Archivo de junio de 2019

Somos la antiespaña (II)

jueves, 27 de junio de 2019

Traidor, felón, ilegítimo, chantajeado, deslegitimado, mentiroso compulsivo, ridículo, adalid de la ruptura de España, irresponsable, incapaz, desleal, catástrofe, ególatra, chovinista del poder, rehén, escarnio para España, incompetente, mediocre y okupa. En febrero de 2019, Pablo Casado pronunció 21 insultos al presidente del Gobierno en una comparecencia de unos minutos. Casi paralelamente, se convocaba de manera improvisada una concentración en la madrileña plaza de Colón con el objetivo de desalojar al ‘inquilino de la Moncloa’. Es complicado encontrar un homenaje más redondo a la historia de España. Concretamente, al pensamiento conservador, llamado moderantismo o nacional-catolicismo. Los insultos de Casado podrían estar en un texto de Girón de Velasco, Gil Robles o Donoso Cortés, y ese acto en la plaza de Colón, que el periodista Enric Juliana llamó manifestación destituyente, estaba más en la tradición del pronunciamiento. Civil y pacífico, claro. Posmoderno, podría decirse.

Para contextualizar todos esos insultos y el acto de Colón, es necesario ir al siglo XIX y recuperar a tres figuras clave en el pensamiento conservador español. La más influyente: Jaume Balmes. Tras ser un activo militante de la causa de Don Carlos en la guerra carlista (1833-1840), fue el primero que entendió que la restauración del absolutismo era imposible y que había que formular un proyecto ideológico renovador que uniera a isabelinos, carlistas moderados, élites tradicionales, burgueses enriquecidos con el comercio de personas o bienes, burgueses enriquecidos con la desamortización, pequeños propietarios, artesanos, menestrales, etcétera. Es decir, la gente de orden. Balmes hizo la tarea de Aznar 150 años antes.

El pensamiento conservador debía pasar de la contrarrevolución pura y dura a un planteamiento nacionalista, imitando al liberalismo, es decir, la constitución de España como una comunidad política moderna con alianzas entre élites y clases populares, como había ocurrido en la Guerra de la Independencia. Si el liberalismo de Cádiz se asentaba en la democracia y los derechos individuales, su idea lo hacía en los dos pilares tradicionales: la monarquía y el catolicismo.

Su nación no es una reunión de ciudadanos que se constituyen como sujeto político bajo un mismo gobierno y unas mismas leyes, como defendía el liberalismo. Tampoco una comunidad cultural con unas características homogéneas, como religión, lengua y tradiciones, como sostenía el romanticismo. De esto último, sólo podía salvarse lo primero por la heterogeneidad del territorio de la monarquía, algo que Balmes conocía bien. España no había tenido una construcción nacional, sino imperial. Los territorios acumulados sólo tenían dos características en común: la pertenencia a la monarquía y la religión católica.

Para aglutinar estos territorios, era necesaria una tercera vía que crease esa comunidad política a través de esos dos pilares tradicionales. Ambas instituciones, de una manera paternalista, regían los destinos de un pueblo que debía ser atendido y confortado, los trabajadores debían crear asociaciones para la asistencia mutua y encauzar sus peticiones (Balmes también figura entre los antecedentes del catolicismo social). Sin embargo, la participación política debía limitarse y ese pueblo no debía acceder al poder, ya que el orden social, lo mismo que las tradiciones, era la garantía de la consistencia de los pilares. El alejamiento de la política, el uso de las tradiciones y el control de la educación eran buenas herramientas.

Podríamos decir que, añadiendo la monarquía, el lema de la CEDA (religión, patria, familia, orden, trabajo y propiedad) es un buen resumen del proyecto. A nivel práctico, esto se concretó durante la Restauración en una democracia controlada por el sufragio censitario o el caciquismo, la preferencia por los impuestos indirectos (consumos) frente a los directos (contribuciones), la visión asistencial o caritativa de los servicios públicos, el control religioso de la educación, el militarismo con reclutamiento discrecional (evitable con el pago de una tasa), la represión social e ideológica o la ausencia de una política económica fija, ya que el gobierno defendía sectores económicos concretos, ya fueran cerealistas castellanos o industriales textiles catalanes.

Ya tenemos la base del sentimiento patrimonialista que tiene la derecha española de las instituciones. Hay personas que deben estar en el poder, mientras que otras lo ocupan; lo mismo que los godos ‘entran’ y los musulmanes ‘invaden’. Según esta visión, el acceso de cualquier otro grupo a una institución es ilegítimo porque hace peligrar los pilares de la comunidad política y, por tanto, la misma esencia de España.

Cualquier proyecto alternativo, denuncia, cuestionamiento o análisis crítico es peligroso porque socava la base misma. No hay consenso. No se puede negociar porque quieren acabar con España. El cambio sólo es posible mediante posiciones de fuerza; las constituciones no se negocian: se imponen las propias y se boicotean las ajenas hasta poder quitarlas. No importa usar las instituciones como contrapoder porque el prestigio de las mismas no importa: son accidentales frente a la base tradicional.

Balmes no necesitó reescribir la historia. Sobre todo, porque había muy poca. Juan de Mariana había publicado la última Historia general de España a principios del siglo XVII. Su relato partía de la antigüedad mítica y se quedaba en los Reyes Católicos, para “no molestar”, según sus palabras. Mariana desarrollaba la idea de España como un territorio disperso aglutinado por la religión católica y dirigido por la monarquía castellana. La mayoría de las publicaciones parciales, no todas, abundaban en esa idea, recalcando la vinculación a los godos y la condición de extranjeros de los musulmanes. La obra de Modesto Lafuente de 1866 actualizó ese relato providencial y, además de popularizar el término Reconquista, señaló que el carácter español era indómito e individualista en defensa de su identidad y estableció sus mitos: de Numancia y Guzmán el Bueno a María Pita o Agustina de Aragón. Los mayores de 50 años seguro que los conocen.

El pensamiento conservador de Balmes se desarrolló en otros dos grandes intelectuales: Donoso Cortés y Menéndez Pelayo. El primero, por ejemplo, teorizó sobre la legitimidad de la dictadura o la reformulación de la palabra libertad. Para él, el liberalismo, que había defendido, era una doctrina inconsistente, ya que carecía de un cuerpo dogmático. Es decir, no es posible una sociedad abierta, con pactos y consensos, porque no ofrece seguridad. El liberalismo destruye por omisión los pilares de la comunidad política y ese vacío es ocupado por el socialismo, que sí tiene una base ideológica no negociable. Para evitar esa deriva hacia la tiranía, había que defender la monarquía y, sobre todo, la religión católica, base de la libertad española y occidental. Desde la democracia, si se vota bien; si no, con una dictadura. También, por ejemplo, hay que desconfiar de cualquier descentralización. El concepto de choque de civilizaciones ha recuperado su pensamiento, ya elogiado y desarrollado por el alemán Carl Schmitt en los años 30.

El otro pensador fue el polígrafo Menéndez Pelayo, otro antiguo liberal. En su Historia de los heterodoxos españoles estableció un concepto clave que aglutina el pensamiento anterior: la antiespaña. Los heterodoxos eran españoles sólo por razones de nacimiento; pero carecían del rasgo más profundo de la ‘raza’, una manera de ser y pensar unida a la religión católica. Para él, la religión prevalecía respecto a la monarquía y el resto de instituciones. Este criterio étnico enlazaba con los estatutos de limpieza de sangre, un mecanismo discriminatorio que, con altibajos, segregó a la población por su origen desde el siglo XV hasta el XIX. En esa lista de antiespañoles, estaban los judíos, los musulmanes, los apostatas, los herejes, los erasmistas, los protestantes, los renacentistas, los jansenistas, los ilustrados, los afrancesados, los krausistas y los liberales. Podría actualizarse con los masones, los ateos, los regeneracionistas, los marxistas y los separatistas. E incluso, con el feminismo.

La construcción nacional acostumbra a partir de una dinámica amigo-enemigo que establece alianzas entre élites y clase populares a través de unas instituciones de independencia o resistencia que después evolucionan a estatales. Era lo que había pasado en la Guerra de la Independencia, pero las instituciones no tuvieron continuidad por el regreso del absolutismo. El proyecto moderantista o nacional-católico necesitaba esa dinámica y Menéndez Pelayo se la ofreció creando ese enemigo interno que recorre la historia con diferentes caras en esa eterna lucha entre el bien y el mal. Adhesión o traición.

Ya tenemos prácticamente todos los conceptos clave para entender el discurso de la derecha española. Cualquier proyecto político alternativo no llega al poder por medios legítimos y es una tiranía impuesta previa a una deriva apocalíptica, un plan oculto avivado por enemigos extranjeros, que acabará con la destrucción de la religión, la familia, la nación, la propiedad, las tradiciones y, en general, el mundo tal y como lo conocemos. Este plan siniestro para acabar con España lo tenían los liberales o los republicanos, pero también Zapatero, que iba a acabar con la familia. Y, como ha quedado claro en la campaña electoral, Pedro Sánchez. También tenían planes ocultos Manuela Carmena con las procesiones o Ada Colau, que ha convertido Barcelona en el Chicago de los años 30.

La mención a Colau es pertinente porque hay muchos puntos en común entre el pensamiento político de la derecha española y la derecha catalana. Es fácil reconocer esa patrimonialización del poder. Recordemos al ‘intruso’ Montilla, y que existe una anticatalunya, un proyecto eterno en el tiempo, siempre deseoso de diluir la nación, un arcano cultural que sólo algunos, vinculados por procedencia, saben interpretar. No hay pacto posible con ese grupo. Adhesión o traición.

Balmes acabó asqueado de Madrid y sus camarillas, preocupadas de sus haciendas particulares y demasiado devotas del ejército. Llamó a la capital cloaca corrompida y ciudad ganada al desierto. Sus alusiones al carácter africano e irreformable de los españoles podrían aparecer hoy en el tuiter procesista.

La importancia de este proyecto nacional-católico es su éxito y su continuidad, proporcionando a la historia de España ciertos hitos que la desligan de la europea. No son los únicos. Nuestra Edad Media está ligada a la larga ‘Reconquista’ que, según Eric Wolf, configuró una estructura de “tomadores de tributos”. “La guerra y apoderamiento de pueblos y recursos, no el desarrollo comercial e industrial, llegó a ser el modo dominante de reproducción social”, concluye. La Edad Moderna está determinada por la Contrarreforma, el aislamiento intelectual voluntario y el control social a través de las instituciones represivas.

La Edad Contemporánea está marcada por el fracaso del proyecto liberal democrático frente al nacional-catolicismo en dos momentos: la Restauración y el Franquismo. En España, a diferencia de los países que denominamos ‘de nuestro entorno’, el Estado nunca se impuso a la Iglesia. Cabe pensar que el siglo XIX en España terminó en 1975. O no, ya que otra idea interesante es que nuestro autoritarismo del XIX está enlazando directamente con el del XXI. Esta tradición explica ciertas particularidades de la ultraderecha española, como la defensa del orden social existente, incluida la monarquía, o la vinculación religiosa.

Los discursos se repiten en el tiempo. En la nota explicativa de la Causa General de 1940, la base ideológica de la represión posterior a la Guerra Civil, se lee: “El Frente Popular, desde que asumió el Poder, a raíz de las elecciones de febrero de 1936 —falseadas en su segunda vuelta por el propio Gobierno de Azaña, asaltante del mando político—, practicó una verdadera tiranía, tras la máscara de la legalidad, e hizo totalmente imposible, con su campaña de disolución nacional y con los desmanes que cometía o toleraba, la convivencia pacífica entre los españoles. El Alzamiento Nacional resultaba inevitable, y surgió como razón suprema de un pueblo en riesgo de aniquilamiento, anticipándose a la dictadura comunista que amenazaba de manera inminente”.

Hagamos un juego y cambiemos algunos nombres: “El gobierno de Sánchez ha practicado una verdadera tiranía, tras la máscara de la legalidad, y ha hecho totalmente imposible, con su campaña de disolución nacional y con los desmanes que ha cometido o tolerado, la convivencia pacífica entre los españoles. Hay que desalojarlo porque hay un pueblo en riesgo de aniquilamiento por la actuación de populistas y separatistas”. Esto lo pudieron decir en Colón Santiago Abascal, Pablo Casado o Albert Rivera. Manuel Valls puede ser conservador, puede tener un punto racista, puede ser elitista, puede amar el orden, pero pertenece a otra tradición política. Tarde o temprano iba a chocar.

El periodista Joaquín Estefanía se preguntaba hace meses por la evolución de Ciudadanos: “cómo un partido que citaba a Isaiah Berlín o Karl Popper ha acabado en Onésimo Redondo”, se lamentaba. Le responde Karl Marx: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando estos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”.

Artículo publicado en La Marea.

Somos la antiespaña (I): los árabes fuimos nosotros

jueves, 27 de junio de 2019

Un estudio genético ha desvelado que no hay rastro árabe en la población andaluza. La noticia, que se mueve en un resbaladizo territorio anterior a 1945 al hablar de “huella genética musulmana”, sostiene que este descubrimiento provocará un conflicto entre científicos e historiadores. No creo que ningún miembro de este segundo colectivo se haya sorprendido mucho. Por utilizar referencias conocidas, la llegada de élites dirigentes, romanos, visigodos o musulmanes, tiene más que ver con la entronización de los Baratheon o los Lannister que con una migración masiva. Su legado es, sobre todo, cultural: leyes, costumbres, religión, lengua, moneda… No aportan genes, sino memes.

Tariq, bereber, entró en la península con menos de 10.000 hombres, mayoritariamente procedentes del norte de África, como él. Justo antes de la batalla del río Guadalete, recibió el apoyo de otros 5.000 hombres, también bereberes. Tras el triunfo, el yemení Muza desembarcó en Cádiz con 18.000 hombres más, de procedencia mixta, y juntos conquistaron la península en una campaña que combinó la victoria militar con el pacto de sumisión. Una vez estabilizado el territorio, hubo más emigraciones del norte de África, territorio que también había pertenecido al imperio romano, como Hispania. Se calcula que la población peninsular en esos años estaba entre los tres y los cuatro millones de personas, lo que quiere decir que la nueva población, mayoritariamente del norte de África, estaba en torno al 1%. Abderramán se impuso al emir Yusuf con 5.000 hombres, de procedencia siria, yemení y bereber. Hubo musulmanes en España, pero no eran árabes, sino norteafricanos y, sobre todo, autóctonos.

También hay que tener en cuenta otros datos: la salida de población. Tras la conquista de Granada hubo una huida masiva, que se unió al goteo de los siglos anteriores. También, tras la rebelión de las Alpujarras. Tras esta última, unos 80.000 moriscos del reino de Granada fueron deportados a otros lugares de la Corona de Castilla. Y llegamos a la expulsión. Entre 1598 y 1614, alrededor de 300.000 moriscos tuvieron que salir de España, sobre todo, procedentes de Aragón y Valencia, que perdió un tercio de su población. Se establecieron en el norte de África y en el próspero Imperio Otomano. Fueron alrededor del 4% de la población española en aquel momento. Son cosas de las que se habla poco. Menos aún de la emigración ibérica y europea que recibió Andalucía durante los siglos en los que fue el territorio con más PIB de toda la Corona. No sólo el oro de América o el tráfico de esclavos. Hubo una industria andaluza de textiles, tabaco, licores o tenerías que, en el siglo XIX, perdió la partida por las comunicaciones.

Es probable que encontrar a un descendiente de los Omeyas en Andalucía, si queda, sea tan raro como descubrir material genético de los visigodos en Toledo o Covadonga; habría más suerte en Galicia, donde se refugiaron los que no pactaron con la nueva élite dirigente musulmana. Quizá, sería interesante hacer un estudio genético en Túnez o Estambul para localizar a nuestros antiguos compatriotas. Esta palabra sueña extraña. Esa es la clave.

Los historiadores no quedan cuestionados, sino los divulgadores de mitos, que es otro gremio con mucha más tradición. Los relatos fabulosos, como la tumba de Santiago o la donación de Constantino, se han usado para legitimar dinastías o reclamar territorios. Los teóricamente serios cronistas antoninos, como Suetonio, pusieron a parir a los emperadores de la dinastía Julio-Claudia, cuyas supuestas barbaridades aún hoy damos por ciertas. Atribuir incestos o prácticas de zoofilia garantizaba —y garantiza— la atención del respetable. Otro uso era ennoblecer los orígenes. Túbal, pariente de Noé, fue reconocido durante siglos como el primer gobernante peninsular. De él, descendían otros nombres míticos como Gargoris, Habidis, inventor de la agricultura, o Argantonio. O Hispano e Íbero, que habían dado nombre al territorio.

El estudio sólo contradice el mito histórico que denomina invasión a la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica. Sobre todo, cuando se añade árabe. Cualquier libro de historia habla de la entrada de un grupo reducido que pactó con un grupo de visigodos y aprovechó la debilidad de los restantes para vencerlos y atravesar el territorio en dirección a Francia. Tras la derrota frente a los francos, se establecieron en los lugares más fértiles y prósperos, reproduciendo un modelo feudal similar al de la élite dominante anterior: dominio militar, control de las instituciones, recaudación de impuestos y cierta tolerancia cultural y religiosa. Confirmaron su dominio tras derrotar a Carlomagno, que había atravesado los Pirineos por un pacto con el valí de Barcelona. Otro mito es creer que los bandos religiosos son grupos cohesionados y estáticos.

Algunos nobles godos se refugiaron en el norte, pero otros trataron de integrarse para mantener la posición poder. Los Banu Qasi de Zaragoza, descendientes del conde Casio (el historiador Jesús Lorenzo Jiménez ha señalado hace algunos años que tal cosa fue un mito difundido por la propia familia), es el caso más famoso, pero también es curioso citar a Omar ben Hafsún, el primer bandolero de la serranía de Ronda, que puso en jaque a los Omeyas. Abderramán III tuvo que traer precisamente a los Banu Qasi del norte para derrotarlo.

No sólo los nobles se convirtieron. Parte de la población también lo hizo, ya que ser musulmán incluía una serie de ventajas, como pagar menos impuestos y el uso, limitado, del ascensor social, ya que era una sociedad más permeable que la visigoda. Fueron los llamados muladíes. De hecho, un factor clave en el avance cristiano posterior fue la llegada de las dinastías magrebíes, almorávides, almohades y benimerines, mucho más religiosos, y que sufrieron contestación interna, como la revuelta de Córdoba. El lógico pensar que este grupo formó parte de las conversiones, voluntarias o forzadas, que se produjeron ante el avance cristiano. Si pensamos en la religión como un uso social que incorpora tradiciones y supersticiones locales, mosquearemos a la asociación de abogados cristianos, pero nos aproximaremos a la realidad.

Los mozárabes fue la población que no se convirtió al Islam. En general, las iglesias y los dirigentes religiosos fueron respetados y se desarrolló un rito mozárabe que entró en conflicto con las iglesias de los reinos cristianos del norte y noroeste: Toledo contra Santiago. Sería muy largo de contar porque es una historia que se parece mucho a Juego de Tronos. Conviene prescindir del presentismo y, sobre todo, no hay que verlo como una lucha de cristianos contra musulmanes. Las alianzas mixtas no eran extrañas ni tampoco las figuras como el Cid, caudillos militares sin una adscripción fija. El gran problema del avance cristiano fueron las guerras internas. Se luchaba por el poder. La religión era una ayuda, como los dragones.

Podríamos decir que el relato heroico de buenos contra malos llegó después, pero es falso. Desde el inicio de las campañas militares cristianas del norte, los reyes y dirigentes religiosos buscaron la legitimidad de su lucha y establecieron relatos míticos sobre la intervención divina, Santiago o San Millán, patrones de León y Castilla, y cuyos bandos entraron en disputa con la unificación. Ganó el primero. Otra cuestión clave era la legitimidad de sus reinos. En el caso de los territorios pirenaicos, Navarra, Aragón o Catalunya, el tema central era la desvinculación del dominio francés con figuras como Íñigo Arista o Guifré, y la existencia de un cuerpo legislativo foral. Y, en el caso de los reinos del norte, Galicia, León y Castilla, la vinculación con la monarquía goda, una jugada más interesante, ya que les daba el título de Rex Hispaniae, es decir, con ascendencia sobre el resto de reinos, o, mejor aún, Imperator.

Los reyes de León, después Castilla y León, querían restaurar la continuidad cristiana, rota por los pecados de los últimos reyes, sobre los que también se establecieron varios mitos, como la lujuria de Rodrigo con la hija de Don Julián o la ayuda de los judíos a los musulmanes. La derrota de los godos había sido un castigo de Dios que sí había ayudado a los cristianos al recuperar su alianza con la verdadera fe. Los reinos pirenaicos fueron absorbidos política y culturalmente y el segundo relato se extendió. Los godos ganaron. Se impuso la narración que hablaba de una ‘invasión mahometana’ de la península.

Como recuerdan Álvarez Junco y De la fuente Monge en Relato nacional (Taurus), los godos siempre entran, vienen o llegan, mientras que los musulmanes invaden u ocupan. El libro recoge cómo en la construcción del Palacio Real tras la quema del Alcázar, el ilustrado Martín Sarmiento, encargado de elegir los motivos históricos de la decoración, situó a Ataúlfo como primer rey de España. Primer rey real, ya que también estaban Túbal, Gargoris y Habidis. Estos últimos fueron retirados con Carlos III, que mantuvo al godo, un caudillo guerrero famoso por su matrimonio con la romana Gala Placidia, pero que sólo estuvo unos meses en la península. Esta narración mítica establece un hilo que une todos los territorios imperiales de la monarquía hispánica, Habsburgo o Borbón: la religión.

A pesar de que la Real Academia de la Historia nace en esa época con el objetivo de “limpiar de fábulas nuestra historia”, conserva las que sirven de base cultural a esta idea de España cuya esencia es la monarquía y el catolicismo, la alianza entre el trono y el altar que el siglo XIX convertirá en doctrina política con el moderantismo. Se conserva la participación religiosa en las batallas, los mitos originarios, como Pelayo o Santiago, y la vinculación a los godos, a los que se otorga la categoría de españoles, pese a que su presencia fue breve, comparada con los musulmanes, y su legado cultural muy escaso, ya que evitaron integrarse. Eran un pueblo muy belicoso con una tradición de tropas lideradas por caudillos que buscaban una economía extractiva y pasaron la mayor parte del tiempo en guerras internas.

Sin embargo, los godos son nuestros antepasados sentimentales y la mayoría de españoles de más 50 incluso lo estudiaban así en el colegio. Los musulmanes no eran españoles porque esa pertenencia requería ser parte de la fe católica o, por lo menos, cristiana. Ataúlfo es español, pese a que sólo estuvo unos meses en la península. El cordobés Abderramán III, no. Ni tampoco los nazaríes, que llevaban desde el siglo XII en Granada. Es probable que de esa insistencia venga nuestra cultura política del pronunciamiento y el caudilismo, que desdeña las instituciones y prioriza la imposición sobre el pacto. Los tres partidos creados en el siglo XXI son tropas acaudilladas por una élite cuyos conflictos internos se han saldado con el destierro. Como los godos. Adhesión o traición.

Los historiadores no quedan cuestionados porque no suelen despreciar estas evidencias materiales. Ni otras, como las dataciones. Ofrecen una explicación basada en hechos, pero no obligan a compartir las respuestas, ya que las ciencias sociales tampoco buscan la verdad, sino el conocimiento. Todo el que investiga algo sabe que sus tesis serán cuestionadas o descartadas por otras en el futuro porque ese es el ritmo académico. Los que quedan cuestionados son los divulgadores de mitos, los que mantienen el oficio de usar la historia para defender un proyecto político concreto que debe ser aceptado. Ellos sí buscan una verdad fija e inmutable.

Los divulgadores de mitos disfrutan de un nuevo momento de gloria. El Institut Nova Història, relanzado durante el procés, se está encontrando con la coagulación emocional de un Instituto Nueva Historia español en torno a la figura de Elvira Roca Barea y su difusión de la leyenda blanca, tan cuestionable como la leyenda negra. Ambos difunden un relato fabuloso, bastante narcisista, que debe explicar por qué estamos aquí y, sobre todo, justificar un proyecto político concreto que representa la esencia nacional, dejando fuera a los que piensan diferente: los que somos la antiespaña o la anticatalunya.

Pero esa es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

Artículo publicado en La Marea

PAUers. Una aproximación

jueves, 27 de junio de 2019

“Sentado al borde del agua verdosa, una mano sumergida, la otra sosteniendo un vaso de ginebra […] Entonces, se le ocurrió que, dirigiéndose hacia el suroeste, podía llegar a su casa por el agua”. En El nadador, de John Cheever, Ned Merrill decide volver a casa tras una fiesta de piscina en piscina. “Le parecía ver, con el ojo de un cartógrafo, esa hilera de piscinas, esa corriente casi subterránea que recorría el condado […] Primero estaban los Graham, los Hammer, los Lear, los Howland y los Crosscup […] después estaban los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde”.

Ned atraviesa los setos, saluda a los vecinos. Jardines cuidados, letreros de propiedad privada, farolitos japoneses, estatuas de dioses clásicos, de animales, enanos de jardín para guardar las herramientas. Automóviles aparcados en el garaje, automóviles aparcados en la puerta, automóviles aparcados en las conversaciones. Camareros de chaqueta blanca sirviendo ginebra fría. Restos de la fiesta del sábado por la noche, preparativos de la comida del domingo. Raquetas de tenis, palos de golf, botas de montar. “El supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color”, la tranquilidad, la continuidad, la serenidad de ser el centro del mundo.

Una casa nunca es solo una casa. Una calle nunca es solo una calle. Un barrio nunca es solo un barrio. Hay pocas cosas más políticas que cómo se construye una ciudad porque eso quiere decir cómo vivirán esas personas, con quién compartirán espacio, cómo irán a trabajar, a qué colegio irán sus hijos, cómo irán hasta allí, dónde vivirán sus amigos, cómo se relacionarán con ellos, dónde comprarán, cuándo comprarán, qué comprarán, cómo comprarán. Es decir, a qué distancia están los centros de salud, las bibliotecas, los cines, los bares, qué tipo de bares son, qué tipo de gimnasios son. Cómo vivimos acaba definiendo cómo somos.

Ned Merrill recorría una comunidad cerrada (gated community), una urbanización de casas unifamiliares, un modelo que el urbanista Bernardo Secchi definía como la negación de la ciudad, al ser “enclaves identificables de seguridad y exclusión”. No existen los espacios mixtos, las zonas grises donde se produce el encuentro con el otro. Son islas comunicadas a través del coche, donde no hay servicios ni comercio. Solo vecinos sobre los que el precio y las normas de acceso garantizan ciertas características. Secchi, autor de Ciudad de ricos, ciudad de pobres, hablaba de un “estado dentro del estado”: una cierta suspensión del orden jurídico colectivo y específicas formas de gobernanza aceptadas por sus habitantes.

Finales de los ochenta, principios de los noventa. Fue el gran momento de la casa unifamiliar en España. Boyer había calentado el mercado inmobiliario y Solchaga sostenía que era el país donde uno podía hacerse rico más rápidamente. Ned Merrill podía recorrer de piscina en piscina el oeste de Madrid (Pozuelo, Las Rozas, Boadilla…) o el norte de Barcelona (Sant Cugat, Valldoreix…). Vería barbacoas de obra a punto de encenderse. Palos de golf, tumbonas de ratán y jardines japoneses.

Es el modelo de ciudad difusa, sin servicios, sin comercios, con enclaves de “seguridad y exclusión”, aislados territorialmente. Su autonomía les permite desconectarse del espacio al que pertenece, de la red social y administrativa, lo que se traduce en una desconexión emocional. Los habitantes se transforman en territoriantes, concepto del urbanista Francesc Muñoz, usuarios de lugares fragmentados (chalet, oficina, centro comercial, escapada) con los que componen su propio espacio. Es un modelo que no para de pedir cemento. Ante las dificultades que tiene el transporte público en este ecosistema disperso, la solución habitual suele ser la construcción de nuevas infraestructuras que abren y delimitan nuevos espacios que también se ocupan. El desplazamiento es de garaje a garaje.

El ladrillazo de principios de siglo reactivó la comunidad cerrada, con modelos blindados, más latinoamericanos que anglosajones (La Finca), pero fue el momento de otro modelo: el bloque cerrado, la urbanización. Los PAU (planes de actuación urbana) promovidos por los ayuntamientos llenaron la parte exterior de las ciudades de construcciones en forma de L o U, bloques de cemento y ladrillo rodeando las zonas comunes: piscina, pista de pádel, jardín, columpios…

La urbanización comparte propuesta ideológica. Es un casi. También es un enclave identificable basado en una retórica de seguridad y comodidades. La calle exterior es insegura e imprevisible en tanto que accesible. Puede pasar cualquier cosa porque puede circular cualquier persona. Aquí, no. Las zonas comunes recrean la calle que, al estar dentro, pasa a ser un recinto delimitado y protegido. No hace falta salir. De garaje a garaje. Lugares fragmentados. De casa, al trabajo; de casa, al centro comercial; de casa, al colegio; de casa, al entrenamiento de los niños. Coche, coche, coche.

Las administraciones dejaron manos libres a los agentes privados: los promotores, las constructoras y los bancos. La burbuja creó un clima de competición en el que las administraciones urbanas se disputaban no solo el pelotazo concreto, sino futuras inversiones públicas y privadas, hospitales, zonas universitarias, contenedores culturales, centros comerciales o grandes superficies. Hay desarrollos que se establecieron junto al futuro espacio comercial, como los pueblos del Oeste nacidos alrededor de una mina. La referencia es oportuna. La desolación inicial despierta cierto espíritu de la frontera. Es una exageración, sin duda, pero esa soledad es la que crea la sensación de autosuficiencia previa a la desconexión emocional de la red.

Al principio, solo había casas. Los huecos para servicios públicos o infraestructuras municipales estaban señalados con carteles. No se llenaban. No importaba. En la mayoría de ocasiones, tampoco había asociaciones de vecinos que los reclamasen. El tejido asociativo es complicado de establecer en las ciudades difusas. Sobre todo, cuando no hay conciencia de esos huecos. Las urbanizaciones son edificios que se han girado y dicen al espacio público: no te necesito, ni tus parques ni tus tiendas ni tus colegios ni tus centros de salud ni tus polideportivos municipales ni tus bibliotecas. Puedo vivir sin ti. No es el estado dentro del estado, pero sí el sálvese quien pueda neoliberal hecho cemento y ladrillo visto con zonas comunes.

Todo es un mercado y participar es competir. Individualmente, claro. La clave no es que las posibilidades de recompensa sean escasas porque el modelo facilita la acumulación, sino la obligatoriedad de la disputa. No apostar, no disputar, significa asumir el fracaso. El riesgo es una prueba de estar en el mundo, de no haber quedado obsoleto. La ausencia de servicios colectivos hace que cada persona compita por encontrar la mejor oferta, algo que suele disfrazarse con el sustantivo libertad. La ausencia de todo te da la capacidad de escoger.

El cuestionamiento de un sistema educativo que garantice la igualdad de oportunidades, por ejemplo, solo es posible con la asimilación colectiva de ese escenario de contienda entre familias a través del concepto libertad de elección. Las administraciones promocionan la competición con el desvío de las inversiones al modelo total o parcialmente privado y el abandono del modelo público; pero, sin la seguridad que proporciona el concepto teórico todo es más complicado. Necesitamos una narrativa para ordenar nuestros actos, para dar significado a las decisiones y que se transformen en relaciones culturales y simbólicas, afectos y compromisos. Necesitamos saber que estamos haciendo lo correcto.

Cada familia busca soluciones individuales más beneficiosas que, bien descubrirán la excepcionalidad de sus hijos, bien harán que se libren de las complicadas condiciones colectivas. Estudiar alemán o chino, violín, programación o inteligencias múltiples. “Top quality education for the future”, “educar en la verdad para ser libres”. Puede ser en colegios del Opus o de Montessori. Las propias instituciones elaboran listas. ¿Dónde van los mejores? Hay que buscar la distinción.

Colegio concertado, seguro médico privado, plan de pensiones, la ilusión de que se están tomando las mejores decisiones y que se puede vivir sin las soluciones tradicionales. En las próximas décadas, gracias a la extensión de las competiciones infantiles, ligas, torneos, padres gritando en la grada, tendremos la aparición de las primeras generaciones neoliberales químicamente puras, gente acostumbrada a competir desde el destete.

Ned Merrill podría recorrer, de piscina en piscina, el cinturón de las ciudades, grandes y medianas. Barrios iguales, continúe por calle lirios hasta llegar a calle azucenas, continúe por calle orión hasta llegar a calle casiopea. Es complicado saber si uno está en Móstoles, Mislata o Esplugues. Revisar los resultados del 28-A desvela la coagulación de este estilo de vida en Ciudadanos. Los chalets son fieles al PP, los barrios conservadores, también. Fuera, están los cinturones naranja, en los PAU del norte de Madrid o en el de Vallecas. Las ciudades del cinturón rojo madrileño tienen un cinturón naranja más o menos definido. Incluso, en capitales de provincia. Serán importantes el 28-M. Hay una clara cuestión generacional, pero también la conexión de un discurso con un estilo de vida. El PP puede haberse cavado su tumba ladrillo a ladrillo.

Peluquerías, clínicas veterinarias, farmacias, fisioterapeutas, un 24 horas y algún bar. Los bancos han cerrado. Si hay niños, guarderías, academias de idiomas y dentistas. Automóviles aparcados en el garaje, automóviles aparcados en la puerta, automóviles volviendo del gimnasio, de comprar el pan, del partido de los niños. Bicicletas de montaña en el trastero. Jardines cuidados, letreros de propiedad privada, distintivos rojos de las empresas de alarmas, protege lo que más quieres, sales un fin de semana y se te mete alguien. Estadísticamente, es mucho más probable que una persona que tiene una casa sea desahuciada a sufrir una apropiación, pero los hechos son irrelevantes. Si uno no puede llegar al destino final, el chalet, por lo menos, puede aparentar tener las mismas inquietudes sobre seguridad o el impuesto de sucesiones.

Las grúas vuelven a funcionar. Todos los ayuntamientos dan luz verde a nuevas zonas residenciales. En Madrid, El Cañaveral, 14.000 casas en el distrito de Vicálvaro. Suelos protegidos, predominio de las cooperativas, más de la mitad de las viviendas tendrán algún tipo de protección. Suena bien. ¿Cómo se va a urbanizar? ¿Habrá mercados, centros de salud, colegios y bibliotecas cuando lleguen las personas o tendrán que buscarse la vida? Una de las primeras promociones será Puerta de San Fernando: pisos de dos a cuatro dormitorios desde 151.000 euros con piscina, pistas de pádel y polideportivas, zona infantil, área ajardinada, etc. Ahí está, Ned Merrill, otro lugar para nadar, otro lugar para encontrar “el supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color”.

Artículo publicado en La marea. Apuntes de clase