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Fernández Ordónez, superrojoquetecagas.

Viernes, 10 de Agosto de 2012

Leo:

El mayor riesgo es una cuarta posibilidad. Que no nos propongamos nada. Que consideremos polí­ticamente la crisis como una coartada para una inacción melancólica. Que profeticemos las dificultades como un hecho externo que se trata de conjurar y no un desafí­o que puede ser asumido y respondido. Fundamentalmente se va a plantear un proceso de adaptación al cambio y todo va a depender de la capacidad y la voluntad colectiva de aceptar sus consecuencias. Jamás la historia ha sido una lí­nea recta. De crisis en crisis, de desafí­o en desafí­o, quizá también de fracaso en fracaso, los hombres han avanzado trabajosamente, tratando de ofrecer respuestas nuevas a las nuevas situaciones: la inteligencia es la capacidad de adaptarse a circunstancias nuevas, porque el presente tal vez no existe y el hombre llega al mundo cada mañana.

(…)

Hay que comenzar por afirmar que la lista de derechos fundamentales y libertades es el resultado de una apasionante lucha histórica. Cada una de esas libertades ha sido conquistada. (…) Estos derechos, estas declaraciones de nuestra Constitución, tienen el valor de una planta frágil, trabajosamente cultivada, crecida en un ambiente hostil, vulnerable ante el fanatismo, la intolerancia, el integrismo, o sencillamente, ante ese deseo español de acercarse, de cuando en cuando, al vértigo de grandes precipicios.

(…)

La moral social no puede nunca instalarse de espaldas a la realidad histórica, si no se quiere apoyar en una caricatura. Los códigos de valores sociales no siempre coinciden con los valores de una u otra religión. (..) La secularización de la moral social puede configurar un modelo de convivencia que sirva para todos, los creyentes y los no creyentes, y sólo desde esta plataforma podrá construirse una sociedad libre, es decir: plural y abierta. En suma, no es libre, en su sentido pleno, el joven sin trabajo, o el enfermo y anciano desvalidos, como piezas rotas del aparato productivo, o la mujer discriminada en su remuneración y en su papel ante la sociedad, o el padre que tiene que pagar un alto precio por la enseñanza mediocre de sus hijos. Hay una lucha planteada para afrontar la eliminación de todas las formas de dominio, o de injusticia, que impiden el desarrollo de la libertad en su sentido positivo, es decir, en las raí­ces de la profunda libertad del hombre. Este sentido positivo del concepto de libertad es absolutamente fundamental para entender el proyecto progresista, que impone básicamente una profundización en la existencia real de las libertades, tanto individuales, como colectivas y que, paradójicamente, no quedan aseguradas con un planteamiento puramente abstencionista.

(…)

Por tanto, la emancipación social, con la transformación de todo el conjunto de fuerzas limitativas o de represión que subsisten en los Estados democráticos modernos, obliga a un esfuerzo diferente que al de la recuperación de las libertades clásicas, y consiste en el juego de contrapoderes que equilibren la tendencia totalizadora de las sociedades avanzadas, en el reconocimiento de espacios propios de libertad más personal, en las autonomí­as regionales, en la valoración de los elementos no materiales de la actividad económica. La sociedad industrial moderna exige una redefinición de los antiguos valores y derechos, que están más amenazados desde ella.

¿Formas de dominio?, ¿emancipación social? Es interesante cómo se ha movido el pensamiento político. El moderado Fernández Ordónez (el texto es de su libro La España necesaria), ministro con la UCD antes de serlo con el PSOE, parece un superrojoquetecagas.

Reabrimos el chiringuito

Lunes, 21 de Junio de 2010

Ayer, el maestro Juliana hablaba de un servidor. Ante tal muestra de amabilidad (unidas a las de otros lectores como Gonzalo, Eva, Asier, Miguel Ángel, Mr. P o Raquel) no queda más remedio que reabrir el chiringuito. Bienvenidos.

El Directorio Europeo

Acaso la aventura de Europa se decida, lorquianamente, en la España solar (suelo y sol)

“Señor, es la primera vez que asisto a una batalla –dijo por fin al sargento–, pero ¿esto es una verdadera batalla?” (H.B. Stendhal, La cartuja de Parma)

La sala de actos de la Asociación de la Prensa de Madrid estaba llena a rebosar el miércoles por la mañana. George Lakoff y Stanley Greenberg, gurús de la era Obama, convocados por la Fundación Ideas. Turno de preguntas. Una señora levanta la mano: “No quisiera parecer ingenua, pero ¿existe alguna receta para que Zapatero vuelva a ganar las elecciones?” Conato de carcajada general. Nada, un instante. Medio segundo. La hilaridad no acaba de estallar, pero el neurolingüista Lakoff, atento a los marcos mentales, capta la descarga: “Creo que el presidente debería explicar de manera sincera lo que piensa y por qué ha cambiado sus políticas”.

Es interesante constatar cómo la filosofía política norteamericana y sus técnicas de persuasión han colonizado el mercado ideológico español. Desde hace una década, PP y PSOE hablan americano con la fe del converso. José María Aznar les compró a los neoconservadores hasta la última gota de crecepelo. Los folletos del American Entreprise Institute aconsejaban polarizar la sociedad, tensarla al máximo, para desmovilizar al adversario y evitar así las aguas pantanosas del centro. Tensión, tensión, tensión. Y al genio de Ángel Acebes no se le ocurrió otra cosa que tensar al personal con la confusa información de los atentados del 11-M. En la calle Génova aún lo están lamentando.

El PSOE ha comprado frames en Washington. Marcos conceptuales. Imágenes perforantes. Metáforas Black&Decker. Los lunes, Leire Pajín siempre escribe lo mismo en su cuaderno escolar: “El lobo es el PP”. Y Elena Salgado, siguiendo instrucciones del presidente, dibujaba bonitos brotes verdes en las reuniones del Ecofin, hasta que una noche de mayo Wolfang Schaüble y Christine Lagarde, ministros de Economía de Alemania y Francia, respectivamente, le alzaron la voz: “Señora, o toman medidas ustedes, o las tomamos nosotros”. Desde aquel día (8 de mayo del 2010), la política económica española se halla intervenida por el Directorio Europeo.

A Jorge Dionisio López, un amigo mío de Zamora que lo lee todo y que una mañana te puede sorprender con una nota sobre Nereo Rocco, el entrenador de fútbol italiano que en los años cincuenta importó de Suiza la temida técnica del catenaccio, lo del Directorio Europeo no le gusta. “Ironizas sobre la pedantería del PSOE con las teorías de Lakoff, pero también te apuntas a los frames; eso del Directorio Europeo es la metáfora de una España sin remedio”.

Me explico. El Directorio Europeo es una relación de fuerzas. Inicialmente, España formaba parte de él. Con grandísima visión de la jugada, Felipe González apoyó la reunificación alemana de Helmut Kohl, ayudando a bloquear el frente de rechazo de Margaret Thatcher y François Mitterrand, temerosos ambos de un nuevo expansionismo germánico. González se lo cobró. Millones de marcos siguieron llegando a España en forma de ayuda a la convergencia europea. Subvenciones. Inversiones. Y créditos. Créditos que ahora la banca alemana teme no poder cobrar.

Aznar quiso jugar su propia partida, aprovechando los vértigos de Iraq: alianza preferente con Estados Unidos y Gran Bretaña, frente a la vieja Carolingia. La trepidante aventura atlántica acabó mal. Muy mal.

Zapatero se cruzó en su camino con un bonito frame: “Regresaremos al corazón de Europa”. Y se fotografió en los jardines de la Moncloa con Jacques Chirac y Gerhard Schröder. Seis años después, la prensa anglosajona lo zarandea, y la alemana, también. Es una pinza terrible. Los dos polos del gran combate conceptual europeo libran su batalla a costa del derrumbe español. Para los anglosajones contrarios al euro, España es el eslabón débil de la peligrosa hegemonía germánica. Para los alemanes, la pesadilla de la República de Weimar podría recomenzar con las deudas de España. (”Los alemanes llevamos en nuestros genes el miedo a la peste monetaria; no tenemos otra pasión que vigilar el valor del dinero”, declara el filósofo Peter Sloterdijk a la revista francesa Le Point). El Directorio Europeo es el miedo alemán a Weimar; es el miedo inglés a acabar marcando el paso de Berlín; es el tiburoneo de Wall Street; y es la imposibilidad –hoy– de que Francia trace una línea económica alternativa con el apoyo de España.

La aventura de Europa posiblemente se decida en España; lorquianamente, angustiosamente. En esa España solar (suelo y sol) que piensa en americano y cuyos poderes fuertes (banca y antiguos monopolios del Estado) saben más de Brasil, Argentina y Venezuela que de la vieja Carolingia. Ahora deberán leer algo sobre Weimar. Y sobre Stendhal, que resumió el mundo moderno en la primera aventura del joven Fabrizio del Dongo (La cartuja de Parma). Fabrizio estuvo en Waterloo sin saberlo. Oía el trueno de los cañones, el relinchar de los caballos, el grito de los oficiales y el gemir de los heridos, pero tardó su tiempo en descubrir que aquellas furias eran fragmentos de una gran batalla.

Quizá España no sea tan débil. Quizá una clave sea la cantidad de billetes de 500 euros que había en España. Dinero; no números.

El maestro

Lunes, 9 de Marzo de 2009

Les presento al maestro Juliana

juliana

Hoy publica un nuevo libro titulado La deriva de España. Aquí­ pueden leer una entrevista de Llí tzer Moix en LV que, claro, comienza preguntando por el tí­tulo. No quiere decir lo que parece que quiere decir.

La responsabilidad, la tragedia y la culpa

Martes, 27 de Enero de 2009

Enric González explica en 20 lí­neas tantas cosas. Por ejemplo, toda la obra de Paul Auster.

Nos hemos acostumbrado a exigir responsabilidades. Cualquier desgracia ha de tener un responsable. Es una caracterí­stica de la posmodernidad urbana: la convicción de que si todo el mundo hiciera exactamente lo que tiene que hacer, si en cualquier circunstancia se movilizaran todos los medios disponibles (y el Estado, según nuestra concepción, cuenta con medios ilimitados), no existirí­a la tragedia.

Pero la tragedia existe, y seguirá existiendo. El viento derribó el sábado un edificio en Sant Boi, cerca de Barcelona, y unos niños que jugaban a béisbol quedaron sepultados bajo los cascotes. Eso es lo que llamamos tragedia. Y dentro del mecanismo trágico, que (no lo olvidemos) sirve para marcar los lí­mites de la vida y las personas, las fronteras que nos separan de la divinidad o de la nada, funciona otro tipo de responsabilidad que ni es posmoderna ni se extiende al ámbito público. Es lo que, en términos judeo-cristianos, conocemos como culpa. Los padres se culparán por haber permitido que sus hijos salieran de casa. Los entrenadores se culparán por haber llevado a los chicos al interior del edificio. Los supervivientes se culparán por seguir con vida. Esa culpa no es real. Nadie es culpable

Esa culpa, sin embargo, es uno de los atributos de la humanidad. Esa culpa es el poso sólido y amargo del amor.

Me lo quedo para bunburizarlo.

Koala

Domingo, 28 de Septiembre de 2008

Este es un blog pingí¼ino y servidor pensaba que lo contrario al sentimiento pingí¼ino era el pájaro bobo. Enric González, cada dí­a más brillante, señala al koala.

El ejemplo del Koala

El koala parece feliz. Quizá lo es. Mí­renlo: una monada. Y, sin embargo, podemos catalogarlo como el mamí­fero más lamentable del planeta. En ciertos aspectos, muestra rasgos que sugieren un alto nivel evolutivo: sus huellas digitales (un elemento raro en la naturaleza) son casi indistinguibles de las humanas. Pero, y eso también es raro, está en regresión. Evoluciona al revés. Cada generación es un poquito más imbécil que la anterior.

Hace unos veinte millones de años, el koala, marsupial arbóreo y herbí­voro, viví­a en las selvas australianas, alimentándose de hojas muy diversas. Cuando el clima empezó a enfriarse, las selvas fueron reemplazadas por bosques de eucaliptos. ¿Han probado una hoja de eucalipto? No lo hagan. Es correosa, tóxica y apenas proporciona alimento. Muchí­simas especies se extinguieron con la llegada del eucalipto. Otras buscaron nuevos lugares para establecerse. El koala, no. El koala prefirió adaptarse y conformarse con lo que habí­a. Desde entonces, su vida ha ido convirtiéndose en una auténtica porquerí­a.

 

Para arreglárselas con la nueva dieta y digerir las hojas de eucalipto, el koala desarrolló una especie de microbio estomacal. Pero eso lo hizo entonces, cuando poseí­a la inteligencia que puede esperarse de un mamí­fero. Ahora, el microbio se transmite por la ví­a más fácil: a partir de los seis meses, y hasta que cumple un año, el koala pasa gran parte de su tiempo amorrado al ano de su madre, sorbiendo un tipo de excremento rico en microbios. En este caso, como en otros, la infancia define la vida.

 

Una vez adulto, el koala puede dedicarse ya a masticar hojas de eucalipto. Dedica a ello unas cinco horas diarias. Luego necesita una siesta de unas 18 horas, para que actúe el microbio intestinal. El animalito es altamente irritable mientras come: ni se le ocurra tocarlo. También es irritable mientras digiere. En eso se le va prácticamente toda la jornada: come, digiere y se cabrea. No hay tiempo para más.

 

La dieta de eucalipto, muy pobre en proteí­na y en cualquier otro elemento nutritivo, ha provocado un progresivo empequeñecimiento del cerebro. Los fósiles demuestran que, antes, en la época selvática, el cráneo del koala estaba lleno de masa cerebral. Ahora, el cerebro es como una nuez pequeña, con dos lóbulos desconectados entre sí­, flotando en fluido. El koala viene a pesar entre 5 y 12 kilos. Su cerebro supone el 0,2% de esa masa corpórea. Si el humano hubiera seguido la tendencia regresiva del koala, ahora, en lugar de poseer un cerebro de 1,4 kilos, tendrí­a uno de 100 gramos. Aún hay tiempo para conseguirlo. Sólo es cuestión de perseverar.

 

No creo que haga falta comer todos los dí­as medio kilo de hojas, como el koala, para convertirse en un imbécil. Quizá sea posible conseguir el mismo efecto con unas cuantas ideas, masticadas durante años y años. Se podrí­a empezar con un par de conceptos básicos, patria y nación, tan correosos, tóxicos y carentes de proteí­na como el eucalipto. Al cabo de un cierto tiempo, más o menos largo, según los casos, el aspirante a koala nota los efectos iniciales: una sensación de pertenencia intensa a un grupo, y de diferencia respecto a otros grupos. El siguiente paso será una inefable sensación de superioridad respecto a otros grupos. Lo principal ya está hecho.

 

Pero no hay que conformarse con eso. Es necesario encontrar un equivalente al microbio que el koala chupa del ano materno. Ahí­ nos valdrí­a, quizá, algo más tenue que un concepto. Como, por ejemplo, lo que algunos llaman “fidelidad ideológica”. Recuerden, sobre todo, que no hablamos de principios y ética, o moral: si se tiene de eso, resulta casi imposible convertirse en koala. No, aquí­ nos referimos a esos prejuicios sectarios que nos llevan a votar a un partido, o a comprar un periódico, o a ver una cadena de televisión, con un único fin: que refuercen nuestros prejuicios; es decir, que nos mantengan firmes en el punto de partida y no intenten inocularnos la funesta maní­a de pensar.

 

Cuando, para nosotros, los buenos sean siempre los mismos y lo hagan siempre bien, y los malos sean siempre los mismos y lo hagan siempre mal; cuando nos moleste la duda; cuando seamos incapaces de percibir nuestra propia ignorancia; cuando nuestro mecanismo mental se limite a conjugar el “yo”, el “nosotros” y el “ellos”, lo habremos conseguido. Basta ponerse a ello. Vocación no nos falta.

No me resisto: en el siglo pasado, cuando todaví­a existí­a un paí­s llamado Yugoslavia, se realizó una encuesta a la población en la que se le preguntaba de dónde se sentí­a ciudadano. La mayorí­a decí­a sentirse ciudadano de la región en la que viví­a y sólo una minorí­a se sentí­an yugoslavos. A estos últimos se les adjudicó el mote de pingí¼inos. (La España de los pingí¼inos, Enric Juliana)

Esa astilla del palo de la cruz

Viernes, 22 de Agosto de 2008

Rafael Reig explica hoy una de las bases de nuestra sociedad: el sentimiento de culpa. Algo que Pedro Vallí­n sostiene que está en el mal rollo que sustenta la actual cultura europea, desde el cine a la ideologí­a. Dice Reig: ”comparto la inquina de Nietzsche contra el cristianismo, que siempre razona así­: yo sufro; por lo tanto, alguien tiene que tener la culpa. El desenlace ya lo conocemos: el sentimiento de la propia culpa, esa astilla del palo de la cruz que nos clavan en el corazón”.

Inocentes   

La mierda de la especulación, de a ver cómo cojones me levanto unos kilos de más, ha hecho estallar por los aires a lo único sagrado que hay en este mundo: la vida de los inocentes. Seguiremos llevándonos medallas, nos levantaremos las más gozosas fortunas y a ellos… ¡Qué cojones importa que el motor esté mal! ¡Yo lo valido por mis cojones! ¡No entiendes que en ese avión sólo habí­a chusma! ¡Aquí­ sólo estamos para lo que estamos! Hoy, te lo puedes creer o no, el sistema ha asesinado a 153 inocentes. A 153 de los mejores de los nuestros. A 153 personas que se querí­an y que habí­an pagado unas vacaciones (posiblemente empeñándose en un crédito usurero) para probar, aunque sólo fuera por una vez en la vida, lo que puede ser disfrutar unos dí­as con tu familia en el mejor de los mundos que te puedes pagar. ¡El motor está mal, pero yo lo valido por mis cojones! Inadmisible. (Mario L. Sellés, Madrid)

Es que acaso hay ví­ctimas culpables? Las ví­ctimas inocentes siempre me dejan pensativo y perplejo. Un tipo cuya casa se derrumba es inocente, imagino, puesto que (en principio) no ha hecho nada para causar su tragedia. Un tipo que decide subir al Himalaya y muere, ¿es ya un poco más culpable? Y si el parte meteorológico era muy malo ese dí­a, entonces ¿es por fin del todo culpable, una ví­ctima de sí­ mismo, de su amor al riesgo o de su propio error de juicio?

También me inquieta esa balanza de precisión que usted posee y le permite aquilatar lo que pesa cada vida. Si muere un tipo al que le sobra el dinero y que iba a Canarias a ponerle los cuernos a su mujer con la secretaria, ¿deja de ser inocente? ¿Ya no merece nuestra compasión? Si se acredita que un fallecido era egoí­sta, despótico y un rico avariento, ¿le está entonces bien empleado? ¿Nadie debe sentir dolor en ese caso?

Por último, ¿ví­ctimas del sistema? Sí­, claro, igual que los que pierden la vida en la carretera, en el andamio o de un infarto causado por la jornada laboral progresista que nos imponga la Unión Europea. Comparto la inquina de Nietzsche contra el cristianismo, que siempre razona así­: yo sufro; por lo tanto, alguien tiene que tener la culpa. El desenlace ya lo conocemos: el sentimiento de la propia culpa, esa astilla del palo de la cruz que nos clavan en el corazón. Yo no sé todaví­a cómo y por qué se produjo la catástrofe. Puede que haya responsables o negligencia (y se debe investigar a fondo), pero, como no soy cristiano, también podré aceptar que sea un accidente. Tampoco sé si las ví­ctimas eran buenos, pobres, malvados o ricos. ¿Y sabe una cosa? Me da lo mismo: siento la misma pena. Y si no se querí­an, tení­an dinero a espuertas y detestaban a su familia, también siento el mismo dolor.

Inmenso. 

El señor gordo II

Lunes, 7 de Julio de 2008

Este es el texto sobre polí­tica más interesante que he leí­do últimamente. Lo escribe Santi Giménez, ex compañero de Sport en su blog de adn. ¿Por qué perdió Aznar (Rajoy) las elecciones de 2004? ”En medio de la tempestad, él sigue actuando igual, como si en vez de estar doblando el Cabo de Hornos, estuviera en un pedalo de Sitges”. ¿Por qué Zapatero estuvo a punto de perder las de 2008? “considera que no debe de rebajarse a explicar a la gente su proyecto, porque para eso ya tiene a expertos en PowerPoint que, por cierto, viven en la misma burbuja de cristal que él”. Por cierto, Laporta perdió la moción. No por tanto como para tener que dejar de ser presidente pero, ay, es prisionero del pasado porque él también puso otra.

Laporta no ha entendido nada 

Desde que el señor gordo de Llavaneres anunció su intención de recoger firmas para promover un voto de censura contra Joan Laporta y su junta, los sucesos se han ido precipitando a favor de los que querí­an enviar a Laporta a su casa.

Primero, como ya explicamos, con dos azafatas y una fotocopiadora consiguieron alcanzar  9.724 firmas, mientras que desde la junta, con el tono tradicional de sobradillo de Esade, aseguraban que o no las conseguirí­an o que si las conseguí­an serí­an falsas. Tras forzar la convocatoria del voto de censura, Giralt y los suyos sobrevivieron al papel de mediador de David Moner, que es como sobrevivir al 11-S en las Torres Gemelas y el domingo, los socios están llamados a las urnas.

Por mi parte, lo único que he sacado en claro es que Laporta y los suyos no han entendido nada de lo que ha pasado y se plantean la cita del domingo con el mismo ánimo con el que acogieron el anuncio que hizo Giralt en su dí­a. Esto es, como una campaña de destrucción personal por parte de unos envidiosos que querrí­an ser tan altos como ellos.

Laporta no se entera de que esta moción de censura se la han puesto por chulo, no por su gestión. La hoja de servicios de Laporta al frente del Barcelona le acredita sobradamente para seguir en el cargo, pero le pierde la manera de ejercerlo. Por eso le han puesto una moción de censura. Pero en medio de la tempestad, él sigue actuando igual, como si en vez de estar doblando el Cabo de Hornos, estuviera en un pedalo de Sitges.

El presidente sigue sin darse por enterado de que es una persona que transmite una imagen arrogante e inestable. Que evita a los medios de comunicación para dar entrevistas sólo a TV3; que descalifica a sus rivales sin desgranar motivos; que un dí­a grita Visca Catalunya Lliure y que al siguiente se va a ver el partido de España y que considera que no debe de rebajarse a explicar a la gente su proyecto, porque para eso ya tiene a expertos en PowerPoint que, por cierto, viven en la misma burbuja de cristal que él.

Por todo eso, creo que esta moción no ha servido de nada, porque Laporta sigue creyéndose el mejor invento de la humanidad, con permiso de los caramelos sugus, y seguirá actuando de la misma manera y ha organizado una cosa seria como el voto de censura como quien organiza una Fiesta Mayor. Todaví­a ve con fabulaciones y conspiraciones en su contra cuando la realidad es que es un tipo que crea repelús en mucha gente por su manera de actuar.

Probablemente, la ojeriza que le están tomando muchas personas es injusta. Tan injusta como la popularidad de la que disfrutó hace dos años cuando parecí­a que no se equivocaba nunca.

Bueno, es cierto que las crónicas del maestro Juliana sobre el congreso del PSOE (Romance de lobos, El giro Ikea y Las pí­ldoras del dr. Negrí­n) son sensacionales pero soy un poco redundante. Está inmenso.

Reformas estructurales I

Jueves, 5 de Junio de 2008

La OCDE ha vuelto a rebajar el crecimiento de España para los próximos dos años. La pregunta es: ¿la OCDE funciona como Bet&win? Es decir, si los economistas de la OCDE meten la pata, ¿pierden su dinero?, ¿tienen un complemento por acertar en sus previsiones?, ¿se asciende sólo a los que aciertan? Todo son preguntas. La más importante es saber cómo afecta a un economí­a el pesimismo que llega procedente desde instituciones, en su mayor parte, descontroladas e irresponsables. Ni tienen ningún control de los ciudadanos o los estados (deberí­an dar lo mismo porque deberí­an ser conceptos unidos) y carecen de responsabilidad sobre fracasos de predicciones, fracasos en modelos de crecimiento y fracasos en la solución a las crisis. Una de las posibles reformas estructurales podrí­a ser cerrar la OCDE.

PD: ¿He dicho crisis? He encontrado este delicioso párrafo sobre la creación de una crisis en un paí­s asimilable al nuestro. Es largo pero merece la pena.

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La autora es Naomi Klein y el libro se titula La doctrina del shock.

Ideologí­a

Miércoles, 4 de Junio de 2008

Crisis, crisis, crisis y reformas estructurales para hacer frente a la crisis. El Roto resume el debate actual, la caí­da del Muro y el golpismo en América Latina.

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Criterio moral

Domingo, 1 de Junio de 2008

En el mismo medio, El Paí­s, hay un sensacional artí­culo de Enric González con este arranque Auster.

Es triste llegar a mi edad sin un criterio moral más o menos claro. No me refiero a la moral grande, la que a veces se escribe con mayúscula. Ahí­ me defiendo. No dudo sobre el bien y el mal, sino sobre algo mucho más engorroso: ¿cómo hay que manejarse en la vida cotidiana? Hablo de cómo se administra uno, cómo trata a los demás, cómo jerarquiza su entorno. Ese tipo de cosas. Creo que, con el tiempo, me he habituado a un comportamiento de tipo esquizofrénico: pienso como un saltimbanqui, actúo como un contable. Me muevo dentro de lo que llaman moral pequeñoburguesa, que consiste, básicamente, en hacer lo mismo que la mayorí­a. No es para andar orgulloso.

El resto es una novela esperando.