Excepto los pirómanos

2 de julio, 2018

Cuando un gobernante acceder al poder, es lógico que quiera solucionar los problemas; en concreto, aquellos que se han producido cuando estaba fuera y que, directa o indirectamente, han provocado su acenso. Así, es normal que Sánchez busque una solución para la cuestión territorial y, sobre todo, para la situación creada en Catalunya. Es un error. Lo más probable es que cualquier intento, por bien encaminado que esté, acabe en un fracaso que, a medio plazo, puede provocar un acortamiento de su estancia en el gobierno. La clave es que la situación, ahora mismo, es irresoluble desde fuera. Cualquiera que entre se quemará. Excepto, claro, los pirómanos.

El problema de Catalunya no es España, sino Catalunya. Según la doctrina política de los tres elementos, el reconocimiento de un Estado depende de si una población que habita un territorio determinado está organizada bajo una autoridad pública efectiva que tiene soberanía interna o, en el caso del período inicial, poder constituyente. Es decir, la base –hablamos de modelos democráticos– es el reconocimiento interno. El externo viene después.

Cuando se analiza el otoño de 2017, se hace hincapié en la parte institucional; es decir, en la ausencia de esa autoridad pública efectiva, lo que en el procés se ha llamado “estructuras de estado”. Es probable que centrar toda la atención en el tercer factor tenga que ver con la incomodidad que provoca examinar el problema previo y fundamental: la población no reconoce el proyecto o, mejor dicho, no lo reconoce de la forma mayoritaria e incontestable que es necesaria en este tipo de procesos. El problema político de la fuga de empresas no es económico, sino político: el reconocimiento de la autoridad pública efectiva.

Se puede debatir sobre si el apoyo es del 49%, del 50% o del 51%; si tal o cual partido o persona no apoya el objetivo final; pero sí, su tramitación. Si un proceso rupturista necesita material de laboratorio, como microscopios o balanzas de precisión, para medir sus apoyos, es poco probable que alcance sus objetivos. Estamos en 2018. Sobre todo, cuando los que quedan fuera no son un conjunto indiferente, sino que se posicionan claramente en contra. El proceso catalán tiene muchas cuestiones inéditas y cabe añadir otra: el partido más votado del futuro Estado es uno que quiere la destrucción del Estado.

Pensar que el concepto de Estado solo engloba una estructura administrativa es tener una visión muy corta. Quizá, ese ha sido otro de los problemas. Un Estado se compone también de las relaciones sociales y podríamos decir que es el modo de actuar, más allá de la burocracia. Es decir, el Estado muestra su fortaleza tanto en la elaboración de los consensos como en la gestión de los disensos. O, quizá, más en esto último. Por eso, la moción de censura es una muestra de la solidez del Estado y la permanencia del gen convergente es una muestra de debilidad.

El problema de Catalunya es Catalunya y es un problema irresoluble porque no se reconoce como tal. Siguiendo la tradición reaccionaria hispánica (Menéndez-Pelayo), no se busca la gestión del conflicto, sino la exclusión moral y simbólica de los disidentes, definidos como “anti”. Eso hace que la situación esté enquistada. No se puede volver y también es imposible avanzar. Sólo quedan los símbolos, los gestos. Y lo probable es que se usen para mantener la ficción de un conflicto.

Esa es la situación a la que se enfrenta el nuevo gobierno y, por eso, fracasará. El procés ya no avanza. Es una peonza girando sobre sí misma y, como cualquier cuerpo en rotación, eleva la temperatura del espacio que ocupa. No, de una manera alarmante, pero cualquiera que entre se quemará. Excepto los pirómanos, claro. La única salida del procés es que otra peonza, otro proyecto reaccionario similar, ocupe la Moncloa por si un choque inesperado –el cisne negro que no se produjo en otoño– se da en esta ocasión.

Lucia, Marie, Emma, Anna (en torno a Lucia de Lammermoor)

25 de junio, 2018

[Hyaterá: matriz. Histeria: afección psicológica propia de la mujer que causa trastornos en su comportamiento].

En la medicina griega, se creía que el útero era un órgano móvil que se desplazaba por el cuerpo de la mujer, especialmente, cuando no tenía relaciones sexuales. La histeria era siempre una posibilidad. Cualquier comportamiento extraño, ansiedad, irritabilidad, decir que no o querer tener una vida propia, era considerado un síntoma de la histeria. El remedio, ya desde el siglo VII, era un masaje en la zona pélvica que provocase lo que se conocía como paroxismo histérico. Las mujeres podían ser masturbadas por matronas o doctores hasta el orgasmo porque no eran seres sexuales, con deseo, sino solo gestantes. La estabilidad emocional y psicológica de la mujer estaba vinculada a un elemento misterioso del que no se podía predecir el comportamiento; por lo tanto, no podía acceder a ningún puesto de responsabilidad porque cualquiera era una loca en potencia. Mejor, dicho, una histérica. En el lenguaje actual, una loca del coño.

La puesta en escena de David Alden sitúa la historia de Lucia de Lammermoor en la época victoriana, el gran momento de la histeria, la época en la que según la ensayista Elaine Showalter, se produce una feminización de la locura y las mujeres se convierten en el objeto principal del estudio psiquiátrico, con Freud como principal ejemplo. El escenario, el castillo de los Ashton, se transforma estéticamente en un psiquiátrico en el que, al inicio, Lucia duerme en una cama giratoria, como si la obra no nos fuera a mostrar lo que va a suceder, sino lo que ya ha pasado. En la presentación, Alden indicó que había elegido la época victoriana para mostrar una sociedad patriarcal en la que la familia, los modos sociales o la religión llevan hasta el límite a las emociones de la protagonista hasta que se rompe.

La mirada de Alden transforma la tradicional historia de familias enfrentadas y amor pasional en una interpelación de cómo los distintos rostros del poder presionan a una mujer hasta romperla, hasta que estalla internamente y deja de ser ella, hasta que grita envuelta en sangre, excluida del mundo, como Marie, la protagonista de Die Soldaten. La temporada 17/18 termina con dos mujeres cubiertas de sangre, dos mujeres que gritan, dos mujeres rotas. Quizá, ese hilo entre Marie y Lucia es el que provocó que Alden recibiera algunos abucheos en el estreno. Una inofensiva puesta en escena histórica hubiera permitido disfrutar del espectáculo agradable; pero, si el arte no molesta, ¿qué es?

La trama es una historia clásica. Los Ashton tienen problemas de dinero y el cabeza de familia, Enrico, quiere solucionarlo concertando un matrimonio para su hermana Lucia. A su vez esta ama a Edgardo Ravenswood, la familia enemiga, cuyo castillo ocupan los Ashton, y se promete con él justo antes de que se vaya a captar apoyos políticos para su causa. Las mujeres, resignadas a las lealtades privadas, como el amor romántico, que los hombres pueden compatibilizar con las lealtades públicas, la política, el honor, la aventura o la guerra. También, el cuerpo femenino como objeto mercantil y territorio violentado. Historias clásicas.

La mirada de Alden sitúa esa trama en una frontera entre lo real y lo imaginado por Lucia. Su habitación, que es todas las habitaciones del castillo, tiene un pequeño escenario en el que Alden sitúa varias de las escenas clave de la obra; en especial, el aria de la locura, el momento concreto de la trama en el que Lucia pierde la razón tras asesinar al marido impuesto por su hermano y ser despreciada por su prometido. Siempre es tranquilizador pensar que existe un momento concreto en el que se produce el extravío, en el que la copa se rompe al tocar el suelo, la catarsis del individuo frente a la norma y consiguiente desplome, pero la puesta en escena nos explica, como en el caso de Die Soldaten, que hay un proceso en el que no solo hay un suelo.

La soprano Lisette Oropesa señaló en la presentación que Lucia “no tiene a nadie”. Es presionada por su amado, por su hermano, por el capellán y por el resto de personajes de la obra que le piden que ceda a sus respectivos deseos por algún bien superior: el amor, la familia, el recuerdo de su madre o Dios. Lucia se siente a punto de estallar y su hermano la señala como histérica aplicándole el remedio habitual, la masturbación. No hay incesto, sino la consignación de su rebeldía como un trastorno. El negarse al deseo ajeno, el tener deseo propio, queda dentro del terreno de la insanía, de lo que hay que corregir.

Oropesa construye una Lucia frágil, pero contenida, algo nada sencillo en una obra en la que el despliegue vocal es arrollador. El director musical, Daniel Oren, agradeció al Teatro Real la selección de voces en la presentación. En la famosa aria de la locura, Oropesa mantiene un dúo con la armónica de cristal, instrumento de timbre desasosegante basado en la sonoridad de las copas con agua. Para huir del dramatismo, se convierte en vidrio. El montaje no prescinde de la escena final del cementerio, la muerte de Edgardo, que podríamos enlazar con el inicio, Lucia durmiendo en la cama del psiquiátrico, otra vez a punto de revivirlo todo en un bucle interminable. Por eso, Lucia no solo dialoga con Marie, sino con Emma Bovary o Anna Karenina, dos novelas donde aparece la ópera, pero también con la loca del ático de Jane Eyre o la señora Dalloway, con un coro de mujeres que, desde la historia, nos dicen que no son histéricas, sino que están rotas.

Lucia de Lammermoor (hasta el 13 de julio en el Teatro Real)

Enlaces:

El gobierno 15M, un triunfo del Estado

8 de junio, 2018

“Sí, se puede”. El grito de la semana pasada dejaba una pregunta: ¿es el gobierno del 15M? La respuesta es sí. De hecho, ese es el gran problema de este gobierno. Narrativamente, funciona mucho mejor como final que como principio. Es la conclusión del viaje del héroe realizado por Sánchez y, sobre todo, la concreción de las aspiraciones expresadas el 15M con el grito de “no nos representan”. Esta semana ha concluido el ciclo político que se abrió en 2014, el que sostenía que el eje izquierda-derecha estaba superado y que debía ser sustituido por otro generacional: viejo-nuevo. Ya está. Este es el gobierno de lo nuevo. Es un gobierno populista. Este es el gobierno del cambio que representa –aspiracionalmente, sobre todo– a ese sujeto político llamado “la gente”.

Es interesante ver que el gobierno del cambio no ha sido confeccionado por ninguno de los dos nuevos partidos, sino por uno de los antiguos, por uno al que se daba por muerto hace un par de años y que esta semana ha mostrado de una forma avasalladora que ha superado tanto su problema para atraer personalidades como el control del ritmo cronológico de las redes sociales. El PSOE no llegó a morir porque los procesos políticos no se adaptan a los formatos televisivos.

Los nuevos partidos han querido anotarse el tanto de una manera poco estética. Era esto, era esto, era el mensaje que se intuía en la entrevista de hace unos días en la SER a Iñigo Errejón. La transversalidad era esto. Por eso, la influencia de Podemos ha sido tan escasa. Era su idea inicial. Existía la idea de que su influencia no podía ser igual que la vieja IU. Es cierto: ha sido menor.

La oposición a corto plazo no será fácil: requiere abandonar el eje viejo-nuevo y reconstruir el ideológico, algo que tampoco se adapta a la velocidad de la televisión. Errejón reclamaba colaboración entre los proyectos progresistas porque entiende que su proyecto tenía sentido dentro del choque generacional. Ahora, está desdibujado. Sucede lo mismo en el Congreso (según Myword, los votantes de UP son los que mejor ha recibido al nuevo gobierno). Por decirlo en el lenguaje de tuiter: no se puede descarrilar el gobierno NASA desde la Sierra.

Regresar al eje ideológico no será sencillo porque la acción política de la izquierda se basa en la movilización, algo que precisa de esas organizaciones a las que la actual dirección de Podemos se enfrentó en los años de su eclosión. El gobierno del cambio sí facilita que UP evolucione en Unidad Popular, un proceso que requerirá de una reestructuración (iniciada en Andalucía) y de un recambio, que volverá a ser traumático, en la dirección.

Luis Garicano, olvidando que Ciudadanos votó en contra de la moción, ha señalado que este gobierno sin burócratas grises es la idea que ellos tienen. Además de revelar que carece de espejos en casa, ese análisis revela un desconocimiento profundo del funcionamiento de la política, que no es solo lo obvio, lo visible. El PSOE ha logrado sobrevivir estos años gracias, por ejemplo, a que tuvo 20.000 concejales en las anteriores elecciones municipales (por 1.000 de Ciudadanos y un par de decenas de Podemos).

Ciudadanos, además de cambiar de director de escena de sus festivales, debería tener en cuenta que el PP tuvo aún más y que también tiene mucha presencia en las diputaciones o en los parlamentos autonómicos. Matar al PP es muy complicado. Hay mucha gente. Ucedización es una palabra que ya se escucha poco; quizá, porque los que la repetían en abril, hace dos meses, desconocían que la UCD no existía, sino que era una coalición de 20 partidos. El PP sí existe. El PSOE, también.

Ese es el principal mensaje que lanza el nuevo gobierno: los partidos existen. El Estado existe y no es un bloque monolítico institucional fácilmente bombardeable, sino una combinación permeable de elaboración de los consensos y control de los disensos. En medio año, el Procés ha comprobado algunos de los recursos de los estados para permanecer: el monopolio de la violencia, la persuasión legal y, finalmente, la renovación adaptativa. Todo eso es el Estado (el 113 y el 155 de la Constitución).

Pocas cosas han envejecido peor estos cinco días de junio que las escenas del Procés y será complicado, en un momento en el que la forma es el fondo, defender en Europa el discurso de la España irreformable. Estamos como hace 150 años. Liberales (tecnócratas reformistas) en Madrid, Carlistas (legitimistas románticos) en Barcelona  (en este grupo entran tanto los procesistas como Ciudadanos).

Ese será el gran problema: la coalición reaccionaria. Ciudadanos, superado el shock, se dará cuenta de la gran ausencia del gobierno del cambio, la bandera, y recuperará su discurso unificador, no tanto contra la plurinacionalidad (este gobierno no ha hecho bandera), sino contra la diversidad y volverá a ponerse al frente de manifestaciones contra las lenguas constitucionales, es decir, contra la Constitución, contra las lenguas españolas, es decir, contra España. Los proyectos reaccionarios españoles son nacionalistas y, por tanto, excluyentes, y siempre encuentran alianzas en otros proyectos reaccionarios. Así acabó la Gloriosa. El PP luchará por ese discurso y lo hará desde los 100.000 cargos públicos que tiene. Es probable que, en las próximas elecciones, el PP quede fuera de lo urbano e inicie el viaje que el PSOE acaba de terminar.

Volver a 2011

1 de junio, 2018

La moción de censura es una victoria de Pedro Sánchez. Y de su equipo. Si apuramos, del PSOE. Y ya. Al conocerse la votación, se oyeron gritos de “sí, se puede” en el Congreso y el grupo parlamentario de Unidos Podemos estalló de una forma más explícita que el socialista. En las redes, se vinculaba el éxito de la moción a la movilización social y, en una pirueta complicada, al movimiento 15M. ¿El éxito del 15M es volver al 15 de mayo de 2011?

Hay algo cierto: la moción nos ha devuelto a ese momento. Ha sido muy siglo XX. Las negociaciones han girado en torno a los actores tradicionales (PP, PSOE y nacionalistas) y han mostrado la irrelevancia actual de los tres proyectos de la nueva política (Ciudadanos, Podemos y procesistas). Los tres tenían poco que decir. Los segundos no podían descarrilar otra vez el tren del cambio y los últimos carecían de representación efectiva. Madrid es el único lugar donde aún existe el catalanismo político y todo proyecto político trata de pervivir.

Para Ciudadanos, la moción era despertar del mundo virtual en el que se había instalado y en el que ya ocupaba la presidencia del gobierno, un momento en el que ya estuvo Podemos hace años. De hecho, esa ha sido la clave de la moción. El miedo al populismo nacionalista de Rivera, más Torrente que Macron o Trudeau, ha logrado aglutinar a los grupos hasta entonces dispersos.

La moción ha mostrado el poder de la política concreta, la que va sobre votos y cargos y no, sobre encuestas o editoriales de prensa. La que trata sobre aspectos materiales, en lugar de imaginar realidades virtuales, como el proceso constituyente español o la república catalana. Números en lugar de emociones. La realidad se ha impuesto a la virtualidad.

Es una victoria de Pedro Sánchez, y del PSOE, pese a que muchos la reclamen achacando pasividad al nuevo presidente. Los procesos políticos españoles no funcionan por polarización, sino por decantación, como ha explicado en varios libros Josep Maria Colomer. En el que dedicó a la transición, mostró cómo el proyecto de Suárez era rechazado por el resto de actores que, sin embargo, acabaron convergiendo en él. En cada decisión -Colomer usa la teoría de juegos-, la opción presentada por el gobierno Suárez ofrecía a los grupos alguna ganancia propia o pérdida ajena que decantaban las preferencias.

La realidad se ha impuesto a la virtualidad. De momento. Es probable que el gobierno de Sánchez se parezca al del Zapatero y tenga una crispación elevada, sobre todo, en la cuestión territorial e ideológica. Sería una equivocación no dotar a las leyes que se aprueben -todas esas que han sido bloqueadas por el gobierno- de una contundente base discursiva y copiar el tono bajo de Zapatero. Otro error sería encajarse en la M-30 y no pensar que el próximo año hay elecciones municipales y autonómicas.

En los próximos meses, es muy improbable que el PP se desmorone. Los que anunciaban que el PP iba a seguir los pasos de la UCD desconocían que no era un partido sino una coalición de casi 20 formaciones, algunas casi unipersonales. Lo que sí es bastante posible es que el PP, ya fuera del gobierno, asuma el populismo nacionalista de Ciudadanos y pase a liderar una reacción neoconservadora de tipo trumpista que consiga aglutinar tanto a la derecha vieja y nueva como a los que se sienten excluidos.

La cuestión es saber quién manda aquí (en torno a Die Soldaten)

16 de mayo, 2018

Hilaíra y Febe eran las hijas de Leucipo, rey de Mesenia, y estaban prometidas a dos jóvenes, pero Cástor y Pólux, hijos de Zeus y Leda, se enamoraron de ellas y decidieron raptarlas con ayuda de Cupido. El cuadro de Rubens sobre la escena, que puede verse en la pinacoteca de Múnich, muestra a dos jóvenes mujeres desnudas resistiéndose a la fuerza de dos jóvenes varones vestidos, mientras un Cupido con forma de querubín toma las riendas de uno de los dos caballos. Mira al espectador. Sonríe

Felipe IV apreciaba el talento de Rubens para el desnudo y varios de sus cuadros decoraban el Cuarto Bajo, la sala donde el monarca tenía los cuadros con escenas consideradas obscenas. El rapto de las hijas de Leucipo podía estar junto a La Venus del espejo de Velázquez como dos obras unidas por el erotismo, lo obsceno, la excitación, independientemente de sus respectivos contextos: una mujer yace en una cama, aparentemente relajada, y dos mujeres están siendo secuestradas. Para excitarse con el rapto es preciso centrarse en los cuerpos, en las formas, en los pómulos sonrosados de las mujeres y sus rostros, no muy distintos de los éxtasis teresianos, y olvidar lo que está sucediendo, la violencia. Rozando la exageración, o no, podríamos decir que es necesario olvidar que Hilaíra y Febe son seres humanos. Son dos putas.

La palabra se repite en toda la obra: una puta es una puta, siempre ha sido una puta, no es más que una puta, ahí está la putita. La palabra es el elemento deshumanizador necesario para articular la estructura de dominación. La puesta en escena de Calixto Bieito subraya esa visión hegeliana: “Donde hay dos, habrá un sometido”. Todo es poder: la familia, la sociedad, la guerra y, sobre todo, el sexo. La trama remite constantemente a la conversación entre Alicia y Humpty Dumpty: la cuestión es saber quién manda aquí; eso es todo. Y el poder tiene mucho que ver con quién puede llamar puta a quién. Es decir, qué flujos de violencia están permitidos.

Bernd Alois Zimmermann comenzó a componer su única ópera, Die Soldaten, en un momento teóricamente esperanzador, finales de los años 50. La sociedad del bienestar y la construcción del proyecto europeo habían hecho olvidar la primera mitad del siglo. Se fijó en una obra de Jacob Lenz, escritor perteneciente al Sturm und Drang (tormenta e ímpetu), un movimiento precursor del Romanticismo. Ya el relato cuestionaba estéticamente las unidades de tiempo, escenario y acción, además de mostrar una serie de personajes condenados a la destrucción o, mejor dicho, a la autodestrucción, no por el destino trágico, sino por unas estructuras concretas de sometimiento y dominación.

Esa ruptura de las unidades dramáticas, además de las dimensiones de la orquesta, le dio a la ópera de Zimmermann una fama de irrepresentabilidad que, en los últimos años, se está rompiendo. Quizá, porque la mirada del espectador del siglo XXI está acostumbrada a romperlas todos los días en su móvil: no hay tiempo, no hay espacio, no hay géneros. Los recursos del espectáculo descontextualizan todo para que todo esté disponible. El montaje de Calixto Bieito confía en esa mirada del espectador y hace que todas las escenas compartan el mismo territorio aparente, un escenario que es casi otra pantalla más de las muchas que construyen el relato. Casi.

La presencia simultánea de las diversas escenas nos muestra con más claridad esa estructura de poder que no reconoce fronteras: no hay paredes, no hay ropa, no hay piel. No hay defensa. Todo se puede someter, todo se puede poseer, todo puede comprarse y venderse, todo tiene una capacidad de resistencia antes de romperse. No hay defensa porque no hay empatía. No hay diálogo. Solo, un grito.

Antes de que grite, envuelta en sangre, vemos romperse poco a poco al personaje de Marie a través de la familia, las costumbres, las leyes, el abuso. En el clímax, es violada por un soldado mientras varios personajes, algunos de ellos femeninos, la sujetan. No es fácil encontrar una metáfora más clara sobre la cultura de la violación. En ese momento, el cuerpo no solo se inhibe por el miedo definido de ese instante o el temor a la violencia concreta, sino por una estructura de poder que también carece de unidad dramática.

El montaje intercambia el foso y el escenario para situar la acción más cerca del público. “Para no perder los rostros”, según Bieito. Es cierto. Los personajes se perderían si el apabullante collage musical de Zimmermann (del jazz al gregoriano, en medio del serialismo vanguardista) se situase más cerca del público. Los músicos, vestidos de soldados, se sitúan en una estructura amarilla que también sirve a los mandos para dar discursos morales u ocultar sus abusos, una disociación a la que también estamos acostumbrados.

Nuestra mirada collage consigue separar los elementos de la estructura para hacerlos digeribles a través del espectáculo; así, una soldado israelí con experiencia en acciones armadas puede ganar un concurso de canciones con un tema moralizante. Todo puede consumirse. La orquesta es nuestra conciencia esquizofrénica que trata de mirar el escenario como si fuera otra pantalla. Al final del segundo acto, las luces se encienden poco a poco, dejando a la anciana abuela de Marie tan desconcertada como al público.

“La obra nos sitúa frente al abismo”, sostuvo Calixto Bieito en la presentación. “Te crea una inquietud extrema y es importante no dejarse arrastrar”. La contundencia de su puesta en escena tapa la salida irónica. No se puede guiñar el ojo en ningún momento y decir: eh, que no va en serio. Todo es real.

Veinte años después de acabada la II Guerra Mundial, el profesor de filosofía J. Glenn Gray revisó los diarios que había escrito durante la contienda en un libro llamado Guerreros. En el prólogo, Hannah Arendt recoge unas palabras de Gray al recordar a personas que le decían que la guerra les había hecho sentirse vivos: “La paz expuso un vacío en ellos que las emociones de la guerra les habían permitido mantener oculto y nos pone alerta frente a la carencia espiritual y el júbilo de aquellos que se sienten ligados a algo más grande que el ser”. Vemos ese algo más grande en el segundo acto, dominado por los soldados que beben, bailan y follan. Sentimos ese algo más grande en la parte final con las pisadas que nos envuelven. “Dios no puede condenarme”, dice uno de los personajes en el tramo final.

En ese momento, también se escucha la frase “los opresores no tendrán miedo”, como afirmación y como pregunta. Es otra opción al contemplar El rapto de las hijas de Leucipo: proyectarse en el agresor para no ser el agredido. Someterse al mando jerárquico inevitable para después intentar someter a otro más débil. Quizá, es un elemento que nos podría ayudar a entender ciertas evoluciones colectivas de grupos que han perdido espacios de poder, como las culturas europeas en sus respectivas zonas o los varones a nivel global. La naturalización de la violencia en la pornografía tiene que ver con eso; no se trata de sexo, sino de saber quién manda aquí; eso es todo. La inquietud extrema es reconocer la posibilidad de que, en determinadas circunstancias, todos nos podemos dejar arrastrar. Nadie quiere tener miedo.

Die Soldaten, en el Teatro Real (del 16 de mayo al 3 de junio).

El voto de la distinción

2 de mayo, 2018

“Tenemos que poner la alarma antes de irnos de vacaciones no sea que se nos meta alguien en casa”, dice la voz preocupada de una mujer. Dentro del problema de la vivienda, la ocupación es un problema residual, pero sirve para un anuncio de alarmas y para un proyecto de ley que agiliza los desalojos, un problema que sí es importante. Si uno tiene una casa es mucho más probable que acabe siendo desahuciado a que se encuentre con la cerradura cambiada tras las vacaciones.

Sin embargo, es probable que esa persona solo se imagine el primer escenario y, además de poner una alarma, vote a los partidos que promueven o apoyan ese proyecto de ley. Es decir, votará a favor de que lo puedan echar de su casa con más facilidad. Vota en contra de sí mismo, cierto, pero todas las explicaciones del mundo, todos los datos, no servirán porque no lo percibe así.

Pierre Bourdieu escribió hace años un libro llamado La distinción en el que sostiene que existen tres tipos de capital: material, social y cultural. El primero no necesita explicación; el segundo se refiere a la red de contactos que uno tiene y que explica por qué hay sitios (colegios, clubes, etc.) que no son accesibles a todo el mundo; el tercero abarca los conocimientos, costumbres o incluso actitudes correspondientes a una determinada clase. Es el más aspiracional.

La publicidad funciona con esa magia simpática que atribuimos al capital cultural: los libros que lee X, la ropa que se pone Y, los restaurantes a los que van Z y W. No es algo nuevo. Hace 700 años, la gente peregrinaba para impregnarse de la santidad del bazo embalsamado de San Aquilino de la misma manera que hoy se leen los discursos de Steve Jobs. El milagro se hará en mí.

Una de las vías más sencillas para lograr esa magia simpática es la política. La forma más sencilla de lograr esa distinción es asumir el discurso ideológico de la clase superior; por ejemplo, las preocupaciones. Aunque sea más probable estadísticamente, debo abandonar el miedo a ser desahuciado porque eso es algo que sucede a otras personas que están por debajo. Mi miedo es el otro, la ocupación. Pertezco a otro grupo, a ese que se queja de los impuestos.

Habitualmente, esa lógica aspiracional de la distinción se suele solventar con un “la gente es estúpida”, pero eso solo realimenta la espiral. ¿Cómo salir? Ni idea, pero negarlo no va a hacer que desaparezca.

Procésworld

24 de marzo, 2018

“¿Sabes lo que les das? Un propósito”. Es un diálogo de Westworld que cito de memoria. “Tienen todas las necesidades cubiertas y necesitan algo más, un propósito. Quieren sentir miedo, agitación, emoción. No sólo echar un polvo y hacerse una foto, sino buscar un tesoro, luchar en una guerra o matar a alguien”. La serie trata sobre un parque de atracciones poblado por robots con apariencia humana que participan en diferentes historias. Los visitantes, además de beber, jugar o follar, pueden perseguir a un peligroso asesino, meterse en la guerra de Secesión o salvar a alguien en apuros.

El parque temático, como el centro comercial, es uno de esos no-lugares donde, como sostiene Bruckner, “el ser humano se olvida de la pesadilla de la responsabilidad, puede volver a ser un niño. Olvida la tempestades del exterior y recupera una simplicidad imprescindible. El mundo de competencia e incertidumbre sería intolerable si no hubiera estos islotes”. Esos no-lugares también facilitan el puerilismo, el deseo de no salir jamás de la infancia, de regresar a la no-civilización, el mito del salvaje libre, derechos basados en deseos sin deberes, ni responsabilidades.

La frase sobre el propósito la dice un personaje que lleva años visitando el parque buscando una eterea prueba final y, en otro momento, añadirá: este sitio te revela cómo eres. Además de todo lo anterior, el parque permite someter, violar, esclavizar, torturar y, por supuesto, matar. Sin normas y sin apenas riesgo. En el islote de la simplicidad, los robots no pueden defenderse de los humanos, cuyos deseos no se convierten en órdenes, sino en algo peor, en derechos. Hay gente que descubre que le gusta y, entonces, ¿quiénes son en realidad? Es una cuestión recurrente. Las aglomeraciones humanas obligan a establecer normas comunes que, pese al progreso que suelen sustentar, son despreciadas por falsas, hipócritas y enmascaradoras de una verdad casi inaccesible, el centro del laberinto que busca el personaje de Westworld: el alma humana.

Así, tras la Ilustración, que arrebató a la religión los conceptos de bueno, verdadero y bello para construir la ley, la ciencia y el arte, llegó el Romanticismo, que lo sancionó como construcción artificial, falsa e hipócrita. Hay que huir de las ciudades, del espacio público, a otros territorios: la naturaleza o lo privado. El alma humana no puede ser reducida por la ley, la ciencia o el arte. Lo bello nace del espíritu y este será quien, colectivamente, el pueblo, determine lo verdadero y lo bueno. El poeta dirige al pueblo y le da un propósito. Quieren sentir miedo, agitación, emoción: buscar un tesoro, luchar en una guerra o matar a alguien.

Eso fue el 68. “Tienen todas las necesidades cubiertas y necesitan algo más, un propósito. Quieren sentir miedo, agitación, emoción”. La reactivación de la irracionalidad en esa generación fue una condición necesaria para el inicio de la demolición del estado del bienestar a partir de la siguiente. Todas las instituciones (escuelas, hospitales, empresas, contrato, familia, etc.) se sancionaron como construcción artificial, falsa e hipócrita. Defenderlas era antiguo. El alma humana no podía ser reducida por el contrato social y se precisaba la dignificación del perseguido: universitarios occidentales se presentaban como víctimas del sistema y, por el fetichismo de la imagen, las camisetas del Che, se asimilaban a luchas lejanas. Queremos cambiarlo todo, decían. Y todo cambió.

Eso fue mayo de 2011, también. La plaza como parque temático de la indignación. Olvidar de la pesadilla de la responsabilidad y volver a ser un niño. Olvidar la tempestades del exterior y recuperar una simplicidad imprescindible. La base de los cambios sociales, organización e ideología, se despreciaba por antigua. El alma humana no podía ser reducida así.

El despotismo de la dulzura

“Tienen todas las necesidades cubiertas y necesitan algo más, un propósito. Quieren sentir miedo, agitación, emoción”. Durante años, la narrativa de revolución romántica se ha sostendo en ciertos conceptos de la época como pueblo, mandato o destino. Esta semana, sostenía Vittorio Craxi que las revoluciones se hacen para tomar el poder, pero el grupo dirigente catalán estaba en el poder e hizo una revolución para perderlo. Quizá, porque el objetivo de la política ya no es el progreso o el cambio, ni siquiera la gestión, sino la competición electoral, el espectáculo. No se tratan de ganar las elecciones para ejercer el poder, sino que se ejerce el poder para ganar las elecciones.

Durante años, ProcésWorld ha dado un propósito. Ha sido un parque temático que ha proporcionado una narrativa a una sociedad en la que, aparentemente, no sucedía nada. Podemos situar el inicio físico del proceso en 2011, cuando se buscó sustituir el eje social por el identitario en el que el antagonista del conflicto estaba fuera. Pero cabe ir un poco más allá.

En 2008, la Asociación Catalana de Sociología presentó su anuario Sociedad Catalana 2008. Oriol Homs, su presidente, hablaba de “perplejidad” y uno de los ejes que alimentaban la “desorientación” era la toma de conciencia de que Cataluña había dejado de ser el motor económico y cultural de España. Es decir, la pérdida de protagonismo. “Hemos seguido creciendo pensando que todo funcionaba y que éramos el centro del mundo, cuando la realidad nos ha demostrado que no es así”, dijo Homs, que señaló el “adormecimiento político, económico, social y cultural”. Diez años después, se ha recuperado el protagonismo y “adormecimiento” no es la palabra que define a la sociedad catalana. Diez años después, se ha recuperado el protagonismo y “adormecimiento” no es la palabra que define a la sociedad catalana.

La imagen del parque temático es importante para entender todos estos años: olvidarse de la pesadilla de la responsabilidad y volver a ser un niño, regresar a la no-civilización, el mito del salvaje libre, derechos basados en deseos sin deberes, ni responsabilidades. Este es el marco en el que hay que recordar a los dirigentes rompiendo las sentencias o negando la jurisdicción de los tribunales. Todo depende del deseo. Las instituciones enmascaraban una verdad casi inaccesible, el centro del laberinto que busca el personaje de Westworld: el alma de un pueblo.  “Es la infancia de los adultos. Inocente, asexuada, bondadosa, amable, irresponsable. El despotismo de la dulzura”, dice Bruckner.

Un punto básico de la narrativa fue crear el enemigo exterior y el padecimiento interior; sufrimos, luego nos merecemos tanto reconocimiento como compensación. El proceso psicológico de dotar de sentido a este verbo aleja al visitante del parque de la realidad y lo sitúa en lo mágico; es decir, en la fe, en la creencia en los Reyes Magos. No sólo se asume la presencia de sujetos políticos inexistentes (Melchor, Gaspar y Baltasar), sino que se asume la lógica de su funcionamiento tanto la existencia de procesos históricos incuestionables (seis de enero) como la dinámica del premio por el comportamiento (portarse bien) o incluso por lo que uno es (hijo, sobrino, nieto, etc.). La expresión de esta última cuestión es la superioridad moral y, en concreto, el verbo merecer: este sistema es injusto y no nos lo merecemos, por lo tanto, cambiará. Ser perseguido es también un poco de controlar a todos los demás. Si no empatizas con mi padecimiento es que eres igual que los verdugos.

Dentro del proceso de creación del verbo merecer, también se produce una disonancia léxica. Hay palabras que cambian de significado. El caso más claro es violencia o sufrimiento, pero también, democracia.  Aquí no hay sangre, pero sufrimos; padecemos la violencia extrema de un estado autoritario. Un diálogo necesita un vocabulario común y ha dejado de existir. Antes de nada, sería conveniente consensuar un sistema de pesos y medidas. Si una carga policial es violencia extrema, ¿cómo podemos llamar a adormecer a personas para lanzarlas aún vivas al mar? Pero esa impostura es necesaria para que funcione la narrativa. El fundador de Westworld, el doctor Ford señala en más de una ocasión que los personajes necesitan albergar una tragedia en sus recuerdos para tener profundidad.

Nueva narrativa

La primera temporada de Westworld se basa en la creación de una nueva narrativa por parte de Ford: escapar. La clave es el choque entre el no-lugar y el lugar, entre el parque temático y el aparcamiento donde se vuelve a casa, también psicógicamente. Por eso, los parques acostumbran a albergar hoteles, para evitar ese regreso. Al final de esa primera temporada, se produce el encuentro, el choque, el cambio de normas, la pérdida de control. El miedo, la agitación y la emoción dejan de ser productos y saltan de la narrativa.

Estamos en ese momento. Existe un cierto consenso en que lo sucedido el pasado otoño se sitúa en el terreno de la ficción, la puesta en escena, el parque temático, el no-lugar, pero lo real, el lugar, el Estado no puede aceptar eso porque sería impugnarse a sí mismo, dudar de su propia existencia. Este otoño, a través del Gobierno, el Estado se preguntaba si existía mediante la Generalitat y se encontró con una respuesta hamletiana: tal vez soñar. Ese no es territorio de los Estados, de momento. Todos esos documentos son parte del Estado y los hechos, también. Y, si es real, lo sucedido es grave.

Atrapados en el relato

10 de enero, 2018

El objetivo de la política ya no es el progreso o el cambio, ni siquiera la gestión. La principal meta de las formaciones es la competición electoral, el espectáculo. No se tratan de ganar las elecciones para ejercer el poder, sino que se ejerce el poder para ganar las elecciones. Por eso, el aspecto externo de los proyectos es el de movimiento, una coagulación coyuntural que, pasado el objetivo, suelen disolverse.

El relato sitúa la política en el terreno de la emoción y, en ocasiones, en la ficción. El relato que se construye en la competición electoral crea una realidad paralela emotiva que después choca con las circunstancias materiales, instituciones incluidas, despreciadas por no encajar. El relato no tiene que ser veraz, sino verosímil. Tras ganar la competición electoral, el relato tiene que seguir activo y llenar el escenario con trucos narrativos: intrigas, cambios de personajes, etc.

Ese es el terreno de los proyectos que han triunfado en la creación de relato. Entre ellos, la república catalana. Quizá, es el que depende más de la ficción porque es el que más lejos ha ido. Si analizamos los hechos desligados del relato emocional, el pasado mes de septiembre no se produjo un desafío a una legalidad concreta, sino una exploración de un camino alternativo. Es cierto, la cosa iba de democracia.

La democracia, como la conocemos, se basa en ciertos recursos e instituciones. Las sociedades plurales se expresan a través del sufragio universal para elegir unos representantes, habitualmente encuadrados en partidos, que crean consensos a través del debate público en los legislativos. Esos consensos se transforman en leyes que son aplicados por otro actor y todos se controlan entre sí y externamente.

Es obvio que este sistema se queda corto para ciertos proyectos, como el de la república catalana, que optó por cambiar todos estos elementos. Ya no hay un consenso creado a través de un debate público ni un control recíproco de los actores ni tampoco una sociedad plural. El pueblo expresa un mandato a un líder que debe hacerlo efectivo. Pasamos de lo político a lo espiritual; es decir, entramos en el terreno de la ficción. Todo es relato.

[Es una revolución que conviene ser analizada sin juicios rápidos ni analogías fáciles porque, quizá, está revelando una tendencia. Algo tiene que llenar el vacío que ha dejado la desaparición del concepto de progreso y la decisión es una de las opciones.]

Y ahí está el problema: la frontera entre ficción y realidad. Los requerimientos enviados por el Gobierno el pasado otoño eran interpuestos. Hablaba el Estado. La Generalitat era interpelada como una parte del mismo. Por eso, la respuesta tenía que ser contundente: sí o no. Caben pocos matices a la existencia: ser o no ser. A través del Gobierno, el Estado se preguntaba si existía mediante la Generalitat y se encontró con una respuesta hamletiana: tal vez soñar. Ese no es territorio de los Estados, de momento.

La frontera entre ficción y realidad sigue siendo el problema. Existe un cierto consenso en que lo sucedido el pasado otoño se sitúa en el terreno de la ficción, la puesta en escena, pero el Estado no puede aceptar eso. Es complicado que el Estado, a través del poder judicial, acepte que los documentos, las declaraciones y, en general, todos los hechos pertenecen al terreno de lo irreal porque sería impugnarse a sí mismo. Y, si es real, lo sucedido es grave.

La disyuntiva para los participantes es reconocer que todo era falso y retirarse de la escena o no hacerlo y seguir el camino espiritual, cuya siguiente etapa es el martirio. El proceso no será breve y las penas no serán cortas. La idea de la amnistía presentada en diciembre por Miquel Iceta es probable que tenga más consenso dentro de cinco años. Conviene hacerse a la idea de que, en 2023, habrá gente en la cárcel. Y seguiremos atrapados por el relato.

Autoficción

3 de enero, 2018

Hace tres años, me gané algunos insultos con un artículo en Vanity Fair titulado Por qué la encuesta que aúpa a Podemos no significa demasiado. “Tenéis miedo”, decía uno de los comentarios, como si un servidor fuera familia de los Newhouse, propietarios de la revista, y tuviera la posibilidad de perder la fortuna familiar por la llegada al poder de los barbudos, coletudos en este caso. “Tenéis miedo”, decía uno de los comentarios sin distinguir, algo muy habitual, entre el análisis general y la opinión particular.

El artículo se basaba en una idea: la encuesta se había realizado en un período en el que el cabreo social estaba en máximos y Podemos había sido la fuerza que había logrado canalizarlo. No era nada sólido, sino emocional. Lo explicaba bien Belén Barreiro. De hecho, había gente que recordaba haberlos votado en 2011, cuando aún no existían. Tenemos suerte, decía un artículo posterior, de que el cabreo tenga una espita constructiva en lugar de buscar el discurso identitario, como en Europa, o destructivo, como en Italia.

Podemos era una coagulación del cabreo y, para ser una opción real, necesitaba voluntad política. Es decir, convertir lo emotivo en organización e ideología. La actitud del grupo dirigente, entre el delirio, el onanismo y el fatalismo (creer que uno forma parte de un proceso histórico inevitable) no hacía prever que este paso se pudiera dar. Tres años después, Podemos se desploma en las encuestas.

[Nada ha habido más lesivo para los intereses de la clase trabajadora que la sustitución de la organización ideológica por el activismo que se manifiesta a través de estallidos catárticos y emocionales: las primaveras, de mayo del 68 al 15M]

No es una cuestión de “hacerse mayor”, concepto devaluado en un sistema que necesita que su fuerza de trabajo no salga de la inmadurez para que acepte las condiciones de vida de la adolescencia, sino de proyecto. Podemos se presentó como “herramienta de cambio” y pudo cumplir esa función en febrero de 2016, pero no lo hizo. Ni “herramienta” ni “de cambio”. Optó entonces por convertirse en una estructura ideológica. El balance, casi dos años después, es el mismo: ni estructura ni ideología. Poco más que la coagulación del cabreo. Barreiro volvió a tener razón: es un partido de nicho (hueco practicado en una pared o muro, en especial el que sirve para contener una estatua, una imagen o un adorno).

Autor, narrador y protagonista

El problema es que el Podemos practica la metapolítica. Es un partido autoreferencial que concibe sus actuaciones con el fin de demostrar su propia personalidad frente al resto. El tramabús, la moción de censura o la asamblea de electos, hitos del año pasado, no tuvieron como objetivo denunciar la corrupción, derribar a Rajoy o buscar una solución territorial, sino mostrar al resto de individuos “quién soy” y, más aún, “cómo soy”. Una moción de censura que se presenta por sorpresa y sin negociar con nadie ya no es un instrumento político, sino un recurso narrativo. Es posible que sea uno de los primeros grupos que han aplicado la autoficción a la política. [La república catalana es otro ejercicio, aún mayor, de autoficción política].

La autoficción es un relato fundado sobre el principio de las tres identidades: el autor es también el narrador y el personaje principal. Esa es una de las claves. Al tener como personaje principal de su discurso algo tan difuso como “la gente”, las ventanas se convierten en espejos. El pasado verano, gente que trabajaba en los aeropuertos hizo una huelga que dificultó las vacaciones de otra gente. Tener una organización ideológica no sólo permite analizar el hecho y discernir que el derecho está –o estaba– por encima del deseo, sino crear estructuras de apoyo que te identifiquen como actor político útil; es decir, que no sólo coagula emociones, sino que conquista territorios.

Lo que diferencia a la autoficción de la autobiografía es prescisamente que es ficción. Hay un cruce entre lo real, la vida del autor, y varias experiencias ficticias y el lector acepta el pacto de asumirlo todo como una propuesta literaria completa en lugar de discernir lo que es verdad de lo inventado. Todo entra dentro de la suspensión de la incredulidad. Quizá, el espectáculo televisivo, no sólo el reality-show, es el medio que mejor ha asumido ese cruce entre lo real y lo ficticio. El plató como escenario interminable. El actual auge de la autoficción le debe tanto –o más– a la creacción posmoderna del yo (Gran Hermano, redes sociales, cotilleo, Kardashians, etc.) que a la introspección de Proust.

En Podemos, todo es un espectáculo. Nada tiene continuidad después del primer impacto porque ese es el objetivo: llenar el escenario. Tras el show, se apagan las luces y esa oscuridad incluso proporciona un final al contrario. La denuncia primaveral de la corrupción tuvo un efecto catártico, como los carnavales o las fallas, que incluso permitió al PP intentar poner un punto final. El espectáculo hace que cualquier movimiento interno se perciba e interprete de forma emocional, desgarradora, porque es parte de una narración. Es ficción. Ficción real, pero ficción.

Tres años después de esa encuesta, el problema está fuera. Se diagnostican, como causas de la caída, la desmovilización de la izquierda (culpa por abajo) y la derechización de la sociedad, producto de la crisis identitaria (culpa por arriba). Es decir, nada se puede hacer. Nada. El proyecto estaba destinado a tomar el poder por el colapso del sistema o el proceso de recambio generacional, luego no tenía que hacer nada. El proyecto ha sido derrotado por fuerzas externas contra las que tampoco puede hacer nada. Nada. Es un mal balance, pero es un buen punto de partida.

La estación del AVE Felipe González

31 de diciembre, 2017

Una foto con Felipe González. Enric Juliana sostenía hace un par de días que ese será el objetivo de Albert Rivera en 2018. Una foto para volver a encarnar el cambio, para presentarse en las elecciones de 2020 como el nuevo Macron: ni de izquierdas ni de derechas ¡España! Hay varios problemas en ese cuento de la lechera en el que, si se mira con un mínimo de interés, pueden verse las huellas frescas de los dirigentes de Podemos. Buscaron esa foto en las elecciones del 26-J y el elegido fue Zapatero, al que elogiaron sin mesura. “Es una referencia. Le consulto los temas importantes”, llegó a decir Iglesias.

El primero es que el sistema electoral español no es el francés. No se escoge un Rey Sol en una circunscripción única a dos vueltas. No habrá un duelo Rajoy-Rivera en el que el segundo pueda encarnar la renovación frente al granítico presidente, que no tiene valentía para encarar las reformas económicas, sociales y territoriales que se necesitan. Eso no sucederá. En el anterior ciclo electoral, Rajoy ni siquiera concedió un debate.

El segundo es que las primeras elecciones que se celebrarán serán autonómicas y municipales y quedan quince meses para el inicio de la campaña electoral. En ellas, se mide más la capacidad de músculo de las organizaciones que el carisma del líder. Hay que tener gente. Es algo que ya sufrió Podemos cuando muchas de sus candidaturas municipalistas se llenaron de antiguos cuadros de la agonizante Izquierda Unida. Ese músculo prestado, que le dio varios triunfos importantes, no ha terminado de asimilarse y esas costuras ya están dejándose ver. Los quince meses serán largos para los que necesitan movimientos constante.

Es probable que al bipartidismo le baste con situar el foco en las pensiones y recordar los planes privatizadores. Los jóvenes son importantes, seguro, las clases medias urbanas de cuarentaytantos, también; pero los jubilados (y su órbita gravitacional) son la masa crítica electoral. La estrella política de Manuel Pizarro se apagó cuando Pedro Solbes sacó un papel en el que defendía “tocar” las pensiones.

El PP, que sí tiene una organización, no lo pondrá fácil en esas escaramuzas territoriales. Se recordará mucho el proyecto de Ciudadanos de eliminar las Diputaciones, decisivas en la prestación de servicios fuera de las grandes ciudades y que sólo gobierna en tres ciudades medianas: Arroyomolinos y Valdemoro, en Madrid, y Mijas, en Málaga. También, pequeñas historias poco leídas en Madrid, enfrentamientos internos, dimisiones, transfugismo, etc., cobrarán importancia. Músculo. Ciudadanos debería tener en cuenta que el PP, de momento, existe. Podemos pensó que el PSOE ya no existía porque no salía en la tele.

Esa existencia define el tercer problema: la persona elegida. Felipe González tiene 75 años y, aunque sigue siendo alguien inquieto que no tiene problema en posicionarse, esa foto (de igual a igual; sin un contexto en el que FG mande) sería algo más. Puede desearla, pero esa foto, hoy, sería una traición. Considerar que el PSOE es igual a Pedro Sánchez –y que, por tanto, no es permisible atacar al todo para hundir a la parte– es una sinécdoque televisiva que puede servir para un debate o una serie, pero es improbable que sea asumida por la persona que ha sido tan referente como significado. Nadie ha sido más PSOE que Felipe. Aznar no está en esa situación. Él es el creador y no es lo mismo ser el poeta que una metáfora.

Felipe González no sería el primero que rompe consigo mismo a los 75 años, pero, más que en campaña electoral, está en los versos que Juan Luis Panero dedicó a su padre: “y las calles de Felipe González / y el colegio Felipe González”. Sí, “y la biblioteca Felipe González / y la estación del AVE Felipe González”. A pesar de toda la importancia que los años han ido acumulando en su cabeza, alguien con formación marxista conoce la diferencia entre el papel fotográfico, si es que tal cosa aún existe, y el metal de las placas donde se da nombre a los lugares.

PD: No es difícil imaginarlo en otra foto, apadrinando el gobierno entre el PSOE y Ciudadanos que no pudo concretarse en febrero de 2016. Al destino, decía Borges, le gustan las repeticiones.