Archivo de enero de 2018

Atrapados en el relato

miércoles, 10 de enero de 2018

El objetivo de la política ya no es el progreso o el cambio, ni siquiera la gestión. La principal meta de las formaciones es la competición electoral, el espectáculo. No se tratan de ganar las elecciones para ejercer el poder, sino que se ejerce el poder para ganar las elecciones. Por eso, el aspecto externo de los proyectos es el de movimiento, una coagulación coyuntural que, pasado el objetivo, suelen disolverse.

El relato sitúa la política en el terreno de la emoción y, en ocasiones, en la ficción. El relato que se construye en la competición electoral crea una realidad paralela emotiva que después choca con las circunstancias materiales, instituciones incluidas, despreciadas por no encajar. El relato no tiene que ser veraz, sino verosímil. Tras ganar la competición electoral, el relato tiene que seguir activo y llenar el escenario con trucos narrativos: intrigas, cambios de personajes, etc.

Ese es el terreno de los proyectos que han triunfado en la creación de relato. Entre ellos, la república catalana. Quizá, es el que depende más de la ficción porque es el que más lejos ha ido. Si analizamos los hechos desligados del relato emocional, el pasado mes de septiembre no se produjo un desafío a una legalidad concreta, sino una exploración de un camino alternativo. Es cierto, la cosa iba de democracia.

La democracia, como la conocemos, se basa en ciertos recursos e instituciones. Las sociedades plurales se expresan a través del sufragio universal para elegir unos representantes, habitualmente encuadrados en partidos, que crean consensos a través del debate público en los legislativos. Esos consensos se transforman en leyes que son aplicados por otro actor y todos se controlan entre sí y externamente.

Es obvio que este sistema se queda corto para ciertos proyectos, como el de la república catalana, que optó por cambiar todos estos elementos. Ya no hay un consenso creado a través de un debate público ni un control recíproco de los actores ni tampoco una sociedad plural. El pueblo expresa un mandato a un líder que debe hacerlo efectivo. Pasamos de lo político a lo espiritual; es decir, entramos en el terreno de la ficción. Todo es relato.

[Es una revolución que conviene ser analizada sin juicios rápidos ni analogías fáciles porque, quizá, está revelando una tendencia. Algo tiene que llenar el vacío que ha dejado la desaparición del concepto de progreso y la decisión es una de las opciones.]

Y ahí está el problema: la frontera entre ficción y realidad. Los requerimientos enviados por el Gobierno el pasado otoño eran interpuestos. Hablaba el Estado. La Generalitat era interpelada como una parte del mismo. Por eso, la respuesta tenía que ser contundente: sí o no. Caben pocos matices a la existencia: ser o no ser. A través del Gobierno, el Estado se preguntaba si existía mediante la Generalitat y se encontró con una respuesta hamletiana: tal vez soñar. Ese no es territorio de los Estados, de momento.

La frontera entre ficción y realidad sigue siendo el problema. Existe un cierto consenso en que lo sucedido el pasado otoño se sitúa en el terreno de la ficción, la puesta en escena, pero el Estado no puede aceptar eso. Es complicado que el Estado, a través del poder judicial, acepte que los documentos, las declaraciones y, en general, todos los hechos pertenecen al terreno de lo irreal porque sería impugnarse a sí mismo. Y, si es real, lo sucedido es grave.

La disyuntiva para los participantes es reconocer que todo era falso y retirarse de la escena o no hacerlo y seguir el camino espiritual, cuya siguiente etapa es el martirio. El proceso no será breve y las penas no serán cortas. La idea de la amnistía presentada en diciembre por Miquel Iceta es probable que tenga más consenso dentro de cinco años. Conviene hacerse a la idea de que, en 2023, habrá gente en la cárcel. Y seguiremos atrapados por el relato.

Autoficción

miércoles, 3 de enero de 2018

Hace tres años, me gané algunos insultos con un artículo en Vanity Fair titulado Por qué la encuesta que aúpa a Podemos no significa demasiado. “Tenéis miedo”, decía uno de los comentarios, como si un servidor fuera familia de los Newhouse, propietarios de la revista, y tuviera la posibilidad de perder la fortuna familiar por la llegada al poder de los barbudos, coletudos en este caso. “Tenéis miedo”, decía uno de los comentarios sin distinguir, algo muy habitual, entre el análisis general y la opinión particular.

El artículo se basaba en una idea: la encuesta se había realizado en un período en el que el cabreo social estaba en máximos y Podemos había sido la fuerza que había logrado canalizarlo. No era nada sólido, sino emocional. Lo explicaba bien Belén Barreiro. De hecho, había gente que recordaba haberlos votado en 2011, cuando aún no existían. Tenemos suerte, decía un artículo posterior, de que el cabreo tenga una espita constructiva en lugar de buscar el discurso identitario, como en Europa, o destructivo, como en Italia.

Podemos era una coagulación del cabreo y, para ser una opción real, necesitaba voluntad política. Es decir, convertir lo emotivo en organización e ideología. La actitud del grupo dirigente, entre el delirio, el onanismo y el fatalismo (creer que uno forma parte de un proceso histórico inevitable) no hacía prever que este paso se pudiera dar. Tres años después, Podemos se desploma en las encuestas.

[Nada ha habido más lesivo para los intereses de la clase trabajadora que la sustitución de la organización ideológica por el activismo que se manifiesta a través de estallidos catárticos y emocionales: las primaveras, de mayo del 68 al 15M]

No es una cuestión de “hacerse mayor”, concepto devaluado en un sistema que necesita que su fuerza de trabajo no salga de la inmadurez para que acepte las condiciones de vida de la adolescencia, sino de proyecto. Podemos se presentó como “herramienta de cambio” y pudo cumplir esa función en febrero de 2016, pero no lo hizo. Ni “herramienta” ni “de cambio”. Optó entonces por convertirse en una estructura ideológica. El balance, casi dos años después, es el mismo: ni estructura ni ideología. Poco más que la coagulación del cabreo. Barreiro volvió a tener razón: es un partido de nicho (hueco practicado en una pared o muro, en especial el que sirve para contener una estatua, una imagen o un adorno).

Autor, narrador y protagonista

El problema es que el Podemos practica la metapolítica. Es un partido autoreferencial que concibe sus actuaciones con el fin de demostrar su propia personalidad frente al resto. El tramabús, la moción de censura o la asamblea de electos, hitos del año pasado, no tuvieron como objetivo denunciar la corrupción, derribar a Rajoy o buscar una solución territorial, sino mostrar al resto de individuos “quién soy” y, más aún, “cómo soy”. Una moción de censura que se presenta por sorpresa y sin negociar con nadie ya no es un instrumento político, sino un recurso narrativo. Es posible que sea uno de los primeros grupos que han aplicado la autoficción a la política. [La república catalana es otro ejercicio, aún mayor, de autoficción política].

La autoficción es un relato fundado sobre el principio de las tres identidades: el autor es también el narrador y el personaje principal. Esa es una de las claves. Al tener como personaje principal de su discurso algo tan difuso como “la gente”, las ventanas se convierten en espejos. El pasado verano, gente que trabajaba en los aeropuertos hizo una huelga que dificultó las vacaciones de otra gente. Tener una organización ideológica no sólo permite analizar el hecho y discernir que el derecho está –o estaba– por encima del deseo, sino crear estructuras de apoyo que te identifiquen como actor político útil; es decir, que no sólo coagula emociones, sino que conquista territorios.

Lo que diferencia a la autoficción de la autobiografía es prescisamente que es ficción. Hay un cruce entre lo real, la vida del autor, y varias experiencias ficticias y el lector acepta el pacto de asumirlo todo como una propuesta literaria completa en lugar de discernir lo que es verdad de lo inventado. Todo entra dentro de la suspensión de la incredulidad. Quizá, el espectáculo televisivo, no sólo el reality-show, es el medio que mejor ha asumido ese cruce entre lo real y lo ficticio. El plató como escenario interminable. El actual auge de la autoficción le debe tanto –o más– a la creacción posmoderna del yo (Gran Hermano, redes sociales, cotilleo, Kardashians, etc.) que a la introspección de Proust.

En Podemos, todo es un espectáculo. Nada tiene continuidad después del primer impacto porque ese es el objetivo: llenar el escenario. Tras el show, se apagan las luces y esa oscuridad incluso proporciona un final al contrario. La denuncia primaveral de la corrupción tuvo un efecto catártico, como los carnavales o las fallas, que incluso permitió al PP intentar poner un punto final. El espectáculo hace que cualquier movimiento interno se perciba e interprete de forma emocional, desgarradora, porque es parte de una narración. Es ficción. Ficción real, pero ficción.

Tres años después de esa encuesta, el problema está fuera. Se diagnostican, como causas de la caída, la desmovilización de la izquierda (culpa por abajo) y la derechización de la sociedad, producto de la crisis identitaria (culpa por arriba). Es decir, nada se puede hacer. Nada. El proyecto estaba destinado a tomar el poder por el colapso del sistema o el proceso de recambio generacional, luego no tenía que hacer nada. El proyecto ha sido derrotado por fuerzas externas contra las que tampoco puede hacer nada. Nada. Es un mal balance, pero es un buen punto de partida.