Archivo de octubre de 2019

La fiesta a la que estamos invitados

miércoles, 30 de octubre de 2019

Poco antes del intermedio, Nemorino, el amante despechado, el empleado humillado, esparce colérico el contenido de un cubo de basura en un rincón mientras el resto del escenario celebra el compromiso entre Adina y Belcore. El tímido Nemorino es el Joker. La vida es una fiesta a la que no estás invitado, jódete y gestiona tu rabia como puedas. La única oferta posible es la medicalización de tus emociones, convertir en enfermedad todo lo que te incomoda, para que haya un elixir, una pastilla que pueda hacerte sentir otra cosa o no sentir, como la protagonista de Euphoria o el de Serotonina. Pero la obra no va por ahí. No es día de ponerse intensito.

El Teatro Real recupera la puesta en escena de Damiano Michieletto para L’elisir d’amore de Donizetti, una coproducción con el Palau de les Arts de Valencia que ya se pudo ver en diciembre de 2013. Es interesante el efecto Pierre Menard. Los años han pulido los problemas que las críticas de entonces señalaban, como la dirección de actores o el movimiento del coro. Quizá seis años más de Mediaset, reggeton y contenedores de Shenzhen han provocado cambios en la consideración estética o de conceptos siempre resbaladizos, como burdo o chabacano. No se trata de un juicio, sino de la constatación del proceso viejísimo según el cual lo que hoy es vulgar y escandaloso, mañana está en la planta de caballeros de los grandes almacenes y dos días después delata a aquellos que llegan tarde. Ojalá un libro que analice los últimos cincuenta especiales de Nochevieja para comprobar este inclemente paso del tiempo.

Además de la clara asimilación del tronismo como canon estético de la belleza masculina y femenina, la representación entra dentro del universo de la sitcom. Movimiento, movimiento, movimiento; poco espacio para el lucimiento vocal individual, algo que siempre hay quien echa de menos. Todo es un único ser vivo. Estamos viendo un capítulo de Friends. Aunque no todas funcionan, las bromas entre el elenco trasladan al público la sensación de química interna, algo fundamental en este tipo de representaciones. Brenda Rae no es una Adina candorosa, sino desinhibida y divertida gracias a su gestualidad y los problemas que puede crearle el movimiento constante no logran oscurecerla. Juan Francisco Gatell, de menos a más, proporciona al personaje de Nemorino ese carácter del pobrecitismo tierno, más cercano a Ted Mosby que a los innamorati de la Commedia dell’Arte. Su excelente -y mesurada- interpretación de Una furtiva lágrima quedó un poco desubicada en medio del ritmo de sitcom.

Quizá por esa apuesta, entre la sitcom y el universo Mediaset, todo el escenario se llena cuando aparece Dulcamara. Vestido de chulazo, lo que hace seis años podía ser sobreactuación y un cierto abuso de la potencia vocal encajan perfectamente en la evolución de la puesta en escena y su recepción. Erwin Schrott construye un charlatán traficante histriónico que recuerda a los mejores momentos televisivos de Pocholo Martínez-Bordiú. Sin él, no hay diversión. Y la diversión es fundamental porque estamos en una playa.

El pecado del aburrimiento

La historia de L’elisir d’amore es tan universal que acepta todo tipo de adaptaciones sin necesidad de pasar por el estudio de La fura dels baus. Una persona enamorada de otra que es inaccesible –un crush- y que, a su vez, disfruta con los desvelos de la primera, hasta que un elemento –externo e interno– destruye los obstáculos y nos conduce al final feliz. Es un argumento que hemos leído o visto miles de veces.

La idea de la puesta en escena le llegó a Damiano Michieletto durante una jornada playera en la que apareció una camioneta que repartía muestras de una crema. Todo el mundo se levantó porque no tenían nada que hacer. Estaban aburridos, uno de los pocos pecados que existen. Si no estamos haciendo algo que podamos mostrar, construir como experiencia narrable, tenemos la idea de no estamos haciendo nada. Cabe reivindicar el aburrimiento, la pereza, la improductividad, la desconexión porque la colonización del tiempo es nuestra peor derrota.

La playa también es uno de los lugares más democráticos que existen, donde todo el mundo es igual, salvo el físico, la ropa, los aperos que uno pueda llevar o la capacidad de levantarse al alba para tener sitio. Cierto; pero, de momento, la playa no se puede comprar y, de momento, hay que quedarse en bañador. Por eso, es uno de los lugares donde aún puede tener lugar el encuentro entre dos personajes de clases sociales diferentes y donde puede llegar cualquiera a vender cualquier cosa. La red es otro de esos espacios horizontales. Es lógico que exista tanto cabreo allí porque la pantalla es una constante evidencia de que el mundo está lleno de fiestas a las que no estamos invitados, nuestro crush no nos hace caso y, lo peor de todo, estamos aburridos. No nos pasa nada.

Sabes lo que les das, se preguntaba el personaje de Westworld, un propósito. Nemorino busca en el amor imposible porque, como explicaron Freud y sus discípulos, una forma de reconocernos a nosotros mismos es sentirnos desgraciados, colocar obstáculos reales y, sobre todo, imaginarios, entre nosotros y el placer: prohibiciones, pulsiones, etc. “Hace falta un obstáculo para pulsionar la líbido hacia lo alto. Donde las resistencias naturales a la satisfacción no bastaron, las personas de todos los tiempos interpusieron unas resistencias convencionales al goce del amor”, sostenía Freud al analizar el amor cortés. “Difícil, como las cosas buenas”, resumía el personaje de Montoyas y Tarantos.

Creamos barreras adicionales para elevar de valor el objeto porque lo que nos emociona es esa lucha y porque nos dicen que podríamos llegar hasta él. “Los obstáculos externos que impiden nuestro acceso al objeto son precisamente los que crean la ilusión de que, sin ellos, el objeto resultaría accesible”. Desde su tumba, Jacques Lacan manda un saludo al Brexit. Aún más, el obstáculo termina vaciando de forma y fondo el objeto real, que se convierte en una fantasía, un maelstrom que coagula el deseo del sujeto y le proporciona sentido y reconocimiento. Desde su tumba, Jacques Lacan manda un saludo al Procés.

¿Nemorino ama a Adina o quiere ser jefe?, ¿Nemorino ama a Adina o quiere cambiar la relación de poder, cosa que consigue cuando recibe una herencia, que actúa como elixir de amor con todo el que el oye la noticia?, ¿Adina no ama a Nemorino o quiere ser jefa?, ¿Adina no ama a Nemorino o quiere mantener la relación de poder, cosa que queda clara cuando este se presta a sacrificar su vida alistándose, contrato que ella recompra? ¿El verdadero elixir de amor es aceptar todo lo anterior? No lo sé. No es día de ponerse intensito. Es mejor no hacerse tantas preguntas y disfrutar del momento en el que el eromemos (el amado) se convierte en el erastes (el que ama).

Quizá, el elixir de amor se encuentra en el pequeño prólogo de la obra en el que una pareja de ancianos llega a la playa y, tras sacar los archiperres, se dan crema el uno al otro. Quizá, cuando aceptamos que la vida no nos debe nada, podemos intuir su regalo: el tiempo. Quizá, en esa continuidad, en esa vinculación, en ese cuidado, en la capacidad de disfrutar del aburrimiento, en dejar de pensar que la vida son miles de fiestas a las que no estamos invitados, exista un punto de apoyo y no haya más secreto que intentar ser una playa en la que un montón de gente disfrute.

Albert Rivera o el batería de Duncan Dhu

miércoles, 30 de octubre de 2019

Juan Ramón Viles fue batería de Duncan Dhu entre 1984 y 1989. Había comenzado a tocar las baquetas en Los Dalton a principios de los 80, donde había coincidido con el bajista Diego Vasallo. Ambos se juntaron con el guitarrista y cantante de Los Aristogatos, Mikel Erentxun, que bautizó al grupo con el nombre de un personaje de Stevenson. Fueron cinco años de éxitos. La mayoría de canciones que aún suenan en bodas o en las abundantes y poco diversas radios nostálgicas son de los dos primeros discos. En 1989, tras varios “desencuentros”, Viles fue expulsado del grupo. Poco después, concedió una entrevista a una publicación musical en la que se quejaba amargamente. Cito de memoria: Mikel pone la imagen y Diego se ocupa del sonido. Hacen las canciones entre los dos. Yo sobro. Nadie quiere repartir entre tres lo que se puede dividir entre dos.

Es exactamente el problema de Albert Rivera.

Hay un buen número de artículos que atribuyen el descenso en las encuestas de Ciudadanos a no haber buscado una fórmula de entendimiento con el PSOE, lo que habría evitado nuevas elecciones y nos habría permitido tener un gobierno estable en esta nueva crisis territorial y pre-crisis económica. También se vincula la marcha de ciertos nombres relevantes con esa ausencia de acuerdo o con un giro ideológico hacia la derecha, algo que ya existía previamente. Lanzo otra hipótesis: Ciudadanos se disuelve porque no sirve para nada.

Los partidos políticos cumplen una función. Puede ser gobernar, como el PSOE o el PP, pero también puede ser representar a sectores sociales o ideológicos, como UP o Vox, o territoriales, como PNV, que es gobernante en su territorio. ERC, por ejemplo, no ha logrado asumir que, en Cataluña, ya no es un partido que represente a un sector social y que debe asumir un otro. También hay organizaciones coyunturales o que coagulan estados de ánimo. Lo que es muy complicado es que un partido político sobreviva sin utilidad.

A nivel estatal, Ciudadanos se presentó con un discurso regeneracionista y renovador, sin perder el discurso unitario y antinacionalista de su fundación. Era joven y moderno. Era, como había deseado algún empresario, un Podemos de derechas. Aglutinaba todo el cabreo difuso que había por la gestión de la crisis, pero evitaba que este se dirigiera al modelo económico y lo dirigía otros factores, como la corrupción, el abuso bipartidista de las instituciones o el cansancio que provoca en el consumidor actual la no renovación de la oferta.

Sus primeros movimientos fueron hábiles: acuerdos a dos bandas en Andalucía y Madrid que lanzaban la imagen de controlador del viejo sistema. Con nosotros, decían, todo irá bien. No robarán más y les forzaremos a renovarse. Esto se parecerá más a Estados Unidos. Eran demandas que existían. El programa concreto se adecuó a la línea socio-liberal: una devoción por el sector privado, las bajadas de impuestos, los acuerdos comerciales y los libros de coaching (productividad, competitividad, etc.), combinada con ciertos aspectos lenitivos destinados a evitar los efectos lógicos de las medidas anteriores. También, una propuesta cultural modernizadora, tolerante con la diversidad, disfrutona con las tradiciones, pero desligada del peso religioso del PP.

Incluso, gracias a sus inicios, captó bien la herida emocional que había creado el Procés y que, además reactivar el viejo discurso rojigualdo de golpe en el pecho, había creado un difuso orgullo nacional más moderno, antes reservado para las competiciones deportivas. La victoria en las elecciones catalanas le permitió presentarse como el único partido capaz de enfrentarse al nacionalismo; el bipartidismo era preso de su historia de pactos. En aquel momento, era irrelevante que no presentasen propuestas y que su discurso tuviera un tono eminentemente futbolero que se concretaba en las intervenciones vistosas de sus líderes catalanes.

No importaba. Era el partido que molaba en las oficinas con moqueta.

Ciudadanos encontró su nicho más importante en los profesionales de mediana edad y los territorios donde se han establecido: los nuevos desarrollos urbanos de las ciudades. Ciudadanos encajaba en la visión del mundo que devenía de ese modo de vida (colegio concertado, seguro médico, centro comercial, etc.) y, en las pasadas elecciones de abril, logró establecer un cinturón naranja no sólo en las grandes urbes, sino incluso en las pequeñas capitales de provincia. Con el programa socio-liberal y un mensaje entre el coaching y el running, productivo, eficiente, duro en la competición, pero con capacidad para el disfrute, entró en la disputa en las provincias de tres a cinco escaños, lo que dio la victoria al PSOE y fue letal para el PP.

Era el momento cumbre, la antesala del desastre para quien no es capaz de gestionarlo, como saben futbolistas, músicos y participantes de realities, que atribuyen a sus méritos personales cuestiones que tienen que ver con la coyuntura y, en lugar de evolucionar, tratan de que sea la realidad la que se adapte a ellos. En las elecciones de mayo, Ciudadanos pensó que era fácil derrotar al PP gracias a la desorientación de su líder, Pablo Casado, que había confundido la renovación con la destrucción de lo existente y la imitación de lo nuevo. No funcionó. Rivera midió mal sus fuerzas. Pensó que se enfrentaba al Casado que repetía sus palabras en la campaña de abril, pero se enfrentaba al PP. Es complicado derrotar a un partido con decenas de miles de militantes en cargos de la administración que no sólo conocen el funcionamiento de la administración, sino que saben negociar.

Ciudadanos se enrocó en su mensaje electoral. Es probable que incluso la propia dirección, por un problema de retroalimentación, llegara a creerse toda la teoría conspiranoica del pacto para romper el Estado y derogar la Constitución. Las organizaciones donde sólo existe el líder y su grupo suelen oírse mucho a sí mismas y la endogamia, como nos recuerdan todos los cuadros de Carlos II, no es una buena idea. Rivera optó por no mirar el tablero político de forma global y, sobre todo, no pensó que la función de un partido es gobernar o representar. Es decir, un partido tiene que servir para algo.

Imaginemos que, tras las elecciones de mayo, la dirección de Ciudadanos baja un par de puntos su excitación y comienza a negociar a varias bandas en todos los escenarios con la idea aparente de favorecer los cambios de gobierno o encabezar los ejecutivos. Sólo, aparente. El objetivo real sería dejar al PP con la mínima cuota de poder posible. En concreto, al PP más cercano a Casado. Especialmente, Madrid. Ahora tendríamos a Ciudadanos ocupando la alcaldía de Madrid o la presidencia Comunidad o ambas, a cambio de hacer presidente a Sánchez. Casado estaría pensando en cómo dimitir o resistiendo al marianismo. El PP sería un partido fracturado, una de las cosas que más sancionan los votantes españoles. Ciudadanos, en cambio, tendría varios años para formar una organización política; probablemente, acogiendo a bastantes cuadros populares.

No hizo nada de eso. De hecho, la bisoñez de los equipos de Ciudadanos en la negociación hizo revivir al partido que pretendían sobrepasar. Rivera le puso a Casado la inyección de adrenalina de Pulp Fiction. El PP ganaba, colocaba a su gente y Ciudadanos quedaba como pagafantas, un papel indefendible en ese mundo de profesionales, criados en un ambiente profundamente competitivo. Era algo de lo que ya teníamos alguna pista por las elecciones catalanas, cuando lo primero que hizo Inés Arrimadas fue pedir unos nuevos comicios y lo segundo, no presentarse a la investidura para evidenciar su victoria. Quizá fue algo que no se percibió fuera de Cataluña por la vistosidad del discurso futbolero.

Sin embargo, el crujido llegó en Madrid y Barcelona. Valls era el tipo de persona que se había hecho de Ciudadanos. Es fácil imaginárselo jugando al pádel en Montenares o hablando de vinos, series de televisión o ejercicios para los dorsales en una barbacoa. Tampoco era difícil prever que, entre la socialdemocracia, incluso la de léxico incendiado, y el soberanismo, Valls iba a optar por la primera y oponerse era algo muy complicado de explicar porque contradecía tanto la base fundacional de Ciudadanos como su condición flexible. Al romper con Valls, Rivera se estaba expulsando a sí mismo. El crujido de Madrid se produjo en la manifestación del Orgullo. Ciudadanos pensó que podía aplicar el discurso futbolero a todos los colectivos y se encontró con una respuesta contundente que, sin esa base religiosa del PP, se queda en ruido. Es decir, es más fácil asumir que un partido viejo tenga dificultades para adaptarse a los cambios sociales que el enfrentamiento directo con el colectivo del pasado mes de junio. Por resumirlo, Ciudadanos ha dejado de molar.

Los análisis a corto plazo, la autopercepción desmedida de la propia fuerza, la confianza en la puesta en escena o el desprecio a la organización clásica es probable que estén relacionados con el tipo de liderazgo, vertical y cerrado. No hay contrapesos, nadie dice que igual nos estamos equivocando, como le explicó Núñez Feijóo a Pablo Casado hace unos meses. Tras purgar la corrupción con los resultados de abril, el PP ha recuperado un discurso propio y sólo tiene que sentarse a cosechar los votos de la Operación Retorno, salvo que vuelva a meterse en una carrera de autos locos con Vox. De hecho, es complicado hacer previsiones con un incendio en marcha, pero nadie quiere repartir entre tres lo que se puede dividir entre dos.

Ciudadanos se está hundiendo porque es prescindible. Hace trece años, Juanra Viles escribió un libro titulado Crónica de un éxito. En la presentación, dejó unas palabras que sirven para Ciudadanos; en general, para lo que se conoció como nueva política: «No tuvimos tiempo de asimilar el éxito. No teníamos una idea clara de lo que estábamos viviendo. Todo ocurría tan rápido que no teníamos tiempo de digerirlo». Es un buen resumen.

Todos los tonos del gris

miércoles, 30 de octubre de 2019

Sobre el escenario, una cascada gris. Piedra. Mármol. Cemento. Asfalto. La iluminación se modula para buscar todos los tonos del gris (plata, ceniza, humo, zinc, acero, plomo) y así, transformar el decorado de piedras blancas envejecidas en los diversos escenarios: el monasterio de Yuste, los jardines de la reina, la habitación del rey en el monasterio de El Escorial o la plaza de la catedral de Valladolid. Estos dos últimos, obra de Juan de Herrera, la Contrarreforma hecha piedra. El escenario también podría transformarse en una urbanización de Cullera, una plaza dura de Getafe, un centro cultural de Guadalajara o las zonas comunes de Residencial Covaresa, el piso que sueñas, la vida que deseas.

La puesta en escena de David McVicar refleja perfectamente uno de los pocos hilos que recorren la historia de España, el amor por la piedra, el cemento, la construcción dura y contundente que quiere dejar su huella en la historia, eliminando, si es preciso, todo rastro anterior, e imponerse incluso a la naturaleza, con éxito relativo. Un amor que, quizá, nace de la inestabilidad de las guerras, crisis, persecuciones y exilios, exteriores e interiores, que aceptamos como parte del paisaje. O, tal vez, de la hegemonía de la fe, para la que no hay pasado ni futuro, sino presente y vida eterna. La piedra es el altar en el que sacrificamos todo el patrimonio presente por la riqueza eterna, el nombre en la historia, aquí estuve yo. Es irrevelante si es un parque natural, un yacimiento arqueológico o el laboratorio de Ramón y Cajal. Voy a hacer el edificio más alto de España y tendrá un letrero con mi nombre, decía el personaje de Bigas Luna con la mano en los genitales. Jesús Gil, el pionero. La fe con la que Felipe II aisló España es la misma que recalificó el territorio hace quince años.

La cascada gris contrasta con algunas de las últimas versiones de Don Carlo (Warlikowski, Loy o Konwitschny), que buscan huir del historicismo o destilar la metáfora de la lucha entre el amor y la libertad, la pasión privada y el deber público, un debate que quizá ya no pertenece a nuestro tiempo porque los conceptos han dejado de estar llenos de significado. La libertad es la libertad de mercado y existe una inversión, o subversión, respecto a los espacios. La emoción trata de dominar lo público, empresas con alma que no ofrecen productos, sino experiencias con voluntad de crear vínculos estables, y partidos con corazón que no ofrecen programas ideológicos, sino compromisos emocionales con los candidatos. El deber está en el espacio privado, desde el consumo responsable a la gestión eficiente del tiempo, dejando poco espacio a la ineficiencia del amor, que sólo es interesante cuando se convierte en producto o experiencia.

La puesta en escena de McVicar enlaza con su visión de Gloriana, la obra de Britten sobre Isabel I, que se representó en el Real hace dos temporadas. Bien podrían ser un díptico. En aquella, también se apostaba por un vestuario histórico y un escenario simbólico, tres arcos que envolvían a los personajes, representando probablemente el paso del tiempo que angustiaba a la reina. En este caso, la puesta en escena no termina de contagiar la claustrofobia que Alex Weidauer, responsable de la reposición de la puesta en escena, indicó en la presentación, recordando la frase de Schiller: los más bellos sueños tienen lugar en la cárcel.

Más bien, el conjunto transmite una cierta frialdad, pese a la gran dirección musical de Nicola Luisotti, que encaja bien con el auto de fe, la escena más abrumadora de la obra, en la que se disponen sobre el escenario lo que, hace unos años, se conocía como la casta. Incluso en ese momento, la escena baja de intensidad cuando debería subir, cuando deja de ser estática. La tensión entre el rey y su hijo Carlos, erigido en representante de los diputados flamencos no enardece la piedra.

La estructura funciona mejor en las escenas íntimas, apoyada por una brillante iluminación que perfila hermosos cuadros tenebristas. Esas conversaciones íntimas, los diálogos del rey con el marques de Posa, su consejero y amigo de Don Carlos, y con el inquisidor, un sensacional duelo de bajos, son los mejores momentos. Quizá, porque los diálogos, poco creíbles históricamente, son los más actuales. La capacidad represiva del poder o la separación entre iglesia y estado tenía sentido en el XIX europeo, y tiene sentido en el XXI español. “La naturaleza, el amor, ¿pueden silenciarse en mí?”, se pregunta el rey. “Todo se acalla para exaltar la fe”, responde el inquisidor, que poco después acusa al monarca: “¡Las ideas del innovador han penetrado en ti!”. Con otras palabras, es una acusación actual.

También lo es el debate entre el marqués de Posa, personaje que, en ocasiones, ha sido identificado con Guillermo de Orange, y el rey Felipe sobre la capacidad represiva del poder. Al estilo neocon, el segundo confía plenamente en el monopolio de la violencia para acallar cualquier voz discrepante y afirma “Es con sangre, solamente, como puede haber paz […] la muerte, por mi mano, proporcionará un porvenir fecundo”. Posa, más político, aunque exaltado por el romántico texto de Schiller, aboga por llegar a un pacto y habla, premonitoriamente, de la paz de los cementerios que deja el terror. “¿Acaso pensáis que, sembrando muerte, sembráis la vida eterna?”, pregunta. La respuesta a esta pregunta llega en el auto de fe, cuando la hoguera es saludada con un “¡Corred a gozar de la paz del Señor!”. Donoso Cortés y Queipo de Llano estarían de acuerdo.

Un personaje de la guerra de imprentas

En ese diálogo, Posa le pregunta a Felipe si quiere pasar a la historia como un Nerón. La frase es interesante, ya que la historia de Don Carlos fue uno de los primeros bulos de la leyenda negra española. Carlos, presentado por Schiller y Verdi como un idealista enamorado, se parecía más a Joffrey Baratheon que a Garibaldi. Comparte con el rey de Poniente la consanguinidad, sólo tenía cuatro bisabuelos, la ambición y la crueldad, aunque sus peculiaridades emocionales se han atribuido a la combinación de una caída del caballo, una trepanación, una malaria y los diferentes remedios para solucionar sus enfermedades, como dormir con el cadáver incorrupto de un religioso con fama de taumaturgo. Así, es complicado no desarrollar excentricidades. Carlos se obsesionó con la posibilidad de convertirse en gobernante de Flandes, opción que su padre había manejado y descartado. Contactó con líderes rebeldes y comunicó sus intenciones a su tío Juan de Austria, otra referencia del marqués de Posa, que le desveló los planes al rey. Carlos fue encarcelado en el castillo de Arévalo y allí falleció.

En los Países Bajos, el bulo de que Felipe II había envenenado a su heredero, partidario de su independencia, se difundió mucho y bien, lo mismo que otros, como que el rey asesinaba a sus esposas. Los libelos holandeses se unieron a los franceses, que acababan de ser derrotados en Pavía, o los romanos, que no habían olvidado el saqueo de Roma del padre de Felipe II. En estos últimos, los españoles eran brutos, primitivos, atrasados, salvajes sedientos de sangre o descendientes de judíos y musulmanes (algo que entonces era un insulto grave), etc. Todas las historias de atrocidades cabían.

La clave no son los bulos. En el siglo XVI, todos los países europeos publicaban libelos sobre los rivales y España era un país odiado porque el imperio. La clave fue la ausencia de respuesta. En la España del siglo XVI, ser impresor comenzaba ser un trabajo de riesgo y lo fue en el XVII, en el XVIII, en el XIX y en el XX. Ser maestro, también, lo mismo que cualquier área relacionada con la cultura o la ciencia; no se precisaba una buena idea, sino buenos contactos que dieran la cara cuando llegasen los problemas. No es fácil imaginar el siglo XX, el siglo estadounidense, sin toda su industria del entretenimiento. Eso sucedió en España. Felipe II fue un rey renacentista que apoyó decididamente las artes y la cultura, pero también puso las bases del aislacionismo posterior. En este caso, la historia no la escribieron los vencedores porque estos decidieron no escribir historia. Bastaba con la fuerza, pensaron. No funcionó. En casi todos los imperios, el dispositivo cultural suele estar unido al político y al militar. En el caso de España, el aspecto cultural, educación incluida, estaba sometido a otro, el religioso, y la Iglesia tiene otro calendario y otro mapa.

Schiller tomó la historia que circulaba y presentó a Don Carlos como un héroe apasionado que debe elegir entre el amor de su prometida/madrastra Isabel y la lucha por la libertad de los flamencos. “Son personajes metafóricos. Esto no es una lección de historia”, señaló Joan Matabosch, director artístico de Real, conversando involuntariamente con Albert Boadella, director de los Teatros del Canal, que, en 2015, señaló que su montaje de Don Carlo quería aproximarse a la verdad histórica, aunque fuera con la interpretación de los personajes. Es interesante que el debate sobre la verdad se produzca sobre un escenario, pero quizá realidad y ficción nuncan han estado tan yuxtapuestas.