Lingüística

13 de Octubre, 2017

Para entender el discurso del rey del pasado cinco de octubre, hay que haber escuchado otros. En todos, cada Navidad, hay un mantra que se repite: “La Corona, símbolo de la unidad y permanencia del Estado”. Parece una frase hecha, como “orgullo y satisfacción”, pero hay una diferencia: esa sale en la Constitución. Un símbolo es la representación perceptible de una idea y el vínculo es sólo una convención socialmente aceptada. Aristóles decía que no se piensa sin imágenes, pero esas imágenes pueden cambiar, porque los vínculos pueden romperse

Esa era la cuestión que se resolvía el cinco de octubre y que, quizá, no se supo ver. El catedrático Pérez Royo calificó el discurso de disparate porque señaló que el rey “no tiene legitimación para intervenir en política”. No lo hizo. Intervino en lingüística. No se estaba cuestionando una política en concreto, sino aquello de lo que la institución que él representa es símbolo: la unidad y permanencia del Estado. No se trata de para qué sirve la cosa, sino de la cosa en sí. Por eso, el gran error del Govern es un vocativo: “així no, majestat”. Por eso, el requerimiento al president se dirige a él en tanto “representante ordinario del Estado en la Comunidad Autónoma”. Lingüística. Se trata de reestablecer la cosa en sí. 

Para que quede claro, en este texto no se afirma que esa unidad no sea legitimamente cuestionable, sino que es infantil pensar que eso se puede hacer sólo desde la voluntad y sin que el Estado muestre su densidad. La física cuántica me dice que esta piedra se puede atravesar, los neutrinos lo hacen… Bien, antes de lanzarme contra la piedra cabe la pregunta: ¿soy un neutrino? El Estado es una roca enorme que seguro que los neutrinos son capaces de atravesar. Los cuerpos más grandes, sólidos y densos, no. El Estado, como estructura, se ha rebelado ante su cuestionamiento y se ha defendido. Poco. De momento, cabe tenerlo en cuenta, sólo de forma simbólica.

Cronocat

8 de Octubre, 2017

El punto de partida es importante. El hecho de que la transición portuguesa comience con claveles y gente feliz en las calles, y la española con una bomba y gente asustada no es algo irrelevante. Es la primera imagen de nuestra democracia, la que sale después de los títulos de crédito, otro aspecto complicado y escabroso. Por eso, tiene importancia el punto que se escoja como inicio del proceso soberanista.

¿Y cuál es?, ¿la Diada de 2012?, ¿la polémica del Estatut de 2006?, ¿o, quizá, un punto intermedio a menudo olvidado: la manifestación que rodeó el Parlament en 2011? Como imagen, quizá esa Diada. Además, hace que el relato sea más coherente, con cada actor en su papel. Precisamente por eso, es interesante ir bastante antes, aunque sea un poco largo. Todo es importante y, sin una cosa, es complicado entender otra.

2000. El presidente de la Generalitat Jordi Pujol (CiU), apoyado por el PP, rechaza la oferta de pacto que le hace ERC para reformar el Estatuto de Autonomía. Maragall (PSC) sí lo acepta y acuerdan forman un futuro gobierno de izquierdas.

2003. El PSC, en la campaña de las elecciones autonómicas, promete que pondrá en marcha un nuevo Estatuto de Autonomía. Zapatero, secretario general del PSOE, anuncia que apoyará el texto que salga del Parlament. CiU se desmarca de esa reforma. Las elecciones se celebran y el tripartito (PSC-ERC-ICV) pone fin a 23 años de CiU. La burbuja inmobiliaria está tomando fuerza y el crecimiento comienza a ser notable.

2004. Zapatero gana las elecciones. Se conocen los primeros borradores del Estatut y el Gobierno establece límites. Desde Catalunya, se afirma que la intención no sólo es mejorar el autogobierno o la financiación, sino crear una España plural.

2005. El nuevo Estatut se aprueba con el voto de CiU. La polémica ya estaba en marcha. La palabra “nación” concita muchas discusiones. El PP convoca manifestaciones contra el Estatut, al que califica de proyecto personal de Zapatero. Un almuerzo de seis horas entre Mas (CiU) y Zapatero sobre la financiación agiliza los trámites, pero ERC se descuelga. El PP comienza a recoger firmas contra el Estatut.

2006. El estatut se aprueba en un referéndum con poca participación. El PP presenta ante el Tribunal Constitucional un recurso de inconstitucionalidad. También recurrieron el Defensor del pueblo y cinco comunidades autónomas. En las elecciones catalanas, vuelve a ganar el tripartito. José Montilla, andaluz, es presidente de la Generalitat. Aparece Ciudadanos. La economía española asombra. La burbuja inmobiliaria, en su esplendor.

2007-2009. Batalla por los miembros del Constitucional que decidirán sobre el Estatut. El PP logra la recusación del magistrado Pérez Tremps. Se celebran consultas no oficiales sobre la independencia en 512 municipios de Catalunya. Comienza la crisis económica (¿seguro que no tiene nada que ver?). Los problemas de la banca estadounidense se extienden a Europa. Termina la burbuja inmobiliaria y caen las cajas catalanas, salvo La Caixa. Estallan los casos de corrupción de CiU (Millet-Palau).

2010. Tras unos años en los que se habla más del matrimonio homosexual (que acabará con la familia tal y como la habíamos conocido, se decía) y, sobre todo de la crisis, vuelve el tema catalán. En marzo, la prensa catalana publica un editorial conjunto en el que avisa de que una sentencia dura del Tribunal Constitucional puede provocar una crisis social. El TC desoye la advertencia y resuelve (seis votos a cuatro) contra buena parte del texto. Una sentencia anunciada por la foto de varios magistrados, claves en la votación, en una corrida de toros en Sevilla. Se convoca una manifestación multitudinaria que toma un cariz soberanista. Montilla, que tienen que abandonar el acto, advierte del alejamiento político: puede formarse una Liga Norte. CiU, que ya ha incorporado el “derecho a decidir” y el “pacto fiscal” recupera el poder y da por finalizado el acuerdo constitucional. Sin embargo, el PSC lo apoya en la investidura y Mas pacta leyes con el PP. Es la época de los recortes.

2011. El 15 de mayo se inicia en 15M. Primero, en Madrid, pero se extiende a todas las ciudades, incluida Barcelona. El 27 de mayo se produce el desalojo del 15M barcelonés con cargas policiales. El 15 de junio, el Parlament aparece cercado por una manifestación contra los recortes y el presidente Mas tiene que llegar en helicóptero. La campaña Stop desahucios de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca alcanza una gran relevancia. Se lanza de idea, mirando a Portugal, de reconducir la indignación social a través de la cohesión nacional. En la manifestación de la Diada, sólo participan los partidos históricamente independentistas. ETA anuncia el fin de su actividad armada. El PP vence en las Generales.

2012. Varios municipios catalanes se declaran “territorio libre”. En febrero, se aprueba la reforma laboral y se producen graves incidentes durante el Mobile World Center. Se lanza la idea de una consulta sobre la independencia. En julio, el Parlament aprueba un “pacto fiscal” parecido al concierto económico. La manifestación de la Diada, que usa el lema del minoritario partido de Joan Laporta (Catalunya, nou estat d’Europa), es multitudinaria. La prensa de Madrid está más preocupada por la del 15S contra los ajustes. Nueve días después, Rajoy se reúne con Mas y rechaza el “pacto fiscal”. Cinco días más tarde, el 25S, está convocada una manifestación que quiere rodear el Congreso. También, la última huelga general hasta la fecha (14N). Mas convoca elecciones para noviembre. CiU, pese a incluir la una consulta sobre la independencia en su programa, pierde voto. ERC se recupera. En diciembre, Mas y Junqueras firman un acuerdo en el que se comprometen a celebrar una consulta. Sólo entonces, CiU rompe con el PP en la Diputación de Barcelona.

2013. En enero, el Parlament aprueba una “Declaración de Soberanía” que será suspendida por el Tribunal Constitucional. Se inicia un largo partido de ping-pong entre ambas instituciones. En Madrid, la protesta contra los recortes aumenta con la formación de las mareas contra la privatización; pero, en Catalunya, la respuesta a las políticas de ajuste ha disminuido. Se discute de otras cosas, como la consulta, y se forman instituciones cohesionadoras como el Consejo Asesor para la Transición Nacional o el Pacto Nacional por el Derecho a Decidir. En la Diada, se copia la Vía Báltica, una cadena humana que atravesó los países bálticos antes de su independencia de la URSS. La Vía Catalana es un éxito cívico y estético. En el Congreso, Duran i Lleida advierte a Rajoy: si no lo soluciona, se encontrará con una declaración de independencia. Rajoy no hace nada. En diciembre, Mas anuncia la convocatoria de la consulta para el año siguiente (no lejos del referéndum escocés) junto a formaciones antagónicas ideológicamente, como la CUP, cuyo portavoz había sido desalojado dos años antes del 15M barcelonés.

2014. Es un año clave para la separación psicológica. En España, es el año del cabreo contra los recortes y la corrupción (Gürtel, Púnica, tarjetas opacas de Cajamadrid, etc.), que se concreta en la aparición de Podemos en las elecciones europeas. En Catalunya, no; de hecho, es la comunidad donde saca un menor porcentaje de voto, pese a haber sido pionera en las protestas. En Catalunya, es el año de la consulta y la estrategia de convocar un hito que evite el debate político continuará los años siguientes. Ni siquiera afecta demasiado a Mas la caída de su padrino, Jordi Pujol. El ping-pong burocrático continúa. Rajoy afirma que no sabe “quién manda” en Catalunya, como si él no fuera el presidente del Gobierno de todo el Estado. De nuevo, dos éxitos estéticos: la manifestación en forma de uve de la Diada y, sobre todo, la consulta festiva del nueve de noviembre. Meses después, una indiscreción de Homs desvela una oferta de la Moncloa para tolerar esa consulta: que no pareciera una jornada electoral. Lo fue. Se rompe la confianza.

2015. En enero, se convocan unas elecciones autonómicas para septiembre. El hito del año para que no se hable de nada más. Se las llama plebiscitarias y se afirma, en un bucle habitual, que su resultado puede dar lugar a una declaración unilateral de independencia (no se producirá). En las elecciones municipales, aparece un nuevo actor: los comunes de Ada Colau. CiU se rompe. CDC comienza a refundarse en lo que es hoy el PDCat. UDC desaparece. Se desvela la existencia de tramas policiales contra cargos nacionalistas, la Operación Cataluña, que es usado de paraguas. Se lanza la idea de una lista única para esas elecciones, de nuevo, la cohesión nacional. Junts pel Sí, esa lista única, gana las elecciones, pero sin mayoría. El nuevo Parlament declara el inicio del proceso de creación del estado catalán. El TC lo suspende. Se celebran elecciones generales. El PP gana sin mayoría.

2016. Pese a las presiones, la CUP no acepta investir a Mas y Puigdemont se convierte en presidente. Afirma que, en 18 meses, se construirá la república catalana (se cumplieron el 10 de julio de 2017). Comienzan a crearse las estructuras de estado, impugnadas por el TC que acaba quejándose de tener que solucionar un “problema político”. Pedro Sánchez no logra la investidura (¿qué habría pasado sí…?) y se convocan nuevas elecciones, que prácticamente repiten resultado. En la Diada no hay una manifestación unitaria. Días después, en el debate de una moción de confianza, Puigdemont anuncia un referéndum por la independencia en “septiembre de 2017”. Pedro Sánchez deja de ser secretario general del PSOE tras una rebelión interna con el trasfondo sus conversaciones con los nacionalistas. Los socialistas se abstienen para dejar gobernar a Rajoy. La vicepresidente Soraya Sáenz lanza una oferta de financiación que no obtiene respuesta.

2017. Mas y otros cargos son condenados por la consulta del 9N: inhabilitación y una cuantiosa multa. Pedro Sánchez gana las primarias del PSOE con un discurso de regreso a la izquierda y de defensa de la plurinacionalidad. Unidos Podemos presenta una moción de censura que vuelve a mostrar la cuestión territorial como obstáculo para una alternativa. El referéndum se convoca para el primero de octubre. Puigdemont y Rajoy se envían cartas con la disyuntiva de legitimidades: demanda ciudadana y cauces legales. Es un choque de trenes en el que sube la testiculina y decae la inteligencia. El siete de septiembre, el Parlament aprueba el referéndum marginando a la oposición. El 20 de septiembre, catorce cargos públicos catalanes son detenidos en un despliegue policial con registros en diversas instituciones. Los parlamentarios catalanes abandonan el Congreso. Se celebran concentraciones en Catalunya y se evidencia una ruptura social. Las fuerzas de seguridad que deben impedir el referéndum son depedidos efusivamente al grito de “a por ellos”. Si hay “ellos” quiere decir que ya no hay “nosotros”. Ese sí ha sido un proceso que se ha producido en estos años.

Octubre 2017 El día de la votación, hay violencia en los locales electorales; la habitual en manifestaciones o desahucios, pero inesperada para las personas congregadas en los colegios. Se produce un desgarro. Dos días después, se produce un paro de país. Las empresas comienzan a situar su sede social fuera de Catalunya. Los ultras españoles salen del armario. Una iniciativa cívica congrega a personas a favor del diálogo. Una manifestación contra la independencia recorre Barcelona.
Y aquí estamos. Es una situación tensa, pero menos incierta de lo que parece. Como recordaba el periodista y filósofo Josep Ramoneda, una declaración unilateral de independencia precisa de cohesión social, apoyo internacional y, en el caso de sea necesario, capacidad insurreccional. Son factores que no se dan. Kosovo tenía los dos primeros y algo del último; Kurdistán, que celebró su referéndum esta semana, el primero y el último, y algo del segundo. Lo probable es que, tras lo que suceda el domingo, salvo que haya alguna desgracia, se convoquen nuevas elecciones autonómicas en las que no será fácil que, como en 2003, se articule un eje que no sea el identitario. Las condenas que dejarán estos días serán un obstáculo. Se ha producido un corte y no es previsible que Catalunya vuelva a tener una actitud regeneracionista que facilite la gobernabilidad de España. Como decía Montilla, viene la Liga Norte.

Ese es un factor que juega a favor del PP. Como sostiene el periodista Enric Juliana, el Gobierno y el Govern han exprimido durante años esta jugosa naranja y ahora están llegando al final, cuando te comienzan a doler los dedos. Al Gobierno, menos. Cualquier alternativa pasa por el entendimiento de los otros cuatro actores: PSOE, Unidos Podemos, Ciudadanos y nacionalistas. Ahora, tal cosa es imposible y, aunque el PP perdiera voto, es la única opción que no acaba en un callejón sin salida. No será fácil coser lo que se ha desgajado, crear de nuevo ese “nosotros”. Y es probable que se crea que es más sencillo repetir el bucle una y otra vez. Unos, para ganar elecciones; otros, hasta que las condiciones hagan posible su proyecto.

Psicofonías

23 de Septiembre, 2017

La escena es maravillosa. En un bosque cerca de su casa de Estocolmo, el artista (era pintor, músico, cantante de ópera y productor cinematográfico) Friedrich Jürgenson lleva un magnetófono para grabar al pájaro pinzón. Estamos en 1959. El francés Oliver Messien lleva años basando sus composiciones en el canto de los pájaros. Al escuchar la grabación, a Jürgenson le parece que hay unas voces. Quizá, alguien ha estado paseando por allí. Al día siguiente, repite la operación tras comprobar que no hay nadie. Cuando escucha la cinta, vuelve a haber voces; entre ellas, una familiar, la de su madre, fallecida, que le dice: “Friedel… mi pequeño Friedel… ¿Puedes oírme?”.

Es imposible no conmoverse. Lo mismo que cuando en 1990, Carmen Sánchez de Castro presentó su montaje del Palacio de Linares. Una voz infantil dice: “Mamá, mamá, nunca oí decir mamá”, “mamá, me muero”o “asesinos”. La leyenda que acompaña el montaje de las voces explica la historia de dos hermanos que se enamoran sin saber que lo son y una niña asesinada o emparedada. En 1990, unas 200 personas se presentaron de madrugada en el Palacio de Linares, actual Casa de América, para buscar al fantasma; para entonces, ya estaba claro que era un montaje realizado por una actriz, pero el relato es tan hermoso. Es complicado entender cómo aún no tenemos una película sobre todo esto.

Fue su último momento de gloria en España. Las psicofonías comenzaron a difundirse en los 60 gracias a Konstantin Raudive (de hecho, se las llegó a conocer como voces de Raudive) y tuvieron su momento de gloria en los 70/80, cuando los aparatos de grabación ya estaban al alcance de todo el mundo. En esos años, no era extraño que alguien del instituto dedicara el fin de semana a colarse en casas abandonadas para hacer grabaciones en las que siempre quedaba algo. El fenómeno alcanzó a otros medios, como el teléfono o la televisión, las psicoimágenes, en las que se basa las famosas escenas de Poltergeist. En España, su introductor fue Germán de Argumosa y fueron difundidas por Fernando Jiménez del Oso. Sus cintas, en las que las grabaciones eran introducidas por su voz, eran estremecedoras: “¿qué hago aquí?”, “¡te mataré!”, “tengo miedo” o “mami, frío, miedo”.

El mensaje previo siempre era clave porque las psicofonías eran sonidos apenas audibles que se habían extraído de la grabación normal. Eran voces débiles, sincopadas, una pequeña modulación a la que el investigador dotaba de sentido. Se escucha, masticaba Jiménez del Oso, cómo la voz dice “estamos del otro lado de los muertos”. Como la mayoría de fenómenos parapsicológicos, el interés por las psicofonías fue decreciendo. Un factor que se suele mencionar es la tecnología. Cuando todo el mundo comenzó a llevar siempre una cámara encima, dejó de haber avistamientos ovni.

Se repetía un proceso que ya se había producido siglos antes con otro tipo de psicofonías. Desde que somos humanos, hemos tenido algunos individuos entre nosotros con capacidad transcomunicativa. Eran capaces de hablar con árboles, ríos, montañas o, siglos después, con los seres que las habitaban, a los que llamaron dioses. Para evitar distorsiones, o evitar la competencia, hubo quien decidió unir a todos los seres mágicos en una única figura y la historia nos indica que fue una buena idea porque terminaron por imponerse a los que tenían muchos emisores.

Esas psicofonías eran más aburridas que las de Jiménez del Oso. Nadie decía “estoy solo” o “sácame de aquí”, sino que indicaban quién tenía que mandar y qué debía hacer. Explicaban, por ejemplo, que era lógico que la mayoría de la gente se muriera de hambre o tuviera que ceder el fruto de su trabajo a esa élite de los que los propios transcomunicadores formaban parte. La sordera era peligrosa.

Cuando se comenzó a dudar del ser mágico, aparecieron otros individuos con capacidad de hablar con otro emisor que tenía varios nombres como la nación o el pueblo. Como los anteriores, con los que en ocasiones mantenían acuerdos, sólo ellos eran capaces de escuchar el mensaje que traducían al resto. Sorprendentemente, en muchas ocasiones era el mismo: hay que ceder el fruto del trabajo, lo conveniente es que gobierne esta persona o es lógico que la mayoría se muriera de hambre o se matara a trabajar. La sordera también era peligrosa. Unas veces, se castigaba con la muerte, como siempre piden los seres mágicos; otras, con el señalamiento: traidor, enemigo, etc.

Hasta que llegó la tecnología. A partir del siglo XIX, comenzó a ser posible analizar esas voces. Es decir, comprobar si lo que decían las personas concretas que vivían en un lugar era lo que sostenían los transcomunicadores. La tecnología, en forma de elecciones, parlamentos, instituciones, derechos, leyes, etc. comenzó a imponerse a las psicofonías. Los individuos que eran capaces de oír esas voces inaudibles intentaron no perder protagonismo y buscaron que sus mensajes se concretaran en esa nueva tecnología. Lo lograron más de una vez, pero su influencia fue mermando. Hasta el siglo XXI.

Quizá por la obsolescencia de esa tecnología llamada democracia, quiza por el movimiento pendular del pensamiento, hay un retorno de las psicofonías colectivas. No es complicado ver a personas que sostienen conocer la verdadera voluntad de los grupos que, misteriosamente, no coincide con la que expresan las personas concretas a través los procesos de deliberación y decisión. Los transcomunicadores saben lo que piensa el pueblo, la nación, la gente y, como hacían los difusores de las psicofonías espectrales, indican que debemos oír al escuchar los sonidos sincopados o el ruido blanco.

Si uno discrepa, también es señalado, acusado de traidor, enemigo o, incluso, estúpido porque cómo seguir confiando en esa tecnología obsoleta pudiendo rendirse a esos relatos maravillosos y, sobre todo, a la fascinación de dejarse mecer por esas voces que le dicen a uno lo que quiere oír.

Lucio Silla: el regreso de la voluntad

20 de Septiembre, 2017

Lucio Cornelio Sila era un hombre de acción. Perteneciente a una gran familia en decadencia, Plutarco lo describe como jovial y bebedor, habitual del teatro y las tabernas y tan atractivo que Nicópolis, una de las cortesanas más famosas de Roma, le legó la fortuna con la que comenzó su carrera política. Antes de tomar el poder tras la primera guerra civil romana, Sila participó en varias campañas militares en África, norte de Europa y Asia, en las que ganó fama, fortuna y enemigos; el principal, Mario. Como dictador, Sila los persiguió implacablemente y sus proscripciones se pueden considerar como una de las primeras purgas políticas. Tras reformar decididamente la administración romana, dejó el cargo voluntariamente y, en su villa de retiro, escribió los 22 libros de sus memorias sin dejar de tener, también según Plutarco, una escandalosa vida social de fiestas y compañías disolutas.

Es un papel en el que hubiera encajado el Russell Crowe de Gladiator; sin embargo, el Lucio Silla de Mozart –primera ópera de la temporada del Teatro Real– se parece más a Joaquin Phoenix, el emperador Cómodo. El problema fue el reparto. Indiana Jones no sería Indiana Jones si Tom Selleck no hubiera rechazado el papel. Lucio Silla tampoco sería Lucio Silla si Arcangelo Cortoni no se hubiera puesto enfermo unas semanas antes del estreno, dejando cojo uno de los mejores repartos posibles del momento. Mozart no quería repetir los problemas que había tenido con el tenor Guglielmo D’ettore en su debut en Milán con su  primera ópera seria, Mitridate, Rè di Ponto, al que había tenido que reescribir varias veces una aria y sustituirlo en otra por la complicación vocal. Pero los tuvo. Y siguió teniéndolos durante toda su carrera. No era un tipo fácil para trabajar.

A pesar de D’ettore, Mitridate fue un éxito y, para el siguiente encargo milanés, pudo contar con algunos de los mejores cantantes de la época, como el castrato Venanzio Rauzzini o la soprano Anna de Amicis, que acabó siendo una gran amiga de la familia Mozart. El papel de Lucio Silla estaba preparado para Arcangelo Cortoni, un tenor que, además de su voz, tenía capacidad dramática y gran presencia sobre el escenario, factores que, según las notas de Leopold Mozart, eran fundamentales en la obra. Con ese reparto, Mozart pensó que no había límites y escribió “una salvajada”, en palabras de Joan Matabosch, director artístico del Real. Para él, Lucio Silla, “contiene algunas de las arias más difíciles para la voz humana de la historia. Es un delirio, casi incantable; terrorífica para los solistas”.

Arcangelo Cortoni enfermó y se perdió “la salvajada”. Con poco tiempo para el estreno, se contrató a Bassano Morgnoni, un cantante de oratorio sin experiencia en teatros, con una voz más limitada y menos presencia física. Lógicamente, Morgnoni no sólo estaba atemorizado por ese delirio “casi incantable”, sino que no era capaz físicamente de llegar a los registros vocales. Mozart rehizo el papel y no sólo redujo la exigencia, sino que cedió parte de la fuerza del papel a la orquesta. Esa decisión, inédita en la época, también cambió el carácter del personaje que, al carecer de lucimiento escénico y no poder expresar todas sus reflexiones y sentimientos sobre el poder o la violencia, pasa a quedar en un nivel inferior al resto, como un niño grande en un mundo adulto. El Lucio Silla de Mozart ya no Lucio Sila, ya no es un hombre de acción, el gran reformista de Roma, ni siquiera un dictador cruel y lujurioso, sino un tirano voluble que incluso admite que “le cuesta ser malvado”.

La puesta en escena de Claus Guth ahonda en estas características añadiendo un cierto carácter grotesco, como el gusto por la bebida o los tics de golpearse con la pared. Ya no es un dictador al que el amor le hace dudar ―no sabe si amenazar o agasajar a su amada Giunia, esposa de su enemigo Cecilio―, sino casi un títere en manos del resto de personajes o de sí mismo. Si no hubiera ocurrido tantas veces en la historia, el espectador se preguntaría cómo demonios ha llegado al poder un tipo así. Guth incluso reescribe el final de la ópera, en el que el dictador perdona a sus enemigos y abandona el poder, con una última entrada, apenas un fogonazo, donde el dictador recupera su cargo con una sonrisa que recuerda al rostro de Norman Bates en la escena final de Psicosis. ¿Os lo habéis creído?, parece preguntar. Es un final más coherente con el personaje, cuya decisión final, el perdón a los amantes, es más un cara o cruz que la clemencia que muestra el emperador Tito en la última ópera de Mozart. “Tito sufre con el poder; Sila es peligroso”, según el director de escena.

Para Claus Guth, esa es la cuestión que le otorga actualidad a la obra. Su primer montaje en Viena, recordaba en la presentación, coincidió con la Guerra de Irak (2005) y este, doce años después, lo hace con la tensión provocada por las pruebas nucleares de Corea del Norte. “Siempre estamos esperando a que la arbitrariedad del poder nos lleve a una gran guerra”, comentó, “lo impredecible es una forma de terror”. Inevitablemente, salió el nombre de Trump. Es cierto que su personalidad voluble, con tendencia al arrebato, invita a recordar a la Reina de Corazones pidiendo cabezas o al general del sombrero vaquero cayendo con la bomba de Teléfono rojo, pero es probable que la decisión de declarar la guerra no dependa de él.

La teoría personalista de la historia debe mucho al romanticismo, al espíritu creador del artista y al concepto de voluntad humana. Thomas Carlyle, su fundador, sostenía que existen “individuos excepcionales” que dirigen el avance de la civilización y que la democracia es sólo una muestra de “la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan”. El Lucio Cornelio Sila histórico se ajustaba a su patrón, lo mismo que Alejandro, Julio César u Oliver Cromwell, del que era admirador y al que dedicó una biografía. La teoría tuvo su momento de esplendor en el primer tercio del siglo XX, salvo en el lugar de procedencia de Carlyle, el Reino Unido, cuya acción política precisamente busca evitar otro tirano como Cromwell. Nadie es providencial, nadie tiene todo el poder, luego nadie puede ser arbitrario. En La guerra del mundo, el historiador Neal Ferguson muestra cómo la democracia salvó al Reino Unido en la II Guerra Mundial. Si las decisiones de Winston Churchill se hubieran llevado a cabo sin deliberación, como las de Alemania o la URSS, el Reino Unido no habría podido resistir. No es el carácter del personaje, ser Tito o Sila, Obama o Trump, lo que nos separa de la guerra, sino una estructura administrativa y legal que minimiza la arbitrariedad.

Al menos, hasta ahora, y no sólo en España, lugar donde el desafuero siempre ha disfrutado de buena salud. Hay algo de recuperación del romanticismo en la posmodernidad y bastante, en el momento populista que vive Occidente. A la ciencia, se le pide encajar en los marcos ideológicos y proliferan las comunidades identitarias basadas en conceptos imaginarios. La palabras tradición, religión o nación disfrutan de una vigencia inesperada. La escena pública está copada por el poeta, el héroe y el emprendedor, la versión económica del superhombre creada por Schumpeter. Si, según Hegel, el poeta es “un hacedor de realidad frente al conocimiento racional”, no hay ningún artista que esté a la altura de Steve Jobs o Barack Obama. Y Macron o Trump también siguen esa línea de crear realidad. De momento, la estructura los ha contenido. No ha triunfado la voluntad, pero lo intenta día a día.

La reflexión de Guth sobre el poder no se queda en el personaje de Sila porque sus escenarios se inspiran en la necesidad del gobernante de aislarse del resto del mundo escondiéndose; concretamente, según afirmó, en la imagen de Sadam Hussein encerrado en su búnker. Las baldosas blancas llenas de sangre y el cemento gris nos trasladan a otros dos universos de poder arbitrario: la represión latinoamericana y las democracias populares de Europa del Este. De hecho, en 2005, Wieler y Morabito ambientaron su Lucio Silla en un famoso edificio de Dresde donde la Stasi interrogaba en la RDA.

Aunque no use la fuerza y se base en el sistema de creencias, el poder, incluso el democrático, necesita de un espacio físico que, además de una función simbólica, muestre lo que está dentro y lo que queda fuera. La nueva sede de Apple, un gran círculo hueco que recuerda tanto al Pentágono como a Stonehenge, es un ejemplo. Es probable que es poder no sea todavía una persona, pero nunca ha dejado de ser un lugar. Hasta que suba a la nube.

El silencio de los alcaldes

19 de Septiembre, 2017

¿Cómo hemos llegado a esto? Porque ya no se juega al mus. Todos los análisis sobre la Transición olvidan la obra literaria de Adolfo Suárez: el prólogo a La historia del mus de Antonio Mingote. Sin conocer las reglas de ese juego es imposible entender la combinación de ponerse chulo y pasar de la jugada que los hagiógrafos de Suárez llaman cóctel de audacia y serenidad. Es necesario recuperar el mus porque uno de los principales problemas políticos y periodísticos de los últimos años es el desconocimiento del significado de la palabra órdago.

El mus es un juego en el que la apuesta se acuerda antes de jugar (los cafés, las copas o una cena) y la partida se juega a varias vacas (los sets del tenis) que contienen varios juegos de 40 tantos. Los órdagos sólo deciden el juego, ni siquiera la vaca (el set). En una partida corta el órdago puede ser un noveno del total. No es un tiro libre con el cronómetro a cero ni el quinto penalti de la tanda. Da subidón; pero, tras el órdago, a barajar para seguir jugando entre risas. Sin embargo, la idea que suele haber tras el uso de la palabra órdago es el “voy con todo” del póker: todas las fichas en el centro de la mesa. Todo o nada.

No tiene nada que ver porque son juegos distintos. En el póker, la apuesta no se acuerda previamente, sino que se va adaptando al desarrollo porque cada jugador se sienta a la mesa con su patrimonio y puede no levantarse hasta que no lo pierda todo. La principal diferencia con el mus es que es un juego de choque: hay que aplastar al contrario, desplumarlo, humillarlo. El mus es colaborativo: cuanto mejor sea el rival, más interesante será la partida y no conviene molestarlo mucho porque habrá que jugar más veces.

La Transición tuvo sabor a mus. El proceso catalán se parece más a una partida de póker. Cada jugador se sienta a la mesa con su patrimonio, la legitimidad, por ejemplo, y en cada jugada apuesta un poco, un poco más o mucho, pero no se vuelve a barajar para seguir jugando entre risas. Las fichas, al contrario que los amarracos, no vuelven. Desde las últimas jugadas, las leyes aprobadas por el Parlament el siete de septiembre o la ofensiva judicial y policial del Gobierno, existe la sensación clara no sólo de que alguien va a ganar y alguien va a perder, sino de que hay que aplastar al contrario, desplumarlo, humillarlo. Es decir, lo contrario al concepto de política.

Asamblea de electos

En ese terreno, sólo existía una vía: la comisión para la reforma constitucional presentada por el nuevo PSOE, defensor de la plurinacionalidad pese a las chanzas. Hasta ayer. Primero, porque el partido de Pedro Sánchez levantó el veto para la aplicación del artículo 155. Es un símbolo –ya se aplicó una vez a Canarias y no pasó nada–, pero precisamente esa condición de tabú quita centralidad al PSOE. Como en un partido de fútbol de finales de los 70, hay muy poca gente en el centro del campo y muchos pelotazos.

Segundo, porque Unidos Podemos ha presentado una nueva propuesta: una “asamblea por la democracia y la fraternidad” compuesta por parlamentarios (Congreso, Senado, cámaras autonómicas y Parlamento Europeo) y alcaldes de poblaciones de más de 50.000 habitantes para “reivindicar diálogo y libertad de expresión”. Si bien la iniciativa está abierta a todos los partidos, busca hacer un “frente común” contra las últimas medidas del PP –calificadas de “deriva autoritaria”– en su intento de frenar la consulta. El objetivo inicial es que la asamblea lance un manifiesto que inste al Gobierno “a dialogar con la Generalitat para que todos los catalanes puedan convocar un referéndum pactado” y que “cese la política de excepcionalidad que ahora existe”.

No cabría despreciar cualquier propuesta en un momento de tensión, aunque parezca una apuesta menor de un jugador secundario que ha tenido poca repercusión mediánica; ni siquiera, en las redes sociales. Sin embargo, también es importante contextualizarla. Como cualquiera que haya organizado una fiesta puede confirmar, es conveniente tener una cierta seguridad antes de realizar una convocatoria para no acabar comiendo patatas fritas y panchitos durante un mes.

¿Quiénes van a ir? En la rueda de prensa, Unidos Podemos afirmó contar con el apoyo de Compromís, así como de BNG, las CUP o las formaciones que integran Junts pel Sí (PDCat y ERC). También tuvieron un contacto con la dirección del PNV, a quien no sentó bien que Unidos Podemos presentara la moción de censura del pasado mes de junio sin avisar a nadie.

¿Y de alcaldes? El silencio ha sido interesante. Unidos Podemos es una coalición posterior a las elecciones municipales, en las que ni siquiera participó la formación morada como organización, sino que lo hizo dentro de candidaturas colectivas sobre las que carece de un control efectivo. Puede ser que la iniciativa muestre que, en realidad, Podemos no tienen alcaldes y que los “ayuntamientos del cambio” son una estructura compleja que sería interesante cuidar o, por lo menos, no dinamitar.

Si se llega a concretar, no faltarán Barcelona, Santiago, A Coruña, Ferrol, Badalona o Cádiz. La mayoría de ellos ya han tuiteado su apoyo. No está claro que sea una gran idea para los alcaldes de En Marea animar el eje identitario en el que, en sus circuscripciones, ya está el histórico BNG. Sí es una buena idea para Ada Colau, que ha dado la bienvenida a la idea. Pese a la participación de Junts pel Sí y las CUP, le ofrece una tercera vía en medio de la polarización creciente. Atención a Xavier Domènech, historiador.

¿Valencia? Joan Ribó, nacido en Manresa, se arriesga a una venenosa campaña blavera (regionalismo anticatalán) por parte del PP. ¿Zaragoza? Pedro Santiesteve no tiene una relación fluida con todo su grupo municipal y, como Valencia, en su ciudad es importante la diferenciación respecto a Madrid y Barcelona, los granes polos.

¿Madrid? Ahí está una de las claves de la jugada porque la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, es una figura con capacidad de movilización y sería capaz de otorgar corporeidad al acto. Pero su relación con la dirección de Podemos no es fraterna y la sintonía en el terreno de las políticas sociales se convierte en desencuentros a la hora de poner en cuestión la vigencia de las instituciones dentro de la llamada “crisis del régimen del 78″. Si la asamblea no es un acto simbólico para defender el diálogo y la libertad de expresión, sino una vía para buscar una nueva legitimidad, un cauce paralelo a las Cortes, es poco probable la presencia de la alcaldesa que, en estos años, ha mostrado ser poco receptiva a presiones de la dirección de Podemos o de la AVT.

Quizá, la ausencia de Carmena no haga fracasar el acto, pero sí dará un punto de enganche al PSOE para justificar su probable decisión de no unirse a esta asamblea. La dirección socialista estudiará la iniciativa, sobre la que afirmaron no tener conocimiento, pero su portavoz, Óscar Puente, advirtió que no aceptarán nunca un referéndum pactado sobre la independencia de Catalunya. Hay que tener en cuenta que, en política, “nunca” es sólo el período de tiempo entre dos circunstancias diferentes. Sin embargo, la recuperación por parte de Unidos Podemos del ardid escénico para ahogar al PSOE es probable que afecte al canal entre partidos. Eso quiere decir, de rebote, un poco de aire para Rajoy. Mientras la trampa de la la cuestión territorial funcione, el PP no tiene nada que temer.

Legalidad y legitimidad

La idea tiene dos precedentes. Entre julio y octubre de 1917 y a iniciativa del líder de la Lliga Regionalista Francesc Cambó, diputados y senadores, mayoritariamente catalanes, se reunieron en varias ocasiones bajo el nombre de Asamblea de parlamentarios. El objetivo de la Asamblea de parlamentarios, en un momento de gran inestabilidad (guerra europea, crisis económica, conflicto social y presión del ejército a través de las Juntas de Defensa), era cuestionar la legitimidad del régimen de la Restauración y pedir, entre otras cosas, mayor reconocimiento de las identidades regionales.

(Un dato: Xavier Domènech es profesor del departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la UAB y admirador del republicanismo del XIX. Otro dato: Oriol Juqueras es profesor asociado al departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la UAB. Un tercer dato: ambos compartieron una famosa cena en agosto).

Salvo la fecha, la comparación es excesivamente forzada y sólo es defendible desde lo que el ensayista Esteban Hernández llama “la burbuja de Arganzuela”. La crisis de 1917 acabó en un gobierno de concentración, en el que estaba presente la Lliga, cuyo temor a la agitación social (el conflicto se concretó en una huelga general de varios días y, en Rusia, se produjo una revolución exitosa) moderó su postura, que ya fue tomada en consideración por el rey. Seis años después, la cuestión social hizo que la Lliga recibiera con entusiasmo la dictadura de Primo de Rivera y ese mismo factor provocó que Cambó apoyase al bando franquista en la Guerra Civil. A la que rascas un poco en la transversalidad, sale el eje izquierda-derecha.

El otro precedente significativo es Udalbiltza, la asamblea de electos constituida en 1999 por los partidos firmantes del pacto de Lizarra (dato para espectadores de Cuarto milenio: a su primera reunión acudieron 666 cargos). Conociendo un poco el ecosistema de medios madrileño es probable que este segundo referente, junto con la participación de los alcaldes bolivianos en el cambio político que llevó al poder a Evo Morales, sean los escogidos en lugar del regeneracionismo de 1917. O, tras las primeras 24 horas, ni siquiera. En su primer día de vida, ha caído hasta la irrelevancia. Ni siquiera ha provocado memes.

La propuesta, como el autobús para denunciar la corrupción o la moción de censura, tiene mucho de puesta en escena y enraíza en la necesidad genética de Unidos Podemos de ocupar los medios de comunicación y construir iniciativas movilizadoras. Será descalificada con dureza. Todo se hará así en estas dos semanas porque, en esta partida, hay que aplastar al contrario, desplumarlo, humillarlo. Pero octubre tiene toda la intención de llegar y algo habrá que hacer. Por ejemplo, aprender a jugar al mus.

PD: Es lógico, dentro del regreso al romanticismo que vivimos, que se cuestione la legitimidad de las instituciones legales cuando sus consensos, decididos democráticamente, no encajan en los deseos. Es conveniente recordar que la historia del bloque civilizatorio (estado, derechos, leyes, etc.) es muy breve –anteayer, en términos históricos– y su pervivencia no está garantizada. El poder, su acceso, mantenimiento y acción, ha estado ligado a la violencia y se basaba en el bloque identitario (tradición, religión, nación, etc.). China o Rusia nos muestran que la democracia limitada del XIX es una alternativa que puede funcionar en el siglo XXI.

Cómo aprendimos a tener miedo (en la época en la que no pasa nada)

9 de Septiembre, 2017

Siempre ha estado ahí. En cada sitio, se llama de una manera: Coco, Baba Yaga, Bogeyman, Sacamantecas, Krampus, Struwwelpeter. Si no te duermes, vendrá la Guajona y te comerá; si no te acabas la comida, vendrá el Hombre del saco y te llevará. Siempre ha habido personajes asustaniños, un castigo invisible para cumplir rutinas y, sobre todo, evitar comportamientos peligrosos: hablar con extraños, adentrarse en el bosque, acercarse al río, etc. Los adultos tenían su propio Coco llamado Dios, que también mandaba y castigaba para inducir ciertos comportamientos; pero que, sobre todo, podía convocar a sus cuatro jinetes del Apocalipsis: la guerra, la peste, el hambre y la muerte. En cualquier momento, una epidemia, una mala cosecha o una invasión podían acabar con todo lo conocido. No nos hacemos una idea.

En el XVIII, la Ilustración comenzó a cuestionar a Dios, que ya no valía para sustentar las monarquías, y, en el XIX, la cosa se complicó aún más porque la ciencia no sólo desmentía el relato religioso, sino que  también comenzaba a controlar a sus jinetes gracias a las dos cosas que más vidas han salvado: la higiene y las vacunas.

El romanticismo inventó entonces nuevos Cocos para adultos. Algunos eran seres pertenecientes a sistemas tradicionales que, como la mano de obra de la revolución industrial, eran obligados a emigrar a la ciudad (Drácula o la Momia). Otros mostraban los peligros de la ciencia (Frankenstein, el Golem o el Hombre invisible) y la mayoría se basaban en los territorios donde no llegaba la racionalidad (espiritismo, médiums, mesmerismo, casas encantadas, criaturas inexplicables, lugares inexplorados, etc.). En ese grupo están el hombre lobo, los fantasmas, los personajes de Poe, las criaturas de Lovecraft, todos los mundos perdidos e, incluso, los extraterrestres. El nuevo Coco era más literario; pero, en la mayoría de los casos, aún era el extraño reconocible que viene a perturbar la calma de una comunidad estable.

En la primera mitad del XX, declarada ya la muerte de Dios, el cine popularizó esos monstruos románticos (Drácula, Frankenstein, la Momia, el Hombre Lobo, etc.), cuya representación insistía en la ‘otredad’ a través de la caracterización. El desenlace de la II Guerra Mundial y, sobre todo, la Guerra Fría, hicieron que el cine comenzase la segunda mitad insistiendo en dos de esas narraciones, los peligros de la ciencia (de Godzila a los insectos gigantes) y, sobre todo, la invasión extraterrestre, hasta los años 60/70. Ese fue el punto de ruptura.

Situémonos. Esos años son, en Occidente, los de la mayoría de edad de la primera generación (de varones blancos) a la que no le ha pasado nada. Nada. No tienen miedo de Dios ni de sus jinetes. No recuerdan la II Guerra Mundial, ni su destrucción, ni el hambre de la posguerra, ni ninguna gran epidemia. Su perspectiva de vida es plácida: seguridad, educación y sanidad garantizadas, un trabajo relativamente estable, consumo y ocio accesible y todo ello dentro de un sistema democrático que garantiza la alternancia pacífica de las opciones. Para los pensadores franceses, el infierno. Comparado con el resto de la historia de la humanidad, el paraíso. Pero la calma es complicada de soportar; uno de los deseos más humanos es sentirse parte de algo y nada más colectivo que la historia.

Quizá, por eso, fenómenos que hasta entonces permanecían en un lateral, como el terrorismo o la criminalidad, comenzaron a tener relevancia. Cuando una guerra o una epidemia pueden matar a la tercera parte de la población, diez muertos por una bomba o que un tipo mate a cinco personas en su sótano son fenómenos insignificantes. Pero, si las primeras posibilidades ya no existen, las últimas se convierten en un peligro real; mejor dicho, en el único peligro real.

Hasta entonces, el criminal en serie era un personaje menor que ocupaba las portadas de la prensa sensacionalista y que en el arte sólo había sido rescatado como trama policiaca o metáfora política (M o Caligari). En los 60/70, el psicópata, comenzó a convertirse en un ser mítico porque era el único que tenía la capacidad de romper esa estabilidad. Charles Manson, Zodiac, Ted Bundy, Jeffrey Damher, Henry Lee Lucas, etc. se convirtieron en los nuevos jinetes del apocalipsis que entraban en las fiestas donde se consumían drogas o buscaban a víctimas entre los jóvenes descarriados. Ellos son el nuevo Coco y su principal característica es que, como sostenía Frizt Lang de M, viven entre nosotros. Hay que tener miedo, aunque, al inicio, es un miedo difuso. El Coco aún no se ha reencarnado.

Las raíces están en Psicosis de Alfred Hitchcock, pero no es extraño que las primeras manifestaciones de ese nuevo terror familiar, el peligro que vive con nosotros y que puede atacarnos en cualquier momento, tenga un componente religioso: La semilla del diablo, El exorcista o La profecía. Habéis matado a Dios, así que os tenéis que quedar con su exiliado. También tienen un componente espiritual Carrie, Amityville o Poltergeist, revisiones de fenómenos decimonónicos: el mesmerismo, la casa encantada y el espiritismo.

Todas ellas también tienen una característica común que las diferencia de Psicosis o las historias de zombis de Romero: el ‘otro’ no sólo vive entre nosotros, sino que capta o habita en la siguiente generación. El escenario es la familia y los raptados o poseídos son nuestros propios niños o adolescentes, una metáfora del enfrentamiento generacional que se estaba produciendo en esos años donde los jóvenes eran el gran desconocido, la puerta de entrada de todo lo que destruía el viejo mundo.

Pero los jóvenes no tardaron en morir. La matanza de Texas, Viernes 13, Halloween y Pesadilla en Elm Street se convirtieron en las cuatro narraciones fundamentales en la recuperación del Coco, que se lleva a los niños que hacen cosas malas. Leatherface, Jason Voorhees, Michael Myers y Freddy Krueger son la nueva amenaza que, como nos explicaban irónicamente en Scream, quieren establecer rutinas y evitar comportamientos peligrosos: no separarse del grupo, no salirse del camino, no entrar en casas abandonadas (para montar fiestas), no tener sexo, no probar las drogas (si te colocas, aparecerá Freddy). Era la codificación narrativa de las historias de los nuevos jinetes del apocalipsis que, desde dentro, habían aprovechado la laxitud moral para cometer sus crímenes. No son extraños. Puede ser cualquiera.

La generación a la que no le pasaba nada había conseguido que le pasase algo: viajar es peligroso, quedarse en casa es peligroso, dormir es peligroso, vivir es peligroso, tomar esto es peligroso, no tomarlo es peligroso. Ese es el tema de It. La criatura se alimenta del terror que produce en sus víctimas y va cambiando de forma. Usa la imagen del payaso Pennywise, deudor de John Wayne Gacy, un psicópata que mató a 33 personas en los 70 y que actuaba en fiestas infantiles, pero Eso también puede tener la cara de familiares vivos y muertos, e incluso figuras clásicas, como el Hombre-lobo o Drácula. Es ‘otro’.

Nadie está seguro en ningún lugar porque Eso es todo y cualquiera podemos ser sus víctimas porque, al vivir en una adolescencia eterna, todos somos los jóvenes amenazados. El miedo inunda el mundo más seguro de la historia, algo que no es una sensación, sino un hecho objetivo. Comparado con el inicio de los siglos XX, XIX o XVIII, el inicio del XXI es muy aburrido. De verdad. Tras desaparecer la idea de progreso, el miedo es un material político básico en cualquier campaña. Si no votas bien, vendrá el Coco y se quedará con tu trabajo; cuidado porque puede venir el Coco y poner una bomba. El miedo es un enorme negocio. No sólo el obvio (cárceles o seguridad), sino sobre todo el débil (salud, farmacia, alimentación, etc.). El miedo nos empuja a desear una imposible sensación de control en lugar de imitar a los protagonistas del libro: enfrentarnos a él.

El fin de este momento populista

29 de Agosto, 2017

Existe la curiosa idea de que la historia ha experimentado una aceleración en las últimas décadas. Todo va muy rápido, se dice, pero es algo complicado de sostener si uno compara los primeros diecisiete años del XXI con los del XX o incluso del XIX o del XVIII. En esos períodos, hubo grandes guerras y revoluciones, nacieron países, se probaron modelos de gobierno innovadores, se difundieron las teorías científicas en las que se basa nuestro pensamiento, se extendió el módelo económico que tenemos, etc.

Comparado con los siglos XX, XIX o XVIII, el inicio del siglo XXI está siendo bastante aburrido. Hay ruido, mucho y todos los días, pero ese es un problema de percepción. En realidad, no pasa nada, salvo el inicio de una revolución industrial cuyo desarrollo no veremos. Acabamos de inventar la imprenta.

La crisis de 2007 estuvo a punto de ser un hito histórico. Durante unos meses, se habló de un cambio radical, se teorizó sobre la necesidad de cotrolar la globalización a través de la regulación de los mercados o los flujos de capitales; incluso, se pronunció la expresión “refundación del capitalismo”. Era una idea que estaba lejos de ser una revolución y, básicamente, resumía la necesidad de recuperar el contrato social establecido tras la II Guerra Mundial. Todo se quedó en ruido. Nada.

La ausencia de organización y, sobre todo, de una alternativa económica y social por parte de los que hablaban hizo que el modelo que había provocado la crisis se reforzase, extendiendo sus características: globalización, desigualdad, autoritarismo, caridad, etc. O la extensión del bloque identitario (religión, nación o marca) frente a la civilización (estado, derechos o impuestos). Es algo que puede resumirse en la posibilidad de que la Revolución Francesa no fuera un punto de partida, sino un paréntesis: la era de la Ilustración (1789-1989). Conviene pensarlo. Conviene fijarse en lo que ha sucedido en los países árabes para evitar pensar en que ciertas cosas son imposibles.

La crisis abrió una ventana de oportunidad, pero la ausencia de organización e ideología hizo que la posibilidad de alternativa derivase en protesta: de la indignación a la ira. Es decir, ruido. Esa política del cabreo alteró cada sistema político de una forma diferente, pero con una base común casi religiosa. El mensaje, desde la derecha, la izquierda o el nacionalismo, era el mismo: “Habéis sido tratados de forma injusta, habéis sufrido una penitencia, han roto el pacto, ahora os toca a vosotros, vuestra es la venganza, os merecéis algo mejor”.

Se trataba de mensajes colectivos que, sin modelo económico alternativo, se limitaban a concentrar la emoción en los procesos electorales. Es algo que se llamó el momento populista, pero que podría haberse llamado el momento adventista: el futuro es bueno y llegará porque nos lo merecemos. Como sostiene Jünger, existe atractivo en cualquier figura que  desafíe al sistema institucional, siempre frustrante; la enorme tranquilidad nos hace añorar la convulsión, existe un deseo de que suceda algo.

El momento populista, o adventista, se concretó en tres procesos electorales: el triunfo de Syriza, la salida de Reino Unido de la Unión Europea y la presidencia de Trump. Es probable que esos tres hechos tengan -ya estén teniendo- un efecto lenitivo sobre esa ira adventista a través de la mortificación ajena.

Las administraciones de Estados Unidos y Reino Unido, por ejemplo, están paralizadas tratando de gestionar las consecuencias de la ira. El primer semestre de las administraciones suele ser muy movido, pero a Trump no le han dejado hacer nada que se salga del espectáculo. Su problema no es que pueda desencadenar una guerra mundial o que rompa los tratados comerciales, es decir, que pase algo, sino que no pase nada: hará perder cuatro años a su país.

La voz del sistema parece responder: “Queríais la venganza, esto es lo que sucede”. La pulsión de lo nuevo, el deseo que agrupa una gran cantidad de demandad heterogéneas en el concepto voluntariamente impreciso de cambio está debilitándose. Es complicado mantener el antagonismo frente a un enemigo -el régimen, la élite o el poder- cuya principal característica es la asimilación de todo a través del espectáculo para vaciarlo de sentido.

Lo que han dejado claro estas tres concreciones del voto airado es que, sin organización e ideología, no existe alternativa. Los tres resultados electorales, incluido el triunfo de Syriza, han reforzado el modelo económico y social vigente. Se han colocado en el centro del debate falsos enfrentamientos y, si la discusión política no es el reparto de los recursos, el el eje izquierda-derecha, el modelo hegemónico sale reforzado.

El momento populista está desvaneciéndose. Los que confían en que la desigualdad que ha provocado la ruptura del pacto social tenga consecuencias por sí misma no han leído historia ni geografía. La mayoría de grupos sociales han convivido y conviven con esos niveles de desigualdad. Sobre todo, si ese nivel permite un cierto nivel de consumo cuyos obstáculos visibles siempre nunca es el modelo, sino los iguales, otros trabajadores.

Es probable que la democracia del siglo XX siga adaptándose a modelos indirectos o censitarios con niveles elásticos de autoritarismo. Es un modelo colonial en el que la metrópoli está dispersa: metrópolis, paraísos fiscales, nube tecnológica. Las empresas-mundo extraen recursos a nivel global con escasos controles legales y poco pudor porque las revueltas de esclavos, los estallidos de ira, siempre acaban reforzando el modelo.

Cuatro días de marzo, cuatro días de agosto

22 de Agosto, 2017

Al iniciar el procès, la Generalitat habló de “construir estructuras de estado”. Como tantas cosas anunciadas, era una intención, algo más parecido a un farol que a un proyecto. Todo el procès se ha situado en el espacio psicológico del deseo o el sueño, sin traspasar nunca las fronteras establecidas por las resoluciones judiciales. Siempre, camino de Ítaca.
Los atentados han movido los territorios. La violencia siempre es real y deja realidades. Una de ellas es que ha mostrado que Catalunya sí tiene estructuras de estado, al menos, en seguridad, uno de los campos que acostumbran a ser decisivos en los procesos de descentralización o secesión. Ha mostrado, más que su capacidad legal, un poder fáctico. Otra de esas realidades es que esas estructuras han funcionado bastante bien e infinitamente mejor que la referencia. Es incontestable que el 17-A se ha gestionado mejor que el 11-M.

Otra realidad es que el Estado, al no tener capacidad integradora, ha estado ausente. Las “estructuras de estado” son las del Estado español, pero éste no se ha mostrado. La escasa capacidad inclusiva del Gobierno español es histórica -no cabe achacársela a Rajoy- porque su construcción nacional está aún la dinámica amigo-enemigo. Sin embargo, la grisura burocrática del actual Gobierno, hábil para destejer los sueños, sirve menos cuando hay que afrontar realidades. Las torpezas del gobierno catalán, el conseller de Interior está a un nivel similar al del ministro de Interior, se han diluido por la polémica lingüística y, sobre todo, por la figura del Major Trapero, ya un icono pop.

Es complicado saber lo que sucederá dentro de seis semanas, si el procès seguirá como estaba previsto, si el proceso de cohesión y reconocimiento, común a otras ciudades donde ha habido atentados, irá en una dirección u otra. Nadie sabe lo que va a pasar. La realidad es que estos cuatro días han mostrado que la Generalitat existe, más allá de los deseos y los sueños, más allá de Ítaca. Es un hecho político relevante.

Pensar y molestar

11 de Agosto, 2017

El problema está en los determinantes. (Casi) todo el mundo está en contra de la precariedad cuando el sustantivo tiene delante un artículo o un posesivo: mi precariedad, tu precariedad…. Incluso, cuando alguien llama a la radio para explicar su precariedad, nos conmueve. Contra la precariedad, siempre con el artículo delante, se escriben textos con muchos datos, se pronuncian discursos o se escriben programas electorales. Todo el mundo está en contra de la precariedad y a favor de los derechos sociales siempre que no aparezca un demostrativo, esta precariedad, que provoque el paso de lo abstracto a lo concreto.

Los trabajadores de Eulen del aeropuerto del Prat llevan varios días en huelga. Reclaman la contratación de más personal para evitar la excesiva ampliación del horario (hasta 12-16 horas), conocer el calendario laboral con anticipación y que no se produzca una contratación dual; es decir, evitar que los nuevos cobren menos al no tener los mismos complementos. Son cuestiones que, con el determinante artículo delante, (casi) todo el mundo comparte en artículos, discursos o programas electorales.

Cuando añadimos el demostrativo, ya no hablamos de conceptos, sino de recursos y, más concretamente, de su reparto, como en el caso de El Prat: privatización, sistema de subcontrataciones, salarios frente a dividendos, etc. Es un modelo que promueve la tranferencia de rentas: las empresas se quedan con el dinero público de la concesión y con la parte de los salarios que se precarizan. Si el grupo perjudicado protesta, aparece el conflicto y, entonces, todo el mundo huye porque provoca efectos secundarios, como las colas del aeropuerto, molestias a un grupo indeterminado al que siempre precede un artículo: la gente.

En la escena de El Prat, estos trabajadores de esta empresa hacen huelga y molestan a la gente, el actor que tiene menos defensores es el primero, el sujeto. Todos se arrogan la capacidad de defender al objeto directo, la gente y el complemento del nombre, esta empresa, también tiene varios polos de defensa: partidos políticos (PP, exCiU, etc.), la patronal o los medios de comunicación que recuerdan cada día que “las empresas crean riqueza, empleo y bienestar” o, indirectamente, que los trabajadores son unos egoístas. Los trabajadores sólo tienen una defensa: ellos.

Los trabajadores carecen de un apoyo claro de las formaciones políticas que, teóricamente, deberían representarlos porque molestan a “la gente”, grupo indeterminado que se ha convertido en el sujeto electoral. Los trabajadores de Eulen de El Prat no son gente porque han pasado del artículo al demostrativo, se han concretado, no son la gente que sufre la precariedad, sino estos trabajadores pidiendo estas reivindicaciones.

Un modelo económico y social

La clave para poder analizar estas situaciones es la ideología, entendida como una visión global de la realidad. Hay que volver a los conceptos, pero no para escribir artículos, sino para hacerlos dinámicos; es decir, para que sirvan de base a un nuevo modelo económico y, por lo tanto, social.

La gente no existe. Hay grupos sociales que se reparten recursos de distintos tipos: dinero, conocimiento, urbanismo, educación, etc. La política es la forma de repartir esos recursos. Elevar las tasas universitarias, promocionar la construcción de centros comerciales o desligar los contratos de los convenios colectivos son medidas políticas que afectan al reparto y hay que tener una base ideológica que permita defenderlas y, sobre todo, implantarlas cuando se produce el enfrentamiento con lo existente. El gobernante no propone elevar las tasas universitarias sin un discurso ideológico previo: la restricción de la formación no laboral y la eliminación de la movilidad social, por ejemplo. Tampoco, sin un modelo económico y social: la teoría de los tres tercios (acomodados, precarios y excluidos).

Con esa base, se realiza la tarea de propaganda a través de la organización: hay que promocionar el esfuerzo y la excelencia, tenemos que reservar la universidad para los que quieren aprovecharla, hay que evitar despilfarrar dinero público en personas que no estudian, etc. Las tasas universitarias se suben gracias a la palabra esfuerzo y los sueldos se desploman en base a la palabra libertad, que también sustenta la sustitución de los impuestos proporcionales y redistributivos por tasas directas discrecionales. Pero, tras ese trabajo de márquetin, hay un modelo económico y social, una ideología. No se ve, igual que los peces no son capaces de percibir el agua, pero es lo que permite no cambiar el discurso y pasar del artículo al determinante.

Desde hace años, la ideología es un terreno ocupado por la derecha, conservadora o liberal. Hay un modelo claro: la división social en tres tercios (acomodados, precarios y excluidos) y la promoción del bloque identitario (nación, religión, marca). Desde hace años, la izquierda no ofrece un modelo económico y social, más allá que la recuperación del keynesianismo de los treinta gloriosos, del fin de la II Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo. La izquierda carece de ideología, carece de política, porque no quiere molestar.

Una organización ideológica de izquierdas se habría posicionado con claridad al lado de los trabajadores de Eulen para defender con claridad sus derechos laborales o su derecho de huelga. Incluso, frente al deseo de los usuarios del aeropuerto de disfrutar de unas vacaciones. Igualar deseos y derechos es parte de la devaluación de estos últimos. La ideología permitiría a esa organización transmitir a los usuarios que forman parte del mismo modelo social y económico al que volverán tras su viaje o que la posición en un mostrador no otorga poder ni diluye la solidaridad. No son ellos, sino nosotros. En España, no hay tal cosa. Sólo hay una organización ideológica realmente existente: el Partido Popular.

La reforma laboral, por ejemplo, tuvo una base ideológica y un objetivo político: cambiar el reparto. No era una ley para la crisis, sino un modelo económico y, sobre todo, social: los tres tercios. La legislatura 2011-2015 se puede calificar de revolucionaria en su segunda acepción: cambio brusco en el ámbito social, económico o moral de una sociedad.

La izquierda debe volver a la realidad, convertir los debates en conflictos y encuadrarlos dentro de un modelo económico alternativo. Debe aprovechar la ruptura del pacto social de la crisis para que la antigua clase media se reconozca como clase trabajadora y entienda -y asuma- que está en lucha permanente por los recursos con otros grupos sociales con los que, aunque comparta cuestiones como nación, género o raza, tiene objetivos diferentes. El motor de la política no es ganar una contienda electoral concreta, sino cambiar el modelo económico y social. Es decir, tendrá que molestar mucho, tendrá que regresar al conflicto.

Sin organización ni ideología, con movimientos de activistas que se dirigen a la gente, la derecha ocupará cada vez más espacios. Es la historia del siglo XXI.

Moción de investidura

13 de Junio, 2017

“Cuando no corres, tienes menos posibilidades de tropezar”. La frase podría ser de Sun Tzu o del maestro Miyagi, pero es de Mariano Rajoy, alguien que ya podría dedicar el resto de su vida a dar conferencias TED sobre cómo sobrevivir en condiciones adversas o a escribir libros de autoayuda con el título genérico de Andar deprisa. En los últimos años, el presidente ha logrado convertir en algo parecido a la astucia su parsimonia decimonónica y la aparente capacidad para evitar la aceleración de la actualidad. Si uno no se mueve, no se posiciona frente a todo, no opina de todo, parece estático, lo más cercano a la muerte en la sociedad del espectáculo. Pero eso no es así. O, mejor dicho, sólo es así en los reality shows.

Una de las claves de su capacidad para sobrevivir es la delimitación de sus propios periodos de tiempo y qué batallas son importantes. Quizá, Rajoy es quien mejor aplica la frase del general vietnamita Giap, popularizada por Íñigo Errejón: “uno a diez en lo estratégico, diez a uno en lo táctico”. Sólo hay que enfrentarse cuando sea imprescindible y haya garantías de victoria. Es decir, no se pelean todos los balones. Tras asegurarse los presupuestos ―se aprobarán a finales de este mes―, Rajoy decidió pelear el balón de la moción de censura para convertir el acto en una reafirmación de su gobierno: la sesión de investidura que no pudo tener el pasado mes de octubre. Entonces, la crisis del PSOE oscureció el momento.

El presidente subió a la tribuna para responder a la intervención destituyente de Irene Montero en lo más parecido a un golpe de efecto que se le recuerda. Sin pasarse. Traía el discurso escrito, sarcasmos incluidos. La decisión también estaba inspirada por Giap: tácticamente, a corto plazo, responder a una moción fracasada presentada por Podemos, puede ser un mal trago evitable;  estratégicamente, a largo, Rajoy necesita que el voto del cambio esté dividido y que Podemos y PSOE sigan enfrentándose por la segunda plaza. La elección de Rajoy, que le aseguraba la presencia en los informativos del mediodía, provocó la gran derrota de la jornada: Cristina Cifuentes. La solemnidad de la jornada dejó en mal lugar el embarramiento elegido por la presidenta de la Comunidad de Madrid la semana pasada en su propia moción.

En una jornada tan importante, traer el discurso de casa tiene un aroma a descortesía, pero no se puede menospreciar la apuesta metafórica que hay detrás: voy a mi ritmo, no compito, no te reconozco como rival. Frente la intervención larga y vehemente de Irene Montero, al alcance de pocos parlamentarios, Rajoy repitió el mismo mensaje de los últimos dos años: lo peor ha pasado. El mismo discurso que en el debate sobre el estado de la nación de 2015 y con argumentos y bromas parecidas: “hay corruptos en la cárcel porque la justicia funciona”; “ustedes sólo ven lo negativo de España”; “somos muy malos, pero nos votan más”. Su única debilidad es la autoconfianza. Y cada vez es mayor.

Para Rajoy, enfrentarse a la descripción de los casos de corrupción, también tenía otro sentido: la expiación. “He cometido errores”, dijo en su comparecencia sobre Bárcenas, “he confiado en gente que no lo merecía”. La moción de censura y la comparecencia en la audiencia el 26 de julio serán su gran pena de telediario, su penitencia, su auto de fe. Cuando las instituciones no terminan de funcionar, prevalecen los castigos estéticos sobre los legales.

Para Podemos, la moción también ha significado revisar una sesión de investidura. En su caso, la del primero de marzo de 2016, en la que votaron en contra de la investidura de Pedro Sánchez, coaligado con Ciudadanos. Cuando Iglesias se refirió a equivocaciones del pasado, todo mundo entendió que estaba recordando ese momento; tenemos que entendernos, le dijo al grupo socialista. Es probable que esa decisión les siga persiguiendo hasta el punto de tener que revivir el mismo dilema tras las próximas elecciones. E incluso antes, en una moción de censura socialista.

Si uno de los objetivos de Podemos era ganar credibilidad y respeto, lo han logrado. Iglesias, modulando y, sobre todo, controlando la aceleración y la gestualidad, hizo uno de sus mejores discursos. Muy largo, sí, pero otra de sus metas era que el debate no se quedara en un día. Combinó la emotividad con el contexto histórico y las propuestas, a las que dio la forma de diálogos con la sociedad. Su reinvención provocó que la respuesta de Rajoy quedara descolocada. Traía un discurso desabrido, para el viejo Iglesias, el Calamardo gritón, y la descompensación entre ambos fue evidente. En los próximos meses, queda por ver si el personaje de Iglesias acepta la reinterpretación.

Quizá, debería haber entrenado más el andar deprisa. Para Podemos, el camino hasta el debate comenzó el 18 de abril, con la presentación del tramabús —esas puestas en escena combinan mal con la seriedad del debate—, y se ha hecho largo porque lo han recorrido esprint a esprint: buscando candidato, preparando concentraciones, emplazando al PSOE para influir en sus primarias, etc. Y esto último no salió bien. Pedro Sánchez ganó las primarias frente a su aparato y con un mensaje de izquierdas que les comerá votos porque rompe el mensaje de que el bipartidismo está cohesionado. Pero ese no es el principal peligro de Pedro Sánchez. Su lentitud indica que sí ha aprendido de Mariano Rajoy y que quiere ganar las elecciones andando deprisa. No sería extraño que Sánchez, el gran ausente, copie los puntos fundamentales del discurso de Iglesias —no muy diferente del programa clásico de IU— en su camino a la Moncloa.