18 motores

Hace unos meses, estuve en una mesa redonda en Badajoz dedicada a las relaciones entre España y Portugal, concretamente, entre Madrid, Barcelona, Lisboa y Oporto. Se habló de descentralización porque es un tema inevitable cuando hay catalanes y porque Portugal vuelve a debatir la regionalización. Lo que expliqué tiene muy poca importancia y no creo que nadie lo recuerde; sin embargo, meses después un compañero de mesa me pidió la referencia de un libro que le comenté durante un café. El libro es Armas, gérmenes y acero del naturalista estadounidense Jared Diamond, donde éste trata de explicar por qué Pizarro capturó a Atahualpa en Cajamarca y no fue al revés, es decir, por qué Chávez se llama Chávez y no Tchequislán, por qué habla en castellano y no quechua y por qué, siendo golpista, no se le impidió el acceso a la polí­tica, aspecto que no se hubiera producido en el caso de que los colonizadores hubieran sido protestantes como sucedió algo más arriba.

Sigamos el hilo de Diamond. Eurasia posee una ventaja de partida: tiene muchas más especies vegetales y animales con capacidad para ser domesticadas y su eje continental es horizontal, lo que permite la comunicación porque la duración del dí­a y la noche y el clima son parecidos al tener el mismo régimen estacional. Puede haber arroz, cereal, lino, caballos, vacas o perros en Valencia y en Vietnam, aunque en Vietnam no hay subvenciones por el lino. En América y África, donde hay muchas menos especies con posibilidad de domesticación, el eje es vertical, lo que provoca un problema de comunicación, ya que el cambio de hemisferio provoca un régimen estacional diferente y, además, hay multitud de obstáculos naturales, aspecto que también se da en Oceaní­a y la Antártida. La domesticación permite que el cazador-recolector se convierta en pastor-agricultor y pase de nómada a sedentario formando los primeros poblados, donde la convivencia entre hombres y animales hace proliferar las enfermedades. Unos mueren pero, los que quedan, están inmunizados. La vida tranquila y el acceso a los recursos permiten que la población se multiplique dando lugar a las primeras ciudades donde se inicia la especialización. El flujo de recursos permite que haya carpinteros y panaderos y también escritores, sacerdotes, militares y gente que manda. Nacen los primeros paí­ses. Sé que voy muy rápido pero estoy resumiendo un libro de 1.000 páginas.

Los grupos donde un poder centralizado dirige a militares profesionales bien armados e inmunizados y que tienen a mano los recursos de intendencia alimentaria, sanitaria, económica y cultural se imponen a los grupos donde faltan alguna de estas caracterí­sticas. A mí­ también me cae bien William Wallace pero es lo que hay. Pizarro pertenecí­a a una zona, Europa, muy castigada por las enfermedades y, por lo tanto, era portador de un número considerable de gérmenes ante los que estaba inmunizado. Habitualmente, se destaca el poder de las armaduras, la pólvora o los caballos pero el arma mortal de los colonizadores europeos fueron los gérmenes. La viruela o el tifus mataron a la práctica totalidad de la población indí­gena, situación que después se repetirí­a en las colonizaciones de Oceaní­a o África.  Pizarro pertenecí­a a un estado con una fuerte especialización que le permití­a llevar buenas armas, fuertes armaduras, cabalgaduras y alimentos pero también escritos sobre esas nuevas tierras y, ya dicho, genes resistentes a las enfermedades. Athaualpa, cuyo imperio vení­a de una guerra civil, no sabí­a bien a quién se enfrentaba y acudió a la cita de Cajamarca sin olerse con quién se jugaba los cuartos. Si hubiera habido algún tipo de comunicación entre los pueblos precolombinos, los colonizadores sólo hubieran podido usar el factor sorpresa una o dos veces. Por cierto, ¿a qué estado pertenecí­a Pizarro? Volveremos sobre este punto.

¿Pero por qué Europa y no Asia; Oriente Próximo, donde nació la civilización o Lejano, donde se llegó muy pronto a grandes cotas intelectuales y técnicas? Diamond cree que Europa tuvo una ventaja polí­tica. Primero, el Imperio Romano expandió esas especies animales y vegetales domesticadas, así­ como diversas tecnologí­as para aprovecharlas, y proporcionó una lengua para facilitar el intercambio de conocimientos. Pero, tras la caí­da, Europa no fue invadida por otro imperio, sino que se dividió en multitud de unidades polí­ticas, tantas que provocarí­an un colapso nervioso a Rosa Dí­ez, y no ha vuelto a ser una unidad polí­tica nunca más. Lo más cercano, hasta la UE, fue el Imperio Napoleónico y el III Reich. Estas unidades polí­ticas guerrearon, pactaron, comerciaron, saquearon, investigaron, espiaron, emigraron, follaron y, en general, se comunicaron provocando una saludable competición que situó al continente, tras unos siglos oscuros, a la cabeza del mundo. Tal cosa, como también recuerda en el historiador Paul Kennedy, era impensable en el siglo X cuando Europa, arrasada por las guerras y las enfermedades, estaba cerca del colapso. ¿Qué pasó? Kennedy llega a la misma conclusión. Los imperios que existí­an en el siglo X, Islam, Bizancio, China o Maya, todos con mejores perspectivas que Europa, fueron cayendo estruendosamente. Cuando un imperio sufre una crisis económica, polí­tica o social se cae con todo el equipo y nos les queda más que esperar la invasión de otro imperio que imponga su capital, es decir, su polo económico, social, cultural y de servicios. Hay sustitución, no competición, como en Europa, donde siempre ha habido un motor, aunque haya ido cambiando de localización: pení­nsula Ibérica, pení­nsula Itálica, Francia, Reino Unido o Alemania. Pero, ¿a qué estado pertenecí­a Pizarro? A ninguno porque este concepto, como el de nación, es posterior. Su unidad administrativa se llamaba Castilla y llevaba siglos compitiendo con otras de su esfera cultural, León, Portugal, Navarra o Aragón, y otras de una diferente, las islámicas. Esa competición/comunicación habí­a provocado que esos preprotoestados alcanzaran una capacitación militar, cultural y cientí­fica que los colocaba en una situación de privilegio para expandirse. Aragón lo hizo hacia el Mediterráneo y Castilla y Portugal, hacia el Atlántico.

La explicación de Diamond tiene una base de materialismo histórico y otra, de liberalismo darwinista, sin olvidar nunca el factor humano. Es impecable. Aproveché su solidez para dar un salto epatador. Sucede lo mismo con las Autonomí­as, dije. Portugal depende de Portugal mientras que España depende de España y, gracias a la descentralización, de sus 17 autonomí­as; cada una con su estructura propia con gobierno, parlamento, universidad, medios públicos, hospitales, cajas de ahorros, organizaciones empresariales y sindicales, edificios emblemáticos (palacio de congresos, centro de cultura y museo de arte contemporáneo), polos de servicios, polos comerciales, polos industriales y, en general, un sistema que consigue que las Autonomí­as puedan vivir de espaldas a Madrid (a España, según la prensa de Madrid) y que España tenga siempre un motor económico y pueda evitar los estallidos de las burbujas. Tenemos 18 motores, apostilló un cargo de la Junta cuando le solté el rollo en la cena. España sufrió la desindustrialización de los 80 pero la deslocalización de los 90, que en Portugal han acusado mucho, nos ha afectado menos porque la creación de sistemas autonómicos ha seguido provocando flujos de capital que han logrado una reconversión silenciosa desde la fábrica a los polos industriales que hay en los cada vez más numerosos polí­gonos. Son pequeñas empresas (Gallardo, por ejemplo) a nivel global, incluso a nivel estatal, pero su fuerza, económica, mediática y polí­tica en su territorio las blinda (dentro de lo cabe, aunque las cajas de ahorros son un buen escudo), frente a las compras foráneas, un problema muy importante para Portugal. 

Se habla de las Autonomí­as frente al Estado Central como un grupo de insaciables forajidos que asaltan la caja de una residencia de ancianos sin reconocer y darnos cuenta de que todo es estado. Las autonomí­as compiten y pactan, suprimen impuestos o pruebas polí­ticas económicas para ser más que el que está al lado, se especializan permitiendo que España siempre tenga un motor. La caí­da del ladrillo valenciano será sustituida por el polo lúdico aragonés o por los polos tecnológicos en Navarra o Málaga o por las apuestas en renovables de Almerí­a o biocombustibles de Castilla y León o, quizá, por el centro de producción audiovisual alicantino. Siempre habrá algún sitio en el que se mueva el dinero y éso es la economí­a. La competición/comunicación entre Autonomí­as es una de las claves, junto con el dinero que nos ha llegado de La Unión Europea, del crecimiento español en los últimos 15 años, mucho más que el Estado Central. Entonces, ¿cuál es el problema? Hay una cuestión polí­tica, de aprovechamiento polí­tico, que aprovecha un factor psicológico generacional: el recuerdo del pasado siempre tiende a la idelización. Los grupos que con el cambio han perdido poder o han ganado en desconcierto hablan de un pasado ideale inexistente en el que los servicios dependientes del Estado Central, educación, sanidad, seguridad o infraestructuras, eran magní­ficos. El cambio siempre deja cadáveres y éstos tardan en reconocer que están muertos y confunden su propio fallecimiento con el fin del mundo.

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