La sonrisa del destino (desmontando la conspiración de 2016)

6 de abril, 2019

Hace 23 años, Ronaldo batió a Fernando, portero del Compostela, después de robar el balón a Chiba, regatear a José Ramón y fintar a William. 14 toques en 11 segundos. Esa noche, nadie podía imaginar que ese tipo sobrehumano iba a acabar siendo conocido como El gordo. Sospecho que Miguel Blesa tampoco imaginaba cómo iban a acabar las cosas. El tiempo se traga nuestras vidas, las dirigiere durante años y después deja su excremento. Con esas bostas, se intentan construir los frágiles edificios de la memoria. La historia no está al principio del proceso, sino al final. No podemos controlarla.

Creer en el destino, buscar signos de la predestinación o trazar el vínculo de causa y consecuencia en los procesos es algo natural. Responde a nuestra búsqueda insaciable de patrones que nos permitan ordenar el mundo y hacerlo predecible. Necesitamos eliminar el estrés para sobrevivir. En 2016, se hablaba mucho de procesos históricos. Las aseveraciones tenían un tono que recordaba mucho a los augures romanos que leían en el vuelo de las aves el resultado de la batalla y desconfiar de ellas se acercaba al sacrilegio.

El bipartidismo se ha acabado, se decía. El cambio generacional es imparable. Los nuevos partidos sustituirán a los viejos que quedarán como un residuo para esas personas que no se sepan adaptar. ¿Por qué? Preguntar eso era una garantía de ser situado en el basurero, junto a esas personas que no eran capaces de leer el cambio, palabra mágica. La política pasaba al terreno de la teología y cada mínimo suceso era una hierofanía reverenciada por los que no se querían quedar fuera. Todo estaba dentro de un proceso histórico imparable.

Las cosas no salieron como se esperaba y, años después, existe la tentación de reordenar los hechos para buscar signos de una predestinación inversa, es decir, una conspiración. Es algo que responde a esa búsqueda insaciable de patrones que nos permitan ordenar el mundo. De nuevo en un terreno místico, necesitamos saber por qué no sucedió la parusía, decirnos que no estábamos equivocados, que nuestra fe era verdadera y que sólo la presencia del maligno nos alejó de la Ciudad Celeste. No hay nada más tentador que pensar que el demonio existe porque nos evita pensar. Leer 2016 como el producto de una conspiración expurga todo lo humano que hubo ese año: ambición, miedo, envidia, astucia y, sobre todo, estupidez. Mucha.

Volvamos a esos años. El proceso político era implacable: el PSOE iba a desaparecer. La palabra que se utilizaba esos años no era sorpasso, sino pasokización. No sólo iba a ser superado por el nuevo partido, Podemos, sino que estaba condenado a una rápida decadencia en la que iba a mutar en el partido de la España vieja, agraria y meridional. No sucedió. El sistema electoral español es un retardador de los cambios, ya que la división provincial requiere de una cierta estructura. La carne se pudre enseguida; pero el esqueleto, no. Es fundamental entender la creencia generalizada en ese proceso histórico para entender el miedo del PSOE a ser devorado y la ambición de Podemos para laminarlo. Existe el riesgo de confundir el temor y la avidez con la simple imbecilidad, que también se cultivó. Son territorios contiguos.

Referéndum, línea roja

El PSOE celebra un Comité Federal una semana después de las elecciones. Están acojonados. Siguen siendo la segunda fuerza, pero los resultados han sido malos. Los barones que apadrinaron a Pedro Sánchez no se fían de él porque intuyen que quiere convocar rápidamente un Congreso que lo reelija. En el Comité, se habla de la repetición de elecciones e incluso de su relevo inmediato. También, se establece que la política de alizanzas tiene que pasar por la dirección y que se respetará la integridad territorial. Esta cuestión se explicita porque la palabra de esos días era referéndum: El referéndum independentista, línea roja de Podemos en Cataluña / Iglesias supedita su apoyo al PSOE a que Sánchez acepte un referéndum / La cúpula de Podemos no renunciará al referéndum, etc.

Contexto. El 27 de septiembre de 2015, se habían celebrado elecciones al Parlament. Junts pel Sí no había logrado mayoría absoluta y Artur Mas tenía dificultades para lograr el apoyo de la CUP. La posibilidad de unas nuevas elecciones era real y En Comú-Podem había ganado las generales, triplicando los votos de Catalunya Sí que es Pot en septiembre, que no había contado con el apoyo de los comunes. La opción se planteó esos días: Ada Colau, a la Generalitat con el referéndum pactado como estrella del programa electoral. No sucedió. Mas dejó pasó a Puigdemont, que anunció la independencia en 18 meses en su discurso de investidura. Tampoco sucedió, pero esa es otra historia.

Podemos no sólo insistía en el reféndum, sino en contar con cuatro grupos parlamentarios. En Comú, En Marea y Compromís querían estar diferenciados. Para los primeros, era fundamental en el caso de unas nuevas elecciones autonómicas. En Marea también quería un referéndum en Galicia, que iba a tener elecciones en 2016. No hace falta ser un lince para entender que las propuestas de consultas de autodeterminación ponían muy nerviosos a los dirigentes territoriales socialistas: Los barones del PSOE dan por segura la repetición de las elecciones. Entre los dirigentes territoriales hay temor a que Pedro Sánchez intente la investidura (4/enero). Ese mismo día, Podemos se dirigía a los “sectores sensatos del PSOE”. Volvemos al marco: pasokización. En Grecia, se había producido este trasvase de militancia y cargos intermedios entre los socialistas y Siryza. No sucedió, pero hizo aumentar el miedo del PSOE y, con él, la desconfianza. El 11 de enero, se publica una entrevista a Patxi López.
P. ¿Cuál es la aspiración de Pablo Iglesias?
R. Sustituir al PSOE.
P. ¿Antes que gobernar?
R. Sí, lo hemos visto claro en las elecciones.

Pacto del búnker

El miedo del PSOE y las condiciones de Podemos dificultan mucho la negociación sobre la Mesa del Congreso y los socialistas se centran en pactar con Ciudadanos e incluso, con el PP. Dentro de la creencia en el proceso histórico, el escenario parece muy favorable. Esos días, se lanza la idea de búnker, una metáfora potente. Los dirigentes de Podemos lanzan una y otra vez el mensaje: las fuerzas del búnker están negociando una gran coalición para continuar con el reparto de los sillones, sostener el Régimen del 78 e impedir el cambio. La frase ha envejecido mal, pero era lo último esos días, el hype.

Ya vemos que no había un buen ambiente entre PSOE y Podemos. Sin embargo, la teoría de la conspiración sostiene que la negociación para la Mesa del Congreso no se produjo por la publicación de un bulo el 12 de enero, la víspera de la constitución de las Cortes. El problema de esta versión es que el día anterior, 11 de enero, PSOE y Ciudadanos ya habían llegado a un pacto para elegir a Patxi López, que también contaba con el apoyo de Convergència. Eran otros tiempos.

El acuerdo provoca dos movimientos que se repetirán. El primero, el mar de fondo en el entorno socialista. Sánchez es una persona provisional, un aparcero que debe cuidar la secretaría general hasta que los dueños se decidan a instalarse. El segundo es una crisis interna en Podemos. Las confluencias se cabrean por tener que quedarse dentro del grupo parlamentario. Quedar al margen de la negociación puede ser una buena estrategia electoral, pero hace que los demás decidan por ti.

Arranca la negociación del posible gobierno. Para evitar los problemas internos, Sánchez busca el pacto a tres y habla constantemente de “las fuerzas del cambio”, concepto en el que se incluye. El escenario no es bueno. Ciudadanos insiste en buscar el pacto con el PP y Podemos busca el equilibrio entre el posible pacto y la idea de búnker para la repetición electoral. El escenario interno es peor. Cada vez que Sánchez avanza, se le recuerda que no tiene el control. Leemos: Líderes regionales del PSOE exigen a Sánchez “transparencia” en los pactos. Los barones quieren decidir sobre un acuerdo con Podemos, que deja el referéndum en segundo plano. Ese segundo plano es interesante porque revela el incio de la división interna. La consulta no aparece en un documento de la secretaría política, dirigida por Errejón.

Sánchez no debe

Según la teoría de la conspiración, el 20 de enero es un día importante porque se pone en circulación otro bulo. El momento clave tardará dos días en llegar. 22 de enero, viernes. El rey termina la ronda de consultas. Ese fin de semana, hay previstos contactos entre el PSOE y Podemos y Ciudadanos, por separado. El País marca terreno en su editorial: Rajoy no puede, Sánchez no debe. Es el momento de que Rajoy deje paso a otro y Sánchez renuncie a un pacto dañino. Bum.

No es la única hostia que se lleva el socialista ese día. Mientras esta reunido con el rey, Iglesias ofrece una rueda de prensa en la que, además de solicitar para él la vicepresidencia, reclama el control de los departamentos de Economía, Defensa, Interior y Justicia y Asuntos Exteriores “para visibilizar el cambio”. Y vuelve a aparecer el referéndum. “Creo que incluso la posibilidad histórica de que sea presidente es una sonrisa del destino que Pedro Sánchez tendrá que agradecer”, dice. Bum.

No hay una respuesta explícita. La dirección del PSOE se reúne ese fin de semana. La mayoría de dirigentes expresan su cabreo, pero el documento es suave. El principal mensaje es que, de momento, no se negociará nada. Podemos no quiere esperar. Sánchez tiene una conversación telefónica con Iglesias. Le reprocha las formas, dice la información, y señala que quiere dialogar, pero no, negociar. En cambio, “sí tiene mucho interés Sánchez en entablar conversaciones con Albert Rivera, y que se sepa”, se publica. El modelo de la Mesa se repite, incluida la espantada del PP. El lenguaje tambien es el mismo. Ese fin de semana, Pablo Iglesias publica un artículo en El País en el que habla de un “pacto de búnker PP-PSOE-Ciudadanos”.

A finales del mes de enero, hay otro Comité Federal del PSOE en el que los barones vuelven a marcar el terreno a Sánchez. Es interesante que se hable del “temor” de algunos dirigentes a que Sánchez consiga los números, apoyos o abstenciones, para ser presidente. Este buscará saltárselos mediante una propuesta que tiene una contestación complicada: los acuerdos tendrán que ser refrendados por la militancia. Probablemente, los barones confiaban en controlarla. No sucedió.

Cal viva

Comienza la negociación entre el PSOE y Ciudadanos. No hubo otra. No se boicoteó la negociación con Podemos porque no existó como tal. Hubo un largo juego de presiones que podemos resumir así: Sánchez pensaba que Podemos -y los nacionalistas- no le cerrarían el paso en la segunda votación. Podemos estaba convencido de que saldría beneficado de la repetición electoral. Las encuestas le daban una subida y, además, comenzaba a negociar la alianza con IU. El sorpasso, más cerca. De hecho, tras la convocatoria de la sesión de investidura para el tres de marzo, Iglesias vuelve a soltar otra bomba: referéndum en Catalunya y vicepresidencia con el control del CIS, el CNI, el BOE y RTVE. También, un plan social que queda oscurecido por lo anterior y por otras cuestiones, como la propuesta de que los jueces tengan que manifestar su adhesión al gobierno. Ciudadanos, por su parte, intenta que el PP se abstenga. Tampoco lo consigue.

El 24 de febrero, PSOE y Ciudadanos presentan su acuerdo. Los barones muestran su malestar y algunos de ellos tratan de hacer campaña en contra utilizando la reforma de las diputaciones. Cinco días después, los militantes socialistas ratifican el acuerdo. Llegamos a la sesión de investidura, donde se suelta otra bomba: la referencia a los GAL.

La investidura fallida es acogida con un alivio más o menos disimulado por parte de los barones y abre una fuerte crisis en Podemos que se salda con el cese del secretario de organización, Sergio Pascual, el 15 de marzo, exactamente un día después de la llegada al Tibunal de Cuentas de uno de falsos informes policiales. La teoría de la conspiración señala este hecho como importante, olvidando que pasó casi inadvertido por la división interna Iglesias-Errejón. El pacto con IU, del que ya se habla, ahondará en esa fractura. Hay dos titulares que ya anticipan Vistalegre II: Iglesias se hace con el control del aparato territorial de Podemos / Errejón prepara el contraataque por el control de Podemos

Sanchez se ve fuerte. Intenta negociar por separado con las confluencias, sondea a Junqueras e incluso busca la intermediación de Tsipras. También, da la batalla interna por la fecha del Congreso ante los barones. Será el elemento que provocará varios meses después su dimisión en un conflictivo Comité Federal.

Criptoarqueología

Se produce un último intento. El 30 de marzo, Sánchez e Iglesias tiene un breve encuentro, muy fotografiado. A principios de abril, se convoca una reunión a tres, PSOE, Podemos y Ciudadanos. Hay muy pocas esperanzas. El documento que presenta Podemos las dinamita todas. Vuelve a salir el derecho de autodeterminación, algo que Iglesias ya había recuperado días antes, en el Aberri Eguna. En el horizonte, las elecciones vascas y gallegas de septiembre. Abril es un mes muerto. El tres de mayo se disuelven las Cortes.

Releer 2016 como el producto de una mano negra hace que olvidemos todos esos factores humanos (ambición, miedo, envidia, astucia y, sobre todo, estupidez) que volverán a llenar este año. Hubo mierda, pero no taponó las cañerías porque ya había mucha gente interesada en que el agua no circulase. Volver tres años después sobre esos días de 2016 para buscar una conspiración de la que, en ese momento, apenas se hablaba es un ejercicio que se sitúa más cerca de la criptoarqueología, esa deliciosa disciplina que llena horas de televisión con la búsqueda de presencia extraterrestre en cualquier desarrollo urbanístico del pasado. Cuando más lejos, mejor. La proliferación de sistemas de grabación ha relegado a los alienígenas a la historia, ese lugar que podemos reconstruir y reordenar para ofrecernos una explicación que nos diga no estábamos equivocados, que nuestra fe era verdadera y que sólo la presencia del maligno nos alejó de la Ciudad Celeste.

Gran Hermano GOD

18 de marzo, 2019

Escena novena del segundo acto. Pan irrumpe en el flirteo del pastor Endimión con la diosa Diana, de la que el semidios cabrío está enamorado. Manda capturarlo a su séquito de sátiros y silvanos, mientras él trata de abusar de la diosa. Pero ella no es ella, sino él, Júpiter, que se ha disfrazado de su hija para seducir a la ninfa Calisto y, de paso, al resto del séquito de Diana. Endimión le ha interrumpido en medio de una orgía en la que también participaba Mercurio y, tras el abuso de Pan, no puede sentarse y mira al público. La broma es vieja, pero funciona. El acto ha comenzado con el lamento bucólico de Endimión por Diana y la respuesta amorosa de la diosa, que despierta al pastor haciéndole una paja, sorpresivamente breve. Diana se limpia en el vestido mientras mira al público. La broma es vieja, pero también funciona.

El contexto de la obra es importante. En el XVII, el Mediterráneo ya no era el centro del mundo. La ruta de la seda había muerto con el descubrimiento de América y, sobre todo, la apertura de las rutas transoceánicas a África y Asia. Españoles, portugueses, ingleses y holandeses se disputaban el comercio mundial. Las repúblicas itálicas, Aragón o Bizancio fueron los perdedores de esta globalización.

La aristocracia veneciana trataba de mantenerse en el poder y no ceder sus privilegios, participar en el gobierno de la república y en el reparto de la recaudación de los impuestos. La solución fue convertir a Venecia en un parque temático, un lugar con celebraciones durante todo el año al que toda Europa iba a divertirse, la ciudad que se había rendido a Monteverdi, la futura patria de Vivaldi, Goldoni o Casanova. Ese es el escenario en el que Cavalli estrena La Calisto en 1651, veinte años después de la peste que acabó con el 30% de la población de Venecia, cuarenta después de la excomunión general decretada por el papa Pablo V y en medio de la guerra de los Treinta Años que arrasó Europa Central.

A mediados del siglo XVI, casi 12.000 prostitutas oficiales ejercían en la ciudad de Venecia. A finales del siglo XVIII, había registrados casi 200 casinos legales en la capital de la Serenísima. Francesco Cavalli vive entre estos dos siglos, estas estas dos cifras, en un momento en el que el poder económico y militar de las repúblicas itálicas comenzaba su decadencia y era sustituido por una explosión de oferta de entretenimiento. Además de casinos y prostitución, la ciudad desarrolló una gran oferta cultural: teatros, música, pintura y ópera. Allí, la comedia del arte desarrolló una tradición propia. Allí, en el carnaval de 1637, Benedetto Ferrari y Francesco Manelli decidieron alquilar el teatro San Cassiano para representar su Andromeda, la primera ópera pública, es decir, que se podía ver pagando una entrada.

Commedia

En apariencia, La Calisto es una historia divertida: seducciones, engaños, equívocos y sexo abundante y variado. El amor, como cualquier compromiso, recibe traiciones y burlas y hay infinidad de eufemismos y sobreentendidos. Se lanzan mensajes de invitación a la lujuria (el quiero ser gozada de la nifa Linfea), incluso sin importar la voluntad de los participantes, pero también mensajes que hoy resultan revolucionarios: “La tiranía de los maridos es demasiado severa y su yugo demasiado amargo. ¡Vivir en libertad es mi más dulce y querido deseo!”, canta Calisto después de yacer con Júpiter disfrazado de Diana y antes de hacer un elogio metafórico del sexo sin varones: “El prado es mi blando lecho bordado de flores. Mi grato alimento es la miel y mi bebida, el río”.

La puesta en escena de David Alden refuerza esa apariencia divertida y frívola, cercana tanto al universo de la Commedia dell’Arte veneciana del XVI como a la escena costumbrista-picante de los 70 que, en España, se concretó en el cine de Ozores o el universo de Matías Colsada. En el gran trabajo de clown de Monica Bacelli en el personaje de Diana costaba no ver el espíritu de Lina Morgan. Mercurio (Nicolay Borchev) y el Satirino (Dominique Visse) beben de Brighella y Arlequín, pero también, de Alvaro Vitalli. En la ruptura de la cuarta pared para buscar la complicidad del público con las bromas sexuales más obvias está el poso de la commedia, el cabaret y Benny Hill. Alden no quiere sólo llenar el escenario de elementos que apabullen o proponer una revisión sorprendente, sino que entiende la base teatral de la ópera haciendo que la interpretación complete o reescriba la trama y el texto. Quizá, al buen trabajo interpretativo y vocal de Louise Alder como Calisto o Tim Mead como Endimión, le falta un poco de pantomima. Más commedia, que diría Ignatius.

La puesta en escena se beneficia del excelente trabajo del figurnista Buki Shiff inspirada en el universo del cómic, según el programa de mano. Sin embargo, es compicado no pensar ya desde el prólogo, el diálogo entre la Naturaleza, el Destino y la Eternidad, en otros universos con más presencia de las vanguardias, como Jan ¦vankmajer o Miquel Obiols. Y, en el caso de las ninfas o los pavos reales de Juno, también cuesta no pensar en el Gaultier de El quinto elemento o el público del Capitolio de Los juegos del hambre. Se echa de menos que el decorado, una discoteca de los setenta, participe de esta apuesta más comiquera. El surrealismo encaja bien con el barroco. (En general, todo exceso encaja bien en el barroco. Estamos viendo y veremos mucho barroco).

Desplacer

Quizá, el decorado encaja bien para desdramatizar e incluso burlarse de los momentos sentimentales. Calisto lamentándose en un karaoke, por ejemplo, o subiendo al cielo en una escalera tipo Hello Dolly. La eternidad prometida no está en el firmamento, sino en una película porque lo contrario a la muerte ya no es la vida, sino la fama. Los dioses de Alden son participantes en un reality show, un Gran Hermano del Olimpo, que necesitan mostrarse y quieren convertir en ley sus deseos, cuestiones que los convierten en actuales. Todo está permitido a quien puede permitírselo, es decir, pagarlo.

El plató de reality, con el parque temático y el centro comercial, la Venecia del XVII y del XXI, son los escenarios de la posmodernidad, los sitios en los que todo está al alcance, donde el ser humano se olvida de la pesadilla de la responsabilidad y puede volver a ser un niño. Pascal Bruckner sostiene que son lugares similares a los espacios religiosos: nos protegen del miedo o de la hostilidad, no tienen ningún espacio desconocido y nos proporcionan el sentimiento de estar en casa, acogidos por algo más poderoso que nosotros. Las ciudades europeas se están convirtiendo en esa mezcla de plató de reality, parque temático y centro comercial. Quizá, todo el continente ha asumido su papel de perdedor de la actual globalización: entretenimiento, compras y diversión. Todo es Eurovegas.

Esa ironía es la que pone en duda la diversión. “Desplacer” es el concepto que usa Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, en el programa de mano. No displacer, la represión freudiana. “Es lo contrario a un elogio del placer y la concupiscencia […] No hay ninguna desaprobación moral, nada que se considere en sí mismo inmoral, pero la conclusión es que ese imperio de los sentidos que favorece la libidinosidad lleva a la infelicidad”. Quizá, es que no hay un imperio de los sentidos ni tampoco libidinosidad porque no hay placer, sino competición por la conquista y, de los triunfos, sólo se disfruta a través de la nostalgia. El placer necesita que desaparezcan los conceptos casi sinónimos de posesión y tiempo, mientras que la competición no puede desprenderse de ellos. El placer sacia; la competición, no.

Ecosistema emprendedor

15 de enero, 2019

El pasado lunes siete de enero, Expansión publicaba un reportaje sobre start-ups españolas. Estaban Cabify, Glovo, OnTruck o Spotahome. Nombres con sonoridad anglosajona para negocios de toda la vida: chófer, mozo de los recados o el realquiler de habitaciones. No es una exageración.

“A dos pasos de aquí, vive un hombre que se ha hecho rico con los chicos. Montó en la calle Alcalá un negocio que se llama Continental Express para llevar cartas y recados urgentes a domicilio. Y todo el negocio descansaba sobre unas docenas de chicos con una guerrera colorada y una gorra que atravesaban Madrid de día y de noche con una carterita al hombro. No les pagaba nada, sólo las propinas, pero los había que sacaban diez y doce pesetas de ellas. […] Después, el negocio vino a menos porque casi todos los estancos lo copiaron y tomaron un chico o dos, al que no le pagan nada si el estanco tiene mucha clientela”

El párrafo pertenece a la primera parte de La forja de un rebelde, de Arturo Barea, y se refiere a los inicios del siglo XX. Es decir, hace unos cien años, ya existía Glovo. En el libro también se habla de los mozos de cuerda, disponibles para cualquier transporte, o de los chavales que llevan el almuerzo o la merienda a los barrios acomodados. También aparecen los meritorios, jóvenes que se emplean sin sueldos o pagando por trabajar con la esperanza de ser contratados en un futuro. Es decir, pese a la cantinela habitual sobre la innovación y los negocios disruptivos, no hay tantas cosas diferentes.

Su ventaja, además del modo de contacto, es la construcción de la empresa. Como son nuevas, estas compañías consiguen aprovechar todas las ventajas del nuevo modelo económico: precaridad laboral, elusión fiscal, etc. Son compañías basadas en una red flexible de servicios, que puede ir desde la subcontratación al uso de falsos autónomos, y donde el capital generado tiende a la acumulación a través de sistemas de elusión. Por ejemplo, todas las filiales estatales declaran pérdidas y los beneficios sólo se declaran en un territorio beneficioso fiscalmente. Esa es su ventaja en los sectores en los que operan respecto a otros actores que, por su trayectoria, tienen más difícil eludir las normativas.

La apariencia de modernidad, comenzando por el nombre construye el relato que subyuga a todo el que no se quiere quedar atrás. En breve, tendremos una campaña electoral y un gran número de políticos se lanzarán de lleno al discurso del emprendedor. Además de la cháchara habitual de autoayuda (esfuerzo, excelencia, innovación), hablarán de atraer el talento y crear un ecosistema propicio para el emprendimiento. Eso suele querer decir facilitar aún más las dos condiciones básicas: precariedad laboral y elusión fiscal.

El avance tecnológico impide ver el retroceso social. La mayoría de las ocasiones, el ecosistema emprendedor acaba siendo subastar jornales por el móvil. Volver al Madrid de Arturo Barea.

Jódete y baila

23 de noviembre, 2018

El puente de Dionisio era una procesión en la que los notables de Atenas desfilaban tras el carro del dios resucitado. El público ridiculizaba e insultaba a los poderosos de una forma que hoy consideraríamos impensable: se llamaba calvo al calvo, feo al feo, cojo al cojo, usurero al usurero, cobarde al cobarde y se insistía mucho en la vida sexual: los jovencitos depilados que llenaban la cama de tal o cual ciudadano o las esposas que acostumbraban a yacer con muchos varones o entre ellas, sin varón alguno. El comportamiento concreto era menos importante que el hecho de insultar. Ese momento igualaba y no es extraño que, en ese ecosistema, naciera la democracia; la ridiculización es una rendición de cuentas y, por ejemplo, era habitual que se señalase la mala gestión de algunos gobernantes o su escasa participación en las acciones bélicas.

En las fiestas de Dionsio, también se tocaban instrumentos, se bailaba y se bebía. Y se follaba. Al fin y al cabo, era un rito de fertilidad. Si se parece a una mezcla de Carnaval y Semana Santa es correcto: ambas fiestas nacen de ahí. Los más ingeniosos juntaban todo eso en composiciones y, de ellas, nació la comedia. Sobre el escenario, el texto no perdió fuerza y eran habituales la ridiculización de personales públicos o el insulto. Era algo que, como ahora, no le gustaba a todo el mundo. Cleón, un protopopulista enemigo de Pericles, quiso establecer algo parecido a una ley mordaza. Aristófanes le respondió así en Los acarnienses: “Que maniobre Cleón y que maquine todo contra mí. El bien y lo justo serán mis aliados y jamás me cogerán comportándome con la ciudad igual que él, como un cobarde y un mariconazo”.

Lo interesante no era el contenido concreto, sino el hecho de que este existiera. Es decir, que se pudiera hacer comedia de todo y que fuera posible, dentro de la representación, criticar cualquier comportamiento de cualquier ciudadano. Por ejemplo, Sócrates, a quien se ridiculiza en Las nubes. La animadversión era mutua y Platón no dudaba en echar a los comediantes de su República.

Las fiestas de Dionisio perduraron, pero el puente desapareció y la comedia clásica, también. La democracia ateniense fue sustituida por la monarquía helenística, legitimada por Aristóteles. Su sucesor en el Liceo, Teofrasto, fue maestro de Menandro, el gran autor de la comedia nueva, la que abandonó los temas políticos para centrarse en el costumbrismo. La comedia menandrea es la que juega con la intriga y el equívoco, la que tiene un final feliz lleno de sorpresas, la que ridiculiza al barbero o a la meretriz y adula al gobernante. El Siglo de Oro y el cine francés beben de ahí.

La democracia y la comedia están unidas porque parten de lo mismo: la rendición de cuentas, la ausencia de impunidad o la igualdad de todos los ciudadanos. Símbólica, claro, como cualquier ceremonia. No es extraño que la democracia y la comedia estén siendo cuestionadas simultáneamente. Como en Atenas, la oposición es transversal; Cleón y Sócrates eran enemigos, pero ambos estaban de acuerdo en acabar con la comedia. Obviamente, la acción concreta dependía de la capacidad de cada uno para llevar su posición a la práctica. Los filósofos difundían su pensamiento; los gobernantes escribían leyes. Sucede lo mismo ahora. Unas asociaciones se quejan por las redes y otras denuncian en el juzgado o influyen en el Parlamento.

Como en la Atenas clásica, el remedio para quienes resulta desagradable alguna comedia es joderse. Si un chiste, una canción, una película, un libro o una obra de teatro te resultan ofensivos, haz como los atenienses, jódete y baila. No hay más. El cerebro necesita dieta variada y ejercicio, y la comedia es el entrenamiento intensivo de la mente. Nos dice que nada es sagrado. Por eso, tiene que ser ofensiva. La muerte de la comedia es la indiferencia. El deseo de limitar el contenido puede cumplirse, pero depende de la capacidad de actuación. Esas cosas las suelen hacer los de siempre. Es absurdo intentar competir con las religiones en la elaboración de listas de contenido prohibido. Ha pasado ya muchas veces.

La desespiritualización del arte

8 de noviembre, 2018

(A propósito de Only the sound remains, de Kaija Saariaho)

En Prometeo encadenado, Esquilo enumera los regalos que el titán ha hecho a los hombres, una lista no pequeña que comienza en el fuego y termina en los números. La escena pertenece a la tradición de inhumanizar lo humano; es decir, considerar cualquier logro como un don ajeno, algo traído o rescatado de un territorio en el que somos extranjeros. Es el monolito de 2001 o los extraterrestres constructores de pirámides; pero, sobre todo, la enorme mitología que rodea la creación y el goce del arte, que se nutre del dualismo que traza una frontera clara entre el mundo físico y el espiritual. La belleza habita ese segundo territorio y solo podemos aspirar a ella desgajándonos en cuerpo y alma, una esquizofrenia que suelen usar las religiones para insistir en lo mismo: inhumanizar lo humano. Desprecio del cuerpo, lo existente, y exaltación del alma, a quien se atribuyen las mejores cualidades, entre ellas, el acceso a lo bello, ya situado junto a lo bueno y lo verdadero, lo pilares de la divinidad.

La palabra “espiritual” se repitió varias veces en las presentación de Only the sound remains, como si todo el mundo sintiera la necesidad de situar la obra en este territorio que no nos pertenece. Se habló de la condición sobrenatural de la belleza y de la capacidad del arte para comunicarnos con otro mundo. Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, señaló la dimensión sagrada y metafísica de la obra; Peter Sellars, director de escena, habló de un “viaje mágico” o de “ternura, sensibilidad y emoción”. ¿Acaso no son humanas?, ¿acaso todo lo anterior, lo sobrenatural, lo sagrado o lo mágico no son nuestras creaciones?, ¿por qué queremos exculparnos de la belleza?

Quizá, porque como sostiene Jean-François Martel, cineasta canadiense, “toda obra de arte es un apocalipsis silencioso en el que descubrimos que el mundo no es lo que creíamos que era. La obra de arte tiene la capacidad única de arrebatar la mente discursiva para llevarla a un nivel de realidad más expansivo que la dimensión del ego en la habitamos normalmente”. Es decir, el arte nos provoca una alteración de la conciencia a través del asombro y nos hace cuestionarlo todo, comenzado por nosotros mismos. La conciencia se protege situándolo fuera a través de ese dualismo, una frontera artificial en la que todas las religiones han querido situar aduanas. Cabe rehumanizar el arte. “Solo a través del arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que otra persona ve de un universo que no es el mismo que el nuestro. El arte como lugar de encuentro en el que los seres humanos conviven a un nivel inasequible para el lenguaje”, sostiene Martel. Probablemente, esta última frase es la que mejor define Only the sound remains.

La ópera de la compositora finlandesa Kaija Saariaho reúne dos obras del teatro nô japonés, Tsunemasa (Siempre fuerte) y Hagomoro (El manto de plumas), del que se respeta la austeridad: una escenografía mínima (tres telas pintadas de la arista Julie Mehretu y juegos de luces y sombras) y un reparto también breve (dos solistas, un cuarteto vocal, una bailarina y siete instrumentistas). Ambas piezas, lentas, sin el concepto occidental de la trama, se presentan como una experiencia, en el sentido que esta palabra tiene: conocimiento a través de las sensaciones. En las dos historias, aparece esa división dualista entre el mundo físico y el sobrenatural, espiritual o intangible, del que provienen el fantasma del primer relato y el ángel del segundo, ambos interpretados por Philippe Jaroussky. Ambos vienen de territorios profundamente humanos porque es nuestra capacidad de interrelaciones simbólicas la que construye esos lugares previos o posteriores a la existencia.

El arte, la música y la danza, rompe esa división. Somos un ser que no solo desea sobrevivir y reproducirse, sino que se pregunta por el sentido y se abstrae del plano físico para pensar en términos absolutos sobre la moralidad o la armonía, es decir, cómo deberían serlas cosas, afirma Martel. Esos lugares no están fuera. Creamos lo intangible a través de lo tangible. En este caso, la comunión de las voces, la música, los movimientos y las luces construyen una belleza del tipo que describe Byung-Chul Han: “No seduce ni para el disfrute ni la posesión. Más bien, invita a demorarse contemplativamente”. El verbo es importante. Es complicado asimilar todos los estímulos de golpe y, como sostenía Sellars en la presentación, quiere ser una obra de la que se pueda beber pasado el tiempo.

Cabe dejarse asombrar y dejar que la obra nos conmueva más allá del gusto personal. Perder identidad para ganar humanidad, ya que el arte nos permite expandirnos y convivir con otros. Volvemos a Martel: “El asombro es el momento en el que pensar y sentir quieren decir lo mismo: vivir”. Noemí Pérez, también cineasta, dice: “El arte y la vida son la misma cosa porque todo está aquí. El artista visibiliza, exhibe con un foco de luz lo que todos anhelamos, tememos, experimentamos… da la oportunidad de crear otra sensibilidad, otra experiencia de espacio/tiempo y ese es su compromiso, su trabajo”. Las dos últimas palabras son importantes.

Miguel Ángel buscaba el rostro de Dios entre el mármol; Hölderlin se sentía un médium que solo transcribía. Ortega proponía retener retener sólo la materia puramente artística y eliminar los ingredientes “humanos, demasiado humanos”. ¿Qué es el arte, sino lo más humano? La capacidad de dar un sentido a lo tangible, de transformar la realidad en signos y dotarlos posteriormente de significado simbólico que renovamos constantemente. Dios es el médium de Hölderlin. Hemos creado seres imaginarios para explicarnos cómo hemos sido capaces de relegar la autoconservación para preguntarnos, imaginar y crear, incluso a costa de la propia existencia. Hay que rehumanizar el arte y, sobre todo, desespiritualizarlo. Destruir el alma para mirarnos. O, al menos, intentarlo.

No hay fascismo. No somos tan importantes

9 de octubre, 2018

En los últimos años, se ha llamado fascista al PP, a Ciudadanos, a Podemos (desde PP y Ciudadanos), al Gobierno de España, al Govern de la Generalitat, al Procés, a los contrarios al Procés, a la campaña pro Brexit, a Trump, a Salvini y, sin ánimo de ser exhaustivo, a una larga lista de políticos, periodistas y humoristas. Se ha asimilado fascista (o nazi) a muchas cosas (intolerante, autoritario, nacionalista, racista, machista, xenófobo, homófobo, etc.) hasta llegar al punto en que el concepto no significa nada. El fascismo es algo muy concreto, lo mismo que el nacional-socialismo. Es una propuesta política que ninguna de esas personas o partidos defiende.

“Es fascista porque es totalitario”, se ha escrito. China también es un modelo totalitario, lo mismo que lo fue el caudillismo hispanoamericano o las monarquías absolutistas. “Es fascista porque persigue ideas”. Bien, como sucedía en los Estados Unidos durante los años 50 o en ciertos países donde es ilegal pertencer a una religión distinta de la oficial. Por cierto, en los años 50, Estados Unidos también mantenía leyes racistas, con lo que el fascismo no tiene el monopolio de “sembrar el odio contra el diferente”. Eso es algo muy extendido. Sucede lo mismo con “crear un enemigo exterior o interior”. Volvamos al macartismo o a toda la legislación antisemita promulgada en la Europa del XIX o a Ruanda. La homofobia y el machismo son conceptos transversales, lo mismo que el nacionalismo.

El fascismo es algo muy concreto. Es una propuesta política con unas característas (partido único, estado corporativo, economía dirigida, organización paramilitar, persecución política, expansión territorial, etc.) que recogen muy pocos partidos. El populismo de derechas que busca aglutinar al electorado con un discurso xenófobo basado en la seguridad, la soberanía y la impugnación de la posmodernidad no es fascismo. “Trump es un nazi”, se dijo. Este otoño, habrá elecciones en Estados Unidos y todo hace pensar que habrá unas nuevas presidenciales dentro de dos años en las que puede ser derrotado. Los nazis no perdían elecciones.

Quizá, se insiste tanto en el concepto “fascismo” porque lo simplifica todo. Si son nazis, no hay que ofrecer una propuesta política alternativa y solo hay que situarse enfrente, lo que nos otorga el prestigio de “luchador antifascista”. No lo tenemos. No es fascismo. No hace falta. El fascismo es producto de un momento histórico en el que había varios modelos sociales y económicos defendidos por organizaciones de masas. En este momento, tal cosa no se produce. Hay un modelo económico y varias propuestas de gestión política que van desde la democracia sueca a la teocracia saudí. Trump o Salvini no son fascistas. Ni tienen esa propuesta política ni, sobre todo, la capacidad de llevarla a cabo. No hay fascismo porque no es necesario. No somos tan importantes.

Crear pueblo

7 de octubre, 2018

“Crear pueblo” es una expresión caída en desgracia que estuvo de moda hace cuatro años, cuando la palabra populismo era buena. La idea, planteada de forma simple, es politizar a colectivos no movilizados a través de un número limitado de ejes transversales y evitando la mayoría de los debates. Es decir, hay que echar a la élite que nos ha vendido a los tratados internacionales y recuperar la economía local para reducir la desigualdad. Y ya.

No se entra en nada más, ni en el aborto ni en el modelo educativo ni siquiera en el reparto de la riqueza, porque todo divide y desmoviliza; como se decía hace cuatro años: es viejo. El objetivo es crear una fuerte polarización nosotros-ellos que permita el acceso rápido al poder. Como el movimiento es solo movimiento y está vacío ideológicamente, cabe la izquierda, la derecha y, como Trump ha dejado claro, la ultraderecha.

“El PP está enfadado porque Esperanza Aguirre no podrá ir en coche donde quiera”, sostenía un tuit hace días acerca de la campaña popular contra los planes de movilidad del ayuntamiento de Madrid. Falso. Aguirre podrá hacer lo que dé la gana porque tiene capital, el concepto que otorga derechos en el siglo XXI y que el ayuntamiento no cuestiona por el vacío ideológico. Aguirre podrá comprarse exactamente el tipo de vehículo que le exija la normativa y modificarlo para adaptarse a cualquier escenario. Si el ayuntamiento pide viajar en una cuádriga, Aguirre podrá pagarla. Además, es residente en el centro de la ciudad, la zona restrigida.

La insistencia del PP de Madrid en atacar los planes de movilidad del ayuntamiento busca “crear pueblo”.

Es una cuestión en la que es importante no dejarse llevar por la primera impresión. Las personas afectadas por esta normativa no serán las esperanzasaguirre, sino otro tipo de usuario: el pauer, es decir, la persona de unos cuarenta años que ocupó las zonas que se urbanizaron en la burbuja (Programa de Actuación Urbanística) con la que comenzamos el siglo.

La mayoría de estos nuevos barrios están en el norte de Madrid, pero también las hay en el resto de puntos cardinales, como el de Vallecas. Y, sobre todo, en las localidades que rodean la ciudad: de Tres Cantos a Móstoles, de Majadahonda a Coslada. Su hábitat suele ser la urbanización, ese edificio que no mira hacia la calle, sino al interior. Un pequeño búnker emocional.

El pauer que trabaja en Madrid y que después de trabajar de nueve a siete tiene que regresar velozmente a su hábitat para recoger a sus niños de las actividades extraescolares o de la casa de los abuelos antes de hacer la cena. Cualquier complicacion en la movilidad complica mucho su vida personal y las restricciones pueden hacerlo. Y, a diferencia de los esperanzaaguirre no tiene dinero para comprarse el coche que el pidan.

La insistencia del PP de Madrid en la defensa del coche busca aglutinar ese cabreo, una estrategia habitual en los republicanos estadounidenses que también suelen usar mucho la palabra libertad para defender el solipsismo. Un ayuntamiento del PP también cerrará el centro. De hecho, el consistorio de Ana Botella ya creó un Área de Prioridad Residencial en el centro que ampliaba un plan de Ruiz Gallardón. Solo están “creando pueblo”.

La defensa del coche no tiene nada que ver con el coche porque la industria del automóvil apenas ha abierto la boca. Uno de los principales sectores en inversión publicitaria en prensa seguro que podría hacer que los medios abrieran sus páginas a las posiciones contarias a los planes de movilidad. Por ejemplo, según los datos de la Aema (Agencia Europea del Medio Ambiente), el 13% de las partículas contaminantes en los 28 países de la Unión Europea son ocasionados por el transporte por carretera, mientras que la climatización de viviendas particulares, tiendas, centros comerciales y edificios institucionales llega al 56%. Es decir, quitar la calefacción de esos grandes almaneces puede ser tan importante como un plan de movilidad.

La industria del automóvil no lo hace porque están totalmente de acuerdo con las restricciones que, obsérvese, son transversales. Lo único que piden es controlar el ritmo. Esos planes, tras el cabreo incial, provocarán que esos pauers, como el resto de ciudadanos, tengan que renovar sus coches. Es decir, entre todos pagaremos la reconversión del sector automovilistico que, cabe recordarlo, ha salido indemne de la manipulación de emisiones. Siempre, antes de guiarse por la intuición, hay que ver el camino que sigue el dinero.

Carlos Sánchez Schrödinger y la materia oscura

26 de septiembre, 2018

Carlos Sánchez Mato, concejal del ayuntamiento de Madrid, se ha convertido en el sujeto del experimento cuántico de Erwin Schrödinger: existe y no existe simultáneamente. Su labor al frente de la concejalía de Economía y Hacienda será, previsiblemente, uno de los puntos fuertes de la próxima campaña electoral de la actual alcaldesa, de la que él no formará parte. No ha sido uno de los diez elegidos para repetir.

Su trabajo para reducir la deuda municipal partía de la decisión de reducir la deuda. Es algo que parece un silogismo, pero que implica salir del espectro de la gestión y situarse en la política. La deuda, como bien saben en Latinoamérica, está relacionada con uno de los principales debates que tenemos en Europa: la soberanía. Esa palabra, tantas veces malinterpretada, quiere decir “autoridad en la que reside el poder político” y tiene que ver con la capacidad de una sociedad para decidir su modelo social y económico. ¿Quién hace las leyes?, ¿cuál es el sistema de elección?, ¿cuáles son los flujos de capital? Soberanía no quiere decir frontera, sino Constitución.

Sus actuaciones concretas fueron la reducción del ritmo de amortización de deuda, la redistribución del IBI, la anulación de los contratos con agencias de calificación o el aprovechamiento de los recursos públicos. “Y no robar”, como señaló al presentar las cuentas de mitad de la legislatura. Pero, como es lógico, la gestión chocó con la política en una de los puntos fuertes del programa electoral: la auditoría de la deuda. Volvió a haber un nuevo choque con las imposiciones del gobierno del PP, pura política, y Sánchez Mato fue relevado de la concejalía de Economía y Hacienda. Pero su trabajo sigue siendo reivindicado por el actual equipo de gobierno en un uso cuestionable de la primera personal del plural.

Sánchez Mato pasó a situarse dentro de un espectro que podríamos llamar la matería oscura del ayuntamiento, un grupo diverso en el que puede haber alguien a quien le haya quedado grande un barrio, pero donde, sobre todo, se sitúan los que no han aceptado el modelo basado en la gestión. Hace unas semanas, la matería oscura votó en contra de la Operación Chamartín, proyecto que también cuenta con la oposición de vecinos, ecologistas y otras organizaciones molestas. No deja de ser irónico que el gran legado del 15M vaya ser una operación urbanística.

En los próximos meses, el equipo de gobierno del ayuntamiento de Madrid completará su proyecto político siguiendo el nuevo modelo de personalidad fuerte que, en España, entronca con nuestra larga tradición caudillista. Es probable que haya presiones sobre toda la gente que ha quedado fuera para que no presente una candidatura alternativa bajo la idea de que divide el voto, una idea que parte de la idea de que los votantes se parecen a los aficionados a los clubes deportivos o que son seres poco dotados para la actividad intelectual.

Sin embargo, es probable que las opciones de repetir del actual equipo de gobierno pasen por una aglutinación de la matería oscura en una candidatura que logre movilizar un voto que, de otra forma, tiene un serio riesgo de ir a la abstención. Hay un tejido asociativo e ideológico que suele ser difícil de convencer y lo será más después de haber descartado la mayoría de propuestas o promesas, desde las estéticas a las prácticas, desde las primarias a las remunicipalizaciones. La idea de que nos votarán porque no tienen otro remedio se ha demostrado falsa en todos estos años. Será interesante ver a Carlos Sánchez Schrödinger en esa campaña electoral existir y no existir simultáneamente.

¡Quiero creer!

19 de septiembre, 2018

(a propósito de Faust, de Charles Gounod)

“¡No veo nada! ¡No sé nada!”, grita el anciano doctor Faust en su primera escena. Tras una vida dedicada a la investigación, no ha logrado su objetivo, siente que ha fracasado. Por una ventana de su estudio, llegan las voces de jóvenes labradores que cantan a la naturaleza, al amor y a Dios. Siente que ha tirado la vida. Desde el inicio, Faust plantea el contraste entre civilización y cultura, racionalidad y espiritualidad, Ilustración y Romanticismo, diferentes nombres para la tensión más humana, la que separa lo que existe y lo que deseamos. La realidad nos provoca la misma insatisfacción que siente Faust en su gabinete y, siempre, hay una ventana por la que se cuela la posibilidad, más ilusión que esperanza, para ofrecernos un pacto. Sobre el escenario, la ventana es la pared del laboratorio, un telón de cristal que separa la realidad analógica del sueño digital, el mundo donde todo es posible, donde cada uno puede ser quien quiera.

En la presentación, Àlex Ollé (Fura dels Baus), responsable de la puesta en escena, destacó que la ópera de Charles Gounod se estrenó en 1859, año de la publicación de El origen de las especies, de Charles Darwin. La referencia es importante. La teoría de la evolución demostró que los seres vivos no formaban parte de una jerarquía diseñada por un ser superior en la que los seres humanos eran la especie elegida. Es decir, no somos especiales, algo en lo que el siglo XIX insistía. Los derechos humanos eran para todo el mundo, lo mismo que la medicina o la física. Pero la racionalidad es aburrida y, en ocasiones, no lleva a nada, como le sucede al doctor Faust, personaje muy popular en ese siglo (Goethe, Wagner, Berlioz, Heine…). Por ahí se cuelan las voces de los labradores cantando al amor, a la tierra y a Dios. También, la imagen de Marguerite. Y Méphistophélès, que aparece en el gabinete para decirle a Faust, para decirse a sí mismo: ellos mienten, eres especial.

A partir de ahí, Faust se pone en marcha. En la presentación, también hubo una insistencia en el concepto de acción. “El mal es aquello que nos pone en marcha, es aquello que nos empuja a hacer y Méphistophélès es el polo opuesto a la inacción de Faust”, señaló Ollé. Es una discusión que también nos devuelve al XIX, donde se cuestionaba el estático conocimiento científico o el aburrido consenso político mediante apelaciones al espíritu, la voluntad o la decisión, características de los diversos tipos de héroe, el poeta, el caudillo o el emprendedor, cuya decisión es capaz de doblegar todo lo impuesto; incluso, la propia realidad.

Sin embargo, el joven Faust, sin su alter ego Méphistophélès, tiene poco de hombre de acción pura. Ha reclamado“la energía de los potentes instintos, y la loca orgía del corazón y los sentidos” y lo que obtiene es un cortejo clásico, una paradoja que la puesta en escena destaca, ya que sitúa la acción en un barrio rojo, lleno de soldados, hooligans, bailarinas y matronas. De loca orgía, nada, salvo el vestuario y la escenografía de la Fura. Pero Méphistophélès acierta porque quizá Faust quiere verse a sí mismo como enamorado adolescente. El enamoramiento es un estado que ofrece la posibilidad de crear un mundo propio, de resignificar todo, y decanta esa balanza entre existencia y deseo de forma clara. La adolescencia es la edad del espacio sin tiempo, el momento en el que la persona reclama su territorio, algo que hoy significa consumir, sin ubicarse en la línea temporal, es decir, sin pasado ni futuro. Hay numerosos fenómenos políticos que no se entienden sin la capacidad adictiva que posee el papel de enamorado adolescente.

En la puesta en escena de Ollé, Méphistophélès no es un trasunto de Satanás, no es algo ajeno, sino el yo que quizá Faust ha reprimido durante toda su vida de investigación, un Hyde que, como el personaje de Stevenson, se come a su huesped hasta ocupar su espacio. El personaje tiene numerosos cambios de vestuario que exploran esos yoes, desde un macarra burlón, parecido al Santos (Eduard Fernández) de Fausto 5.0, también de la Fura, hasta asumir la identificación estética con Faust y, finalmente, ocupar su lugar en el gabinete. Quizá, preparándose para una nueva inmersión digital. Es cansado ser tanta gente. La exhaltación posmoderna de la identidad tiene algo de recuperación del viejo principio de autoridad ya que vuelve a situar al emisor en el centro, desplazando a la investigación o el argumento. No se habla de qué, sino de quiénes: tienes que creerme porque me estoy mostrando; se recupera la capacidad proselitista del mártir: sufro, luego tengo razón. Si todo nace de la propia mirada, es casi imposible el conocimiento compartido y, aún más, la idea de progreso. Modernidad y antimodernidad, a veces, premodernidad, a veces, posmodernidad.

El personaje de Méphistophélès concentra la mayor parte de los gags e ironías con los que Ollé ha querido descargar la obra. Sin embargo, el objetivo de desdramatizar el mito clásico profundiza en el problema contemporáneo de la banalidad del mal, algo que se ve en la parte final. En el segundo acto, soldados, hooligans, burgueses, bailarinas y matronas, vestidos con un punto de petardeo, adoran a Méphistophélès al ritmo de “satán dirige el baile”. En el quinto, son los protagonistas de la fiesta de Walpurgis, donde todo es una broma, incluso el hambre y la violencia, hasta que los soldados ocupan el escenario. Quizá, un presagio de la deriva autoritaria de Europa que nunca pierde el sentido del espectáculo. El bonapartismo marvel domina el escenario.

Es complicado no acordarse del Doktor Faustus, de Thomas Mann, la novela en la que un exiliado que intenta contestarse a sí mismo cómo su país, y sobre todo, sus ciudadanos, pudieron caer en la adoración del infierno. Quizá, la respuesta no estaba tan lejos. El libro también significaba un exorcismo del propio Mann que, en 1918, había publicado Consideraciones de un apolítico, donde se realizaba una apología romántica del concepto kultur frente a la civilización y se defendía un modelo de gobierno autoritario para sustituir a la democracia. Estamos más en los locos años veinte que en los infaustos treinta, a punto de desdoblarnos, a punto de pactar con el diablo. Y no se irá porque, como dice Méphistophélès, no se puede hacer venir al diablo desde tan lejos para despedirlo a continuación.

Faust estará en el Teatro Real desde el 19 de septiembre hasta el próximo 7 de octubre.

Apartamentos Abismo

17 de septiembre, 2018

¿Es el jazz fascista? Es la pregunta que nos quedaba. Adorno pensaba que sí. De acuerdo, no tan rápido. Adorno sostenía que el jazz pertenecía a la música de diversión, a la industria cultural que sostenía el capitalismo e impedía la concenciación social de las masas. Además, sus compases sincopados y sus improvisaciones conectaban con la irracionalidad y la arbitrariedad que proponían los regímenes autoritarios, fascistas o nazis. El hecho de que el jazz fuera prohibido y perseguido por los esos regímenes era un detalle concreto que no sustraía el análisis académico. La anécdota, mucho mejor explicada y sin simplificaciones provocadoras, aparece en Gran Hotel Abismo (Turner), de Stuart Jeffries, biografía intelectual de la Escuela de Frankfurt, un libro que explica muchas cosas que aún nos suceden.

El Instituto, cuya misión era analizar por qué había fracasado la revolución alemana de 1919 y, de paso, reflexionar sobre cómo el capitalismo podía ser derrotado, fue fundado por un grupo de pensadores, profesores universitarios en su mayoría, gracias al dinero del padre de Felix Weil, uno de los especuladores financieros más ricos de Alemania. No fue el único. La práctica totalidad de miembros de la Escuela pertenecían a familias de empresarios, eran ovejas negras para los que el marxismo era una distinción cultural dentro de su clase. Ahí está la clave de su objeto de estudio.

Jeffries indica que los patrocinadores del Instituto podía molestarse si se hacía un hincapié excesivo en la cuestión económica y, por eso, los temas culturales acabaron siendo los preferidos. Con la teoría crítica, se podían hacer grandes análisis del funcionamiento interno de la publicidad, el cine, las tradiciones o la música sin cuestionar el reparto de la riqueza, el meollo de la cuestión. Tampoco se mezclaban con las organizaciones, ni sindicales ni políticas. La palabra claves es desconexión. ¡Qué vulgaridad interrumpir con el precio del pan una disertación sobre Malher!

El título del libro se debe a una acusación del húngaro Georg Lukács, que señaló que la Escuela vivía instalada en en el hotel Abismo, un sitio “con toda clase de lujos, entre excelentes comidas y divertimentos artísticos, al borde de un abismo, de la vacuidad, del absurdo”. Lukács sostenía que la Escuela carecía de compromiso y veía el precipicio desde una distancia prudencial. A él, también hijo de banquero, su militancia le valío la cárcel o el exilio.

Existe un hilo entre la Escuela de Frankfurt y la de Birmingham, en la que nacieron los estudios culturales, y la de París, donde el Gran Hotel Abismo se transformó en un resort en el que se podía tomar de todo siempre que se dispusiera de una pulsera freudiana. Lo que disfrutaría Adorno al decidir cuál de las películas de Star Wars es más revolucionaria.

No es casual que se produjera en París el primero de los movimientos primavera, mayo del 68, al que Pasolini definió como guerra civil burguesa: “a través del marxismo, el apostolado de los jóvenes extremistas de extracción burguesa no es más que la rabia inconsciente del burgués pobre contra el burgués rico, del burgués joven contra el burgués viejo, del burgués impotente contra el burgués poderoso”. Pasolini hablaba siempre de extremistas porque eran grupos que renunciaban a las grandes organizaciones y siempre proponían grandes objetivos inalcanzables que les permitían ser siempre universitarios o, en el caso de que tuvieran que ocupar el lugar de sus padres, disfrutar de una saludable melancolía. Si se parece mucho al 15M, no es casualidad. Todos los movimientos primavera acaban igual.

El problema es el vacío que dejan tras la marea emotiva, ese vacío sobre el que ahora opinamos todos en ese Apartamentos Turísticos Abismo (disponibles en Airbnb) que es internet. Nada de lo que digamos es relevante.

En los próximos años, habrá una nueva crisis económica cuyos resultados serán menos extensos, pero más intensos. Es decir, en lugar de la gran explosión de 2007 habrá bombas inteligentes que solo estallarán en las vidas particulares de mucha gente. En especial, sufrirá la generación que hoy tiene 30-40 y que, tras ir al desempleo, le costará volver al mercado laboral porque su puesto será ocupado por una nueva generación mejor preparada y, sobre todo, nativa-precaria. El Estado tampoco podrá reaccionar por el peso de la deuda y la merma creciente de ingresos. Si carece del apoyo de sus padres y no dispone del colchón de una vivienda en propiedad, lo pasará mal. Y no todos viven en el centro de Madrid o Barcelona. ¿Quién gestionará ese cabreo?