Los parques están llenos de niños que se suben a todo lo subible y de progenitores que alertan de los riesgos de hacerlo. Las advertencias siempre son desoídas porque la única manera de aprender y madurar es la experiencia, propia o vicaria; es decir, estamparse o ver a otro, muy cerca, estamparse. Los niños que no se suben a nada porque tienen progenitores que no alertan, sino que prohíben, serán adultos sin la experiencia de la caída, adultos que no distinguen entre una caída y un abismo, entre el cuidado y el miedo.
Es lo que nos sucede ahora mismo. Estamos acojonados. Recibimos el mensaje que, si no se hace lo que se dice, la catástrofe, el apocalipsis. No es nada nuevo. El primer oficio documentado no fue el de prostituta, sino el de sacerdote y su principal función era reforzar la jerarquía de la tribu. Después, la vía del refuerzo se hizo de doble sentido pero la amenaza no perdió su efectividad: los bárbaros, la peste, la anarquía, la catástrofe, la bancarrota, etc…
Hoy, dice una carta al director de El País:
La mejor estafa es aquella en la que el estafado nunca llega a ser consciente de su condición. La estafa perfecta aun va un paso más allá, y en este caso el estafador es capaz de conseguir el agradecimiento de la víctima. Nos amenazan con el abismo, para acto seguido rebajarnos el sueldo como única salvación posible. Nos aseguran que estamos al borde del precipicio inmediatamente antes de convencernos de que lo único que puede evitar que caigamos son los recortes. Nos advierten de que las prestaciones sociales nos van a conducir a la ruina e inmediatamente comienzan a desmantelarlas. Los derechos laborales son incompatibles con el crecimiento así que hay que eliminarlos. Nos quitan de nuestros bolsillos el dinero que hay que entregar como intereses a los especuladores y usureros. Y en medio de este naufragio hay que salvar primero a los bancos si es que queremos tener alguna opción de salvarnos todos los demás.
Finalmente entre amenazas de fin del mundo acaban por convencernos de que todos tenemos que ser más pobres para que los ricos lo sean un poco mas, que al parecer es la única forma de que el mundo siga girando. La estafa viene de lejos, de muy lejos, tal vez nos hayan estado estafando siempre, pero ahora está llegando a su perfección. Nos recortan salarios, nos despiden, nos despojan de derechos, nos roban y nos mienten. Y están a punto de conseguir que aun les demos las gracias.
La posmodernidad permite que esta carta esté junto a, por ejemplo, las informaciones sobre las elecciones griegas donde se nos amenaza con el abismo. Si ganan los partidos que proponen el impago de la deuda, frenar en avance de la miseria y recuperar el sector productivo y estatal frente al financiero, el abismo. La solución pasa porque vuelven a ganar los mismos y sigan aplicando las mismas políticas, el refuerzo de la jerarquía. La solución, para El País, es que continúe lo que su lector llama la mejor estafa. Todo lo que no sea lo de siempre, la catástrofe. El pudor hace que las informaciones sobre las elecciones griegas maximicen las posibilidades de la extrema derecha que logrará resultados peores que en Francia, Holanda, Italia o Austria, países, estos tres últimos, donde han estado en el gobierno.
Hay que saber distinguir entre una caída y el abismo y entre el cuidado y el miedo, el miedo que nos encierra en casa mientras se produce el saqueo. Si se hunde un banco, por ejemplo, Bankia, no pasa nada. La prudencia nos llevaría a cubrir los depósitos, a que todos los activos pasen a la gestión pública para su venta posterior y a encausar penalmente a los responsables. No es el primer banco que se hunde en la historia de la humanidad. El miedo, que es donde estamos, nos llevará a cerrar servicios públicos para cubrir la irresponsabilidad de unos directivos; es decir, al sacrificio del futuro colectivo para sostener un negocio privado durante un breve período de tiempo.
Mientras sigamos acojonados, no tenemos nada que hacer.
PD: Esta semana que entra se cumple el primer aniversario de esta noticia:
Ultimátum a Islandia para que pague a Holanda y Reino Unido
La asociación europea de libre comercio amenaza con recurrir a la Justicia si el país no abona los 4.000 millones por la bancarrota de uno de sus bancos
Tres meses para pagar. Islandia tiene ese plazo límite para compensar a los Gobiernos británico y holandés con unos 4.000 millones de euros si no quiere ir a los juzgados. La asociación europea de libre comercio (EFTA, por sus siglas en inglés) anunció ayer por carta al Ejecutivo islandés que tomará medidas legales al final de ese periodo para poner fin al denominado caso Icesave, una filial de uno de los grandes bancos islandeses (Landsbanki) a cuyos clientes compensaron los fondos de garantía de depósitos holandés y británico tras la quiebra de la entidad. El Parlamento islandés ha llegado en dos ocasiones a acuerdos para hacer frente a ese pago. En ambos casos, la negativa del presidente Ólafur Grímsson a firmar la ley obligó a convocar sendos referéndums. Las dos veces los islandeses votaron no al pago de esa factura por los desmanes causados por una de sus entidades financieras.
La EFTA sostiene que Islandia está obligada por las leyes europeas a garantizar una compensación de 20.000 euros a los clientes de su filial Icesave, que captaba depósitos en Reino Unido y Holanda ofreciendo altas remuneraciones. Pero los islandeses sostienen que no están obligados a efectuar ese pago. Y aducen que fue el Gobierno británico el que precipitó la bancarrota de Islandia al aplicar las leyes antiterroristas a la banca del país del ártico para evitar la fuga de capitales. Cerca de 350.000 personas en Reino Unido y Holanda perdieron sus ahorros cuando eso sucedió, en octubre de 2008, el fatídico mes de la quiebra de Lehman Brothers. Se trata del segundo aviso serio de la EFTA en poco más de un año. Islandia “debe asegurarse de pagar la compensación antes de que las condiciones prescriban”, dijo Per Sanderud, el presidente de la EFTA.
El caso islandés es excepcional en muchos sentidos. Islandia se vio obligada a dejar quebrar a sus bancos. Pidió ayuda al FMI y se vio abocada a una grave crisis económica que supuso una fuerte devaluación de su moneda, una subida de impuestos y un fuerte recorte del gasto público. Inyectó miles de millones de euros en sus bancos para evitar un pánico financiero, y mantiene desde hace ya más de dos años un corralito que impide a los islandeses disponer libremente de sus ahorros. Pero Islandia también promueve un cambio en la Constitución, los islandeses han votado por dos veces en contra de pagar por los desmanes del sector financiero, e incluso la fiscalía islandesa ha encausado a varios banqueros y al exprimer ministro, Geeir Haarde, por su gestión de la crisis. Paradójicamente, Islandia está saliendo de la crisis con más holgura que Irlanda, que garantizó el 100% de las deudas de sus bancos y se vio obligada a pedir un rescate a la UE y el FMI cuando el déficit público se disparó por ese motivo. Los seguros de impago de deuda (CDS) islandeses -que indican la probabilidad que asignan los inversores a una suspensión de pagos- son ahora mucho más baratos que los irlandeses.
“Es casi como si el impago de las deudas acumuladas por un sector bancario fuera de control y la depreciación del tipo de cambio funcionaran mejor (incluso desde el punto de vista de los inversores) que socializar las pérdidas del sector privado y mantenerse en un sistema con un tipo de cambio fijo”, escribe hoy el Nobel Paul Krugman en su blog del New York Times.
No pasó nada. ¿Era necesario decirlo?
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