilio―, sino casi un títere en manos del resto de personajes o de sí mismo. Si no hubiera ocurrido tantas veces en la historia, el espectador se preguntaría cómo demonios ha llegado al poder un tipo así. Guth incluso reescribe el final de la ópera, en el que el dictador perdona a sus enemigos y abandona el poder, con una última entrada, apenas un fogonazo, donde el dictador recupera su cargo con una sonrisa que recuerda al rostro de Norman Bates en la escena final de Psicosis. ¿Os lo habéis creído?, parece preguntar. Es un final más coherente con el personaje, cuya decisión final, el perdón a los amantes, es más un cara o cruz que la clemencia que muestra el emperador Tito en la última ópera de Mozart. “Tito sufre con el poder; Sila es peligroso”, según el director de escena.

Para Claus Guth, esa es la cuestión que le otorga actualidad a la obra. Su primer montaje en Viena, recordaba en la presentación, coincidió con la Guerra de Irak (2005) y este, doce años después, lo hace con la tensión provocada por las pruebas nucleares de Corea del Norte. “Siempre estamos esperando a que la arbitrariedad del poder nos lleve a una gran guerra”, comentó, “lo impredecible es una forma de terror”. Inevitablemente, salió el nombre de Trump. Es cierto que su personalidad voluble, con tendencia al arrebato, invita a recordar a la Reina de Corazones pidiendo cabezas o al general del sombrero vaquero cayendo con la bomba de Teléfono rojo, pero es probable que la decisión de declarar la guerra no dependa de él.

La teoría personalista de la historia debe mucho al romanticismo, al espíritu creador del artista y al concepto de voluntad humana. Thomas Carlyle, su fundador, sostenía que existen “individuos excepcionales” que dirigen el avance de la civilización y que la democracia es sólo una muestra de “la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan”. El Lucio Cornelio Sila histórico se ajustaba a su patrón, lo mismo que Alejandro, Julio César u Oliver Cromwell, del que era admirador y al que dedicó una biografía. La teoría tuvo su momento de esplendor en el primer tercio del siglo XX, salvo en el lugar de procedencia de Carlyle, el Reino Unido, cuya acción política precisamente busca evitar otro tirano como Cromwell. Nadie es providencial, nadie tiene todo el poder, luego nadie puede ser arbitrario. En La guerra del mundo, el historiador Neal Ferguson muestra cómo la democracia salvó al Reino Unido en la II Guerra Mundial. Si las decisiones de Winston Churchill se hubieran llevado a cabo sin deliberación, como las de Alemania o la URSS, el Reino Unido no habría podido resistir. No es el carácter del personaje, ser Tito o Sila, Obama o Trump, lo que nos separa de la guerra, sino una estructura administrativa y legal que minimiza la arbitrariedad.

Al menos, hasta ahora, y no sólo en España, lugar donde el desafuero siempre ha disfrutado de buena salud. Hay algo de recuperación del romanticismo en la posmodernidad y bastante, en el momento populista que vive Occidente. A la ciencia, se le pide encajar en los marcos ideológicos y proliferan las comunidades identitarias basadas en conceptos imaginarios. La palabras tradición, religión o nación disfrutan de una vigencia inesperada. La escena pública está copada por el poeta, el héroe y el emprendedor, la versión económica del superhombre creada por Schumpeter. Si, según Hegel, el poeta es “un hacedor de realidad frente al conocimiento racional”, no hay ningún artista que esté a la altura de Steve Jobs o Barack Obama. Y Macron o Trump también siguen esa línea de crear realidad. De momento, la estructura los ha contenido. No ha triunfado la voluntad, pero lo intenta día a día.

La reflexión de Guth sobre el poder no se queda en el personaje de Sila porque sus escenarios se inspiran en la necesidad del gobernante de aislarse del resto del mundo escondiéndose; concretamente, según afirmó, en la imagen de Sadam Hussein encerrado en su búnker. Las baldosas blancas llenas de sangre y el cemento gris nos trasladan a otros dos universos de poder arbitrario: la represión latinoamericana y las democracias populares de Europa del Este. De hecho, en 2005, Wieler y Morabito ambientaron su Lucio Silla en un famoso edificio de Dresde donde la Stasi interrogaba en la RDA.

Aunque no use la fuerza y se base en el sistema de creencias, el poder, incluso el democrático, necesita de un espacio físico que, además de una función simbólica, muestre lo que está dentro y lo que queda fuera. La nueva sede de Apple, un gran círculo hueco que recuerda tanto al Pentágono como a Stonehenge, es un ejemplo. Es probable que es poder no sea todavía una persona, pero nunca ha dejado de ser un lugar. Hasta que suba a la nube.

El desguace de la Ilustración

Viernes, 23 de Diciembre de 2016

A propósito de El Holándes Errante de Richard Wagner (dirección escénica de Àlex Ollé y; dirección musical de Pablo Heras-Casado)

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En el siglo XXI, ya no existen los grandes relatos. Suele repetirse que murieron las ideologías fuertes que abrigaban material e intelectualmente ofreciendo, no sólo una explicación coherente del mundo, sino una línea histórica. Más que libros, símbolos u organizaciones, eran la posibilidad de sentirse dentro de algo más grande, algo que venía de lejos y por cuyos objetivos merecía la pena sacrificarse.

Pero no es cierto. Sí hay grandes relatos y disfrutan de un excelente vigor. O, al menos, de una salud inesperada para el siglo XXI, ya que era el momento en el que estaba prevista su muerte o, por lo menos, un cierto declive social e intelectual. Sí existen grandes relatos porque ahí están las religiones y el nacionalismo. No han muerto todas las ideologías; sólo, las racionales.

Lo que ya agoniza es el progreso, un concepto que indica la existencia de un sentido de mejora en la condición humana, una evolución, no siempre lineal, en las condiciones materiales y espirituales dentro de un gran conjunto cuya suerte compartimos. Debemos aprender y estar agradecidos a los que nos precedieron y esforzarnos para que la vida de los que vendrán sea mejor. Estamos montados a hombros de gigantes, sostenía Salisbury.

La religión, en cambio, es una narración cerrada y prefiere la palabra destino. Hay un origen de todo al que suele suceder un momento perfecto que se estropea por la acción humana, cuya única tarea es reparar ese instante. El destino es la salvación personal en ese fin de los tiempos, el triunfo incontestable de la divinidad. Todo está ya escrito es una frase habitual en las religiones y que, con cierta frecuencia, ha precedido a la proscripción o desaparición forzada de otros libros.

El robo del fuego

Todo dejó de estar escrito en el siglo XV europeo, cuando comenzaron a descubrirse las civilizaciones antiguas y científicos, filósofos o artistas decidieron desestimar la revelación divina como fuente de conocimiento y se subieron a los hombros de esos gigantes. Todas las religiones tienen pequeñas narraciones, el fuego de Prometeo o la manzana del Edén, sobre ese momento en el que comienza a existir la condición humana, lo que sucedió en Europa entre el Renacimiento y la Ilustración, lo que Kant llamaba “salida de la minoría edad” por “falta de ánimo de servirse del propio entendimiento”, y del que España, por ejemplo, decidió aislarse con la Contrarreforma.

Si queremos elegir un momento, podemos decir que robo del fuego se produjo el 11 de diciembre de 1750 cuando Anne Robert Jacques Turgot pronunció en la Sorbona el discurso llamado Cuadro filosófico de los progresos sucesivos del espíritu humano. Turgot, que pasa por inventor de la palabra progreso, sostuvo: «La razón, las pasiones, la libertad producen sin cesar nuevos acontecimientos. […] Los signos arbitrarios del lenguaje y de la escritura, al dar a los hombres el medio de asegurar la posesión de sus ideas y de comunicarlas a los otros, han formado con todos los conocimiento particulares un tesoro común que una generación transmite a la otra, constituyendo así la herencia, siempre aumentada, de descubrimientos de cada siglo. […] La masa total del género humano, con alternativas de calma y agitación, de bienes y males, marcha siempre –aunque a paso lento– hacia una perfección mayor».

La leyenda de El holandés errante también es una de esas pequeñas narraciones sobre los límites de la condición humana, sobre los peligros del movimiento, físico o intelectual. El capitán Van der Decken recibe la maldición de navegar eternamente sin rumbo por firmar un pacto con el diablo que le permitía hacerse a la mar sin tener en cuenta a dios, es decir, las condiciones meteorológicas o los accidentes geográficos. O, según la versión más popular, la romántica, por querer doblar a toda costa el cabo de Buena Esperanza.

Ese pacto era real y se había firmado el siglo anterior, el XVIII, con la máquina de vapor de Watt o el cronómetro de Harrison, que permitía calcular la longitud sin mirar al cielo. Los barcos del XIX podían navegar sin tener en cuenta a dios. Entre ellos, los numerosos que tomó Humbold, impulsor de la ciencia moderna, o el Beagle, que llevó a Charles Darwin por el mundo durante casi cinco años. Era algo que llevaba décadas sucediendo en tierra firme, donde la divinidad ya no servía para sustentar estructuras de poder. El mar era una de las últimas fronteras; la otra, el cielo, tuvo que esperar un siglo más.

¿Dónde podría ser posible algo así?

El montaje de El holandés errante de La Fura dels Baus presentado en el Teatro Real se entiende mejor si, como propone Àlex Ollé, se reinterpreta el personaje del capitán maldito como una elaboración de Senta. La protagonista femenina está atrapada en un mundo arcaico donde no cabe el progreso, sino el destino, la sumisión, y “el holandés es la emanación de sus sueños de libertad”. Ese mundo primitivo es Chittagong, la segunda ciudad de Bangladesh y uno de los principales centros mundiales del desguace de barcos. “Daland vende a su hija, Senta, al Holandés y pensamos ¿dónde podría ser posible algo así?, ¿dónde la vida humana vale tan poco? Habíamos visto un documental sobre Chittagong y recordamos ese lugar, uno de los infiernos en la Tierra”. Como Marlow, Ollé quiere explicaros el horror.

Más que en el capitalismo irracional, la puesta en escena nos sitúa en el pacto de ambos contra el progreso. Es un mundo autoritario, violento e irracional; a veces, mecánico, como en el traslado de las piezas del barco, y a veces, arrebatado, como en la discusión última entre Senta y Erik, su pretendiente frustrado, reinterpretada patriarcalmente. A alguien que ha robado el fuego, como el Holándés, sólo le queda el abatimiento que, en lenguaje marítimo, significa perder el rumbo. A alguien que quiere ser libre, como Senta, sólo le queda desaparecer.

Capitalismo e irracionalidad

Los grandes relatos ideológicos del XIX, con indiferencia de su espectro político concreto, parten de esa idea del progreso humano y de la Ilustración, es decir, del reconocimiento de los derechos humanos. La puesta en escena nos presenta un mundo en el que esa condición humana ha naufragado, algo que diluye la presencia de los protagonistas y su capacidad de evocación, empequeñecida ante el despliegue escénico: la tormenta, el barco, la playa o el mar ensangrentado del final. Todos esos elementos, más que escena, son reparto.

Es complicado sostener, como hizo Ollé en la presentación de la obra, que nos encontramos en un “momento racionalista”. Como sucedió en el XIX, presenciamos un reflujo de la irracionalidad con diversas intensidades. En algunas partes del mundo, el Estado, la principal concreción racional de la organización humana, debe compartir su espacio con los intereses económicos; en otras, como el mundo árabe, ha sido desguazado para que la religión vuelva a ocupar su espacio.

Es un fenómeno político que suele examinarse de forma separada, país a país, o limitando el interés a las consecuencias que nos afectan, emigración o terrorismo, los barcos que se varan en nuestras playas. Conviene observar la evolución del mundo árabe desde los años 60, o la del Este de Europa, para comprobar cómo capitalismo e irracionalidad pueden acabar con el legado de la Ilustración, en fase inicial en la mayoría de casos. La imposición del modelo neoliberal precisó del acuerdo entre el capitalismo preilustrado y las diversas religiones y no se explica el retroceso en países como Hungría, Afganistán, Egipto o Israel sin esta confluencia de intereses.

Se nos suele presentar la necesidad de elegir entre libertad y seguridad, pero esa es una disyuntiva que pertenece a un mundo preilustrado que obliga a elegir entre vivir intramuros, donde hay protección a cambio de servidumbre, o extramuros. Esa bifurcación es un camino sin salida porque, al renunciar a la Ilustración, Occidente está dejando de tener un modelo de convivencia, lo que quiere decir que acepta el choque entre iguales, entre irracionalidades. La alternativa no es el apaciguamiento, sino el enfrentamiento entre desiguales; cabe recordar que el primer ejército popular del mundo se construyó al grito de “libertad, igualdad, fraternidad”, tres conceptos que están en el desguace.

El corazón de las tinieblas

El pacto firmado con el diablo en el XIX para navegar sin tener en cuenta a dios tenía una maldición. Mientras Humboldt y Darwin creaban las bases de la ciencia moderna con sus viajes, Joseph Conrad recorría el río Congo en el Roi des Belges. Al final de su viaje, no hay una teoría ni un atlas, sino el horror de Kurtz que Marlow traslada de la colonia al corazón de las tinieblas, la metrópoli. A pesar de estar a hombros de gigantes, la oscuridad está siempre ahí y Conrad nos indica que conviene no verla como algo externo. Debemos pensar en el mundo como un todo y arrinconar la superioridad moral que nos hace pensar que hay cosas que no pueden suceder aquí o ahora.

El pacto para navegar sin tener en cuenta a dios es la globalización, un modelo que, al desguazar la Ilustración, tiene menos que ver con el capitalismo que con el colonialismo. La estructura económica (precariedad, subcontratación, deslocalización, paraísos fiscales, verticalidad, etc.) que se ha desarrollado en las últimas décadas cobra más sentido si la relacionamos con el funcionamiento del sistema colonial desligándolo del factor geográfico. Es decir, todos formamos parte de la colonia, los estados están reduciéndose al papel de administradores, obligados a trasladar el sufrimiento, como Kurtz, y la metrópoli, el corazón de las tinieblas, no figura en los mapas. El siguiente paso es llevarla a la nube.

Chittagong, el desguace, no es un reducto del pasado y es tan externo como lo son los tumores del órgano donde nacen. No cabe preguntarse dónde podría ser posible algo así, dónde puede estar ese mundo arcaico, violento, donde no hay progreso ni libertad, donde la vida humana no vale nada, porque nos lleva a verlo todo desde fuera e incluso contemplarlo con los ojos coloniales: dónde podría ser aún posible algo así. Evitemos el juicio o la compasión. Es interesante cambiar el complemento de tiempo y afrontar la pregunta incómoda: ¿dónde podría ser ya posible algo así? Porque, si continuamos con el desguace de la Ilustración, si seguimos renunciando al progreso, si no entendemos que la seguridad es consecuencia de la libertad, lo único que nos salva de ese modelo es que no somos competitivos, aún.

Condenados a la emoción, condenados a la tragedia

Viernes, 9 de Diciembre de 2016

Al final, Otello, trastornado por las insidias de Yago sobre la infidelidad de su esposa, Desdémona, la mata antes de suicidarse. Muerte. Al final, Norma, desesperada por el abandono de su amante, Pollone, decide inmolarse junto a él. Muerte. Al final, Tito perdona a Vitelia y su enamorado Sexto, quienes han tratado de matarlo por venganza y celos.

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La Clemenza di Tito, tercera obra de la temporada del Teatro Real, refuta a sus precedentes, Otello y Norma no sólo estéticamente (negro / negro / blanco), sino en el desenlace, en la conclusión que se ofrece a las historias pasionales (tragedia / tragedia / clemencia). La razón humana puede evitar que la muerte sea el final inevitable del desbordamiento que produce la emoción.

Pero la ópera de Mozart también es la única obra en la que no hay un choque social. Otello es un militar de origen africano, intruso en el mundo veneciano, al que pertenece su esposa. Norma es una sacerdotisa celta, intrusa en el orbe romanizado, del que forma parte su amante. Por su parte, Vitelia y Sexto comparten orígenes con Tito: los tres pertenecen a la alta aristocracia de Roma.

Son esos intrusos a los que pertenece la emoción, la pasión, los que no saben dominarlas, los que hacen inevitable la tragedia. La disciplina que podría embridar lo irracional, que podría evitar el desenlace, pertenece a la aristocracia que, en ocasiones, cuando se mezcla con los extraños, sufre consecuencias dramáticas. Desdémona es asesinada por Otello y Pollone, arrastrado por Norma a la pira.

Esa división, ese contraste entre la lobreguez de los intrusos amenazando el mundo armiñado de lo establecido estaba clara en el contexto de la composición de la ópera. Mozart la escribió en el verano de 1791 como acto central de la coronación como rey de Bohemia de Leopoldo II de Habsburgo, hermano de María Antonieta, reina de Francia.

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De allí llegaba lo oscuro, lo sucio, lo curvo: la Asamblea Nacional, la toma de la Bastilla, la abolición del feudalismo, la eliminación de los tributos eclesiales, la declaración de los derechos del hombre, el calendario republicano, la igualdad de la mujer y la Constitución, la gran intrusa. Los antiguos siervos y criados no sólo opinaban, sino que legislaban para marcar las fronteras del rey y de dios. Y todo lo que se puede delimitar se puede eliminar. El verano de 1791 se produjo el intento de fuga de Luis XVI con su familia. Fue arrestado en Varennes. Un año más tarde, fue depuesto; al siguiente, guillotinado.

Leopoldo II fue uno de los principales promotores de la coalición internacional contra la Francia revolucionaria; la guerra, entre otros factores, como la indiscrecionaliddad del Terror, provocó la evolución del proceso desde la democracia hacia el autoritarismo de impronta militar que, sin embargo, sirvió para consolidar parte de los avances. Los instrusos instucionales sólo pudieron acomodarse blanqueándose; mejor dicho, siendo elaborados en la claridad del Imperio y no, en la tenebrosa Asamblea Nacional.

La democracia queda establecida como una intrusa, como un terreno sombío propicio a las pasiones, a la manipulación, la demagogia; fácil de arrastrar hacia los finales trágicos, la represión, el terror, la sangre. La ciudadanía es incapaz de seguir su propio entendimiento y salir de la minoría de edad descrita por Kant.

A la Ilustración sólo le queda un único camino, someterse como adjetivo al sustativo despotismo, como si cada avance humano sólo fuera una concesión al alcanzar un cierto hito, un regalo hecho desde fuera, como sugería 2001, a cuya habitación final recuerda la puesta en escena de La Clemenza di Tito.

2001

El diálogo entre negro y blanco, entre Otello/Norma y Tito resuena en la política, sobre todo, en los procesos electorales. Los sistemas de persuasión, habitualmente tomados de la publicidad, hacen que la ideología quede relegada, como algo oscuro, viejo y sucio, por la emoción, que es blanca, limpia y nueva, al menos en apariencia por sus breves ciclos de reciclaje.

No hay otro lenguaje posible que el de la emoción. De ese ente, que la mayoría de las ocasiones recibe una destilación nominal completa para eliminar todos sus atributos (pueblo, gente, etc.), se asume es es incapaz de asumir mensajes complejos; nunca será posible la alfabetización política que haga que los intrusos dejen de serlo. Ese ente sólo recibe y expresa impulsos. Esa conclusión hace imposible la formación de una visión general, eso quiere decir la palabra ideología, que sustente acciones concretas.

De ahí, la imposibilidad de confeccionar una alternativa. Las emociones, los impulsos, son materiales para, si acaso, ganar elecciones, pero hacen imposible el ejercicio del poder, donde es precisa una visión general para provocar el cambio. La ausencia de caminos, provoca la mirada nostálgica que permite cualquier puesta en escena: la idílica América blanca de las fábricas o la idílica Francia blanca de la campiña.

No es ninguna contradicción que esas puestas en escena estén dirigidas por la élite. Los propios intrusos asumen que deben estar fuera, que deben asumir sus limitaciones, ya que están destinados a la emoción y, por tanto, a la tragedia. Otello y Norma saben que no hay otro camino tras haber profanado la frontera social y cultural; ellos mismos no se concederán ninguna clemencia.

otello

Aíto

Domingo, 6 de Marzo de 2016

Hace unos diez años, me pidieron un texto sobre Aíto para una serie llamada históricos de la Liga Nacional, la competición de baloncesto previa a la ACB. Me lo pasé en grande hablando más de una hora con alguien al que admiraba mucho y admiro más. No se publicó, lo que provocó que meses después me dejara de saludar cuando nos veíamos en una cancha. Hoy, que se le homenajea por sus 50 años de baloncesto, lo recupero.

Aíto: La relatividad del tiempo

El tiempo es relativo, dice la versión popular de la teoría de Einstein asumida por la Renfe. El rótulo luminoso de la estación informa de que el próximo tren llegará en un minuto desde hace diez. Aíto me espera a menos cuarto y ya sé que voy a llegar tarde, como mínimo, esos diez minutos que llevo esperando en el andén. Estudió Físicas, recuerdo, seguro que entiende la curvatura espacio-tiempo, pero seguro que también tiene claro el principio general de covariancia que habla de la validez universal de las leyes de la física y que se concreta que hemos quedado a menos cuarto, chaval; no, a menos cinco.

Mientras camino hacia el hotel donde hemos quedado recuerdo, para mi desgracia, que Aíto también estudió Telecos y que fundó la primera empresa española de marcadores, la que hacía los paneles que medían los tiempos de posesión en las esquinas, donde no hay cabida para la relatividad del tiempo, salvo que estemos en Grecia. Como temía, llego diez minutos tarde.

Me salva el espacio. Le recuerdo que estamos al lado de los campos de la Standard Eléctrica, uno de los lugares donde primero se comenzó a jugar al baloncesto en España y donde, claro, lo hizo él en los años 60. Ya sólo quedan dos canchas entre un mar de nuevos edificios de ladrillo visto y la Standard es Alcatel-Lucent después de haber sido ITT. Aíto sonríe al recordar las antiguas matinales deportivas de fin de semana.

Alejandro García Reneses nació en Madrid en 1946 y comenzó a jugar al baloncesto en el patio del Ramiro de Maeztu, un territorio donde las porterías de fútbol estaban prohibidas. En 1959 ya estaba en el equipo infantil de Estudiantes con otros dos jugadores que llegarían al primer equipo y harían historia, Vicente Ramos y Emilio Segura. ¿Cómo quién querías ser?, pregunto. “En aquellos años no sabíamos nada de la NBA y muy poco de otros equipos; los ídolos eran los que tenías cerca. Yo me fijaba en Martínez Arroyo y en Chus Codina”.

En la cantera colegial pasaron por las manos de Paco Hernández, un profesor de educación física que fue uno de los primeros en preocuparse de la preparación de los jugadores. La rapidez y fortaleza de bases y aleros eran las armas que Estudiantes podía oponer para compensar la falta de centímetros. Esa generación logró el Campeonato de España Juvenil de 1964 frente al Real Madrid con una canasta en el último minuto; no sería la última vez que Aíto viera al Madrid perder un título en el último momento.

Tras la marcha de Chus Codina en la recta final de la 63-64, el entrenador Paco Hernández dio el salto al primero equipo con Aíto, Vicente Ramos y Emilio Segura. Su debut en la Copa de 1964 celebrada en Lugo fue triunfal. Cayeron en semifinales pero, en la consolación, consiguieron la victoria más abultada sobre el Real Madrid: 114-62. Aíto, quizá con el chip de controlar la euforia que tienen todos los entrenadores matiza: “en la Copa, no se podía jugar con extranjeros y, además, Emiliano estaba lesionado”

La llegada de Nacho Pinedo en 1965 consolidó a la nueva generación colegial, Aíto, Vicente Ramos, Capetillo o los Sagi-Vela, que volvió a convertir a Estudiantes en un rival difícil de ganar, sobre todo, en casa. La temporada siguiente, el Madrid pudo comprobarlo en el último partido de Liga, el de la canasta de Emilio Segura que quitó el título a los blancos.

Aíto recuerda que Estudiantes había planteado una defensa al hombre 1-4 y que el Real Madrid no había cargado el juego sobre su defendido. “Así que era el único de los titulares que estaba en pista al final del partido”. Emilio Segura robó un balón a José Ramón Ramos y entró a canasta imponiéndose a Luyk, que le sacaba varios centímetros y que reclamó falta. Aíto no recuerda el tumulto que se formó en torno a Ángel Sancha, sólo la alegría.

La siguiente temporada, Estudiantes rindió a un nivel muy alto y, en el Ramiro, tal cosa siempre es preludio de despedidas. “Decidí buscarme la vida. No tuve ofertas del Madrid porque ellos, con muy buen criterio, querían a Vicente Ramos. Hablé con un equipo de La Coruña y con el Kas pero opté por el Barcelona”. La razón estaba en el banquillo. El entrenador del Barça era Javier Añúa. Aunque sólo tenía 22 años, Aíto ya llevaba tiempo en los banquillos como entrenador de Mini basket y ayudante en las categorías inferiores de la selección, donde había conocido al entrenador vitoriano.

Tiró la piedra, tiró…

El Barça se estaba recuperado de la decisión de Llaudet de retirar al equipo de la competición pero quería resucitar con mucha prisa. “El club tenía ganas de estar arriba cuanto antes”, señala Aíto que cierra la frase con un concepto clave en su carrera: “las cosas no se consiguen enseguida”. Ese año, las prisas del Barça se concretaron en la mala elección del americano. Albi Grant llegó lanzado y se pasó de frenada; su indisciplina y falta de adaptación al vestuario provocaron momentos muy tensos que, deportivamente, se concretaron en un Barça cerca de los puestos de descenso toda la temporada.

El Barça no falló la temporada siguiente. Añúa, uno de pioneros en viajar a Estados Unidos, se trajo a Norman Carmichael y dio la alternativa a Santandreu y Sada, padre del actual jugador. La temporada comenzó bien y el Barça no perdió hasta la quinta jornada en Tenerife, un partido inolvidable para Aíto.

El Náutico era un rival complicadísimo en su pista por la intensidad de sus jugadores y por la presión del público. La jugada se produjo cuando quedaban tres minutos y medio para el final del partido. Los árbitros, Sala y Castillejo, pitaron falta en ataque del capitán tinerfeño, Toñi Cejas, a Aíto y un descerebrado decidió protestar con una piedra que acabó en la cabeza del hoy entrenador de la Penya. Con la cabeza sangrando, fue retirado no sin problemas porque un directivo del Náutico casi hace volcar la camilla en medio de la trifulca. La discusión, sobre la cancha, se solucionó con la reanudación del partido pero continuó varias semanas después en los despachos. Aíto recuerda que, desde ese día, cada vez que iba a Tenerife, le cantaban ‘el aldeano tiró, tiró la piedra tiró, tiró la piedra y no la encontró’. Pero esa piedra no se perdió. Varios años después, el ex presidente de la Federación, Don Anselmo, se la ofreció en un acto institucional. “No la quise y por ahí andará”.

La temporada fue sólo correcta para el Barça pero acabó con buenas noticias. El ex gerente del Barça de fútbol, Juan Gich era nombrado Delegado de Deportes, con lo que se abrían a otros clubes despachos y gestiones que sólo habían estado al alcance del Madrid como, por ejemplo, las nacionalizaciones. El Barça daba pasos de cara a convertirse en alternativa a los blancos: las nacionalizaciones de Carmichael y Thomas, el fichaje de los directivos badaloneses Ramón Ciurana y Eduard Portela (Sant Josep) y Josep Giró (Círcol Católic) y la inauguración el Palau Blaugrana.

En la nueva instalación, cerca del Palacio de Hielo, estaba el despacho de la sección conocido como La Siberia, donde se tomaban las decisiones. Allí, en la primavera de 1972, los responsables del baloncesto culé decidieron la destitución de Añúa tras una eliminatoria de Copa. Aíto sólo duró un año más. Una temporada marcada por los problemas internos; el peor de todos, el enfrentamiento entre el nacionalizado Carmichael y el nuevo entrenador Will Ernst. Aíto decidió retirarse para comenzar su etapa como entrenador. “El club no acaba de funcionar. Tuve ofertas para seguir jugando. Me llamo Pepe Auseré de Vallermoso y me dijo que, si iba, me daban lo que tenían reservado al americano, pero yo tenía claro que, como jugador, había llegado a lo más alto. No iba a conseguir nada más”.

Matagigantes

No sorprendió a nadie que comenzara una etapa como entrenador porque, desde muy temprano, había compatibilizado la cancha con el banquillo; en Estudiantes, en el Barça y en la selección. Sí sorprendió que no regresara al Ramiro para sentarse al lado de Nacho Pinedo, con el que colaboraba en las categorías inferiores de la selección, y que la oferta del recién ascendido Círculo Católico de Badalona llegara tan rápido. Meses después de retirarse en el Palau, Aíto ya estaba dirigiendo los entrenamientos en La Plana.

En las diez temporadas en que dirigió a los badaloneses, formó un equipo rocoso al que era muy complicado vencer, una marca de la casa que Aíto sigue manteniendo más de 30 años después. Poco a poco, sin prisas, fue haciendo su equipo: trajo a nacionales sólidos como Sada, Oleart, Ametller, Mendiburu o Perotas y a buenos americanos como Costello, Agnstad, Schrader o Jackson, que después fichaban por otros equipos de la Liga porque, para Aíto, “la integración es lo más importante”. En esa lista de extranjeros estuvo a punto de estar el brasileño Óscar Schmitt Becerra, al que había visto en los Juegos de Moscú. “Hablamos con él y con su novia pero, al final, no se concretó”. Para redondear, subió al primer equipo al director de orquesta, Quim Costa.

La otra pata del Círculo Católico, después Cotonificio, fue el presidente Doménec Tallada. “Lo hacía todo para conseguir los fichajes. Recuerdo que Héctor se había ido de vacaciones a un sitio en Canarias donde sólo había un teléfono y no paró hasta que no consiguió que se lo trajeran para que pudiera hablar con él”. Aíto también recuerda lo que luchó Tallada por hacerse con el fichaje de un espigado juvenil sevillano, Andrés Jiménez.

En su quinta temporada, Aíto volvió a quitarle otro título al Madrid en el último momento. En la última jornada, los blancos cayeron en su visita al Cotonificio, dejando la Liga franca para la Penya, Sin embargo, el partido estuvo envuelto en rumores sobre la actuación de uno de los árbitros, Salvador Vidal, a quien se llegó a acusar de haber cobrado un cheque verdinegro. Aitó matiza: “el dominio del Madrid había provocado que los árbitros lo respetaran mucho y, cuando las decisiones no eran a favor, sorprendían a todo el mundo. Y eso fue lo que sucedió”.

A falta de títulos, el Coto hacia historia con victorias clave convirtiéndose en matagigantes. No había que olvidar que era un equipo de barrio que jugaba en el prestado pabellón de La Plana. En el 80, Aíto vio por primera vez algo que se convertiría en tradición: Manel Comas, su ayudante, se independizaba para entrenar al Mollet. El último, Joan Plaza, y, en medio, Quim Costa o Joan Montes. Aíto reconoce que es algo de lo que sentirse orgulloso y recuerda que “Comas hacía los entrenamientos individuales y, en todo el año, sólo cobró un viaje para ver el campeonato junior”. ¿Y los marcadores? Aíto me cuenta que tras hacer varios cursos de Físicas y Telecomunicaciones, decidió montar una empresa de marcadores. “Los clubes tenían que tener cuatro en las esquinas para  marcar los 30 segundos de posesión y eran reacios a hacer esa inversión. Nosotros los ofrecíamos más baratos y llegamos a 34 canchas de toda España”.

El último año en el Coto fue también el último de la Liga Nacional. Después, Joventut, Barça, donde firmó el mejor palmarés ACB (nueve Ligas y cuatro Copas) y, de nuevo Joventut. La covariancia, la validez universal de las leyes de la física, dice que llevamos una hora hablando y que el equipo tiene cosas que hacer. Cuando salgo del hotel, me pregunto si es un histórico; lo es por historial, porque comenzó a jugar hace casi 50 años y la próxima será su 31ª temporada en la máxima categoría. Pero no lo sé. Es el entrenador más veterano de la ACB pero parece el menos viejo. Será la relatividad. La misma que hace 10 minutos que, según el rótulo, el tren esté a punto de llegar a la estación.

Ficha:
Alejandro ‘Aíto’ García-Reneses
Madrid, 20 de diciembre de 1946
Alero

Trayectoria como jugador:
10 temporadas en Primera División

Categorías inferiores de Estudiantes
Estudiantes (63-68)
FC Barcelona (68-73)

Trayectoria como entrenador (en Liga Nacional)
Círculo Católico de Badalona / Cotonificio (73-83)

Reabrir las heridas

Lunes, 5 de Agosto de 2013

En una historia inacabada, un personaje, un ex abertzale, decía esto:

«Entiendo perfectamente a los herederos del franquismo cuando dicen que no se deben reabrir las heridas. Después de tantos años, los familiares de las víctimas directas han asumido todo lo sucedido: pérdida física, exilio, robo de propiedades, desclasamiento, humillación, etc. La mente es dura y tiende a minimizar lo negativo. Los que no lo han hecho son los otros. A mí no se me olvidan las acciones en las que participé, los asesinatos que justifiqué con mis artículos o las ocasiones en las que ataqué a los que acababan de perder a un ser querido. La única herida que permanece, que se puede reabrir, es la de los asesinos y, en el caso de la guerra española, es comprensible que los herederos, directos o morales, de los represores se nieguen a mirar atrás. Muchos de ellos vivieron, o aún viven, en casas robadas a los derrotados o sus padres tuvieron, o tienen, trabajos robados. Su vida es una herida y no la quieren reabrir».

Élites extractivas y tomadores de tributos

Jueves, 13 de Septiembre de 2012

El pasado domingo, César Molinas publicó un interesante artículo en el que sostenía que la clase política española nacida en la Transición se ha convertido en “una élite extractiva”.

Una élite extractiva, en el sentido que dan a este término Acemoglu y Robinson en su reciente y ya célebre libro Por qué fracasan las naciones, se caracteriza por:

Tener un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio

Tener el poder suficiente para impedir un sistema institucional inclusivo, es decir, un sistema que distribuya el poder político y económico de manera amplia, que respete el Estado de derecho y las reglas del mercado libre. Dicho de otro modo, tener el poder suficiente para condicionar el funcionamiento de una sociedad abierta -en el sentido de Popper- u optimista -en el sentido de Deutsch”.

Abominar la ‘destrucción creativa’, que caracteriza al capitalismo más dinámico. En palabras de Schumpeter “la destrucción creativa es la revolución incesante de la estructura económica desde dentro, continuamente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo”.  Este proceso de destrucción creativa es el rasgo esencial del capitalismo.”Una élite extractiva abomina, además, cualquier proceso innovador lo suficientemente amplio como para acabar creando nuevos núcleos de poder económico, social o político.

El antropólogo marxista Eric Wolf llamaba tomadores de tributos a las élites extractivas y, en su libro Europa y la gente sin historia, situaba el origen en el modelo de la Reconquista:

En el curso de las guerra que sostuvieron contra estados musulmanes en la península ibérica, Portugal y Castilla surgieron como organizaciones venturosas de tomadores de tributos. En ambos reinos, el control real del comercio acrecentó el poder de la monarquía y dio a la élite tomadora de tributos riqueza suficiente para comprar mercancías en el exterior sin alterar con ellos la estructura tributaria interna. Sin embargo, en ninguno de esos dos países, tal riqueza bastó para cubrir los costos de la administración y la guerra. Las bancarrotas y las deudas de la monarquía transfirieron el control de la Real Hacienda y el comercio a manos de banqueros extranjeros. (…) En 1550, la Corona española sufrió su primera quiebra; en 1575-1576, la segunda, que arrastró a las casas comerciales de Baviera.

(….)

Castilla, que marchaba contra los árabes en Andalucia, acabó aprisionada en un papel militar y las tierras se distribuían entre los nobles militares que capitaneaban la conquista. Esto produjo, a fines del siglo XV, que el 2-3% de la población tenía el 97% de la tierra. La ocupación dominante en las tierras de Castilla fue la ganadería, sobre todo, la cría de ovejas, cuya lana de merino se exportaba a Holanda, donde se convertía en finas telas.

Por el contrario, las tierras de la Corona de Aragón fueron colonizadas gradualmente por individuos que creaban comunidades pequeñas donde la tierra se distribuía con mucha más uniformidad que en Castilla. Al mismo tiempo, La Corona de Aragón había conjuntado el Principado de Catalunya, muy orientado hacia el comercio y un Aragón que primordialmente era rural. En los siglos XIII y XIV, Cataluña fue un próspero estado comercial que tenía conexiones marítimas hasta el Levante. Sin embargo, en el siglo XV menguó ante la competencia de Génova, que la superó al entrar en relaciones comerciales y financieras con Castilla (Los comerciantes genoveses aparecieron en Portugal en el XIII y, en el XV, llegaron a Sevilla familias como los Spinola, Centurioni, Guistiniani o Doria; Colón trabajaba para los Centurioni). Esta coalición de financieros genoveses y nobles castellanos productores de lana ahogó el crecimiento comercial de Cataluña y minó la eficacia de la producción y exportación de textiles de Cataluña. A fines del siglo XIV y durante el XV se deterioró aún más la economía de Cataluñañ debido a una serie de fieros levantamientos de campesinos contra los impuestos tributarios (feudales) y a conflictos abiertos en la ciudades entre el patriciado mercantil y los pequeños artesanos y comerciantes.

La unión de Castilla y Aragón unció dos socios muy desiguales y aseguró el predominio de Castilla sobre Aragón, que ya era una sociedad en retirada. Otorgó un papel destacadísimo en el nuevo estado a los nobles propietarios de inmensos hatos de ovejas. Se habían organizado en una poderosa asociación, la Mesta, que podía promover sus intereses sociales y políticos relacionados con el Estado, a cambio de pagar impuestos a la Corona. La exportación de lana castellana por los puertos del norte ligó esta periferia cantábrica a los intereses de la nobleza militar castellana.

La decisiva inclinación castellana hacia una economía pastoral no sólo ahogó el desarrolló industrial de España, sino que redujo la aptitud de otras clases para poner en jaque el dominio de los tomadores de tributos. La guerra y apoderamiento de pueblos y recursos, no el desarrollo comercial e industrial, llegó a ser el modo dominante de reproducción social. Vistas así las cosas, la conquista del Nuevo Mundo no es más que una prolongación de la Reconquista. La afluencia de la plata del Nuevo Mundo a partir del siglo XVI redujo todavía más el desarrollo industrial de España, pues produjo alzas de precios e inflación, lo que hizo que no pudiera competir con los precios industriales de Holanda.

Sin embargo, la plata del Nuevo Mundo acrecentó los ingresos de la Corona. Juntas, las ovejas de España y la plata de las Américas, costearon grandes operaciones militares de España en Europa y el crecimiento de una burocracia real que excedía con mucho las posibilidades de la economía española. Se compensó el déficit en los gastos mediante préstamos de financieros extranjeros, a los que halagaba en extremo prestar sobre futuras importaciones de plata o sobre impuestos que se cobrarían sobre la venta de lana. Fue así como España nunca contó con una política económica coherente. La burocracia imperial se limitó a actuar como conductores de la riqueza hacia los cofres de Italia, el sur de Alemania y los Países Bajos. La expulsión entre 1609 y 1614 de 250.000 musulmanes no conversos que vivían en el sur de España debilitó más la agricultura del país, pues detuvo los pagos por renta a los señores que, a su vez, no pudieron pagar sus deudas e hipotecas. A mediados del siglo XVII hasta las exportaciones españoles de lana empezaron a perder terreno ante la competencia inglesa. Declinó la navegación y, para fines del siglo XVI, los navieros españoles ya no podían competir eficientemente con las nuevas técnicas de los astilleros del norte de Europa. El capital fluyó más y más hacia préstamos privados y bonos del gobierno que ofertaba más intereses que las inversiones directas en empresas productivas. La España de 1600 era ya es mundo en descomposición y de desencanto que Cervantes describe en el Quijote.

Por qué era probable que pasaran las cosas que han pasado

Martes, 24 de Julio de 2012

Un conocido me recuerda una entrada del 13 de octubre en la que se hablaba de la mutualización de la deuda autonómica y privada, de la reforma laboral con 20 días y sin convenios, de la subida del IVA, de la amnistía fiscal o de la reforma de la ley del aborto. No había que ser muy listo; bastaba con leer. Si uno leía a la CEDA en la oposición, la política o la periodística, llegaba a la conclusión de que habían interiorizado su palabrería taumatúrgica; es decir, estaban convencidos de que todas las tensiones financieras desaparecerían con su llegada al poder. Esto quería decir que no se habían preocupado de conocer la situación y que cualquier problema pillaría descolocada a la parte política, el PP, que se vería obligado a acudir a la parte ideológica: Faes, CEOE, servicios de estudios de bancos y cajas, etc… Para saber lo que iba a pasar, bastaba con leer lo que proponían en sus informes. Si uno se interesaba por el funcionamiento del PP, veía que era un partido con un líder que no quería serlo, que se había rodeado de gente de confianza sin más criterio que la confianza, y que ese grupo carecía de programa común. Por lo tanto, era sencillo prever que muchos de ellos, o todos, acabarían acudiendo a la parte ideológica de la CEDA.

Los problemas iban a seguir porque, en 2009, el directorio franco-alemán había decidido sacrificar la periferia para salvar al Este (y salvarse ellos mismos). Recordemos:

El dos de marzo de 2009, nueve países del Este de Europa (Chequia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Polonia, Estonia, Letonia y Lituania), todos fuera del euro, solicitaron mercanismos de ayuda a la UE en una cumbre de urgencia convocada por el presidente checo, Topolanek. Todos estos países habían tenido su propia burbuja financiera (e inmobiliaria) financiada con dinero centroeuropeo, Austria, Alemania y Benelux. El directorio franco-alemán se negó inicialmente a la petición, pero cedió en menos de un mes. El 21 de marzo, la UE movilizó 50.000 millones para las economías del Este, sin intervención, ni mecanismos de control. Probablemente, en la mente del directorio estaba la quiebra del banco austriaco Creditanstalt en 1931, suceso que provocó un fatal efecto dominó en Alemania y el Este de Europa. En octubre de ese año, Grecia pidió ayuda, pero su crisis se dejó pudrir para que afectara al resto de la Periferia, Portugal, Irlanda, Italia y España. Se trataba, salvo el caso de Italia, de una explosión más controlada porque no provocaba efecto dominó. Tras meses y meses de discusiones, cumbres, reuniones, planes de ajuste y llamadas de auxilio, el 25 de marzo de 2010 (19 días - seis meses) Francia y Alemania acordaron un plan para rescatar las finanzas griegas. Un plan con mucho menos dinero, con intervención de otros actores, como el FMI, con intervención y mecanismos del control y con condiciones que condenaban a Grecia al desastre.

Como era de esperar, la Periferia se contagió y nadie planteó dudas sobre cómo una crisis de activos tóxicos que afectaba a países ahorradores centroeuropeos se había convertido en una crisis de deuda pública de países gastadores. El marco mental de perezosos mediterráneos trabajando poco y evadiendo impuestos cortó cualquier debate. El hundimiento de la Periferia significó un alivio para el Este y un gran empujón para el Centro, lo que terminó de completar el círculo vicioso. Mientras la Periferia se freía en medio de tensiones de deuda, Alemania se financiaba a costes, incluso, negativos y tenía cifras récord de empleo (una situación con todo el aspecto de una burbuja). El marco mental de Periferia derrochadora y perezosa permitía a Alemania establecer normas para garantizar el hundimiento económico de la Periferia. Por ejemplo, el 23 de octubre de 2011, la UE admitía que los activos tóxicos, de la banca centro-europea, pudieran valorarse al 100%, mientras que se recortaba el valor de la deuda soberana periférica, donde había invertido la banca periférica. El rescate de la banca española se convertía en inevitable y, probablemente, también el de la italiana. Era el objetivo alemán: sacrificar a la Periferia para salvar al Este.

Volvamos a España. Como era previsible, la CEDA ganó las elecciones y la única cuestión que quedaba por ver era la velocidad del desastre. El PP optó por aumentarla con varias decisiones propias que, se mire como se mire, no se pueden achacar a nadie más. Por ejemplo, el aplazamiento de la presentación de los presupuestos hasta la celebración de las elecciones andaluzas y, sobre todo, la circense gestión del proceso de déficit culminada el dos de marzo de 2012, el día en el que España firmó caer al abismo. Recordemos:

España protagonizó este viernes la gran historia del día, y puede que una de las grandes historias del año, en la Cumbre de la Austeridad de Bruselas: se enfrentó abiertamente a las reglas de la Unión, como nunca lo había hecho en más de 25 años, y tras dos días de indisimulado silencio, de perfil bajo, el presidente Mariano Rajoy anunció ante la prensa lo que no quiso decirles a los 26 jefes de Estados y de Gobierno presentes en la reunión: que el déficit de 2012 será del 5,8% y violará así, de largo, lo pactado con Bruselas. Ese órdago tiene un presente y un futuro inciertos: provocó una sacudida en los intereses que paga España por su deuda (lo que anticipa problemas en los mercados) y, sobre todo, un choque de trenes en la UE (más problemas, esta vez con las instituciones, que tienen la última palabra). (El País, 3 de marzo)

Mariano Rajoy también incurrió ayer en la táctica de tierra quemada, y dejó Bruselas sembrada de enemigos. Diversas fuentes comunitarias aseguraban ayer que sus socios de la UE se enteraron con estupor de que Rajoy anunció, en una rueda de prensa al término de la cumbre europea de este jueves y viernes, que los presupuestos españoles contemplaban cerrar 2012 con un déficit público equivalente al 5,8 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), en lugar del 4,4 por ciento que prometió el Gobierno Zapatero bajo las exigencias del resto del Viejo Continente. Para más inri, el presidente español alardeó de no haber comunicado la cifra a sus socios durante la cumbre por ser una decisión soberana.

Esa misma mañana, acababa sin embargo de firmar un pacto que, como el grueso de las negociaciones desde que se desencadenara la crisis de la zona euro, supone una cesión de soberanía en materia presupuestaria. En los pasillos comunitarios se aseguraba que el desplante de Rajoy era un desprecio y una provocación innecesarios. Que con un poco más de mano izquierda, en mayo o en junio hubiera logrado la bendición de sus socios porque mantenía la parte más importante del compromiso: cerrar 2013 con un déficit del 3 por ciento.

Ahora bien, como advirtió públicamente el conservador belga Herman Van Rompuy, presidente del Consejo Europeo, el Gobierno Rajoy corre el riesgo de subestimar la mala imagen internacional de su precipitación, y de que los beneficios para el crecimiento económico y el empleo de retrasar la contención del déficit se diluyan por una subida de los tipos de interés que los mercados demanden a la deuda pública española.  (El Economista, 3 de marzo)

Han leído bien: “Ese órdago tiene un presente y un futuro inciertos: provocó una sacudida en los intereses que paga España por su deuda (lo que anticipa problemas en los mercados) y, sobre todo, un choque de trenes en la UE (más problemas, esta vez con las instituciones, que tienen la última palabra)”, “Mariano Rajoy también incurrió ayer en la táctica de tierra quemada, y dejó Bruselas sembrada de enemigos”, “el desplante de Rajoy era un desprecio y una provocación innecesarios” y “el Gobierno Rajoy corre el riesgo de subestimar la mala imagen internacional de su precipitación, y de que los beneficios para el crecimiento económico y el empleo de retrasar la contención del déficit se diluyan por una subida de los tipos de interés que los mercados demanden a la deuda pública española”. La CEDA se empeña en decir que todo es culpa de los demás, la derrota en Andalucía, la herencia recibida, Almunia, el BCE o Alemania, pero la película de hoy se escribió ese dos de marzo.

Desde entonces, lo previsible era que los problemas crecieran, que descolocaran al Gobierno y que éste, sin programa, ni liderazgo, tuviera que echar mano de la parte ideológica, Faes, Patronal, servicios de estudios, y convertir en leyes sus informes: mutualización de la deuda autonómica y privada, reforma laboral con 20 días y sin convenios, subida del IVA, la amnistía fiscal, privatización y copago de todos los servicios públicos. La situación irá a peor porque son medidas ideológicas; es decir, que no tienen en cuenta la realidad. Estamos en manos de la Guardia Roja de Esade que, como Mao, dejará morir a la gente al lado de los silos de trigo sólo para conseguir que se cumplan sus previsiones (es una metáfora: las pymes morirán al lado de bancos llenos de liquidez del BCE que no usan). La recesión se agravará y seguiremos en la espiral de la deuda; deuda para pagar deuda. De la deudocracia sólo se sale dejando de pagar. Todo lo que tardemos, será más hundimiento.

La situación irá a peor porque somos una explosión grande pero delimitada; incluso, geográficamente, lo que quiere decir mentalmente. España es un país con un gran botín en forma de empresas que, en los últimos años, se han internacionalizado con tanto éxito que el mercado nacional es una rémora. Lo lógico es que muchas de ellas, muy baratas por las bajadas del Ibex, sean compradas y dejen de ser españolas. Habrá rescate, se profundizará en la intervención y habrá nuevas medidas que serán las que se han negado, como la reducción de las pensiones. En marzo, añadí que esperaba equivocarme. Ya no lo sé. Quizá Zizek tenga razón y sea necesario que las cosas vayan muy mal para que haya una toma de conciencia y todo cambie.

Carta del ciudadano Robespierre al pueblo griego

Viernes, 18 de Mayo de 2012

Porque, no os engañéis, aquello que garantiza la duración de su poder son las inmensas facilidades que desde hace mucho tiempo se han procurado para propagar el error e interceptar la verdad. Todos los resortes del espíritu cívico se encuentran en sus manos y la confabulación de tantos pérfidos escritores, apoyada con todos los recursos del poder público, es posiblemente más temible para la libertad que todas las conspiraciones de la corte.

¿Qué medios poseemos para aún desbaratar sus funestos proyectos? En este momento, sólo conozco uno: la unión de los amigos de la libertad, la sabiduría y la paciencia. Cuidadanos, quieren desconcertaos para debilitaros, para desgarraros con vuestras propias manos y haceros responsables, acto seguido de la obra de su propia perversidad; debéis permanecer serenos e inmóviles. Observad en silencio sus culpables maniobras; dejadles desenmascararse y perderse a sí mismos por sus propios excesos. Un pueblo magnánimo y esclarecido se encuentra siempre a tiempo de reclamar sus derchos y vengar sus injurias. Desengañaos, desengañad a vuestros conciudadanos todo cuanto podáis; disipad la ilusión en que se basa el reino de la intriga y el reino de la intriga dejará de existir.

Pasar de contrabando la verdad, a través de todos los obstáculos que le oponen sus enemigos; multiplicar, difundir por todos los medios posibles las consignas que pueden hacerla triunfar; equilibrar con el fervor y con la actividad del civismo la influencia de los tesoros y las maquinaciones para popagar la impostura: ésta es, en mi opinión, la tarea más útil y el deber más sagrado de los patriotas auténticos. Utilizar las armas contra los tiranos y los libros contra los intrigantes; emplear la fuerza para rechazar a los bandidos extranjeros y la inteligencia para reconocer a los estafadores domésticos; éste es el secreto para triunfar a la vez sobre todos vuestros enemigos.

Robespierre, Discursos (Vía Colectivo Todozen. El año que tampoco hicimos la revolución)

“La derecha es optimista y la izquierda, pesimista”

Miércoles, 24 de Junio de 2009

El sabio Manolo Portela recupera un artí­culo impescindible de Daniel Innerarity sobre “la izquierda melancólica y reparadora”. Se publicó el siete de septiembre de 2007 pero podrí­a haber sido hoy porque todo sigue no igual, peor.

Salir del pesimismo

A un personaje del Torquato Tasso de Goethe le debemos una formulación que probablemente sea el paradigma de todas las disculpas: “De lo que uno es / son los otros quienes tienen la culpa”. Esta convicción no explica nada pero alivia mucho; sirve para confirmar a los nuestros frente a ellos, esquematiza las tensiones entre lo global y lo local o proporciona un código elemental para las relaciones entre la izquierda y la derecha. Podemos estar seguros de que algo de este planteamiento sostiene la confrontación polí­tica cuando el discurso encaminado a mostrar que los otros son peores ocupa todo el escenario. Pero revela muy propia confianza en el propio proyecto, ideas y convicciones.

Así­ funciona, con escasas excepciones, el actual antagonismo entre la izquierda y la derecha. Por eso los análisis que en estas mismas páginas han hecho Sami Naí¯r de la polí­tica de Sarkozy o José Marí­a Ridao acerca del entorno ideológico de Bush son magní­ficas descripciones de lo equivocada que está la nueva derecha, pero dicen muy poco acerca de lo débil que es la izquierda. ¿Y si invirtiéramos la máxima de aquel personaje de Goethe y pensáramos qué culpa tiene la izquierda en el triunfo de la derecha? Este tipo de análisis suelen ser más provechosos porque no se enturbian con el prejuicio de pensar que si nuestros competidores son muy malos, entonces nosotros tenemos necesariamente razón. Creo que buena parte de lo que le pasa a la izquierda en muchos paí­ses del mundo es que se limita a ser la anti-derecha, algo que no tiene nada que ver, aunque lo parezca, con una verdadera alternativa. Se ha dicho que la izquierda tiene dificultades en movilizar a su electorado y hay quien piensa que esa operación vendrí­a a ser, no tanto despertar la esperanza colectiva como inquietar al electorado para ganarse la preferencia que resignadamente nos hace decidirnos por lo menos malo.

Por decirlo sintéticamente: hoy la derecha es optimista y la izquierda pesimista. Tal vez el antagonismo polí­tico se articule actualmente más como disposición emocional que como proposición ideológica. Lo que ocurre es que las emociones y las ideas se relacionan más estrechamente de lo que solemos suponer. Si examinamos las cosas de este modo, percibiremos el desplazamiento ideológico que está teniendo lugar. Tradicionalmente la diferencia entre progresivo y conservador se correspondí­a con el pesimismo y el optimismo, en el orden antropológico y social. Mientras que el progresismo se inscribí­a en un desarrollo histórico hacia lo mejor, el conservadurismo, por decirlo con expresión de Ernst Bloch, ha estado siempre dispuesto a aceptar una cierta cantidad de injusticia o sufrimiento como un destino inevitable. Pero esto ya no es así­, en buena medida. El estado de ánimo general de la derecha, que tiene su mejor exponente en Sarkozy, es todo lo contrario de la resignación: decidida y activa, sin complejos, confiada en el futuro y con una firme resolución de no dejar a nadie el mando de la vanguardia. Esta disposición es lo que está poniendo en dificultades a una izquierda que, aun teniendo buenas razones para oponerse, no las tiene a la hora de proponer algo mejor. Si recoge las causas de los excluidos o se convierte en abogada del pluralismo, no lo hace para construir a partir de todo ello una concepción alternativa del poder, y eso se nota en la mala conciencia de quien sabe que no está haciendo otra cosa que reclutar aliados.

La izquierda es, fundamentalmente, melancólica y reparadora. Ve el mundo actual como una máquina que hubiera que frenar y no como una fuente de oportunidades e instrumentos susceptibles de ser puestos al servicio de sus propios valores, los de la justicia y la igualdad. El socialismo se entiende hoy como reparación de las desigualdades de la sociedad liberal. Pretende conservar lo que amenaza ser destruido, pero no remite a ninguna construcción alternativa. La mentalidad reparadora se configura a costa del pensamiento innovador y anticipador. De este modo no se ofrece al ciudadano una interpretación coherente del mundo que nos espera, que es visto sólo como algo amenazante. Esta actitud recelosa frente al porvenir procede básicamente de percibir al mercado y la globalización como los agentes principales del desorden económico y las desigualdades sociales, dejando de advertir las posibilidades que encierran y que pueden ser aprovechadas. Movilizar los buenos sentimientos e invocar continuamente la ética no basta; hace falta entender el cambio social y saber de qué modo pueden conquistarse en las nuevas circunstancias los valores que a uno le identifican.

La primera dificultad de la izquierda para configurarse como alternativa esperanzadora procede de esa especia de “heroí­smo frente al mercado” (Zaki Laí¯di) que le impide entender su verdadera naturaleza y le hace pensar que el mercado no es más que un promotor de la desigualdad, una realidad antisocial. Para una buena parte de la izquierda razonar económicamente es conspirar socialmente. Piensa que lo social no puede ser preservado más que contra lo económico. La denuncia ritual de la mercantilización del mundo y del neoliberalismo procede de una tradición intelectual que opone lo social a lo económico, que tiende a privilegiar los determinismos y las construcciones frente a las oportunidades ofrecidas por el cambio social. Desde este punto de partida es difí­cil comprender que la competencia es un auténtico valor de izquierda frente a las lógicas de monopolio, público o privado, sobre todo cuando el monopolio público ha dejado de garantizar la provisión de un bien público en condiciones económicamente eficaces y socialmente ventajosas.

Y es que también hay monopolios públicos que falsifican las reglas del juego. A estas alturas sabemos bien que existen desigualdades producidas por el mercado, pero también por el Estado, frente a las que algunos se muestran extraordinariamente indulgentes. En ocasiones, garantizar a toda costa el empleo es un valor que debe ser contrapesado con los costes que esta protección representa respecto de aquellos a los que esa protección impide entrar en el mercado de trabajo, creando así­ una nueva desigualdad. Enmascarada tras la defensa de las conquistas sociales, la crí­tica social puede ser conservadora y desigualitaria, lo que explica que la izquierda está actualmente muy identificada con la conservación de un estatus.

Esta actitud conservadora podrí­a redefinirse en términos de innovación polí­tica modificando los procedimientos en orden a conseguir los mismos objetivos: se trata de poner al mercado al servicio del bien público y la lucha contra las desigualdades. La nostalgia paraliza y no sirve para entender los nuevos términos en los que se plantea un viejo combate. No es que una era de solidaridad haya sido sustituida por una explosión de individualismo, sino que la solidaridad ha de articularse sobre una base más contractual, sustituyendo aquella respuesta mecánica a los problemas sociales consistente en intensificar las intervenciones del Estado por formulaciones más flexibles de colaboración entre Estado y mercado, con formas de gobierno indirecto o promoviendo una cultura de evaluación de las polí­ticas públicas.

Y la otra causa de que la izquierda presente actualmente un aspecto pesimista es su concepción únicamente negativa de la globalización, que le impide entender sus aspectos positivos en orden a la redistribución de la riqueza, la aparición de nuevos actores o el cambio de reglas de juego en las relaciones de poder. Al insistir en las desregulaciones vinculadas a la globalización, la izquierda corre el riesgo de aparecer como una fuerza que protege a unos privilegiados y rechaza el desarrollo de los otros. Es cierto que la dinámica general del mundo nunca habí­a sido tan poderosa, pero también tan prometedora para muchos.

Por eso la izquierda del siglo XXI debe poner cuidado en distinguirse del altermundialismo, lo que no significa que no haya problemas graves a los que hay que buscar una solución, sin ceder a la letaní­a de deplorar la pérdida de influencia sobre el curso general del mundo. En lugar de proclamar que “otro mundo es posible”, más le vale imaginar otras maneras de concebir y actuar sobre este mundo. La idea de que no se puede hacer nada frente a la globalización es una disculpa de la pereza polí­tica. Lo que no se puede es actuar como antes. La izquierda no se librará de ese pesimismo que la atenaza mientras no se esfuerce en aprovechar las posibilidades que genera la mundialización y orientar el cambio social en un sentido más justo e igualitario.

Un proyecto polí­tico tiene que encarnar una esperanza, razonable e inteligente, o no pasará de ser más que la inercia necesaria para seguir tirando.

Ir tirando.

Generación I

Martes, 16 de Junio de 2009

“Jamás te perdonaré que me hayas jubilado doce años antes”. La frase se la dijo Manuel Fraga Iribarne a Aldolfo Suárez en los baños del Congreso de los Diputados. Suárez es, de momento, el polí­tico más odiado e insultado de la democracia española; Zapatero lo está alcanzando pero aún tiene trecho que recorrer. La clave de ese odio, una de ellas (nada lo explica todo), es esa jubilación prematura de una generación que se consideraba preparada y destinada a hacer lo que hizo la generación de Suárez. Lo mismo sucede con Zapatero. En el libro recomendable de Javier Cercas sobre el 23-F se habla mucho del odio que concentró Suárez pero apenas hay nada sobre la dialéctica generacional como causa. También se ha hablado mucho sobre la crisis de la socialdemocracia europea, de la que sólo se salva España, y nada se ha dicho del relevo generacional que sí­ ha hecho España y se posterga en Italia, Francia o Alemania. Las crí­ticas al actual grupo dirigente del PSOE vienen de los postergados generacionalmente y, más ampliamente, la tensión generada por la llegada de Zapatero hay mucho de factor generacional, lo mismo que en la aparición de UPD. Y quizá el generacional también es un factor a tener en cuenta en los resultados electorales de Galicia, lo mismo que en la solidez del PP en Valencia y Madrid o del PSOE en Andalucí­a.

Todo comienza con Hegel. Un tipo que (simplificándolo) dijo que todo nace de la lucha de los contrarios anteriores o, más concretamente, de las contradicciones de lo anterior; la dialéctica, vamos. Si está pensando en tesis, antí­tesis y sí­ntesis, va bien, pero esos términos son de Fitche, un pelí­n anterior. La influencia de Hegel es tan amplia que no se distingue, como el paisaje, y son más reconocibles los discí­pulos que se centraron en campos concretos. Hubo quien se fijó en la lucha de clases como motor de la historia o quienes se centraron en la raza, la nación, la religión o su continuací¬ón laica, la ideologí­a o quien pensó que era (es) la voluntad de poder de determinados hombres la que hací­a (hace) moverse la historia. También hubo otros que se fijaron en el factor generacional; es decir, cómo una generación, independientemente de factores como la clase o la religión, se enfrenta a otra para sustituirla. Se trata de un elemento de análisis que ha tenido una amplia implantación en el arte donde ha llegado a colonizar su cronologí­a; la historia del arte es la de sus movimientos generacionales (muy tramposos, claro, nada cambia de todo ni permanece siempre. Si no la han leí­do, vayan a comprar Manual de literatura para caní­bales de Rafael Reig donde pelean desaforadamente naturalistas contra románticos o noventayochistas contra modernistas) y te dan por el saco si decides quedarte fuera como los personajes de la saga de Reig. Sin embargo, la dialéctica generacional ha tenido muy poca extensión a otros campos, como la polí­tica. Vamos a jugar.

Generación es un concepto extensivo en sus datos. No es un chispazo. Podrí­a decirse que es el colectivo en el que uno se integra (o lo integran) en un periodo histórico concreto para desarrollar una acción extensiva con consecuencias en uno o más ámbitos de la sociedad. Una generación tiene que reconocerse o ser reconocida y hacer algo importante; no vale con creérselo y hacerse una foto. Pero vamos a Suárez y a Zapatero.

En polí­tica española, a los que Ganaron la Guerra (o la Perdieron) les sucedieron los que Modernizan el Franquismo (momento inmortalizado en La escopeta nacional) y a éstos los que Hacen la Transición. Cuando el Rey logra la dimisión de Arias Navarro, los que Modernizan el Franquismo (MF) esperan su turno. Areilza, Fraga, Osorio, López de Letona o Silva Muñoz, entre otros, están pendientes del teléfono pero el que suena es el de Suárez, un tipo sin credenciales, sin carrera, sin viajes, sin ná de ná, coño. Un tipo cuyo nombramiento significa un relevo generacional y los MF se suben por las paredes. Ninguno de ellos quiso participar en el primer Gobierno Suárez que acabó llamándose de PNN (profesor no numerario), precisamente por la juventud de sus miembros. Con su gesto de desprecio, los MF contribuyeron a formar otra generación, la de los que Hacen la Transición (HT) o, mejor dicho, HTI, Hacen la Transición Inmaculada.

El relevo se extiende al resto de los partidos. El PSOE fue el que mejor lo entiende y una nueva generación se carga al partido de la Guerra y el Exilio; los que ahora protestan porque no se tiene en cuenta el valor de la experiencia se cepillaron sin contemplaciones a sus ‘mayores’ polí­ticos como Luis Gómez Llorente, Alonso Puerta o Paco Bustelo. El PCE fue de los que menos porque los de la Guerra y el Exilio eran más (de hecho, eran todos porque se trataba de un legado psicológico) y su legitimidad, mayor. A la derecha, el relevo generacional le costó pero llegó con Aznar que, tal y como dijo, hizo la transición. Este relevo polí­tico se simultaneó con un relevo generacional en la intelectualidad, en la cultura y en los medios. Tipos de 20-30 años eran alcaldes, ministros o directores de periódicos y, como explica Cercas, jugaban con todo como lo hacen los niños en la mañana de Reyes Magos. Lo mismo especulaban con golpes blandos y gobiernos de concentración que montaban (o continuaban) grupos de guerra sucia o reconversiones industriales o polí­ticas económicas. Todo está perdonado porque todo salió bien y todo salió bien porque estamos aquí­ y somos nosotros (aunque este último razonamiento es muy complejo).

Esa generación, la de los que Hacen la Transición Inmaculada sigue (los 80), sigue (los 90) y sigue (siglo XXI) creando un tapón considerable y sólo es cuestionada, un poquito, por el naciente poder territorial (al que, claro, esa generación odia y es una de las razones del nacimiento de UPD, el partido del benecol). El primer gran signo de relevo llega en el Congreso del PSOE que elige a Zapatero. Podrí­a haber sido Bono, de la HTI, pero fue Zapatero, que es de otra generación aún sin nombre (puede ser Lí­quida, Ikea, Bajo Coste o Hundimiento Total). Enseguida, los odios. Este tí­o es un frí­volo, no sabe lo que hace, está jugando con cosas que costaron mucho tiempo hacer, quiere cuestionar todo lo anterior. Claro, como todas las generaciones anteriores, esta llega al poder y lo toca todo, lo prueba todo y juega con todo para ver qué pasa. Y, sobre todo, busca su proyecto desde lo que hicieron los demás pero sin darlo por hecho (es la diferencia entre la primavera, que sucede cada año, y Windows, que no tiene por qué ser el sistema operativo de tu ordenador). El PP no ha tenido ese relevo. Rajoy no pertenece estrictamente a la HTI pero es un pancho (concepto que explicaremos más adelante) de la HTI y, por eso, es casi seguro que volverá a perder con Zapatero. No le ocurrirí­a lo mismo a Ruiz-Gallardón, un orlando (concepto que también explicaremos más adelante)  de la HTI.

La intelectualidad, la cultura y los medios han ido cada uno a su ritmo. La cultura, que se mueve por el mercado y tiene que cambiar, ha sufrido relevos aunque el debate sobre el intercambio de archivos tiene mucho de generacional y no sólo por la edad de los defensores de la tecnologí­a y la del grupo dirigente de la SGAE. No tengo datos para hablar sobre la intelectualidad (y no es un chiste) pero sí­ sobre los medios de comunicación porque, de todos los campos, es al que más se aferra la HTI gracias a un sistema de mutua ayuda generacional, tú me invitas a tu tertulia de la radio y yo te pido un artí­culo para mi periódico online. Tan sólo (hablo de Madrid, claro) la constelación que rodea a Jiménez Losantos y la naciente alrededor de Público han sacado la cabeza. En el resto de medios opinan los mismos que opinaban hace 30 años. Zapatero, (ojo, no Rajoy ni Rosa Dí­ez), como fue Suárez, es el sí­mbolo de que hay gente esperando a la puerta para sentarse en su silla.