Archivo de junio de 2018

Lucia, Marie, Emma, Anna (en torno a Lucia de Lammermoor)

lunes, 25 de junio de 2018

[Hyaterá: matriz. Histeria: afección psicológica propia de la mujer que causa trastornos en su comportamiento].

En la medicina griega, se creía que el útero era un órgano móvil que se desplazaba por el cuerpo de la mujer, especialmente, cuando no tenía relaciones sexuales. La histeria era siempre una posibilidad. Cualquier comportamiento extraño, ansiedad, irritabilidad, decir que no o querer tener una vida propia, era considerado un síntoma de la histeria. El remedio, ya desde el siglo VII, era un masaje en la zona pélvica que provocase lo que se conocía como paroxismo histérico. Las mujeres podían ser masturbadas por matronas o doctores hasta el orgasmo porque no eran seres sexuales, con deseo, sino solo gestantes. La estabilidad emocional y psicológica de la mujer estaba vinculada a un elemento misterioso del que no se podía predecir el comportamiento; por lo tanto, no podía acceder a ningún puesto de responsabilidad porque cualquiera era una loca en potencia. Mejor, dicho, una histérica. En el lenguaje actual, una loca del coño.

La puesta en escena de David Alden sitúa la historia de Lucia de Lammermoor en la época victoriana, el gran momento de la histeria, la época en la que según la ensayista Elaine Showalter, se produce una feminización de la locura y las mujeres se convierten en el objeto principal del estudio psiquiátrico, con Freud como principal ejemplo. El escenario, el castillo de los Ashton, se transforma estéticamente en un psiquiátrico en el que, al inicio, Lucia duerme en una cama giratoria, como si la obra no nos fuera a mostrar lo que va a suceder, sino lo que ya ha pasado. En la presentación, Alden indicó que había elegido la época victoriana para mostrar una sociedad patriarcal en la que la familia, los modos sociales o la religión llevan hasta el límite a las emociones de la protagonista hasta que se rompe.

La mirada de Alden transforma la tradicional historia de familias enfrentadas y amor pasional en una interpelación de cómo los distintos rostros del poder presionan a una mujer hasta romperla, hasta que estalla internamente y deja de ser ella, hasta que grita envuelta en sangre, excluida del mundo, como Marie, la protagonista de Die Soldaten. La temporada 17/18 termina con dos mujeres cubiertas de sangre, dos mujeres que gritan, dos mujeres rotas. Quizá, ese hilo entre Marie y Lucia es el que provocó que Alden recibiera algunos abucheos en el estreno. Una inofensiva puesta en escena histórica hubiera permitido disfrutar del espectáculo agradable; pero, si el arte no molesta, ¿qué es?

La trama es una historia clásica. Los Ashton tienen problemas de dinero y el cabeza de familia, Enrico, quiere solucionarlo concertando un matrimonio para su hermana Lucia. A su vez esta ama a Edgardo Ravenswood, la familia enemiga, cuyo castillo ocupan los Ashton, y se promete con él justo antes de que se vaya a captar apoyos políticos para su causa. Las mujeres, resignadas a las lealtades privadas, como el amor romántico, que los hombres pueden compatibilizar con las lealtades públicas, la política, el honor, la aventura o la guerra. También, el cuerpo femenino como objeto mercantil y territorio violentado. Historias clásicas.

La mirada de Alden sitúa esa trama en una frontera entre lo real y lo imaginado por Lucia. Su habitación, que es todas las habitaciones del castillo, tiene un pequeño escenario en el que Alden sitúa varias de las escenas clave de la obra; en especial, el aria de la locura, el momento concreto de la trama en el que Lucia pierde la razón tras asesinar al marido impuesto por su hermano y ser despreciada por su prometido. Siempre es tranquilizador pensar que existe un momento concreto en el que se produce el extravío, en el que la copa se rompe al tocar el suelo, la catarsis del individuo frente a la norma y consiguiente desplome, pero la puesta en escena nos explica, como en el caso de Die Soldaten, que hay un proceso en el que no solo hay un suelo.

La soprano Lisette Oropesa señaló en la presentación que Lucia “no tiene a nadie”. Es presionada por su amado, por su hermano, por el capellán y por el resto de personajes de la obra que le piden que ceda a sus respectivos deseos por algún bien superior: el amor, la familia, el recuerdo de su madre o Dios. Lucia se siente a punto de estallar y su hermano la señala como histérica aplicándole el remedio habitual, la masturbación. No hay incesto, sino la consignación de su rebeldía como un trastorno. El negarse al deseo ajeno, el tener deseo propio, queda dentro del terreno de la insanía, de lo que hay que corregir.

Oropesa construye una Lucia frágil, pero contenida, algo nada sencillo en una obra en la que el despliegue vocal es arrollador. El director musical, Daniel Oren, agradeció al Teatro Real la selección de voces en la presentación. En la famosa aria de la locura, Oropesa mantiene un dúo con la armónica de cristal, instrumento de timbre desasosegante basado en la sonoridad de las copas con agua. Para huir del dramatismo, se convierte en vidrio. El montaje no prescinde de la escena final del cementerio, la muerte de Edgardo, que podríamos enlazar con el inicio, Lucia durmiendo en la cama del psiquiátrico, otra vez a punto de revivirlo todo en un bucle interminable. Por eso, Lucia no solo dialoga con Marie, sino con Emma Bovary o Anna Karenina, dos novelas donde aparece la ópera, pero también con la loca del ático de Jane Eyre o la señora Dalloway, con un coro de mujeres que, desde la historia, nos dicen que no son histéricas, sino que están rotas.

Lucia de Lammermoor (hasta el 13 de julio en el Teatro Real)

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El gobierno 15M, un triunfo del Estado

viernes, 8 de junio de 2018

“Sí, se puede”. El grito de la semana pasada dejaba una pregunta: ¿es el gobierno del 15M? La respuesta es sí. De hecho, ese es el gran problema de este gobierno. Narrativamente, funciona mucho mejor como final que como principio. Es la conclusión del viaje del héroe realizado por Sánchez y, sobre todo, la concreción de las aspiraciones expresadas el 15M con el grito de “no nos representan”. Esta semana ha concluido el ciclo político que se abrió en 2014, el que sostenía que el eje izquierda-derecha estaba superado y que debía ser sustituido por otro generacional: viejo-nuevo. Ya está. Este es el gobierno de lo nuevo. Es un gobierno populista. Este es el gobierno del cambio que representa –aspiracionalmente, sobre todo– a ese sujeto político llamado “la gente”.

Es interesante ver que el gobierno del cambio no ha sido confeccionado por ninguno de los dos nuevos partidos, sino por uno de los antiguos, por uno al que se daba por muerto hace un par de años y que esta semana ha mostrado de una forma avasalladora que ha superado tanto su problema para atraer personalidades como el control del ritmo cronológico de las redes sociales. El PSOE no llegó a morir porque los procesos políticos no se adaptan a los formatos televisivos.

Los nuevos partidos han querido anotarse el tanto de una manera poco estética. Era esto, era esto, era el mensaje que se intuía en la entrevista de hace unos días en la SER a Iñigo Errejón. La transversalidad era esto. Por eso, la influencia de Podemos ha sido tan escasa. Era su idea inicial. Existía la idea de que su influencia no podía ser igual que la vieja IU. Es cierto: ha sido menor.

La oposición a corto plazo no será fácil: requiere abandonar el eje viejo-nuevo y reconstruir el ideológico, algo que tampoco se adapta a la velocidad de la televisión. Errejón reclamaba colaboración entre los proyectos progresistas porque entiende que su proyecto tenía sentido dentro del choque generacional. Ahora, está desdibujado. Sucede lo mismo en el Congreso (según Myword, los votantes de UP son los que mejor ha recibido al nuevo gobierno). Por decirlo en el lenguaje de tuiter: no se puede descarrilar el gobierno NASA desde la Sierra.

Regresar al eje ideológico no será sencillo porque la acción política de la izquierda se basa en la movilización, algo que precisa de esas organizaciones a las que la actual dirección de Podemos se enfrentó en los años de su eclosión. El gobierno del cambio sí facilita que UP evolucione en Unidad Popular, un proceso que requerirá de una reestructuración (iniciada en Andalucía) y de un recambio, que volverá a ser traumático, en la dirección.

Luis Garicano, olvidando que Ciudadanos votó en contra de la moción, ha señalado que este gobierno sin burócratas grises es la idea que ellos tienen. Además de revelar que carece de espejos en casa, ese análisis revela un desconocimiento profundo del funcionamiento de la política, que no es solo lo obvio, lo visible. El PSOE ha logrado sobrevivir estos años gracias, por ejemplo, a que tuvo 20.000 concejales en las anteriores elecciones municipales (por 1.000 de Ciudadanos y un par de decenas de Podemos).

Ciudadanos, además de cambiar de director de escena de sus festivales, debería tener en cuenta que el PP tuvo aún más y que también tiene mucha presencia en las diputaciones o en los parlamentos autonómicos. Matar al PP es muy complicado. Hay mucha gente. Ucedización es una palabra que ya se escucha poco; quizá, porque los que la repetían en abril, hace dos meses, desconocían que la UCD no existía, sino que era una coalición de 20 partidos. El PP sí existe. El PSOE, también.

Ese es el principal mensaje que lanza el nuevo gobierno: los partidos existen. El Estado existe y no es un bloque monolítico institucional fácilmente bombardeable, sino una combinación permeable de elaboración de los consensos y control de los disensos. En medio año, el Procés ha comprobado algunos de los recursos de los estados para permanecer: el monopolio de la violencia, la persuasión legal y, finalmente, la renovación adaptativa. Todo eso es el Estado (el 113 y el 155 de la Constitución).

Pocas cosas han envejecido peor estos cinco días de junio que las escenas del Procés y será complicado, en un momento en el que la forma es el fondo, defender en Europa el discurso de la España irreformable. Estamos como hace 150 años. Liberales (tecnócratas reformistas) en Madrid, Carlistas (legitimistas románticos) en Barcelona  (en este grupo entran tanto los procesistas como Ciudadanos).

Ese será el gran problema: la coalición reaccionaria. Ciudadanos, superado el shock, se dará cuenta de la gran ausencia del gobierno del cambio, la bandera, y recuperará su discurso unificador, no tanto contra la plurinacionalidad (este gobierno no ha hecho bandera), sino contra la diversidad y volverá a ponerse al frente de manifestaciones contra las lenguas constitucionales, es decir, contra la Constitución, contra las lenguas españolas, es decir, contra España. Los proyectos reaccionarios españoles son nacionalistas y, por tanto, excluyentes, y siempre encuentran alianzas en otros proyectos reaccionarios. Así acabó la Gloriosa. El PP luchará por ese discurso y lo hará desde los 100.000 cargos públicos que tiene. Es probable que, en las próximas elecciones, el PP quede fuera de lo urbano e inicie el viaje que el PSOE acaba de terminar.

Volver a 2011

viernes, 1 de junio de 2018

La moción de censura es una victoria de Pedro Sánchez. Y de su equipo. Si apuramos, del PSOE. Y ya. Al conocerse la votación, se oyeron gritos de “sí, se puede” en el Congreso y el grupo parlamentario de Unidos Podemos estalló de una forma más explícita que el socialista. En las redes, se vinculaba el éxito de la moción a la movilización social y, en una pirueta complicada, al movimiento 15M. ¿El éxito del 15M es volver al 15 de mayo de 2011?

Hay algo cierto: la moción nos ha devuelto a ese momento. Ha sido muy siglo XX. Las negociaciones han girado en torno a los actores tradicionales (PP, PSOE y nacionalistas) y han mostrado la irrelevancia actual de los tres proyectos de la nueva política (Ciudadanos, Podemos y procesistas). Los tres tenían poco que decir. Los segundos no podían descarrilar otra vez el tren del cambio y los últimos carecían de representación efectiva. Madrid es el único lugar donde aún existe el catalanismo político y todo proyecto político trata de pervivir.

Para Ciudadanos, la moción era despertar del mundo virtual en el que se había instalado y en el que ya ocupaba la presidencia del gobierno, un momento en el que ya estuvo Podemos hace años. De hecho, esa ha sido la clave de la moción. El miedo al populismo nacionalista de Rivera, más Torrente que Macron o Trudeau, ha logrado aglutinar a los grupos hasta entonces dispersos.

La moción ha mostrado el poder de la política concreta, la que va sobre votos y cargos y no, sobre encuestas o editoriales de prensa. La que trata sobre aspectos materiales, en lugar de imaginar realidades virtuales, como el proceso constituyente español o la república catalana. Números en lugar de emociones. La realidad se ha impuesto a la virtualidad.

Es una victoria de Pedro Sánchez, y del PSOE, pese a que muchos la reclamen achacando pasividad al nuevo presidente. Los procesos políticos españoles no funcionan por polarización, sino por decantación, como ha explicado en varios libros Josep Maria Colomer. En el que dedicó a la transición, mostró cómo el proyecto de Suárez era rechazado por el resto de actores que, sin embargo, acabaron convergiendo en él. En cada decisión -Colomer usa la teoría de juegos-, la opción presentada por el gobierno Suárez ofrecía a los grupos alguna ganancia propia o pérdida ajena que decantaban las preferencias.

La realidad se ha impuesto a la virtualidad. De momento. Es probable que el gobierno de Sánchez se parezca al del Zapatero y tenga una crispación elevada, sobre todo, en la cuestión territorial e ideológica. Sería una equivocación no dotar a las leyes que se aprueben -todas esas que han sido bloqueadas por el gobierno- de una contundente base discursiva y copiar el tono bajo de Zapatero. Otro error sería encajarse en la M-30 y no pensar que el próximo año hay elecciones municipales y autonómicas.

En los próximos meses, es muy improbable que el PP se desmorone. Los que anunciaban que el PP iba a seguir los pasos de la UCD desconocían que no era un partido sino una coalición de casi 20 formaciones, algunas casi unipersonales. Lo que sí es bastante posible es que el PP, ya fuera del gobierno, asuma el populismo nacionalista de Ciudadanos y pase a liderar una reacción neoconservadora de tipo trumpista que consiga aglutinar tanto a la derecha vieja y nueva como a los que se sienten excluidos.