Archivo de septiembre de 2018

Carlos Sánchez Schrödinger y la materia oscura

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Carlos Sánchez Mato, concejal del ayuntamiento de Madrid, se ha convertido en el sujeto del experimento cuántico de Erwin Schrödinger: existe y no existe simultáneamente. Su labor al frente de la concejalía de Economía y Hacienda será, previsiblemente, uno de los puntos fuertes de la próxima campaña electoral de la actual alcaldesa, de la que él no formará parte. No ha sido uno de los diez elegidos para repetir.

Su trabajo para reducir la deuda municipal partía de la decisión de reducir la deuda. Es algo que parece un silogismo, pero que implica salir del espectro de la gestión y situarse en la política. La deuda, como bien saben en Latinoamérica, está relacionada con uno de los principales debates que tenemos en Europa: la soberanía. Esa palabra, tantas veces malinterpretada, quiere decir “autoridad en la que reside el poder político” y tiene que ver con la capacidad de una sociedad para decidir su modelo social y económico. ¿Quién hace las leyes?, ¿cuál es el sistema de elección?, ¿cuáles son los flujos de capital? Soberanía no quiere decir frontera, sino Constitución.

Sus actuaciones concretas fueron la reducción del ritmo de amortización de deuda, la redistribución del IBI, la anulación de los contratos con agencias de calificación o el aprovechamiento de los recursos públicos. “Y no robar”, como señaló al presentar las cuentas de mitad de la legislatura. Pero, como es lógico, la gestión chocó con la política en una de los puntos fuertes del programa electoral: la auditoría de la deuda. Volvió a haber un nuevo choque con las imposiciones del gobierno del PP, pura política, y Sánchez Mato fue relevado de la concejalía de Economía y Hacienda. Pero su trabajo sigue siendo reivindicado por el actual equipo de gobierno en un uso cuestionable de la primera personal del plural.

Sánchez Mato pasó a situarse dentro de un espectro que podríamos llamar la matería oscura del ayuntamiento, un grupo diverso en el que puede haber alguien a quien le haya quedado grande un barrio, pero donde, sobre todo, se sitúan los que no han aceptado el modelo basado en la gestión. Hace unas semanas, la matería oscura votó en contra de la Operación Chamartín, proyecto que también cuenta con la oposición de vecinos, ecologistas y otras organizaciones molestas. No deja de ser irónico que el gran legado del 15M vaya ser una operación urbanística.

En los próximos meses, el equipo de gobierno del ayuntamiento de Madrid completará su proyecto político siguiendo el nuevo modelo de personalidad fuerte que, en España, entronca con nuestra larga tradición caudillista. Es probable que haya presiones sobre toda la gente que ha quedado fuera para que no presente una candidatura alternativa bajo la idea de que divide el voto, una idea que parte de la idea de que los votantes se parecen a los aficionados a los clubes deportivos o que son seres poco dotados para la actividad intelectual.

Sin embargo, es probable que las opciones de repetir del actual equipo de gobierno pasen por una aglutinación de la matería oscura en una candidatura que logre movilizar un voto que, de otra forma, tiene un serio riesgo de ir a la abstención. Hay un tejido asociativo e ideológico que suele ser difícil de convencer y lo será más después de haber descartado la mayoría de propuestas o promesas, desde las estéticas a las prácticas, desde las primarias a las remunicipalizaciones. La idea de que nos votarán porque no tienen otro remedio se ha demostrado falsa en todos estos años. Será interesante ver a Carlos Sánchez Schrödinger en esa campaña electoral existir y no existir simultáneamente.

¡Quiero creer!

miércoles, 19 de septiembre de 2018

(a propósito de Faust, de Charles Gounod)

“¡No veo nada! ¡No sé nada!”, grita el anciano doctor Faust en su primera escena. Tras una vida dedicada a la investigación, no ha logrado su objetivo, siente que ha fracasado. Por una ventana de su estudio, llegan las voces de jóvenes labradores que cantan a la naturaleza, al amor y a Dios. Siente que ha tirado la vida. Desde el inicio, Faust plantea el contraste entre civilización y cultura, racionalidad y espiritualidad, Ilustración y Romanticismo, diferentes nombres para la tensión más humana, la que separa lo que existe y lo que deseamos. La realidad nos provoca la misma insatisfacción que siente Faust en su gabinete y, siempre, hay una ventana por la que se cuela la posibilidad, más ilusión que esperanza, para ofrecernos un pacto. Sobre el escenario, la ventana es la pared del laboratorio, un telón de cristal que separa la realidad analógica del sueño digital, el mundo donde todo es posible, donde cada uno puede ser quien quiera.

En la presentación, Àlex Ollé (Fura dels Baus), responsable de la puesta en escena, destacó que la ópera de Charles Gounod se estrenó en 1859, año de la publicación de El origen de las especies, de Charles Darwin. La referencia es importante. La teoría de la evolución demostró que los seres vivos no formaban parte de una jerarquía diseñada por un ser superior en la que los seres humanos eran la especie elegida. Es decir, no somos especiales, algo en lo que el siglo XIX insistía. Los derechos humanos eran para todo el mundo, lo mismo que la medicina o la física. Pero la racionalidad es aburrida y, en ocasiones, no lleva a nada, como le sucede al doctor Faust, personaje muy popular en ese siglo (Goethe, Wagner, Berlioz, Heine…). Por ahí se cuelan las voces de los labradores cantando al amor, a la tierra y a Dios. También, la imagen de Marguerite. Y Méphistophélès, que aparece en el gabinete para decirle a Faust, para decirse a sí mismo: ellos mienten, eres especial.

A partir de ahí, Faust se pone en marcha. En la presentación, también hubo una insistencia en el concepto de acción. “El mal es aquello que nos pone en marcha, es aquello que nos empuja a hacer y Méphistophélès es el polo opuesto a la inacción de Faust”, señaló Ollé. Es una discusión que también nos devuelve al XIX, donde se cuestionaba el estático conocimiento científico o el aburrido consenso político mediante apelaciones al espíritu, la voluntad o la decisión, características de los diversos tipos de héroe, el poeta, el caudillo o el emprendedor, cuya decisión es capaz de doblegar todo lo impuesto; incluso, la propia realidad.

Sin embargo, el joven Faust, sin su alter ego Méphistophélès, tiene poco de hombre de acción pura. Ha reclamado“la energía de los potentes instintos, y la loca orgía del corazón y los sentidos” y lo que obtiene es un cortejo clásico, una paradoja que la puesta en escena destaca, ya que sitúa la acción en un barrio rojo, lleno de soldados, hooligans, bailarinas y matronas. De loca orgía, nada, salvo el vestuario y la escenografía de la Fura. Pero Méphistophélès acierta porque quizá Faust quiere verse a sí mismo como enamorado adolescente. El enamoramiento es un estado que ofrece la posibilidad de crear un mundo propio, de resignificar todo, y decanta esa balanza entre existencia y deseo de forma clara. La adolescencia es la edad del espacio sin tiempo, el momento en el que la persona reclama su territorio, algo que hoy significa consumir, sin ubicarse en la línea temporal, es decir, sin pasado ni futuro. Hay numerosos fenómenos políticos que no se entienden sin la capacidad adictiva que posee el papel de enamorado adolescente.

En la puesta en escena de Ollé, Méphistophélès no es un trasunto de Satanás, no es algo ajeno, sino el yo que quizá Faust ha reprimido durante toda su vida de investigación, un Hyde que, como el personaje de Stevenson, se come a su huesped hasta ocupar su espacio. El personaje tiene numerosos cambios de vestuario que exploran esos yoes, desde un macarra burlón, parecido al Santos (Eduard Fernández) de Fausto 5.0, también de la Fura, hasta asumir la identificación estética con Faust y, finalmente, ocupar su lugar en el gabinete. Quizá, preparándose para una nueva inmersión digital. Es cansado ser tanta gente. La exhaltación posmoderna de la identidad tiene algo de recuperación del viejo principio de autoridad ya que vuelve a situar al emisor en el centro, desplazando a la investigación o el argumento. No se habla de qué, sino de quiénes: tienes que creerme porque me estoy mostrando; se recupera la capacidad proselitista del mártir: sufro, luego tengo razón. Si todo nace de la propia mirada, es casi imposible el conocimiento compartido y, aún más, la idea de progreso. Modernidad y antimodernidad, a veces, premodernidad, a veces, posmodernidad.

El personaje de Méphistophélès concentra la mayor parte de los gags e ironías con los que Ollé ha querido descargar la obra. Sin embargo, el objetivo de desdramatizar el mito clásico profundiza en el problema contemporáneo de la banalidad del mal, algo que se ve en la parte final. En el segundo acto, soldados, hooligans, burgueses, bailarinas y matronas, vestidos con un punto de petardeo, adoran a Méphistophélès al ritmo de “satán dirige el baile”. En el quinto, son los protagonistas de la fiesta de Walpurgis, donde todo es una broma, incluso el hambre y la violencia, hasta que los soldados ocupan el escenario. Quizá, un presagio de la deriva autoritaria de Europa que nunca pierde el sentido del espectáculo. El bonapartismo marvel domina el escenario.

Es complicado no acordarse del Doktor Faustus, de Thomas Mann, la novela en la que un exiliado que intenta contestarse a sí mismo cómo su país, y sobre todo, sus ciudadanos, pudieron caer en la adoración del infierno. Quizá, la respuesta no estaba tan lejos. El libro también significaba un exorcismo del propio Mann que, en 1918, había publicado Consideraciones de un apolítico, donde se realizaba una apología romántica del concepto kultur frente a la civilización y se defendía un modelo de gobierno autoritario para sustituir a la democracia. Estamos más en los locos años veinte que en los infaustos treinta, a punto de desdoblarnos, a punto de pactar con el diablo. Y no se irá porque, como dice Méphistophélès, no se puede hacer venir al diablo desde tan lejos para despedirlo a continuación.

Faust estará en el Teatro Real desde el 19 de septiembre hasta el próximo 7 de octubre.

Apartamentos Abismo

lunes, 17 de septiembre de 2018

¿Es el jazz fascista? Es la pregunta que nos quedaba. Adorno pensaba que sí. De acuerdo, no tan rápido. Adorno sostenía que el jazz pertenecía a la música de diversión, a la industria cultural que sostenía el capitalismo e impedía la concenciación social de las masas. Además, sus compases sincopados y sus improvisaciones conectaban con la irracionalidad y la arbitrariedad que proponían los regímenes autoritarios, fascistas o nazis. El hecho de que el jazz fuera prohibido y perseguido por los esos regímenes era un detalle concreto que no sustraía el análisis académico. La anécdota, mucho mejor explicada y sin simplificaciones provocadoras, aparece en Gran Hotel Abismo (Turner), de Stuart Jeffries, biografía intelectual de la Escuela de Frankfurt, un libro que explica muchas cosas que aún nos suceden.

El Instituto, cuya misión era analizar por qué había fracasado la revolución alemana de 1919 y, de paso, reflexionar sobre cómo el capitalismo podía ser derrotado, fue fundado por un grupo de pensadores, profesores universitarios en su mayoría, gracias al dinero del padre de Felix Weil, uno de los especuladores financieros más ricos de Alemania. No fue el único. La práctica totalidad de miembros de la Escuela pertenecían a familias de empresarios, eran ovejas negras para los que el marxismo era una distinción cultural dentro de su clase. Ahí está la clave de su objeto de estudio.

Jeffries indica que los patrocinadores del Instituto podía molestarse si se hacía un hincapié excesivo en la cuestión económica y, por eso, los temas culturales acabaron siendo los preferidos. Con la teoría crítica, se podían hacer grandes análisis del funcionamiento interno de la publicidad, el cine, las tradiciones o la música sin cuestionar el reparto de la riqueza, el meollo de la cuestión. Tampoco se mezclaban con las organizaciones, ni sindicales ni políticas. La palabra claves es desconexión. ¡Qué vulgaridad interrumpir con el precio del pan una disertación sobre Malher!

El título del libro se debe a una acusación del húngaro Georg Lukács, que señaló que la Escuela vivía instalada en en el hotel Abismo, un sitio “con toda clase de lujos, entre excelentes comidas y divertimentos artísticos, al borde de un abismo, de la vacuidad, del absurdo”. Lukács sostenía que la Escuela carecía de compromiso y veía el precipicio desde una distancia prudencial. A él, también hijo de banquero, su militancia le valío la cárcel o el exilio.

Existe un hilo entre la Escuela de Frankfurt y la de Birmingham, en la que nacieron los estudios culturales, y la de París, donde el Gran Hotel Abismo se transformó en un resort en el que se podía tomar de todo siempre que se dispusiera de una pulsera freudiana. Lo que disfrutaría Adorno al decidir cuál de las películas de Star Wars es más revolucionaria.

No es casual que se produjera en París el primero de los movimientos primavera, mayo del 68, al que Pasolini definió como guerra civil burguesa: “a través del marxismo, el apostolado de los jóvenes extremistas de extracción burguesa no es más que la rabia inconsciente del burgués pobre contra el burgués rico, del burgués joven contra el burgués viejo, del burgués impotente contra el burgués poderoso”. Pasolini hablaba siempre de extremistas porque eran grupos que renunciaban a las grandes organizaciones y siempre proponían grandes objetivos inalcanzables que les permitían ser siempre universitarios o, en el caso de que tuvieran que ocupar el lugar de sus padres, disfrutar de una saludable melancolía. Si se parece mucho al 15M, no es casualidad. Todos los movimientos primavera acaban igual.

El problema es el vacío que dejan tras la marea emotiva, ese vacío sobre el que ahora opinamos todos en ese Apartamentos Turísticos Abismo (disponibles en Airbnb) que es internet. Nada de lo que digamos es relevante.

En los próximos años, habrá una nueva crisis económica cuyos resultados serán menos extensos, pero más intensos. Es decir, en lugar de la gran explosión de 2007 habrá bombas inteligentes que solo estallarán en las vidas particulares de mucha gente. En especial, sufrirá la generación que hoy tiene 30-40 y que, tras ir al desempleo, le costará volver al mercado laboral porque su puesto será ocupado por una nueva generación mejor preparada y, sobre todo, nativa-precaria. El Estado tampoco podrá reaccionar por el peso de la deuda y la merma creciente de ingresos. Si carece del apoyo de sus padres y no dispone del colchón de una vivienda en propiedad, lo pasará mal. Y no todos viven en el centro de Madrid o Barcelona. ¿Quién gestionará ese cabreo?

Necesitamos oferta política

martes, 11 de septiembre de 2018

Uno de los augurios de la nueva política, además de la inevitabilidad de las primarias, fue la desaparición de los partidos y su sustitución por movimientos eslásticos que recogiesen las demandas populares. Llegaban tarde. Desde hacía tiempo, los principales partidos ya eran eso. La principal diferencia era que la recopilación de esas demandas populares no se realizaba a través de asambleas presenciales o analógicas, sino a través de empresas de demoscopia.

Hace tiempo que los partidos políticos ya no existen. Es decir, los partidos políticos como organizaciones políticas. Existen organizaciones con cuadros de gestión, coagulaciones personales y movimientos oportunistas. A veces, puede convivir todo a la vez, como sucede en Convergència. Nada de eso es un partido y una de las explicaciones del ascenso del populismo de derechas es la ausencia de partidos políticos de izquierda.

Un partido no va de abajo a arriba o, por lo menos, no va solo en esa dirección. Un partido no solo recoge las demandas de la sociedad, sino que ofrece organización e ideología. Es decir, un sistema de pensamiento que sirve para analizar la realidad. No para inventarla ni para deformarla. Una ideología, la que sea, permite analizar fenómenos como la pujanza del modelo economíco asiático (China-California) o los movimientos migratorios y establecer un programa que no esté pendiente de la última encuesta o que busque parecidos en propuestas contrarias. La ideología permite ver las relaciones de poder o los flujos de capital. Así, pueden analizarse debates emocionales, como la gestación subrograda. Si uno no tiene ideología y va dando bandazos o no entra en determinados debates deja espacios vacíos que son los que llena el populismo de derechas.

Usando una metáfora que se comprenderá tanto en Ferraz como en La Morada, un partido es Apple. Hay muchas empresas que venden teléfonos, baratos, caros, sofisticados, simples, grandes, pequeños, pero Apple ofrece más: un mundo propio. No solo un sistema operativo, sino un universo particular que no comparte con el resto. Apple no duda. No hace encuestas sobre si su batería tendría que durar más o sobre la capacidad de sus chips. Ofrece. Necesitamos oferta política. Con urgencia.