Archivo de marzo de 2018

Procésworld

sábado, 24 de marzo de 2018

“¿Sabes lo que les das? Un propósito”. Es un diálogo de Westworld que cito de memoria. “Tienen todas las necesidades cubiertas y necesitan algo más, un propósito. Quieren sentir miedo, agitación, emoción. No sólo echar un polvo y hacerse una foto, sino buscar un tesoro, luchar en una guerra o matar a alguien”. La serie trata sobre un parque de atracciones poblado por robots con apariencia humana que participan en diferentes historias. Los visitantes, además de beber, jugar o follar, pueden perseguir a un peligroso asesino, meterse en la guerra de Secesión o salvar a alguien en apuros.

El parque temático, como el centro comercial, es uno de esos no-lugares donde, como sostiene Bruckner, “el ser humano se olvida de la pesadilla de la responsabilidad, puede volver a ser un niño. Olvida la tempestades del exterior y recupera una simplicidad imprescindible. El mundo de competencia e incertidumbre sería intolerable si no hubiera estos islotes”. Esos no-lugares también facilitan el puerilismo, el deseo de no salir jamás de la infancia, de regresar a la no-civilización, el mito del salvaje libre, derechos basados en deseos sin deberes, ni responsabilidades.

La frase sobre el propósito la dice un personaje que lleva años visitando el parque buscando una eterea prueba final y, en otro momento, añadirá: este sitio te revela cómo eres. Además de todo lo anterior, el parque permite someter, violar, esclavizar, torturar y, por supuesto, matar. Sin normas y sin apenas riesgo. En el islote de la simplicidad, los robots no pueden defenderse de los humanos, cuyos deseos no se convierten en órdenes, sino en algo peor, en derechos. Hay gente que descubre que le gusta y, entonces, ¿quiénes son en realidad? Es una cuestión recurrente. Las aglomeraciones humanas obligan a establecer normas comunes que, pese al progreso que suelen sustentar, son despreciadas por falsas, hipócritas y enmascaradoras de una verdad casi inaccesible, el centro del laberinto que busca el personaje de Westworld: el alma humana.

Así, tras la Ilustración, que arrebató a la religión los conceptos de bueno, verdadero y bello para construir la ley, la ciencia y el arte, llegó el Romanticismo, que lo sancionó como construcción artificial, falsa e hipócrita. Hay que huir de las ciudades, del espacio público, a otros territorios: la naturaleza o lo privado. El alma humana no puede ser reducida por la ley, la ciencia o el arte. Lo bello nace del espíritu y este será quien, colectivamente, el pueblo, determine lo verdadero y lo bueno. El poeta dirige al pueblo y le da un propósito. Quieren sentir miedo, agitación, emoción: buscar un tesoro, luchar en una guerra o matar a alguien.

Eso fue el 68. “Tienen todas las necesidades cubiertas y necesitan algo más, un propósito. Quieren sentir miedo, agitación, emoción”. La reactivación de la irracionalidad en esa generación fue una condición necesaria para el inicio de la demolición del estado del bienestar a partir de la siguiente. Todas las instituciones (escuelas, hospitales, empresas, contrato, familia, etc.) se sancionaron como construcción artificial, falsa e hipócrita. Defenderlas era antiguo. El alma humana no podía ser reducida por el contrato social y se precisaba la dignificación del perseguido: universitarios occidentales se presentaban como víctimas del sistema y, por el fetichismo de la imagen, las camisetas del Che, se asimilaban a luchas lejanas. Queremos cambiarlo todo, decían. Y todo cambió.

Eso fue mayo de 2011, también. La plaza como parque temático de la indignación. Olvidar de la pesadilla de la responsabilidad y volver a ser un niño. Olvidar la tempestades del exterior y recuperar una simplicidad imprescindible. La base de los cambios sociales, organización e ideología, se despreciaba por antigua. El alma humana no podía ser reducida así.

El despotismo de la dulzura

“Tienen todas las necesidades cubiertas y necesitan algo más, un propósito. Quieren sentir miedo, agitación, emoción”. Durante años, la narrativa de revolución romántica se ha sostendo en ciertos conceptos de la época como pueblo, mandato o destino. Esta semana, sostenía Vittorio Craxi que las revoluciones se hacen para tomar el poder, pero el grupo dirigente catalán estaba en el poder e hizo una revolución para perderlo. Quizá, porque el objetivo de la política ya no es el progreso o el cambio, ni siquiera la gestión, sino la competición electoral, el espectáculo. No se tratan de ganar las elecciones para ejercer el poder, sino que se ejerce el poder para ganar las elecciones.

Durante años, ProcésWorld ha dado un propósito. Ha sido un parque temático que ha proporcionado una narrativa a una sociedad en la que, aparentemente, no sucedía nada. Podemos situar el inicio físico del proceso en 2011, cuando se buscó sustituir el eje social por el identitario en el que el antagonista del conflicto estaba fuera. Pero cabe ir un poco más allá.

En 2008, la Asociación Catalana de Sociología presentó su anuario Sociedad Catalana 2008. Oriol Homs, su presidente, hablaba de “perplejidad” y uno de los ejes que alimentaban la “desorientación” era la toma de conciencia de que Cataluña había dejado de ser el motor económico y cultural de España. Es decir, la pérdida de protagonismo. “Hemos seguido creciendo pensando que todo funcionaba y que éramos el centro del mundo, cuando la realidad nos ha demostrado que no es así”, dijo Homs, que señaló el “adormecimiento político, económico, social y cultural”. Diez años después, se ha recuperado el protagonismo y “adormecimiento” no es la palabra que define a la sociedad catalana. Diez años después, se ha recuperado el protagonismo y “adormecimiento” no es la palabra que define a la sociedad catalana.

La imagen del parque temático es importante para entender todos estos años: olvidarse de la pesadilla de la responsabilidad y volver a ser un niño, regresar a la no-civilización, el mito del salvaje libre, derechos basados en deseos sin deberes, ni responsabilidades. Este es el marco en el que hay que recordar a los dirigentes rompiendo las sentencias o negando la jurisdicción de los tribunales. Todo depende del deseo. Las instituciones enmascaraban una verdad casi inaccesible, el centro del laberinto que busca el personaje de Westworld: el alma de un pueblo.  “Es la infancia de los adultos. Inocente, asexuada, bondadosa, amable, irresponsable. El despotismo de la dulzura”, dice Bruckner.

Un punto básico de la narrativa fue crear el enemigo exterior y el padecimiento interior; sufrimos, luego nos merecemos tanto reconocimiento como compensación. El proceso psicológico de dotar de sentido a este verbo aleja al visitante del parque de la realidad y lo sitúa en lo mágico; es decir, en la fe, en la creencia en los Reyes Magos. No sólo se asume la presencia de sujetos políticos inexistentes (Melchor, Gaspar y Baltasar), sino que se asume la lógica de su funcionamiento tanto la existencia de procesos históricos incuestionables (seis de enero) como la dinámica del premio por el comportamiento (portarse bien) o incluso por lo que uno es (hijo, sobrino, nieto, etc.). La expresión de esta última cuestión es la superioridad moral y, en concreto, el verbo merecer: este sistema es injusto y no nos lo merecemos, por lo tanto, cambiará. Ser perseguido es también un poco de controlar a todos los demás. Si no empatizas con mi padecimiento es que eres igual que los verdugos.

Dentro del proceso de creación del verbo merecer, también se produce una disonancia léxica. Hay palabras que cambian de significado. El caso más claro es violencia o sufrimiento, pero también, democracia.  Aquí no hay sangre, pero sufrimos; padecemos la violencia extrema de un estado autoritario. Un diálogo necesita un vocabulario común y ha dejado de existir. Antes de nada, sería conveniente consensuar un sistema de pesos y medidas. Si una carga policial es violencia extrema, ¿cómo podemos llamar a adormecer a personas para lanzarlas aún vivas al mar? Pero esa impostura es necesaria para que funcione la narrativa. El fundador de Westworld, el doctor Ford señala en más de una ocasión que los personajes necesitan albergar una tragedia en sus recuerdos para tener profundidad.

Nueva narrativa

La primera temporada de Westworld se basa en la creación de una nueva narrativa por parte de Ford: escapar. La clave es el choque entre el no-lugar y el lugar, entre el parque temático y el aparcamiento donde se vuelve a casa, también psicógicamente. Por eso, los parques acostumbran a albergar hoteles, para evitar ese regreso. Al final de esa primera temporada, se produce el encuentro, el choque, el cambio de normas, la pérdida de control. El miedo, la agitación y la emoción dejan de ser productos y saltan de la narrativa.

Estamos en ese momento. Existe un cierto consenso en que lo sucedido el pasado otoño se sitúa en el terreno de la ficción, la puesta en escena, el parque temático, el no-lugar, pero lo real, el lugar, el Estado no puede aceptar eso porque sería impugnarse a sí mismo, dudar de su propia existencia. Este otoño, a través del Gobierno, el Estado se preguntaba si existía mediante la Generalitat y se encontró con una respuesta hamletiana: tal vez soñar. Ese no es territorio de los Estados, de momento. Todos esos documentos son parte del Estado y los hechos, también. Y, si es real, lo sucedido es grave.