Archivo de diciembre de 2017

La estación del AVE Felipe González

domingo, 31 de diciembre de 2017

Una foto con Felipe González. Enric Juliana sostenía hace un par de días que ese será el objetivo de Albert Rivera en 2018. Una foto para volver a encarnar el cambio, para presentarse en las elecciones de 2020 como el nuevo Macron: ni de izquierdas ni de derechas ¡España! Hay varios problemas en ese cuento de la lechera en el que, si se mira con un mínimo de interés, pueden verse las huellas frescas de los dirigentes de Podemos. Buscaron esa foto en las elecciones del 26-J y el elegido fue Zapatero, al que elogiaron sin mesura. “Es una referencia. Le consulto los temas importantes”, llegó a decir Iglesias.

El primero es que el sistema electoral español no es el francés. No se escoge un Rey Sol en una circunscripción única a dos vueltas. No habrá un duelo Rajoy-Rivera en el que el segundo pueda encarnar la renovación frente al granítico presidente, que no tiene valentía para encarar las reformas económicas, sociales y territoriales que se necesitan. Eso no sucederá. En el anterior ciclo electoral, Rajoy ni siquiera concedió un debate.

El segundo es que las primeras elecciones que se celebrarán serán autonómicas y municipales y quedan quince meses para el inicio de la campaña electoral. En ellas, se mide más la capacidad de músculo de las organizaciones que el carisma del líder. Hay que tener gente. Es algo que ya sufrió Podemos cuando muchas de sus candidaturas municipalistas se llenaron de antiguos cuadros de la agonizante Izquierda Unida. Ese músculo prestado, que le dio varios triunfos importantes, no ha terminado de asimilarse y esas costuras ya están dejándose ver. Los quince meses serán largos para los que necesitan movimientos constante.

Es probable que al bipartidismo le baste con situar el foco en las pensiones y recordar los planes privatizadores. Los jóvenes son importantes, seguro, las clases medias urbanas de cuarentaytantos, también; pero los jubilados (y su órbita gravitacional) son la masa crítica electoral. La estrella política de Manuel Pizarro se apagó cuando Pedro Solbes sacó un papel en el que defendía “tocar” las pensiones.

El PP, que sí tiene una organización, no lo pondrá fácil en esas escaramuzas territoriales. Se recordará mucho el proyecto de Ciudadanos de eliminar las Diputaciones, decisivas en la prestación de servicios fuera de las grandes ciudades y que sólo gobierna en tres ciudades medianas: Arroyomolinos y Valdemoro, en Madrid, y Mijas, en Málaga. También, pequeñas historias poco leídas en Madrid, enfrentamientos internos, dimisiones, transfugismo, etc., cobrarán importancia. Músculo. Ciudadanos debería tener en cuenta que el PP, de momento, existe. Podemos pensó que el PSOE ya no existía porque no salía en la tele.

Esa existencia define el tercer problema: la persona elegida. Felipe González tiene 75 años y, aunque sigue siendo alguien inquieto que no tiene problema en posicionarse, esa foto (de igual a igual; sin un contexto en el que FG mande) sería algo más. Puede desearla, pero esa foto, hoy, sería una traición. Considerar que el PSOE es igual a Pedro Sánchez –y que, por tanto, no es permisible atacar al todo para hundir a la parte– es una sinécdoque televisiva que puede servir para un debate o una serie, pero es improbable que sea asumida por la persona que ha sido tan referente como significado. Nadie ha sido más PSOE que Felipe. Aznar no está en esa situación. Él es el creador y no es lo mismo ser el poeta que una metáfora.

Felipe González no sería el primero que rompe consigo mismo a los 75 años, pero, más que en campaña electoral, está en los versos que Juan Luis Panero dedicó a su padre: “y las calles de Felipe González / y el colegio Felipe González”. Sí, “y la biblioteca Felipe González / y la estación del AVE Felipe González”. A pesar de toda la importancia que los años han ido acumulando en su cabeza, alguien con formación marxista conoce la diferencia entre el papel fotográfico, si es que tal cosa aún existe, y el metal de las placas donde se da nombre a los lugares.

PD: No es difícil imaginarlo en otra foto, apadrinando el gobierno entre el PSOE y Ciudadanos que no pudo concretarse en febrero de 2016. Al destino, decía Borges, le gustan las repeticiones.

España negra; Catalunya negra

sábado, 2 de diciembre de 2017

Hace años, un familiar pidió la palabra al oír la expresión “el franquismo que se nos impuso desde Madrid”. Supongo que lo hizo, más que como madrileño, porque el acto en el que participaba tenía lugar en Galicia. “Me parece absurdo”, indicó, “tener que recordar que Francisco Franco no nació en Madrid, sino aquí, como Camilio Alonso Vega, por ejemplo”.

Es algo habitual achacar a Madrid y, por extensión, al centro de la península, todo lo negro, casposo y reaccionario de la historia de España. Pero no es así. La historia es común, en lo bueno y en lo malo. Y, en algunos casos, más de lo que se cree. En los últimos meses, desde Catalunya se ha insistido en denunciar esa España antigua y oscura -franquista ha sido el adjetivo más usado- y, desde una posición de alejamiento y superioridad moral, se ha señalado como “irreformable” o “inviable”. Como mi familiar, pido la palabra para explicar que esa España negra, casposa y reaccionaria es un producto con una importante participación catalana. Advierto de que no es un texto histórico ni quiere serlo. Se trata de un ensayo de tesis en el que seguro que falta contenido y he estirado algunas relaciones de causa y consecuencia. El objetivo del texto es sostener que las cosas, observadas con un mínimo de atención, no son blancas o negras.

“Peligro de homogeneización”

Esa España debe su pervivencia al fracaso de los proyectos aperturistas y no se entiende el fracaso del liberalismo en el XIX sin la fuerza de sus enemigos ideológicos (el catolicismo y el tradicionalismo) y económicos (el proteccionismo y el esclavismo). La base del primer elemento estaba repartida, aunque Catalunya era uno de los focos principales. La guerra de los Malcontents de 1827, donde se pide reestablecer la Inquisición, es un ejemplo. El caso de Catalunya es interesante, sobre todo, para señalar cómo el antiliberalismo ideológico confluye y, discrecionalmente, se apropia de los movimientos culturales, como sucedió en el debate educativo de la segunda mitad del XIX. Esa será una de las derrotas claves del proyecto progresista y la incapacidad histórica de los diversos gobiernos para diseñar un sistema laico y público, desligado de la tutela de la Iglesia Católica, se mantendrá, con matices, hasta el XXI.

En la segunda mitad del XIX, tuvo lugar en Catalunya una recuperación cultural historicista entroncada con el Romanticismo europeo, la Renaixença. De ella, formaban parte personas de adscripción democrática, moderada, conservadora el incluso muy conservadora, como Rubió i Ors, ganador del Jocs Florals de 1841 con un poema sobre los Almogávares. Suyas son también estas palabras: «las universidades, manteniéndose católicas, sean en España las encargadas de impedir que el error [el liberalismo] se derrame por nuestro suelo». La frase sirve como imagen y resumen de dos cuestiones claves: la cohesión de la resistencia antiliberal a través del catolicismo y su capacidad de atraer otros proyectos para sus objetivos.

Esto sucederá en la oposición a las reformas educativas de Ruiz Zorrilla que, a imagen de la escuela republicana francesa, decretaban la libertad de enseñanza y terminaban con el intervencionismo eclesiástico, que habían provocado las expulsiones de los catedráticos Salmerón y Castelar, pero también se unificaban los contenidos y se ampliaba la presencia del castellano (frente al latín). La consolidación de este modelo hubiera sido clave, pero fracasó.

A través de la oposición a los últimos puntos, establecidos como el “peligro de homogeneización”, la pata ideológica (catolicismo y tradicionalismo) conseguirá, entre otros muchos, el apoyo transversal de la cultura catalana para provocar el fracaso de las reformas y, en la Restauración, el regreso de la Ley Moyano de 1857, que establecía una cierta tutela de la Iglesia sobre la educación pública y su capacidad para tener centros privados independientes. La Iglesia aplica una visión larga y tiene sus propios mapas; en el siglo XXI sigue apelando “peligro de homogeneización” para mantener sus privilegios, aunque, usando el lenguaje del neoliberalismo, lo denomina “libertad de elección”. Lo interesante de este detalle, que no es menor, pero no deja de ser un detalle, es el uso del elemento cultural-identitario como cohesionador de un proyecto de raíz conservadora e incluso reaccionaria, algo que volverá a suceder.

“Sálvense las colonias”

La base del elemento económico (esclavismo y proteccionismo) estaba menos repartida. No se entiende el desarrollo económico catalán sin la importancia de ellos y los principales proyectos políticos surgidos desde Barcelona, las personas fueron otra cosa, se basaban en la defensa tanto de los aranceles como del tráfico de esclavos. Ya no hablamos de un detalle, sino de un factor decisivo. Es decir, más que la resistencia de los sectores reaccionarios, representados por la Iglesia Católica o el Carlismo, comunes a otros territorios, el gran problema del proyecto liberal español es que, al contrario de lo que sucedió en Europa, no pudo contar con el apoyo de la clase social pujante, la burguesía.

La esclavitud es algo tan molesto que se ha borrado de la memoria, pero se trata de un factor imprescindible para comprender el pasado. A mediados del siglo XVIII, España e Inglaterra se enfrentaron en lo que se llamó la Guerra del Asiento. El nombre se refería al llamado “asiento de negros”, el permiso para la trata de esclavos africanos en las colonias españolas (Portugal permitía la esclavización de los indígenas; España, no, aunque las Encomiendas se parecían al sistema de Servidumbre). Inglaterra perdió y devolvió el “asiento” a la Corona española que, en lo que hoy conoceríamos como colaboración público-privada, estableció un sistema de concesiones.

En 1765, se creó la Compañía Gaditana de Negros, primera empresa peninsular destinada al tráfico de personas. Ese mismo año, Carlos III concedió al puerto de Barcelona la capacidad de comerciar esclavos con las colonias. El resto del comercio se había autorizado con los Decretos de Nueva Planta. Es interesante leer, por ejemplo, La burgesia catalana i l’esclavitud colonial, de Jordi Maluquer de Motes o la obra de Josep Maria Fradera, reñido en público por Jordi Pujol por sus investigaciones sobre el pasado colonial catalán, para entender cómo el tráfico de esclavos sirvió para el proceso que se conoce como apropiación original; es decir, la acumulación de capital por parte de una élite antes de iniciar un proceso económico; en este caso, la industrialización.

Los apellidos de los comerciantes o poseedores de esclavos nos suenan, hay ascendientes de empresarios y políticos en activo, pero es importante no aplicar una mirada de superioridad moral. Repasar la lista de apellidos sirve para ver el funcionamiento de los procesos económicos y cómo estos están ligados a los procesos políticos. Como sostiene el periodista Manuel López Ligero: “Todo es propiedad, por lo tanto, todo son apellidos”. “Somos 400 familias, y siempre somos las mismas”, en palabras de Fèlix Millet. Pero no salgamos del materialismo. Juzgar las cosas, como hace la posmodernidad, impide analizarlas y entenderlas porque la emoción lo inunda todo. Estos apellidos se condensan en un grupo de presión heterogéneo que intervendrá en la creación de iniciativas aparentemente contrarias, como la Restauración borbónica o el Catalanismo político, o el golpe de estado de Primo de Rivera, que sólo tienen sentido si se enmarcan dentro de los intereses económicos.
“Comercio triangular”

Y, para el análisis, es importante tener en cuenta el hecho de que Catalunya llega tarde a este comercio. En el siglo XIX, la esclavitud comienza a ser cuestionada (por razones humanitarias y materiales) y España se adhiere, de forma obligada, a tratados internacionales para evitarla. Pero no los aplica. Los barcos españoles no capturan barcos esclavistas y, en cambio, es habitual la presencia de altos cargos de la administración civil y militar en el comercio. Incluida, la Corona. Esta cuestión hace que el esclavismo no sea un sector económico más, sino un negocio muy ligado a la corrupción política. Sobre esta cuestión, es interesante leer La esclavitud en la América española, de José Andrés-Gallego.

Los españoles no capturaban barcos esclavistas; pero los ingleses, sí. La inseguridad de los mares provocó la aparición, además de los bancos o las compañías de seguros, del llamado “comercio triangular”. Las empresas concesionarias llevaban esclavos africanos, o siervos asiáticos (culis) a las colonias americanas y Filipinas; pero, en muchas ocasiones, no importaban directamente dinero, sino materias primas, ya que estas despertaban menos interés en los barcos ingleses, policiales o piratas.

A partir de finales del XVIII, comenzaron a llegar al puerto de Barcelona grandes cantidades de algodón o azúcar, elementos que serían claves en la potente industria alimentaria y textil que desarrollará Catalunya en el siglo XIX. También llegaron café o tabaco, algo que conducirá a la fundación de grandes empresas. Por ejemplo, la Compañía General de Tabacos de Filipinas, la primera multinacional española. A partir de ese momento, la economía catalana comenzó a estar fuertemente ligada a las colonias; tanto, que, en la guerra cubana llamada “de los 10 años”, el primer grupo militar que desembarcó en la isla fue el de los Voluntarios Catalanes, reclutado por la Diputación de Barcelona. Tanto, que el diputado Josep Puig i Llagostera exclamó en las Cortes: “Sálvense las colonias y piérdanse los principios”

Esas grandes cantidades de materias primas que llegaban a los puertos provocaron la aparición de un eje fundamental: el proteccionismo. Los centros portuarios, Santander, Cádiz, perteneciente a una división administrativa con capital en Sevilla, o Barcelona, buscaron cerrar el mercado para la industria basada en esas materias primas, como la textil (en el caso de Cádiz, por ejemplo, situada en la sierra, lo que después fue un problema para las infraestructuras). Esta burguesía se enfrentó con los productores (valencianos o del interior de Catalunya o de Andalucía) y pactó con los cerealistas castellanos, también partidarios del proteccionismo. Un pacto del Majestic del XIX.

El arancel fue una cuestión clave en toda la política española desde Fernando VII hasta la Guerra Civil y, por ejemplo, está en el origen de las sublevación barcelonesa de 1843 contra el gobierno de Espartero. Tres años después, se produce la II Guerra Carlista, llamada dels Matiners, que se desarrolla casi íntegramente en Catalunya. Su origen es muy transversal, desde la gran crisis europea al sistema de reclutamiento, pasando por los aranceles o la introducción del sistema propiedad liberal, contrario a los usos tradicionales, y a los tradicionalistas se unirán incluso los republicanos. La guerra es interesante porque, de nuevo el proyecto reaccionario es el que logra cohesionar a todo el colectivo. Buena parte de los carlistas derrotados participarán en la Primera Guerra de Marruecos, un foco colonial que será clave en el siglo XX.

El arancel Figuerola

El lector puede hacerse la idea de que Catalunya es, en el siglo XIX, un foco de reaccionarios o facciosos, palabra con la que se llamaba a los carlistas. En absoluto. No puede entenderse la Gloriosa (1868), el intento español de tener un proyecto liberal, sin la participación catalana (Prim, Figuerola, Figueres, Pi i Margall, etc.). Pero tampoco su fracaso y la posterior llegada de la Restauración borbónica.

Prim y su rey, Amadeo, se posicionarán en contra de la esclavitud y a favor de una mayor libertad del mercado. Laureà Figuerola, ministro de Hacienda, famoso por ser el creador de la peseta, intentó reducir los aranceles con una reforma promulgada en 1869. Esta iniciativa librecambista tuvo una fuerte oposición de la burguesía catalana, ya unida en una patronal (Foment de la Producció Nacional). El plazo de implantación era de seis años y no lo logró. En 1874, la monarquía borbónica fue restaurada y, con ella, el proteccionismo, pero la vinculación entre los intereses de la burguesía, proteccionismo, y esa recuperación cultural, de base romántica y tradicionalista, a la que ya podemos llamar catalanismo, se intensificará.

En 1882, se funda el Centre Català, con la voluntad de defender los intereses de Catalunya en la Restauración. Proponía ser una plataforma unitaria para unir todos los catalanistas, desde las posturas progresistas a las reaccionarias, y rechazaba la participación políticos catalanes en otros partidos. Esta institución presentará en 1885 el Memorial de Greuges a Alfonso XII, en el que se rechaza la unificación del Código Civil, se solicita reconocimiento para el catalán y se denuncian de ciertos tratados comerciales en defensa del proteccionismo. Ese año, se incorporan empresarios conservadores carlistas –y proteccionistas y esclavistas–, que juegan a dos barajas.

Liga Nacional, Lliga de Catalunya, Lliga Regionalista
La burguesía esclavista catalana, al igual que la gaditana o la santanderina, se había reunido tras la Gloriosa en torno a los llamados Círculos Hispano Ultramarinos, promotores de un grupo de presión político: la Liga Nacional, cuya sede principal estaba en Barcelona y que contaba con el apoyo de Foment de la Producció Nacional, el Institut Agrícola Català de Sant Isidre, el Institut Industrial de Catalunya o la Societat Econòmica d’amics del País.

Tras resistirse durante años, España se ve forzada en 1886 a declarar la abolición total de la esclavitud y desaparece la Liga Nacional. Un año después, el grupo conservador abandona el Centre Català y funda la Lliga de Catalunya. Su primer presidente, Ferran Alsina, había sido el candidato derrotado por Valentí Almirall. Alsina era el socio de Eusebi Güell, directivo de la Liga Nacional, en el negocio textil. Sobre los apellidos, es interesante leer L’oasis català  de Andreu Farràs y Pere Cullell. Este grupo tratará, de nuevo, unir a grupos heterogéneos en la defensa de sus intereses a través del uso de recursos culturales e indentitarios.

Su herramienta será primero la Unió Catalanista, que promoverá las Bases de Manresa y, después, tras la pérdida definitiva de las colonias, la Lliga Regionalista, fundada en 1901, dos años después del 98. El propio fundador de la Lliga, Francesc Cambó, relacionaba la pérdida de los mercados antillanos con el planteamiento serio del problema catalán. Lo recoge Maluquer. Sería interesante separar el catalanismo de esos instrumentos políticos de defensa de los intereses de la burguesía que usan discrecionalmente elementos culturales e identitarios. En palabras de Fradera: “el catalanismo no es resultado del nacionalismo; lo precede y sobrevivirá a él”.

El salto entre la Liga Nacional y la Lliga de Catalunya puede parecer imposible a ojos del siglo XXI, pero todo es más entendible si se tiene en cuenta el fuerte carácter reaccionario de una parte de ese movimiento cultural, como un grupo vinculado al diario la Renaixença, promovido –el diario– por Prat de la Riba y dirigido por Guimerà. De ese grupo (Coroleu / Pella i Forgas) saldrá una obra interesante llamada Los fueros de Cataluña (1878), donde, por ejemplo, se habla de “los derechos imprescriptibles de sus pueblos” o se sostiene que “la nación catalana es la reunión de los pueblos que hablan el idioma catalán”. Pero también, que “siendo la religión de los catalanes la católica, apostólica y romana, no le es lícito a ningún laico discutir pública ni privadamente acerca de sus dogmas” y, además del sufragio para cabezas de familia, se reclamaba el desempeño de oficios a los nacidos, excluyendo a los naturalizados. O La Tradició Catalana (1892), de Torras i Bages, respuesta a la visión más progresista de Valentí Almirall. Para Torras, que ataca al “uniformismo nacido en Francia” (recordemos las reformas de Ruiz Zorrilla), el regionalismo es lo contrario a este liberalismo impío y por eso la Iglesia, que es eterna como las naciones, está de su parte. Hay un hilo entre este discurso del XIX y ciertas cuentas de twitter del XXI.

“Antipatriota”

En este contexto, se entiende el choque inicial que se produce entre el catalanismo y el movimiento obrero, entre Güell y Alsina, y los trabajadores de sus colonias industriales, un sistema no muy lejano a la servidumbre. El enfrentamiento se prolongará en el XX cuando la patronal decida emplear a la Unió de Sindicats Lliures, de origen tradicionalista, contra la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), acusada habitualmente por los primeros de “antipatriota”.

Es también interesante la pequeña etapa de Solidaritat Catalana (1906-1909) como otra coagulación oportunista, en este caso, contra la Ley de Jurisdicciones. La transversalidad de la iniciativa incluía a los carlistas, a la Lliga y a los republicanos; de hecho, fue encabezada simbólicamente por  Nicolás Salmerón. La transversalidad, y el uso político de lo cultural e indentitario, provocaron el crecimiento del Partido Radical de Lerroux. Las coincidencias concretas con el XXI son menos importantes que la base, el uso de instrumentos políticos y culturales para la defensa de los intereses de clase.

Es algo que también sucederá en España, donde la élite, burguesía y nobleza, se apropiará de los elementos culturales e identitarios, en clara disputa durante el primer tercio del XX, para defender su estatus, convirtiendo cualquier cuestionamiento en “antiespaña”. Es algo que también pervive hasta nuestros días. La bandera de España sirve para ocultar la factura de la luz.

En el XX, la España negra, casposa y reaccionaria se concretará en el colonialismo, el proteccionismo o la corrupción, condensados en el negocio que significaron las guerras de Marruecos, claves para la industria textil de buena parte de los promotores de la Lliga. También, en la explotación (colonias industriales), la represión de los movimientos democráticos y obreros (pistolerismo), y en las políticas autoritarias. El golpe de estado de Primo de Rivera, capitán general de Catalunya, no se entiende sin la participación de la burguesía catalana.

La lista podría seguir y se hace necesario recuperar Els catalans de Franco, de Ignasi Riera y ver cómo los mismos apellidos apoyan iniciativas diferentes porque son su herramienta para defender los intereses de clase. De nuevo, es importante no aplicar una mirada de superioridad moral y echar en cara a fulano o mengano haber saludado con el brazo extendido. Juzgar las cosas impide entenderlas y hacerlo desde la tranquilidad de una democracia es miserable. Las cosas no son blancas  o negras y, en el caso de que sean negras, las hemos pintado entre todos.